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Comentarios litúrgicos

 

Escucha, Dios te habla:

 

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

Domingo, 28 jun (RV).- Amigos estamos en el décimo tercer domingo del tiempo ordinario, en su ciclo B, y la liturgia nos propone meditar con el libro de la sabiduría, el salmo 29, la segunda carta a los Corintios, y la continuación del evangelio según san Marcos que es el evangelio que durante este año meditamos. Para la meditación de esta palabra de hoy vamos a partir de una idea que nos presenta el libro de la Sabiduría: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes, todo lo creó para que subsistiera… no hay en ellas veneno de muerte… Dios hizo al hombre imagen de su misma naturaleza…”. Y finaliza la primera lectura de hoy diciendo: “Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo y la experimentan los que le pertenecen”. Estas ideas están a la base de la meditación de hoy porque cuando veamos el evangelio nos daremos cuenta que las curaciones que hace Jesús, las reanimaciones o resurrecciones que se relatan en los evangelios, no son sino una manifestación del poder de Dios sobre el mal, una muestra que Dios hace de lo que debe ser el mundo cuando Él es el centro y el Señor de las personas. Si existe el mal y la muerte no es porque Dios lo haya querido, sino porque el originante del mal, el enemigo, nos atrapa y nos trae los males que nos agobian. Nos aleja de Dios.

Partiendo de la idea que nos da el libro de la Sabiduría, primera lectura de hoy, podemos adentrarnos en el evangelio que se nos propone hoy. Son los versículos 21 al 43 del capítulo 5 de san Marcos. En resumen se nos presentan dos casos de la acción milagrosa de Jesús: la curación de una mujer que sufría de hemorragias, y la reanimación o resurrección de la hija del jefe de la Sinagoga, que el mismo texto nos dice que se llamaba Jairo. Este señor se acerca a Jesús y le pide que por favor vaya a su casa a ver la hija que está enferma, está las últimas. Jesús hace caso al llamado y mientras se traslada a la casa del jefe lo acompaña mucha gente, tanta que lo apretujan. En ese grupo de personas está la mujer enferma, que piensa para sus adentros, con fe, que si al menos logra tocar el manto podría curarse. Pongámonos en el puesto de la mujer. El texto dice que tenía 12 años padeciendo la enfermedad, que había visitado innumerables médicos, que se había gastado toda su fortuna en tratamientos, pero nada, seguía enferma y tal vez con la esperanza muy decaída. Había escuchado de Jesús, y por eso pudo su fe en él, en que podía curarla. Y efectivamente, su fe fue tal que al tocar el borde del manto, logró que la fuerza curativa de Jesús la sanara, y eso lo sintió el Señor, que inmediatamente pregunta quién lo ha tocado. Quienes le rodeaban y lo apretujaban, entre ellos varios de los discípulos, le dicen al Señor por qué pregunta eso, sino se da cuenta que lo van apretujando. Pero él sabía muy bien lo que bahía sucedido, y la señora se acercó y confesó su acto. Jesús confirmó la sanación de la mujer al verificar la fe que tenía. Y lo mismo sucede cuando llega a la casa de Jairo: la niña está muerta, ya inclusive estaban inmersos en el llanto, y Jesús hace el milagro de devolverle la vida a la niña, constatando la fe que tenía su padre, Jefe de Sinagoga. Ambos eventos tienen como elemento común la fe de los que acuden a Jesús, la confianza total en que él puede actuar, y con su poder, revertir el mal que les ha llegado con la enfermedad o con la muerte.

Como decíamos en el segmento anterior, la curación de la señora y la reanimación o resurrección de la niña fueron obradas por el Señor en función de la fe que tenían los afectados. Una fe que se nutrió del conocimiento que tuvieron de Jesús, de lo que le habían oído a él, como el caso del jefe de la Sinagoga, o lo que habían escuchado de él, el caso de la señora enferma de derrames. El saber que existe el Señor, el saber que tiene palabras de vida y que nos enseña a vivir, es tal vez el primer paso de la evangelización, de nuestra evangelización. Y la consecuente fe que nos regala el mismo Dios es lo que hace que permanezcamos en su amor, que estemos siempre cerca de quien nos ha amado primero y nos ha llamado a ser sus hijos. Pero a veces esta fe y esta creencia se debilitan en nosotros por las cosas de la vida, por las pruebas que vamos teniendo, por las acciones del mal y del maligno, que nos hace caer para alejarnos de Dios. Por eso esta palabra de hoy es una invitación a que no desfallezcamos. A que sepamos que Jesús, el Señor, siempre está cerca de nosotros para auxiliarnos, para devolvernos la salud física y espiritual, para devolvernos la vida cuando morimos por el pecado. Pero esto no es automático, implica que tenemos que relacionarnos con él, que tenemos que buscarlo, que tenemos que conocerlo. Nos relacionamos con él en la oración; lo buscamos y encontramos en los sacramentos, especialmente en la eucaristía, lo conocemos cuando leemos con atención su evangelio.

Lo que acabamos de decir lo reafirma la carta a los Corintios, la segunda lectura de hoy. En ella el apóstol Pablo dice que hay que sobresalir en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño, y nos pide también distinguirnos por la generosidad. Y esto lo dice porque tenemos que saber lo generoso que es Jesús con nosotros, que se hizo pobre para que fuésemos ricos, de modo que, como dice citando un texto de la escritura, “al que recogía mucho no le sobraba, al que recogía poco, no le faltaba”. Pidamos al Señor que siempre esté pendiente de nosotros, que no permita que el mal nos domine, y que aleje de nosotros las enfermedades y la muerte del pecado.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

Domingo, 21 jun (RV).- Después de varios domingos de celebraciones centradas en distintos aspectos de nuestro Dios y Señor, retomamos los domingos del tiempo ordinario, el de hoy es el decimosegundo del llamado tiempo ordinario, donde recorremos la vida y obra del Jesús este año del ciclo B siguiendo el evangelio según San Marcos. La característica de este tiempo es que se usa el color verde en los ornamentos litúrgicos, color que nos indica esperanza. Dispongámonos para la reflexión de este domingo decimosegundo del tiempo ordinario.

Las lecturas de hoy son del libro de Job, la primera; la segunda lectura es de la carta de San Pablo a los Corintios, la segunda carta; y el evangelio es del capítulo cuarto de San Mateo, todo complementado con el salmo 106 al que se responde con la antífona den gracias al Señor porque es eterna su misericordia. Y esta respuesta al salmo es bastante acertada para hoy porque si buscamos algún elemento común en las lecturas, sobre todo en la primera lectura y el evangelio, es la tormenta, que no podemos controlar, pero que Dios, con su infinito poder logra domar, y al calmarla hace que el ser humano le agradezca, como dice la última estrofa del salmo, “Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres”. Y la tormenta la vemos, no sólo como el agitarse de un mar o un río abatidos por el viento fuerte; la tormenta es también el agitarse de nuestra vida ante las situaciones contrarias, ante las adversidades, ante las pruebas, que a veces parecen superarnos, y nos hacen gritarle a Dios implorando su misericordia.

El evangelio de hoy es muy significativo. Hagamos una composición de lugar, es decir, imaginémonos la situación que se nos narra en el capítulo 4 de San Marcos. Nos encontramos con los discípulos que van con Jesús en una barca, al atardecer del día, después de la fatiga de la predicación. Jesús se va a la parte trasera, la llamada popa, y se queda dormido. Tranquilamente dormido. De repente se levanta un temporal, un fuerte huracán dice el escrito, y las olas baten contra la barca y el viento la agita violentamente. Los marineros curtidos, los apóstoles pescadores de profesión se asustan, y van donde el Señor, que duerme, y lo despiertan reclamándole porque parece que no le preocupa la suerte de todos, que están que se hunden. Jesús se levanta, increpa al viento y dice al lago: ¡silencio, cállate! y como un milagro, todo vuelve a la calma. Y viene la lección, ¿por qué son tan cobardes? ¿no tienen fe? Imaginemos la cara que habrán puesto los apóstoles, que quedaron espantados, y se decían unos a otros, ¿quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen...!

Este episodio, revela en parte a los apóstoles quién es el Señor, quién es ese que los ha llamado y que ellos han decidido seguir. Es un Dios poderoso, que domina las fuerzas de la naturaleza y que brinda confianza. Hoy te pregunto, ¿cuántas veces has tenido tormentas en tu vida? ¿cuántas veces has sentido que todo se hunde, que todo a tu alrededor te golpea, te desbalancea, te hace caer? Y también te pregunto ¿Cuántas veces has increpado al Señor, le has llamado la atención porque no actúa, porque parece que está tranquilo, durmiendo quién sabe donde, y te deja solo con tus tormentas? Creo que debemos detenernos un poco y analizar esos momentos difíciles que hemos tenido, y nos daremos cuenta que si hemos salido de ellos ha sido porque Jesús nos ha acompañado, y ha calmado las aguas de la intranquilidad y la desesperación de nuestro espíritu. La convicción mayor que como creyentes debemos tener es que nuestro Dios, es un Dios cercano; que no se ha quedado en el cielo, abandonándonos a nuestra suerte, sino que se hizo uno de nosotros para que entendiéramos su amor hacia nosotros, que somos sus hijos. Así que desde hoy, confía más en el Señor, que no te deja solo en las tormentas y adversidades de la vida, sino que siempre te acompaña para alejar de ti y tus seres queridos las insidias del mal.

Cuanto hemos reflexionado hasta aquí tiene una explicación en la segunda lectura de hoy, de Pablo a los Corintios, donde se dice que Cristo murió por nosotros, para que vivamos por él y para él. El vivir con él nos hace creaturas nuevas, que hemos dejado atrás las cosas viejas de la vida, para poseer lo nuevo que él ha traído. Y entre las cosas nuevas que él nos ha dado está la confianza de su compañía y cercanía, la certeza de que no estamos solos, sino que siempre está a nuestro lado con el consuelo de su amor. Esta es la gran noticia que hoy la Iglesia comparte contigo en la liturgia, y pide que la compartas con el mundo que te rodea, que tal vez está en el ojo de un huracán, de que no puede salir porque le falta tu testimonio de creyente y cristiano.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

DOMINGO, CUERPO Y SANGRE DEL SEÑOR

Domingo, 14 jun (RV).- Este domingo estamos celebrando la solemnidad del Corpus Christie, la fiesta del cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que la liturgia manda celebrar el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad, pero que por necesidades pastorales se traslada hasta el domingo siguiente, permitiendo así participar en la Eucaristía a quienes por motivo de trabajo o estudio no pueden asistir el jueves. Lo más tradicional de esta celebración son las procesiones eucarísticas en las que el pueblo manifiesta su amor por Jesús Eucaristía. En muchas localidades el paso de la procesión es adornado con alfombras de flores u otros materiales, como queriendo indicar que nuestro Señor, presente en medio de su pueblo, merece lo mejor. Y en el recorrido de esas procesiones se hacen estaciones o paradas con altares en donde el sacerdote celebrante, en compañía de los fieles adora la hostia consagrada, el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Y al final, el momento más esperado es recibir la solemne bendición eucarística, que a todos nos conforta y reafirma nuestra dependencia vital de aquel, que no obstante estar en el Cielo, se ha quedado como alimento de vida para todos sus hijos.

La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia. Todo el quehacer, todo el apostolado, se basa en la fidelidad con la que los evangelizadores asumen su relación con Cristo Eucaristía. Si revisamos la vida de todos los santos, no encontraremos ninguno que no haya considerado la Eucaristía como la fuente de su santidad. Inclusive existen muchos testimonios de santos, que por enfermedad u otras causas, sólo se han alimentado con la Eucaristía, que les ha dado no solo el sustento material, sino también el sustento espiritual para soportar tentaciones, fatigas y pruebas, y llegar al final de sus vidas a ser santos, como quiere el Señor que todos seamos. Ya el mismo Señor lo había dicho, en frases que recogió san Juan en su Evangelio: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día… El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que… yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí”. Entonces, todos nosotros que conformamos esta Iglesia del siglo XXI, debemos seguir alimentándonos de este cuerpo y de esta sangre para tener la vida que Jesús, con el Padre y el Espíritu Santo, nos ofrece y nos dona para nuestra salvación.

Las lecturas de este domingo del Corpus Christie podemos decir que tienen como punto en común o hilo conductor a la sangre. La sangre de los novillos derramada sobre el altar y sobre el pueblo, para ratificar la alianza del Sinaí, como nos relata el libro del Éxodo. La sangre de la Nueva Alianza inaugurada por Jesús durante la última cena, como nos narra Marcos en el evangelio. Y la sangre derramada una vez para siempre por todos y para nuestra salvación, como dice el autor de la carta a los Hebreos. Y el salmo 115 nos invita, acompañar a Cristo en su sacrifico, alzando la copa de la salvación. El marco de esta historia de salvación narrada en el Éxodo y asumida por Jesús en la última cena es la alianza, el pacto que Dios hace con sus hijos, con la humanidad para darles lo que en los orígenes se había perdido, la vida en él, la comunión con él. Y si la alianza antigua se recordaba con la cena de pascua, donde se sacrificaban pequeños animales, y donde la sangre de ellos simbolizaba el paso del Señor, la nueva alianza ya no se hace con sangre de corderos o de cabritos, sino con la sangre del Unigénito, del Hijo propio de Dios, que ha sido enviado por el Padre y el Espíritu Santo, y con su sangre lavar todas nuestras culpas y pecados. Es el pacto definitivo que se selló en la cruz, y que se comenzó a realizar con la resurrección gloriosa. Y es el pacto que ha quedado no sólo simbolizado en la cena donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y Sangre del Señor, sino en las cenas donde los ministros del Señor, por a acción del Espíritu Santo, renuevan y realizan el único acto eucarístico, donde Jesús nos repite “tomen y coman, este es mi cuerpo,… tomen y beban, está es mi sangre”. No son otras cenas las eucaristías que realizamos, sino sonla actualización de la única cena donde el Señor se queda para siempre con nosotros, y se nos da como alimento para nuestra vida.

El centro de la liturgia de la palabra de esta solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es sin duda el evangelio según san Marcos que nos narra los acontecimientos de la última cena. En el texto propuesto por la Iglesia, que es parte del capítulo 14 de este evangelio, hay dos momentos bien diferenciados, el primero es el envío que hace el Señor a dos de sus discípulos para que preparen la cena de pascua, un envío que se hace después de la pregunta que algunos de ellos hacen de dónde quiere que preparen la cena de pascua. Hacen lo que Jesús les encomienda, y después se nos presenta la escena de la Última Cena. Y Marcos nos dice que mientras cenaban, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, y dijo “esto es mi cuerpo”. Después tomó la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y dijo “está es mi sangre”. Esto es mi cuerpo, está es mi sangre son afirmaciones fundamentales para nuestra fe, porque en ellas está contenida la voluntad del Señor de quedarse en las especies del pan y del vino para alimentarnos. Pan y vino que, aunque se sigue viendo con sus características propias, sin embargo la acción del Espíritu Santo les cambia la esencia, para ser entonces la presencia real de Jesús entre nosotros.

Te invito, hermano, hermana que me escuchas, a que reafirmes hoy tu fe en Jesús Eucaristía. A que tengas la firme certeza de que Jesús, que ascendió al cielo, no está alejado de ti, sino que al contrario, te acompaña y te alimenta con su mismo ser. Así como las cosas que comemos y bebemos pasan a formar parte de nuestro ser biológico, porque lo nutren y le dan vida, el pan eucarístico y la sangre consagrada, también son dones que nos alimentan y pasan a formar parte de nuestra propia existencia. Es un misterio inefable, que hoy la Iglesia nos recuerda, y nos invita a reafirmar nuestra fe en la presencia real, con todo su ser, con toda su divinidad, de Jesús, que tanto nos amó, que dio su vida para salvarnos, y que cada día, en cada eucaristía sigue dando su vida para que todos nosotros tengamos vida en Él.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

DOMINGO SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD (CICLO B)

Domingo, 7 jun (RV).- “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”… así iniciamos todos nuestros actos de piedad, sean estos eucaristías, sacramentos, o cualquier oración que nos hayamos aprendido. Expresamos esas palabras con la convicción de que son el centro de nuestra fe, el fundamento de nuestra creencia como cristianos: sabemos que tenemos un Dios que es Padre, que es Hijo, que es Espíritu Santo. Pero ¿cómo es esto? ¿Creemos en tres dioses? ¿somos acaso “politeístas”? La sencilla respuesta es no, y para convencernos de ese “no” la misma revelación de Jesús y el progreso teológico nos han permito, sino entender la totalidad del misterio, si al menos saber que nuestro único Dios es una familia, muy unida, una familia según la cual fuimos creados a imagen de la cual fuimos creados.

Esa es la solemnidad de este domingo que sigue a la fiesta de Pentecostés, donde celebramos y renovamos la presencia en nosotros de la tercera de esas personas, el Espíritu Santo. Es la solemnidad de la Santísima Trinidad. Las lecturas de la liturgia eucarística de este día nos dan algunas claves para aproximarnos a este gran misterio que para nosotros es dogma de fe. El libro del Deuteronomio nos presenta a Moisés hablándole al pueblo y preguntándole si desde la creación había escuchado palabras más sublimes que las que Dios les había pronunciado, si se habían enterado de algún dios que se manifestara a sus que se manifestara a sus súbditos. Y por eso les invita a reconocer y a meditar en su corazón que el Señor es el único Dios, es nuestro Dios.

Y Pablo, en su carta a los Romanos, que hoy es nuestra segunda lectura,les dice que su relación con Dios es de hijos, porque el espíritu recibido les ha sacado de la esclavitud y alejado temores, y les ha hecho, nos ha hecho hijos adoptivos, y por eso decirle a Dios ABBA, padre o papaíto como decimos en algunos lugares por cariño, ya no es algo descabellado sino que es la mejor forma de relacionarnos con el creador.

Pero tal vez la revelación mayor de que el Dios en quien creemos es familia nos la da el mismo Jesús en el trozo del evangelio que meditamos hoy, que es el final del capítulo 28 de Mateo. El evangelio está dividido como en dos pequeñas partes: la primera nos narra que los once discípulos son invitados por Jesús resucitado a ir a Galilea, al monte que les había señalado y allí al verlo se postraron a adorarlo, aunque nos dice Mateo que todavía algunos dudaban que veían a Jesús de nuevo con vida, después de la atrocidad de la cruz. La segunda parte es la más fundamental para nosotros porque en ella el evangelista nos escribe las palabras de Jesús antes de ascender a los Cielos: “todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra… vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

En este trozo del evangelio es claro que Jesús da una misión a sus seguidores, los discípulos, de ir a todos los pueblos o a todas las gentes como traducen algunos este texto, porque todas las gentes deben ser bautizadas en el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero la misión de ellos no se debe quedar allí, en el solo bautismo, sino que Jesús les ordena enseñarles todo lo que él ha mandado, enseñar todo lo que han aprendido, escuchado y vivido con él. Y este es el papel de la Iglesia en todos los tiempos, en el pasado y en el hoy que nos toca vivir.

Tal vez pensamos que la misión es solo de quienes tienen un papel de consagración especial en esta institución, los sacerdotes, los religiosos y religiosas, y los laicos más cercanos o comprometidos. Y no nos damos cuenta que todos, absolutamente todos los que creemos en Jesús tenemos esa misma misión: ir a todas las gentes y enseñarles, porque el bautismo está reservado para los ministros.

Ir a todas las gentes empezando por los más cercanos es la misión que tienes tú y que tengo yo. Significa que debo ver el interior de mi hogar y compartir la fe con quienes me son queridos. Significa que en el trabajo, en la escuela, en donde hago mi vida social, debo dar testimonio de una enseñanza que he recibido en la doctrina, pero que hago vida porque las palabras de Jesús no son para quedarse escritas en las páginas de un texto, sino para ser vividas y concretizadas en todos los actos de mi vida. Y es esto lo que tal vez hace difícil vivir como cristianos hoy, pero el mismo Señor nos ha prometido que está con nosotros hasta el final de los tiempos. Entonces, ¿a qué le tememos? Te invito a que en esta fiesta de la Santísima Trinidad renueves tu fe en el único Dios Padre, que aprendas las enseñanzas del Hijo, y que las pongas en práctica con la Fuerza del Espíritu Santo que está contigo desde el día de tu bautizo.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

DOMINGO DE PENTECOSTÉS
31 mayo

Hch 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo
Salmo 103:Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra
1Co 12,3b-7.12-13:Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu
Jn 20,19-23: Recibid el Espíritu Santo

Recibid el Espíritu Santo

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Los Hechos de los apóstoles narran cómo todos se llenaron de Espíritu Santo y empezaron a predicar y a anunciar la Buena Noticia. En la Primera carta a los corintios, San Pablo dice que nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Y que en esa unidad en la confesión, hay sin embargo diversidad de dones, diversidad de ministerios y diversidad de funciones, pero en el mismo Espíritu; un mismo Señor, un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu de una forma distinta para el bien común. En base a este encargo uno, y múltiple a la vez, la Iglesia ha compuesto el himno que conocemos como Secuencia, implorando la venida del Espíritu sobre nosotros.

Así pues, leamos esta Secuencia, y a continuación les propongo otra, compuesta por quien les habla, deseando ser expresión de pluralidad en las formas de rezar, de invocar al mismo Espíritu con diversas palabras, cosa que cada cristiano debería hacer, de acuerdo con su situación particular, para dejar que el Espíritu se revele en todas las circunstancias.

He aquí la Secuencia que nos propone la Iglesia en el día de Pentecostés:

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno

Y ahora la Secuencia, inspirada en la de la Iglesia, pero con variaciones propias:
Ven, Espíritu Santo, que aleteas en lo alto, luz que penetra las almas,
Padre amoroso del hombre, fuego que enciende la llama de la vida y de la historia.
Espíritu de vida y de paciencia, vigoroso animador en el trabajo,
Descanso en los esfuerzos y las penas,
Seguro de los que creen, ilusión de los que esperan,
Calor de los que aman y obedecen la voz de su conciencia.
Ven, Señor de la aurora, a poner rocío en las plantas,
Luz en el firmamento, frescor en los jardines,
Brillo en las cascadas, vida en los seres vivientes,
Y en los hombres y mujeres, proyectos, afanes y entregas.
De este mundo en lucha templa las voces opuestas,
Pacifica a los pueblos en guerra,
escucha el grito y la queja de los débiles, pequeños y los que siembran y esperan.
Animador y profeta del entusiasmo del hombre que trabaja y que recrea
la obra de tus manos: constelaciones, planetas, arquitectura celeste,
Ingeniería de estrellas, medicina del alma en las venas.
Consuela el fracaso y el éxito de los Poetas, Matemáticos, Juristas, Informáticos y Estetas.
Mientras el Universo rueda, esta Creación te aclama:
Señor que rige y gobierna minerales, plantas, hierbas,
animales del agua, del aire y la tierra.
Y la palabra sincera, que tú hiciste Verbo en el hombre,
te canta, te pide y te reza: ¡Ven Espíritu Santo, Renueva la faz de la Tierra!

No sin razón dice Pablo: "Donde hay Espíritu de Dios hay libertad", y donde autonomía (el ser humano, y su bien, se hacen ley), y donde hay libertad, se fomenta la pluralidad de las personas en camino hacia la unidad. El Espíritu, que es veraz, es quien hace resplandecer la verdad, la autenticidad, a vida, como dice Juan en su evangelio. Que venga un nuevo Pentecostés sobre nuestro mundo para acabar con esta ola de intolerancia e intransigencia que nos invade por doquier

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

LA ASCENSION DEL SEÑOR
24 de mayo

Hech 1, 1-11: Lo vieron levantarse
Salmo 46, 2-3. 6-9: Dios asciende entre aclamaciones
Ef 1, 17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo
Mc 16, 15-20 : Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios

Y se sentó a la derecha de Dios

¿Sabes dónde está Dios? Sí, en el cielo. Y si tú acabas de comulgar a Dios, ¿dónde está el cielo? El niño supo responder: El cielo está dentro de mí, donde tengo a Dios. Todo el misterio de Dios y de la Ascensión del Señor a los cielos, no cabe en la mente humana, pero sí lo puede captar un niño.

Ya podemos comenzar este comentario a las lecturas del día de la Ascensión, pero no trataremos de explicar nada, porque somos adultos y no lo entenderíamos.

La despedida que cierra el evangelio de Marcos contiene un encargo: «Id por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad». El pueblo elegido no tiene fronteras, esas que ponemos los humanos para delimitar nuestros campos, o las de los números, para decir cuánto dinero tenemos o cuántos católicos somos en el mundo; los destinatarios de la buena noticia que nos trajo Jesús no somos los blancos o los indios, no tiene límites de edad o de conocimientos, es… para toda la humanidad. Dios quiere habitar en todos los corazones; ahora bien, estos han de ser de carne, no de piedra, capaces de sentir afectos y de ilusionarse, tiernos y sensibles, como los del niño que sabía dónde está Dios.

Id por todo el mundo a llevar a todos los corazones la buena noticia de que no estamos solos, de que tenemos un Padre; quien quiera aceptarle se sentirá salvado, quien no lo crea estará condenado, y no podrá experimentar la salvación de Dios. Para esto vino Jesús, no para juzgar a nadie, sino para ofrecer la salvación. Ha cumplido su misión, y ahora encarga a sus discípulos, a los que le han querido seguir y han aceptado su oferta, que sigan haciendo lo mismo.

Su muerte y su resurrección testifican la tarea cumplida; su ascensión, la nuestra. Acabó su recorrer caminos de Galilea, Samaría y Judea, empieza el nuestro. Pero ya no hay límites ni fronteras: los caminos pasan por todas las naciones y culturas, por todos los rincones del universo, desde el cielo y las estrellas hasta el más recóndito lugar del hombre. Todo ha sido invadido por el amor de Dios. Desde aquel día a orillas del Jordán, cuando se rasgó el cielo, y se oyó la voz: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”, hasta el día en que, después de muerto, bajó a los infiernos. El mensaje de Jesús es su presencia y su presencia debe evangelizar todo el universo. La buena noticia está sembrada, hay que anunciarlo.

Somos nosotros los testigos de este mensaje y de esta persona, de resurrección y vida, que es Jesús, hasta que la tarea iniciada por él, conforme el mundo una como una fraternidad que confiese a un solo Dios como Padre. Somos nosotros los destinatarios del encargo, pero no estamos solos. Él, que ya está sentado a la derecha de Dios, Él, que habita en el cielo, es el que nos dice: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”. Nos seguimos debatiendo, sin embargo, como los apóstoles, si será ahora, cuando ya está sentado a la derecha de Dios, el momento en que va a restaurar la soberanía de Israel.

Somos demasiado adultos, no captamos, como el niño, que el cielo y la soberanía de Dios están dentro de mí, que es donde habita Dios. La presencia de Jesús es real, en lo alto, en los cielos y en lo profundo, en los infiernos, en las estrellas del firmamento y en dolorido que tengo al lado.

No acabamos de entender ni asumir esta presencia de Jesús, muchas veces porque entendemos mal eso de que subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios. No lo acabamos de entender porque hemos dejado de ser niños, siendo así que el Reino de los cielos pertenece a los niños. Y como no lo acabamos de entender, es decir, no lo acabamos de creer, no nos acompañan las señales: “en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas… pondrán las manos sobre los enfermos y se curarán”.

No lo acabamos de entender porque seguimos formando este tipo de grupos que hacen los humanos, grupos políticos, grupos financieros, grupos culturales, grupos de piadosos… Cuando tengamos la fe de un niño y creamos que Dios nos habita por dentro, entonces pasaremos por la vida remediando tanto dolor humano, es decir, cumpliendo el encargo de Jesús cuando ascendió a los cielos.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

VI Domingo de Pascua
17 de mayo

Hch 10, 25-48: Está claro que Dios no hace distinciones
Salmo 97:Cantad al Señor un cántico nuevo
1Jn 4, 7-10: Dios es amor
Jn 15, 9-17 : Ámense los unos a los otros

 Dios es amor

“Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino”, así comienza la carta Encíclica de Benedicto XVI, “Deus Caritas est”. “Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida, -sigue diciendo El Papa. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

Efectivamente, la amistad: “a vosotros os vengo llamando amigos, porque todo lo que le oí a mi Padre os lo he comunicado”. Lo que Jesús ha visto y oído junto a su Padre eso es lo que nos quiere comunicar hoy a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, perdidos entre tantos ruidos y voces de sirenas que nos quieren conquistar. ¿Dónde está el cristiano que apoya su vida en la amistad con Jesús? ¿Dónde se ha quedado el fervor íntimo de quien se siente llamado en el corazón? ¿Habremos de pensar que sólo escuchamos el sonido de los audífonos, voces externas a nosotros, que no tienen ningún interés en nuestro bien?

El término « amor » se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes, dice todavía el Santo Padre al comenzar su Encíclica.

La escuchamos en la canción de moda, en la presentadora superficial de un programa de televisión, en el lenguaje político, en referencia al sexo, en la telenovela... Esa palabra, “amor”, en labios de Jesús es la única verdaderamente sincera, porque es comprometida. No hay amor si no hay compromiso. Ama el que da la vida por el amado, lo demás son flores que a los pocos días se marchitan. Ama el que es fiel en el amor, porque la fidelidad da seguridad. Ama el que no pone condiciones, porque el amor es algo tan gozoso como la generosidad de quien sólo busca al amado.

Y ese amor lo conocemos en el mismo Jesús, que con su ejemplo, nos enseña que «la medida del amor es amar sin medida», quien, por no renunciar a ese amor, no le importó la cruz. El amor sin medida, ya lo sabemos, no es cosa de humanos, el amor sin medida es cosa de Dios.Por eso a Jesús no le importó la muerte y asumió la cruz: nada es más fuerte que el amor. ¿Dónde está, muerte, tu victoria?, podemos seguir proclamando en este tiempo de Pascua.

Nada es más liberador que el amor; nada hace crecer tanto a los demás como el amor, y así, desde la resurrección de Jesús, podemos decir que la cruz es la «escuela del amor», no porque hayamos de buscar la cruz, sino porque el amor nos vacía de nosotros mismos y nos llena de Dios, como el amor vacía a la madre para que tenga vida el hijo. Es el amor que nos enseña a mirar ante todo al ser amado, a no prestar atención a nuestra vida, sino la vida de quienes amamos; es el amor quien, paradójicamente, cuando nos esclaviza, nos libera.

Es el gozo de Jesús que, en este evangelio del sexto domingo de Pascua, quiere transmitirnos San Juan: “Os dejo dicho esto para que llevéis dentro, mi propia alegría, y así vuestra alegría llegue a su colmo”. ¿Hay palabras de mayor sabiduría y de mayor verdad? ¡Que vuestra alegría y vuestro gozo desborden, hasta decir como Santa Teresa de Jesús: ¡Basta, Señor, que no soporto tanto amor!

Y es justamente este momento de la experiencia mística, vivido por cada uno de los cristianos según los dones de Dios, el que nos llevará a renovar nuestro compromiso en la respuesta humana al amor divino. Una vez liberados por el gozo de ese amor, brotarán los deseos de que otros también se sientan liberados y puedan gozar de la libertad que da el amor.

Si comenzamos con al Encíclica de Benedicto XVI, acabamos con sus palabras:

“Santa María, Madre de Dios,
Muéstranos a Jesús.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que también nosotros
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento”.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

V Domingo de Pascua (A)
10 mayo

Hch 6, 1-7: La Palabra de Dios iba creciendo
1 Pe 2, 4-9: Anunciar las maravillas de Dios
Jn 14, 1-12:Yo soy el camino, la verdad y la vida

«Yo soy el camino, la verdad y la vida»

Déjanos ver al Padre, queremos conocer a Dios, rezamos. Otras veces tenemos miedo de Dios, el lejano, el infinito, el que nos controla y nos va a juzgar. A Dios acudimos para que nos libre de enfermedades, nos trate bien, según nosotros queremos. Alguna vez Dios es el Padre providente que acude en nuestro auxilio… Todas estas imágenes de Dios son elaboración de nuestros miedos y deseos, casi nunca el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.

Cuando Felipe le dice a Jesús, Señor muéstranos al Padre, Jesús responde: Jesús le contestó: -Tanto tiempo como llevo con ustedes y ¿no has llegado a conocerme, Felipe? Quien me ve a mí está viendo al Padre; ¿cómo dices tú: "Haz que veamos al Padre"? ¿No crees que yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo? No sólo nos pasa a nosotros, eso de formarnos ideas de Dios parciales, y por tanto falsas, los mismos discípulos que estuvieron cerca de Jesús tenían el mismo problema. Por eso Jesús, casi enfadado con ellos les dice que cómo es posible que lleve tanto tiempo con ellos y no acaban de entender lo que Jesús quiere revelar del Padre. Y se lo explica: podéis conocer al Padre en mí por las obras que hago: ayudo a los enfermos, curo a los leprosos, perdono a quien se deja perdonar, anuncio un reino de hermanos… este es el camino, la verdad y la vida, Jesús mismo haciendo las obras del Padre. ¿No lo vemos también nosotros? ¿O es que ese Dios no nos interesa?

Jesús habla a los discípulos, a aquellos que lo han conocido y le han dado su adhesión, esto es, a los que creen en él. Para estos es el camino, la verdad y la vida, para los que se fían de él. Es verdad que el camino del amor pasa por la cruz, itinerario hacia la vida verdadera, pero esto de la cruz no les interesa mucho, ni nos interesa tampoco a nosotros.

No hay camino, verdad ni vida que no pase por el recorrido que hizo Jesús en esta tierra, hacia la plenitud de la vida. El camino supone una meta, y ésta es el Padre; la verdad implica un contenido, y éste es la vida. Y Jesús es la vida porque la posee en plenitud y puede comunicarla.

«Camino, verdad y vida» se pueden resumir en una palabra: amor, amor sin medida, amor hasta la muerte. Por eso quien conoce a Jesús conoce a Dios, porque Dios es amor. Felipe demuestra no entender ni a Jesús ni a Dios cuando le pide que les muestre al Padre. El Padre y Jesús se identifican, porque ambos son la máxima expresión del amor. Tomás estaba dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte, pero sin saber que era el amor la única fuerza para superar esa barrera.

Los mandamientos no son leyes, sino las múltiples facetas de la actividad del amor, tal como Jesús lo ha practicado. La palabra de este quinto domingo de pascua, es la de que «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí». Porque creemos y esperamos en él, nos sentimos llamados a vivir nuestra vida como un servicio a los otros, como nos dice la primera lectura. Seguir a Cristo camino, Verdad y Vida, nos lleva a servir ser servidores de nuestros hermanos como lo hizo él y como lo han vivido siempre los verdaderos discípulos de Cristo.El se fue y está con el Padre, ahora somos nosotros los cristos en esta tierra, que por nuestras obras vean los hombres al Padre, que también lo es de los que no le reconocen como tal.

Tanto tiempo como llevo con vosotros y ¿no me conoces, Luis, Antonio, Elisa, Miren, Eusebio…? Quien me ve a mí está viendo al Padre; … es el Padre, quien, viviendo en mi, realiza sus obras. Creedme, yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo; y si no, analizad mis obras. Os aseguro, quien se fía de mí hará las obras que yo hago y aun mayores; ... Lo que pidan unidos a mí, yo lo haré.

Esa distancia que hay entre el Jesús de Galilea y el Jesús resucitado es la que nos falta a nosotros para hacer las obras de Jesús o para conseguir que Dios nos conceda lo que le pidamos. En el Jesús histórico la unión con Dios era tal que no sabía pedir sino lo que quería el Padre, es decir que en su vida mortal ya vivía como resucitado, era Dios amando, era Dios curando, era Dios salvando. Esa distancia entre Jesús y Dios era intimidad, identidad de voluntades, de proyectos, de pasión amorosa por sus hijos. Esta es la pregunta que nos deja Jesús como camino verdad y vida: ¿qué intimidad tengo yo con Dios? ¿en qué se parecen mis proyectos y los proyectos de Dios? Cuando sean los mismos viviré como resucitado y el mundo sabrá qué celebramos los cristianos cuando nos reunimos para pedir juntos al mismo Padre.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

IV Domingo de Pascua
3 mayo

Hech 2, 14ª,36-41 ¿Qué hemos de hacer?
1ª Pe 2, 20b-25 Os cuida como un pastor
Jn 10, 11-18 El buen pastor da la vida

Yo soy el buen pastor

Hoy más que nunca necesitamos alguien que nos ofrezca buenos pastos, alimento espiritual, que nos guíe por buenos caminos y nos lleve a buen puerto, líderes que velenpor los débiles, alguien que está de nuestra parte y nos defienda de tanto usurpador de humanidad. Es verdad que nos sentimos un tanto perdidos, en esta postmodernidad que no quiere saber nada de valores, que corta las raíces de cualquier tradición e identidad. Demasiados lobos buscando presas fáciles, mientras la gente sencilla clama por un poco de honradez y verdad.

Pero la pregunta cristiana una vez más, es si el hombre necesita soluciones externas, si debemos esperar a que todo vaya bien para encontrarnos seguros. ¿No tenemos la fuerza y la seguridad en la resurrección de Jesús? ¿No es él el único que nos puede salvar? Cuando un cristiano se lamenta de lo mal que lo hacen los responsables de la política, de la economía… ¿no está olvidando que sólo tiene un Salvador? ¿Y que en él tenemos la fuerza para eludir cualquier desánimo?

Si el cristianismo de hoy no es tan boyante como el de hace unas décadas o siglos, ¿no será porque somos menos creyentes? ¿O es que necesitamos, para afianzar nuestra fe en el resucitado, que el entorno social nos sea favorable? Cristo no lo tuvo tan fácil, auque la sociedad de entonces fuera más religiosa que la de ahora.

Pues bien, este Cristo resucitado, esta fe que hemos heredado de nuestros padres, son los que reclaman de nosotros la valentía del Buen Pastor, capaz de hacer frente a los ladrones y bandidos que asaltan el aprisco. No podemos ser por más tiempo creyentes asalariados, que velamos por nuestra religiosidad o por nuestras tradiciones, pero al ver venir al lobo abandonamos y huimos de nuestras responsabilidades de fe.

Está claro que en la alegoría del pastor y las ovejas Jesús se dirige a los fariseos, falsos pastores que proclamaban la ley para que la cumplieran los demás. Es verdad que cuando Jesús habla de pastores asalariados, está hablando de los que buscan su propia ventaja e interés, no el interés del pueblo. Pero también es verdad que Jesús reclama a los que le quieran seguir la valentía que mostraron sus discípulos, una vez que él murió y resucitó. Es decir, ahora somos nosotros, los creyentes, los que hemos de tomar su puesto en la defensa de los pastos y del rebaño frente a los salteadores.

«Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado.Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos» -leemos en la primera lectura de este 4º domingo de Pascua.

Nosotros, los que nos hemos alimentado de su verdad, de su palabra, de su cuerpo partido y su sangre derramada, tenemos en él la fuerza para saber que estamos salvados, que hemos sido hechos hijos, que conocemos al Padre y el Padre nos conoce y no nos abandona.

Nosotros, los que hemos recibido su Espíritu, para no ceder ante los falsos pastores, tenemos poder para amar y estar gozosos amando, tenemos fuerza para curar enfermos y anunciar el reino.

El está con nosotros, él dio la vida por nosotros y ha resucitado para nosotros, él sigue siendo nuestro pastor y nuestro guía, nada ni a nadie debemos temer; porque él nos ha dicho: «Yo soy la luz del mundo», «Yo soy la vid», «Yo soy la puerta», «Yo soy el pan de vida»,«Yo soy el camino»,«Yo soy la verdad», «Yo soy la vida», «Yo soy el buen pastor».

El Buen Pastor. El único Pastor que nos puede salvar. En este cuarto domingo de Pascua, el conocimiento de Jesús nos llenará de confianza, para afrontar los miedos, que también tuvieron sus discípulos cuando Jesús murió, pero que superaron con su resurrección. El conocimiento amoroso de Jesús nos llenará de gozo para participar con otros creyentes de esa comunión que existía entre el Padre y el Hijo. Y el conocimiento amoroso de este Buen pastor, nos llenará de fuerza para traer a este mundo nuestro, tan deshilachado, su salvación.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

III Domingo de Pascua (A)
26 abril

Hch 2, 14a.22-28: A éste, entregado, Dios le resucitó
1Pe 1, 17-21: Habéis sido rescatados
Lc 24,13-35: Quédate con nosotros

Los discípulos de Emaús

Los dos discípulos de Emaús vuelven derrotados a su casa por la muerte de Jesús, mejor dicho, porque creían que Jesús iba a restaurar el reino de Israel y todo había acabado en rotundo fracaso. Un profeta poderoso en hechos y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Ellos se definen como derrotados: “Nosotros esperábamos… pero ya han pasado tres días”. Es uno de los relatos de la resurrección que encontramos en el evangelio según san Lucas, con una escena única en su género, donde el evangelista narra con sabiduría y en pocas palabras la experiencia de fe en Jesús resucitado.

El relato hace entrar en diálogo esas dos dimensiones de la esperanza, la del resucitado y la de los discípulos, la del más allá y la del más acá. Dialogan sobre las Escrituras “pero algo en sus ojos les impedía reconocerlo”, dice el evangelista. Es lo mismo que impedía a María Magdalena reconocer en el hortelano a Jesús resucitado, le está viendo, le tiene delante, habla con él y no le reconoce.

Cuando nosotros queremos acceder y creer en la resurrección tenemos algo en nuestros ojos que nos impide dar el salto. Tanto los de Emaús como la Magdalena entran en contacto con el resucitado por una acción que viene del más allá, no por el propio esfuerzo en creer. Y eso que viene del más allá consiste en que Dios pronuncie tu nombre, que te llame personalmente: “¡María”” y ella respondió “¡Maestro!”, o que Dios te invite a la fracción del pan, y entonces se te abrirán los ojos y verás al resucitado. Lucas dice que después de la fracción del pan: Estando recostado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo ofreció. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista”. Este es el misterio desvelado sobre la resurrección; cuando Dios te coloca de la parte de allá las escamas de los ojos se derriten y comienzas a ver de verdad. Esta es la acción del resucitado, se nos hace el encontradizo, camina a nuestro lado, con nosotros, pero algo en nuestros ojos nos impede reconocerlo.

Hemos de decir que el cuerpo de Jesús resucitado, la materia resucitada no se manipula al gusto de cada uno, se te da a conocer o no. Jesús iba a su lado y ellos le iban contando lo que un tal Jesús, rico en obras y en milagros nos había dicho que... pero que ya hace tres días que murió… Imposible reconocer al resucitado. Pero ya al atardecer, es decir, cuando las cosas se ponen tiernas, -como al atardecer en el Paraíso terrenal, cuando el Señor Dios bajaba a hablar con Adán y Eva, y mientras el sol declina, el corazón del hombre se hace ternura y puede hablar con Dios-, los de Emaús le dicen, oye, quédate con nosotros, porque el día va de caída y la noche se echa encima. Le invitaron a cenar, -eso es muy importante, hay que invitar a cenar-, y Jesús tomó un pan, lo partió, -fíjense en el gesto, es inconfundible de Jesús-, y los apóstoles desde entonces comenzarán a hablar del partir el pan, la Eucaristía. En toda la Iglesia antigua se llama Eucaristía al partir el pan.

Noten que siempre se trata de una cena de amigos, aunque dudasen y estuvieran desesperanzados, eran amigos, amigos que le invitaron a cenar y cuando Jesús tomó el pan, lo partió y se lo dio, se les abrieron los ojos ¿Y qué pasó entonces? Que Jesús desapareció de su vista. Estaba con ellos y ya no estaba. Una de dos, o está y no le ves, o no está y le ves. Este es el tema de ver a Jesús después de muerto resucitado. Le conocieron partiendo el pan, se les abrieron los ojos, le conocieron, pero Jesús desapareció.

Hay, por tanto, un conocimiento de Jesús que no es suficiente para reconocer en él al que está vivo. Hace falta ese gesto de amor y de paciencia por parte de Jesús. No les reprocha nada, sino que comparte sus interrogantes, sus problemas y los acoge. Las palabras de Jesús hacen arder el corazón de los discípulos, y la fracción del pan les hace entender la realidad de una manera nueva, les abre los ojos, les enseña a vivir de una manera nueva. Ellos volvieron a Jerusalén de donde huían antes, para anunciar a la comunidad de discípulos que Cristo vive.

“Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén; encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que decían: -Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

II Domingo de Pascua
19 de abril

Hch 2, 42-47: Vivían unidos y tenían todo en común
1Pe 1, 3-9 Reengendrados a una herencia incorruptible
Jn 20, 19-31: Paz a vosotros

Paz a vosotros

La muerte de Jesús fue un acontecimiento tan estremecedor que llenó de espanto, miedo y estupor a sus amigos íntimos. ¿Cómo es posible que este mundo crucifique y arroje de este mundo, como a un condenado, al que pasaba haciendo el bien? ¿Hay entrañas capaces de soportar esa maldad? El poder del mal había llegado al máximo del horror.

No es extraño que los discípulos huyeran y se dispersaran horrorizados. No es extraño que tuvieran miedo los que habían sido sus fieles seguidores. La comunidad se siente insegura e indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución judía. El fin que tuvo Jesús, en la cruz, podía ser su mismo final. ¿Y quién podría sacarles de esa situación de temor y angustia?

María Magdalena y algunas mujeres habían dicho que estaba vivo, pero era tal la desolación y tristeza que ellos no pudieron pensar sino “cosas de mujeres…”, según cuenta el evangelista Lucas. No bastaba tampoco tener noticia de que el sepulcro estaba vacío. ¿Cómo pudieron salir de esa frustración?

Sólo de una manera, y es la misma que nos quieren transmitir a nosotros los evangelistas: con la presencia del mismo Jesús. Este es el mensaje: sólo Jesús nospuede dar seguridad en medio de un mundo hostil. Desde el momento en que Jesús se hace presente en nuestras vidas, desaparece el miedo. “Estando atrancadas las puertas … llegó Jesús, … y les dijo: -Paz con vosotros. …Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor”.

¿Está Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestra comunidad de creyentes, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad? ¿Y qué queremos decir con estas palabras: Jesús, centro de nuestras vidas, la paz con nosotros? A veces las repetimos miméticamente, pero sin identificarnos con ellas, y así es como la resurrección no transforma nuestra vida. ¿Qué tiene que suceder para que la resurrección de Jesús nos afecte hasta tal punto de cambiar nuestra vida? En ese misma frase del evangelio de Juan encontramos la respuesta, que no va a ser nada fácil de asumir. “Y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor”.

Las manos y el costado traspasados. Esta es la clave. La muerte está tan pegada a la resurrección, tan unida a ella, que sin muerte no hay resurrección. La alegría que invadió a los discípulos llegó al reconocer, en el resucitado, al crucificado. El miedo a la persecución les obligó a cerrar las puertas; con Jesús en medio recuperaron la paz. No tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma, les había dicho antes de la pasión. Y este mismo mensaje les dirige ahora.

Sus manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles los judíos, ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica. El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado: vuestra tristeza se convertirá en alegría. Ya ha comenzado la fiesta de la Pascua, la nueva creación, el nuevo ser humano capaz de dar la vida para dar vida

Pero no todos creen. Hay uno, Tomás, que se resiste a creer, y no le basta con ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No estuvo con ellos cuando vino Jesús. Estaba en la actitud testaruda de quien quiere vivir la religión en solitario, no busca a Jesús fuente de vida, sino como reliquia del pasado. Cuando se una al grupo, y desde la comunidad, y en comunidad, busque al Señor, el Señor se le revelará resucitado. Ahora sí podrá decir Tomás esa sublime confesión de fe llamando a Jesús “Señor mío y Dios mío”.

Y con Santo Tomás, el incrédulo, se nos abren también a nosotros las puertas de la luz y de la resurrección: “Dichosos los que sin haber visto han creído”. La fe en la resurrección, decíamos el domingo pasado, requiere tener los ojos abiertos y ver en la vida las llagas de manos y costado. El dolor y el vaciamiento de uno mismo, por los demás, son las pruebas constatables de que la vida nueva que ha llegado a nosotros, y la alegría de la resurrección inundará nuestras vidas.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

DOMINGO DE RESURRECCIÓN
12 abril

Hech 10, 34a.37-43: Pasó haciendo el bien
Salmo 117, 1-2.16-17: Sea nuestra alegría y nuestro gozo
Col 3, 1-4: Habéis resucitado con Cristo
Jn 20, 1-9: Entró... vio y creyó

 Entró... vio y creyó

El evangelista San Juan resume su experiencia de la Resurrección de Jesús con estas tres palabras: “Entró…vio y creyó”.Ver y Creer. Ver con los ojos de la carne, lo que nuestros ojos pueden ver. Y creer, lo mismo pero con los ojos de la fe. Jesús dirá a sus discípulos: “Dichosos los que sin haber visto, han creído”. Y es que con los ojos de la carne se puede ver lo que se puede ver, poca cosa. Los límites de la visión de nuestros ojos, la mayoría de las veces, no ven más allá de donde llega nuestra nariz. En cambio, con los ojos de la fe se ve lo que está ante nuestra mirada, lo que sucede a nuestro alrededor, los hechos de la historia, y además lo que está más allá de la realidad material e histórica.

Por eso la Iglesia considera la Resurrección de Jesús como hecho histórico, es decir, algo que sucedió en nuestra historia, y al mismo tiempo, como un hecho de fe, algo que trasciende la historia, que está más allá del mero acontecer. ¿Y cómo puede ser esto: que sea a la vez histórico y que esté más allá de la historia? El evangelista San Juan no se entretiene en explicaciones inútiles, pero lo dice todo con ese: “vio y creyó”. No basta ver, hay que creer. No basta creer, hay que ver. Ver al Señor resucitado con los ojos de la carne no nos da fe, y creer que resucitó sin verle glorioso sobre la muerte, tampoco nos hace creyentes.

La realidad de la resurrección no es un problema de cómo fue la resurrección, sino nuestro, que somos incapaces de tener la experiencia que tuvo San Juan: ver y creer al mismo tiempo. Si la resurrección de Jesús no es un hecho fotografiable, como fenómeno físico, tampoco es un hecho fantasioso, porque sucede en la historia, hasta el punto de transformarla. Y justamente por esto, porque sucede en la historia y, al mismo tiempo, más allá de la historia, es porque lo que se ha convertido en el eje fundamental de la historia del existir humano. Es el acontecimiento central de la fe cristiana, capaz de iluminar nuestra existencia y la del mundo de entero.

Desde la fe en la Resurrección de Jesús ya podemos comprender para qué creó Dios el universo: para salvarlo y llevarlo a la plenitud que nos ha ganado Cristo. Ya podemos comprender cómo es que Dios ama a su Hijo predilecto y le deja morir en una cruz. Para darle la Vida verdadera, a él y a nosotros en él. Ya podemos comprender que el Reino de Dios ha comenzado, y está como una semilla sembrada en nuestro corazón. Las palabras de Jesús adquieren luminosidad: “Si el grano de trigo no muere no da fruto, pero si muere da mucho fruto”. Ahora entendemos aquello que nos decía: “Quien quiera ganar su vida la perderá, pero quien “pierda” su vida por mí, ése la salvará”.

Es la paradoja del cristianismo: entregar la vida es la mejor forma de retenerla; dar la vida es la mejor forma de recibirla. Paradoja de cuando tienes el alma agitada y te sale la pregunta: “¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora..”. Acordémonos de la respuesta que se dio Jesús: “Pero si por eso he venido, para esta hora”. Tener los pies en la tierra y el corazón en Dios es ver la mano de Dios en la adversidad, su cariño en la prueba, su amor en la angustia del existir humano.

Desde la fe en la Resurrección de Jesús ya podemos asumir que la muerte ha sido vencida, y proclamar que la Vida plena es la voluntad de Dios. Ni los verdugos, ni los acusadores, ni los traidores tienen la última palabra. Sólo Dios lleva la voz cantante, pues sólo Él es capaz de dirigir la historia de manera imprevista e insospechada.

La fiesta cristiana de la Pascua es, sobretodo, la fiesta de la vida recuperada, en medio de las tribulaciones mundanas. La acción más palpable de la resurrección de Jesús fue la capacidad de transformar el interior de los que se fían de él y lo celebran juntos. El resucitado convoca a su comunidad en torno al evangelio y en torno a la mesa del pan partido y compartido. Es el día del Señor.

 

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO

Domingo de Ramos
5 abril

Is 50,4-7: “Para hacer saber al cansado una palabra alentadora”
Salmo: 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Filp 2,6-11: Se rebajó a sí mismo
Mt 26, 14-27, 66: La Pasión de Cristo.

La Semana de la Salvación

El domingo de Ramos hacemos memoria de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, bien es verdad que la entrada triunfal fue en un burrito y acompañado del pueblo llano, la gente sencilla, la que estaba a diario cerca de Jesús. Entrada triunfal, sobre todo, porque ir a Jerusalén, lo había anticipado muchas veces Jesús, era para realizar el culmen de su aspiración como Hijo obediente del Padre: la entrega total de sí para salvar al resto de los hijos.

Entrada triunfal, porque el misterio del mal (la Pasión y muerte), y el misterio del bien (Resurrección), iban a quedar desvelados para la eternidad. La muerte va ser vencida: el acontecimiento liberador más grande que jamás se haya producido en la historia.

Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, porque con su cuerpo ensangrentado y su sangre derramada, podemos alimentar nuestras vidas -en la Eucaristía- hasta la vida eterna. En su cuerpo y en su sangre santos hemos sido liberados de las cadenas de la muerte.

Es, la Semana Santa, que comienza en este Domingo de Ramos, es la semana triunfal de Cristo Redentor, de la cual nos quiere hacer partícipes a todos los que nos fiamos de él. Por esa Semana Santa podemos decir con San Juan que, “hemos pasado de la muerte de la muerte a la vida”, las cadenas han sido rotas, se nos ha abierto el cielo, es la hora de la Vida, por el amor de Cristo.

Semana de Pasión, semana de Resurrección. Todo está condensado en esta paradoja del triunfo de Jesús sobre un borriquillo. Paradoja, porque morir a sí mismo es la verdadera manera de vivir. Paradoja, porque entregar la vida es la mejor forma de retenerla. Paradoja, porque dar la vida es la mejor forma de recibirla. Paradoja, como decíamos la semana pasada, porque “perder” la vida por amor es la forma de “ganarla”, para la vida eterna.

Este modo que tiene Jesús de triunfar entre palmas y ramos de olivo, entrando señorialmente, a lomos de un burrito, en Jerusalén, es paradójico, pero esclarecedor. Ya sabemos cómo es el triunfo de Dios, el de la cercanía y el amor, el que adquiere por el camino de la humildad. No hace falta aparentar demasiado para ser Señor. No valen muchas promesas ni grandes proclamas para ser Rey; basta una humilde presencia de afecto y compasión para sacar de la miseria al abatido, y llenar su corazón de esperanza.

Paradójicamente, en Cristo a lomos de un borriquito, sabemos el camino de salvación que nos trae. Esta es la forma de llevar a término el plan salvador de Dios. La voluntad salvadora de Dios, que quiere instaurar de nuevo con su pueblo, hoy, en el tercer milenio, esa una «nueva alianza», que comenzada con Moisés,se realizó en Cristo.

Así, con este mensaje de alegría podemos comenzar la Semana Santa, pero junto con el sentimiento de compasión y dolor a que se nos invita, podemos cantar el Himno a Cristo Rey de la liturgia de hoy:

¡Gloria, alabanza y honor!

¡Gritad Hosanna y haceos como los niños hebreos al paso del Redentor!

¡Gloria y honor al que viene en el nombre del Señor!

Después de la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, y ya en la proclamación de la Palabra, el pasaje del profeta Isaías presenta al Siervo, que enfrenta la injusticia desde la debilidad de su humilde condición humana y confía en que el Dios le dará la fuerza necesaria.

La carta a los Filipenses muestra al Cristo que acepta ser uno de tantos para decirnos cómo transformar la condición humana, no por vía de la auto-exaltación, sino de la obediencia. Y el Evangelio de San Marcos de este domingo de Ramos, relata la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Un relato que nos ayuda a entender cómo la condena injusta de Jesús no ocurrió por accidente, sino que fue cometida con toda premeditación y conciencia. Era sospechoso de alterar la religión por parte de los sacerdotes, escribas, doctores y piadosos de su tiempo: llamaba a Dios “Padre”.

Con esta palabra, “Padre”, va a despedir Jesús su estancia entre nosotros, desde la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”; “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

 







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