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Hoy, 30 de diciembre, la iglesia conmemora el tránsito a Dios del BEATO JOSÉ MARÍA BOCCARDO, quien descansara en el Señor un día como hoy del año 1913 en Pancalieri, Torino, Italia. Nacido en el año 1848 en Moncalieri, Torino, fue sacerdote y fundador de la Congregación de las "Hijas Pobres de San Cayetano". En 1998 el Papa Juan Pablo II le dio el honor de los altares, declarándolo Beato. Sus restos se veneran en el asilo que él mismo fundara en Pancalieri. Unidos, pues a las Hijas Pobres de San Gaetano, que actualmente se encuentran, no solo en Italia, sino también en Brasil, Argentina y el Benin, en frica, brindemos nuestro devoto aplauso al Beato Juan María Boccardo.
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"Mi familia fue una auténtica escuela de piedad. Desde mi adolescencia sentí una inclinación y amor privilegiado por los pobres que me llevó a madurar una vocación al servicio de Dios. Vida austera, soportar las penas y contradicciones. En mi ordenación sacerdotal escribí: Nunca llegaré a ser santo sino soy mortificado. No quiero contentarme con una santidad mediocre. Hay que aspirar a una gran santidad". Fui nombrado párroco de Pancalieri. Procuraba ser buen pastor para todos, y padre para los pobres a quienes llevaba muy dentro en mi corazón. Visitaba la cárcel en donde veía con emoción cómo mis palabras les movía a la penitencia y a la devoción.
Cuando estalló la epidemia, me entregué completamente a los enfermos. El paso de la epidemia dejó muchos huérfanos y ancianos abandonados para los que organizamos un asilo, y fue poco después, que di inicio, confiando en la providencia, a la Congregación Religiosa que tanto había soñado y madurado.
A Dios gracias no me faltaron críticas y calumnias lo que me confirmó que estábamos por el buen camino. Humildad simplicidad, pobreza, la más pura caridad unida a un abandono confiado a la divina providencia fueron las virtudes que traté de inculcar a las religiosas de mi congregación que se dedicaron a atender, a los enfermos crónicos y abandonados, a los huérfanos y ancianos, a los niños y sacerdotes enfermos, y a colaborar en las parroquias. Dios bendijo la obra, pero, de manera muy especial, a mí mismo ya que me concedió una parálisis que me forzó a la inmovilidad y a la dolorosa renuncia de mi ministerio pastoral. Fue entonces que comprendí que Dios me quitaba todo este trabajo de mis manos porque El mismo lo quería poner en las suyas.
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