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"No
tengan miedo !!...abran las puertas a Cristo...!
más bien, ábranlas de par en par ..!"
DESDE
SU INSTITUCIÓN POR PABLO VI EN 1968 A LOS MENSAJES DE JUAN PABLO
II
(datos
actualizados al 16 de Octubre del 2000)
La
"Jornada mundial por la paz", es una iniciativa del Papa Pablo
VI, instituida para el primer día de cada año y de hecho
la primera jornada se celebró en el lejano primero de enero de
1969. Pablo VI, en su mensaje, llamado "La jornada de la paz",
escribía que tal "propuesta...no desea calificarse como exclusivamente
nuestra, religiosa, es decir católica; esta propuesta quisiera
encontrar la adhesión de todos los amigos verdaderos de la paz
casi como si fuera una iniciativa propia". Ya en 1969, se publica
el segundo mensaje que afirma que la "promoción de los derechos
humanos es el camino hacia la paz". Hasta el último mensaje
(-"No a la violencia, sí a la paz..!!"-) en 1978, Pablo
VI, desarrolla anualmente diversas temáticas, tratando de asociar
a la paz las ideas de la educación, de la justicia, de la reconciliación
y de la vida. Su pensamiento es claro y categórico: "la paz
es posible", dice y agrega: cierto, "la paz depende de cada
uno de nosotros y las armas verdaderas son la bondad, el amor y el perdón.
Pablo vi, en sus años de pontificado, publicó 11 mensajes
entre 1968 y 1978.
JUAN PABLO II.
Juan Pablo II, continúa esta tradición e iniciativa, y acentúa
con especial carisma su significado. En primer mensaje es del primero
de enero de 1979, poco menos de tres meses después de haber sido
elegido Sucesor de Pedro. En ese mensaje afirma: "para alcanzar la
paz se debe educar para la paz" e invita a todos, creyentes y no
creyentes, a leer la historia también con la bondad, dejando de
lado el ruido de las armas y el peso de los odios. En línea con
este pensamiento, el año siguiente, 1980, el Papa Juan Pablo II
afirma que "la verdad es fuerza de paz"; es decir, si el hombre
vive en la mentira de la historia, del corazón y de los sentimientos,
difícilmente podrá alcanzar la paz. Por eso, en su mensaje
de 1981, escribe: "para servir la paz debemos respetar la libertad"...no
esperemos la paz del equilibrio del terror...no aceptemos la violencia
como camino para la paz....son incompatibles". ¿Por qué
? porque, dice en 1982 Juan Pablo II: "la paz es un don de Dios confiado
a los hombres". "la paz", agrega el Papa, "es un bien
de orden humano esencial y por ende de naturaleza racional y moral. en
este sentido la paz proviene de Dios, el cual es su fundamento último.
él, y sólo él, es la garantía de todos los
derechos humanos fundamentales".
LOS AÑOS '80.
"El diálogo por la paz es un desafío para nuestro tiempo",
dirá el Santo Padre en su mensaje de 1983, advirtiendo que la paz
no es una "utopía". a las armas la única alternativa
es el diálogo y se demuestra en un hecho histórico frecuente:
siempre después de los dolores y devastaciones de las guerras los
hombres si sientan a dialogar porque, en definitiva, la guerra, no resuelve
nada. En el mensaje para la jornada de 1984, Juan Pablo II, agrega otro
mosaico a sus amplias meditaciones sobre la paz afirmando que ella "nace
de un corazón nuevo". Los obstáculos para la paz, explica
el Santo Padre, están en el corazón del hombre y por eso,
con la ayuda de Dios, de allí deben ser sacados a través
de la conversión. Pero a partir del mensaje de 1985, Juan Pablo
II, comienza a identificar en sus meditaciones a algunos protagonistas
específicos de esta obra que no es sólo campo de trabajo
para diplomáticos, sabios o grandes estrategas. El Pontífice
afirma: "la paz y los jóvenes caminan juntos". Las nuevas
generaciones, dice, están llamadas a construir un mundo diverso,
sin gastos militares inauditos mientras millones de seres humanos padecen
el hambre; sin posiciones políticas sectarias e ideológicas
que dividen y separan. En 1986, año de gran incertidumbre en todo
el planeta; año de graves enfrentamientos entre sistemas político-militares
entre los hemisferios, Juan Pablo II, formula en su mensaje un axioma
esencial y dice: "la paz es un valor sin fronteras norte-sur, este-oeste:
una sola paz". Es un mensaje que se debe leer estrechamente unido
al sucesivo del año 1987 cuando el Papa escribe: "desarrollo
y solidaridad: dos claves para la paz". El Santo Padre reitera su
convicción según la cual la humanidad es una sola y única
familia: "todos tenemos el mismo origen y todos tenemos la misma
herencia", dice. En este mensaje, además, el Pontífice
recuerda el vigésimo aniversario de la encíclica de Pablo
VI -"Populorum progressio- que lanzó en 1967 un solemne llamamiento
a acciones concretas en favor del desarrollo. Llegamos así al 1988.
aquí, Juan Pablo II, en su mensaje identifica un nuevo ámbito
y dice: "la libertad religiosa es condición para la convivencia
pacífica". El Papa escribe: "la libertad religiosa, exigencia
insuprimible de la dignidad del hombre, es una piedra angular de los derechos
humanos y, por lo tanto, es un factor insustituible de las personas y
de toda la sociedad así como de la propia realización de
cada uno. de esto se deduce -prosigue diciendo Juan Pablo II- que la libertad
de cada persona y de la comunidad para profesar y practicar la propia
religión es un elemento esencial de la pacífica convivencia
entre los hombres".
LOS AÑOS '90.
"Para construir la paz se debe respetar las minorías",
dirá el Papa en el mensaje de 1989, recordando una vez más
que la "paz no es la simple ausencia de guerras" y así,
en 1990, un año después planteará uno de sus mensajes
más originales y de actualidad diciendo: "paz con Dios creador
- paz con todo lo creado". Aquí, Juan Pablo II, escribe: "en
nuestros días se advierte la creciente preocupación que
nos dice que la paz mundial está amenazada desde luego por el armamentismo,
por los conflictos regionales y por las injusticias existentes en pueblos
y entre naciones. pero hay nuevas amenazas que provienen de la falta de
respeto a la naturaleza; por la explotación desordenada de los
recursos y por el progresivo deterioro de la calidad de la vida".
En 1991, el Papa afirma: "si quieres la paz respeta la conciencia
de cada hombre", y aquí, nuevamente como ya lo había
hecho en el mensaje de 1988, invita a reflexionar sobre al estrecha relación
entre derechos humanos y libertad religiosa. El Papa dice textualmente:
"la garantía de la existencia de la verdad objetiva está
en Dios, verdad absoluta, y la búsqueda de la verdad se identifica,
en el plano objetivo con la búsqueda de Dios". Por eso, en
1992, en su anual mensaje para la jornada mundial de la paz -la vigésimo
quinta desde su establecimiento en 1969- el Santo Padre proclama una nueva
convicción para sostenernos en este largo camino: "creyentes
unidos en la construcción de la paz". En 1993, el Papa, ampliando
sus mirada sobre las tareas y protagonistas de la paz llama a respetar
a los pobres, a los últimos y más indefensos y, luego, en
1994, pone en el centro de este proyecto perenne del ser humano hacia
mayores y mejores grados de civilización y convivencia, la familia,
recordando que la paz en el núcleo familiar anticipa y da fundamento
a la paz entre los pueblos, naciones y culturas.
LA MUJER Y LOS NIÑOS.
En 1995, el mensaje de Pontífice adquiere un dimensión particular
cuando proclama: "la mujer educadora para la paz", diciendo
entre otras cosas..."que ellas (las mujeres del mundo) sean educadoras
para la paz con todo su ser y en todas sus actuaciones: que sean testigos,
mensajeras, maestras de paz en las relaciones entre las personas y las
generaciones, en la familia, en la vida cultural, social y política
de las naciones, de modo particular en las situaciones de conflicto y
de guerra". Y así, en 1996, Juan Pablo II, como consecuencia
del mensaje precedente, nos habla de la infancia diciéndonos: "démos
a los niños un futuro de paz". "al inicio del nuevo año
-escribe el Papa- mi pensamiento se dirige una vez más a los niños
y a sus legítimas aspiraciones de amor y serenidad. de entre ellos
siento el deber de recordar particularmente a los marcados por el sufrimiento,
quienes a menudo llegan a adultos sin haber experimentado nunca lo que
es la paz". En el mensaje para 1997, el Santo Padre, en el contexto
del inicio de los tres años de preparación al gran jubileo
del año 2000, nos dice: "si quieres la paz, ofrece el perdón",
subrayando así -una vez más- que todo nace en el corazón
del hombre; en su capacidad de amor y de reconciliación. Para la
jornada de 1998, Juan Pablo II, ya nos ha invitado a celebrar la paz diciendo:
" de la justicia de cada uno nace la paz para todos". En este
mensaje, el Papa, subraya una aspecto específico como ya ha hecho
en otros mensajes: hoy nos habla de la convivencia humana en la justicia
y define esta exigencia una condición indispensable para dar y
garantizar la paz a todos. Es decir, junto a la justicia que pretendemos
de los demás: personas e instituciones, existe una justicia que
cada uno debe ofrecer como algo muy personal. O dicho de otro modo: junto
al ejercicio del derecho a la justicia debe existir también el
ejercicio del deber de la justicia. Una persona injusta no puede pretender
que los demás sean justos con él porque es necesaria una
relación de armonía recíproca y de equivalencia de
los comportamientos; esto es, la misma equivalencia entre justicia y paz.
Dónde existe justicia existe paz y allí dónde reina
la injusticia no puede existir la paz, escribe Juan Pablo II.
JORNADA
MUNDIAL DE LA PAZ 1999
"EL SECRETO DE LA PAZ VERDADERA RESIDE EN EL RESPETO DE LOS DERECHOS
HUMANOS".
El Papa escribe: "La historia ontemporánea ha puesto de relieve
de manera trágica el peligro que comporta el olvido de la verdad
sobre la persona humana. Están a la vista los frutos de ideologías
como el marxismo, el nazismo y el fascismo, así como también
los mitos de la superioridad racial, del nacionalismo y del particularismo
étnico. Igualmente perniciosos, aunque no siempre tan evidentes,
son los efectos del consumismo materialista, en el cual la exaltación
del individuo y la satisfacción egocéntrica de las aspiraciones
personales se convierten en el objetivo último de la vida. En esta
perspectiva, las repercusiones negativas sobre los demás son consideradas
del todo irrelevantes. Es preciso reafirmar, sin embargo, que ninguna
ofensa a la dignidad humana puede ser ignorada, cualquiera que sea su
origen, su modalidad o el lugar en que sucede. En 1998 se ha cumplido
el 50º aniversario de la adopción de la "Declaración
universal de los derechos humanos". Ésta fue deliberadamente
vinculada a Carta de las Naciones Unidas, con la que comparte una misma
inspiración. La Declaración tiene como premisa básica
la afirmación de que el reconocimiento de la dignidad innata de
todos los miembros de la familia humana, así como la igualdad e
inalienabilidad de sus derechos, es el fundamento de la libertad, de la
justicia y de la paz en el mundo. Todos los documentos internacionales
sucesivos sobre los derechos humanos reiteran esta verdad, reconociendo
y afirmando que derivan de la dignidad y del valor inherentes a la persona
humana. La Declaración universal es muy clara: reconoce los derechos
que proclama, no los otorga; en efecto, éstos son inherentes a
la persona humana y a su dignidad. De aquí se desprende que nadie
puede privar legítimamente de estos derechos a uno sólo
de sus semejantes, sea quien sea, porque sería ir contra su propia
naturaleza. Todos los seres humanos, sin excepción, son iguales
en dignidad. Por la misma razón, tales derechos se refieren a todas
las fases de la vida y en cualquier contexto político, social,
económico o cultural. Son un conjunto unitario, orientado decididamente
a la promoción de cada uno de los aspectos del bien de la persona
y de la sociedad".
MENSAJE
DE JUAN PABLO II PARA LA CELEBRACIÓN DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA
PAZ DEL 2000
"PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES QUE DIOS AMA".
El Pontífice escribe: "Éste es el anuncio de los ángeles
que acompañó al nacimiento de Jesucristo hace 2000 años
(cf. Lc 2,14) y que escucharemos resonar con alegría en la noche
santa de Navidad, en el momento en que solemnemente se abrirá el
Gran Jubileo. Este mensaje de esperanza que viene de la gruta de Belén
lo queremos volver a proponer al inicio del nuevo Milenio. Dios ama a
todos los hombres y mujeres de la tierra y les concede la esperanza de
un tiempo nuevo, un tiempo de paz. Su amor, revelado plenamente en el
Hijo hecho carne, es el fundamento de la paz universal; acogido profundamente
en el corazón, reconcilia a cada uno con Dios y consigo mismo,
renueva las relaciones entre los hombres y suscita la sed de fraternidad
capaz de alejar la tentación de la violencia y la guerra. El Gran
Jubileo está indisolublemente unido a este mensaje de amor y de
reconciliación, que manifiesta las aspiraciones más auténticas
de la humanidad de nuestro tiempo. Con la perspectiva de un año
lleno de significado, renuevo cordialmente a todos el deseo de paz. A
todos os digo que la paz es posible. Pedida como un don de Dios, debe
ser también construida día a día con su ayuda a través
de obras de justicia y de amor. Ciertamente, son muchos y complejos los
problemas que a menudo hacen que sea difícil y desalentador el
camino hacia la paz, pero ésta es una exigencia profundamente enraizada
en el corazón de cada ser humano. Por eso, no debe disminuir la
voluntad de buscarla incesantemente, pues su fundamento se halla en la
conciencia de que la humanidad, marcada por el pecado, el odio y la violencia,
está llamada por Dios a formar una sola familia. Este designio
divino debe ser reconocido y puesto en práctica, promoviendo la
búsqueda de relaciones armoniosas entre las personas y los pueblos,
en una cultura que integre la apertura al Trascendente, la promoción
del hombre y el respeto de la naturaleza. Éste es el mensaje de
Navidad, el mensaje del Jubileo y mi deseo al inicio de un nuevo Milenio.
Con la guerra, la humanidad es la que pierde. Durante el siglo que dejamos
atrás, la humanidad ha sido duramente probada por una interminable
y horrenda serie de guerras, conflictos, genocidios, " limpiezas
étnicas ", que han causado indescriptibles sufrimientos: millones
y millones de víctimas, familias y países destruidos; multitudes
de prófugos, miseria, hambre, enfermedades, subdesarrollo y pérdida
de ingentes recursos. En la raíz de tanto sufrimiento hay una lógica
de violencia, alimentada por el deseo de dominar y de explotar a los demás,
por ideologías de poder o de totalitarismo utópico, por
nacionalismos exacerbados o antiguos odios tribales. A veces, a la violencia
brutal y sistemática, orientada hacia el sometimiento o incluso
el exterminio total de regiones y pueblos enteros, ha sido necesario oponer
una resistencia armada".
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