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Comentarios litúrgicos
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO Domingo de Pentecostés Ciclo A Hch 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo Recibid el Espíritu Santo Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Los Hechos de los apóstoles narran cómo todos se llenaron de Espíritu Santo y empezaron a predicar y a anunciar la Buena Noticia. En la Primera carta a los corintios, San Pablo dice que nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Y que en esa unidad en la confesión, hay sin embargo diversidad de dones, diversidad de ministerios y diversidad de funciones, pero en el mismo Espíritu; un mismo Señor, un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu de una forma distinta para el bien común. En base a este encargo uno, y múltiple a la vez, la Iglesia ha compuesto el himno que conocemos como Secuencia, implorando la venida del Espíritu sobre nosotros. Así pues, leamos esta Secuencia, y a continuación les propongo otra, compuesta por quien les habla, deseando ser expresión de pluralidad en las formas de rezar, de invocar al mismo Espíritu con diversas palabras, cosa que cada cristiano debería hacer, de acuerdo con su situación particular, para dejar que el Espíritu se revele en todas las circunstancias. He aquí la Secuencia que nos propone la Iglesia en el día de Pentecostés: Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Y ahora la Secuencia, inspirada en la de la Iglesia, pero con variaciones propias: Ven, Espíritu Santo, que aleteas en lo alto, luz que penetra las almas, No sin razón dice Pablo: "Donde hay Espíritu de Dios hay libertad", y donde autonomía (el ser humano, y su bien, se hacen ley), y donde hay libertad, se fomenta la pluralidad de las personas en camino hacia la unidad. El Espíritu, que es veraz, es quien hace resplandecer la verdad, la autenticidad, a vida, como dice Juan en su evangelio. Que venga un nuevo Pentecostés sobre nuestro mundo para acabar con esta ola de intolerancia e intransigencia que nos invade por doquier.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO La Ascensión del Señor Hch 1, 1-11: Lo vieron elevarse Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo El evangelio de hoy, fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos, cierra el evangelio de Mateo, y subraya la conexión entre el último encuentro de Jesús con sus discípulos y las palabras finales del Señor a su comunidad. Sitúa la escena en una montaña de la Galilea. Se produce en ella la teofanía del Resucitado que se coloca en relación con la montaña de la Tentación y con la montaña de la Transfiguración. Se anticipa, así el Señorío de Jesús, tema principal que se desprenden de las palabras que éste pronuncia. Lejos de los dirigentes religiosos de la época, Jesús se encuentra con los Once que le han seguido, que le han abandonado, pero al fin le han visto resucitado. Los Once viven esa experiencia del último encuentro, antes de comenzar la vida de la Iglesia en dispersión por el mundo, con una mezcla de adoración y de duda. Como Pedro ante el embate de las olas, la comunidad lleva en su seno estos dos sentimientos contradictorios. Ambos son los dos únicos textos de Mateo que combinan los verbos que se refieren a esos dos sentimientos. Las palabras de Jesús se dirigen a fortalecer la fe comunitaria desde un encargo en que están implicados tres personajes: Jesús, el círculo de los discípulos y «todos los pueblos». Respecto a sí mismo, Jesús afirma que ha recibido «plena autoridad en el cielo y en la tierra». Esta autoridad está muy lejos de aquella propuesta del diablo de recibir «todos los reinos del mundo», los discípulos ya pueden comprender el significado de ese nuevo poder divino, y ahora es el momento de la proclamación de ese señorío, recibido por Jesús del Padre. Jesús recibe un señorío universal que se ejerce sobre toda realidad creada. Este señorío universal es el fundamento para la existencia de la realidad eclesial, el señorío del amor a toda la creación por el servicio. Es el destino de todo aquel que quiera comprometerse con su verdad más profunda en cuanto ser humano e hijo de Dios: salvar el mundo por el amor, entregando la vida en el servicio a los demás, como tantos sacerdotes, religiosos y laicos que se gastan por los demás en África o en un ambulatorio de barrida marginal. Aunque este mensaje es universal, muy pocos se comprometen con esta verdad. No obstante es un ideal que ha de convocar cada vez a más gente. El pueblo elegido no tiene fronteras, esas que ponemos los humanos para delimitar nuestros campos, o las de los números, para decir cuánto dinero tenemos o cuántos católicos somos en el mundo; los destinatarios de la buena noticia que nos trajo Jesús no somos los blancos o los indios, no tiene límites de edad o de conocimientos, es… para toda la humanidad. Dios quiere habitar en todos los corazones; ahora bien, estos han de ser de carne, no de piedra, capaces de sentir afectos y de ilusionarse, tiernos y sensibles, para ello “hemos de revestirnos de la fuerza de lo alto”, sólo después podremos ascender como él al lugar donde las cosas son de verdad, al cielo, al cielo de nuestros corazones. Id por todo el mundo a llevar a todos los corazones la buena noticia de que no estamos solos, de que tenemos un Padre; quien quiera aceptarle se sentirá salvado, quien no lo crea estará condenado, y no podrá experimentar la salvación de Dios. Para esto vino Jesús, no para juzgar a nadie, sino para ofrecer la salvación. Ha cumplido su misión, y ahora encarga a sus discípulos, a los que le han querido seguir y han aceptado su oferta, que sigan haciendo lo mismo. Desde aquel día a orillas del Jordán, cuando se rasgó el cielo, y se oyó la voz: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo”, hasta el día en que, después de muerto, bajó a los infiernos. El mensaje de Jesús es su presencia y su presencia debe evangelizar todo el universo. La buena noticia está sembrada, hay que anunciarla. Somos nosotros los testigos de este mensaje y de esta persona, de resurrección y vida, que es Jesús, hasta que la tarea iniciada por él, conforme el mundo una como una fraternidad que confiese a un solo Dios como Padre. Somos nosotros los destinatarios del encargo, pero no estamos solos. Él, que ya está sentado a la derecha de Dios, Él, que habita en el cielo, es el que nos dice: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO VI Domingo de Pascua Hch 8,5-8.14-17: Felipe, por su cuenta, fue a Samaría La promesa del Espíritu Santo La resurrección de Jesús ha movilizado el espíritu misionero de los discípulos. Hoy vemos a Felipe predicando a los samaritanos en su capital. Es una noticia inusitada si tenemos en cuenta la enemistad tradicional entre judíos y samaritanos, considerados estos como herejes y extranjeros pues, aunque adoraban al único Dios y vivían de acuerdo con su ley, no querían rendir culto en Jerusalén. Los samaritanos sin embargo acogieron la Buena Noticia anunciada por Felipela ciudad "se llenó de alegría". Esta obra evangelizadora que rompe fronteras nacionales, que supera odios y rivalidades ancestrales, provocando en cambio la unidad y la concordia de los creyentes, es obra del Espíritu Santo, como comprueban los apóstoles Pedro y Juan, que con su presencia en Samaria confirman la labor de Felipe. Se trata de una especie de Pentecostés, de venida del Espíritu Santo sobre estos nuevos cristianos procedentes de un grupo tan despreciado por los judíos. Para el Espíritu divino, no hay barreras ni fronteras. Es Espíritu de unidad y de paz. En la segunda lectura, 1ª carta de Pedro, se nos recuerda que los cristianos debemos estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida. ¿Por qué creemos, por qué esperamos, por qué nos empeñamos en confiar en la bondad de Dios en medio de los sufrimientos de la existencia, las injusticias y opresiones de la historia? Porque hemos experimentado el amor del Padre, y porque Jesucristo ha padecido por nosotros y por todos, para darnos la posibilidad de llegar a la plenitud de nuestra existencia en Dios. Por esta misma razón el apóstol nos exhorta a mostrarnos pacientes en los sufrimientos, contemplando al que es modelo perfecto para nosotros, a Jesucristo, el justo, el inocente, que en medio del suplicio oraba por sus verdugos y los perdonaba. A quince días de que termine la cincuentena pascual, la Iglesia comienza a prepararnos para la gran celebración de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La manifestación pública de la Iglesia. Podríamos decir que su inauguración. En la lectura del evangelio de san Juan, tomada de los discursos de despedida de Jesús que encontramos en los capítulos 13 a 17 de su evangelio, el Señor promete a sus discípulos el envío de un "Paráclito", un defensor o consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, Espíritu de verdad porque procede de Dios que es la verdad en plenitud, no un concepto, ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y que conduce la historia humana a su plenitud. Cristo permanece en su Iglesia de una manera personal y efectiva, por medio del Espíritu divino que envía sobre los apóstoles y que no deja de alentar a los cristianos a lo largo de los siglos. Por eso puede decirles que no los dejará solos, que volverá con ellos, que por el Espíritu establecerá una comunión de amor entre el Padre, los fieles y El mismo. El Espíritu alienta en quienes se comprometen con los valores de la presencia de Dios en el mundo: solidaridad, justicia, paz y fraternidad, encarnados en los discípulos de Jesús. Esta presencia del Señor resucitado en su comunidad ha de manifestarse en un compromiso efectivo, en una alianza firme, en el cumplimiento de sus mandatos por parte de los discípulos, única forma de hacer efectivo y real el amor que se dice profesar al Señor. No es un regreso al legalismo judío, ni mucho menos. En el evangelio de San Juan ya sabemos que los mandamientos de Jesús se reducen a uno solo, el del amor: amor a Dios, amor entre los hermanos. Amor que se ha de mostrar creativo, operativo, salvífico. En el lenguaje de Juan el «mundo» no es lo que nos rodea o el lugar donde existimos, sino esa parte de nosotros mismos que se resiste a recibir el Espíritu divino. Un gramo de injusticia o de mentira en nuestro corazón impide a Dios realizar su obra salvadora, hace inútil la muerte y resurrección del Señor, y nos mantendría en el reino de las tinieblas y de la muerte. Ahí, a ese rincón profundo de nuestro ser es a donde quiere llegar el Espíritu para liberarnos.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO V Domingo de Pascua (A) Hch 6, 1-7: La Palabra de Dios iba creciendo «Yo soy el camino, la verdad y la vida» Déjanos ver al Padre, queremos conocer a Dios, rezamos. Otras veces tenemos miedo de Dios, el lejano, el infinito, el que nos controla y nos va a juzgar. A Dios acudimos para que nos libre de enfermedades, nos trate bien, según nosotros queremos. Alguna vez Dios es el Padre providente que acude en nuestro auxilio… Todas estas imágenes de Dios son elaboración de nuestros miedos y deseos, casi nunca el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Cuando Felipe le dice a Jesús, Señor muéstranos al Padre, Jesús responde: Jesús le contestó: -Tanto tiempo como llevo con ustedes y ¿no has llegado a conocerme, Felipe? Quien me ve a mí está viendo al Padre; ¿cómo dices tú: "Haz que veamos al Padre"? ¿No crees que yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo? No sólo nos pasa a nosotros, eso de formarnos ideas de Dios parciales, y por tanto falsas, los mismos discípulos que estuvieron cerca de Jesús tenían el mismo problema. Por eso Jesús, casi enfadado con ellos les dice que cómo es posible que lleve tanto tiempo con ellos y no acaban de entender lo que Jesús quiere revelar del Padre. Y se lo explica: podéis conocer al Padre en mí por las obras que hago: ayudo a los enfermos, curo a los leprosos, perdono a quien se deja perdonar, anuncio un reino de hermanos… este es el camino, la verdad y la vida, Jesús mismo haciendo las obras del Padre. ¿No lo vemos también nosotros? ¿O es que ese Dios no nos interesa? Jesús habla a los discípulos, a aquellos que lo han conocido y le han dado su adhesión, esto es, a los que creen en él. Para estos es el camino, la verdad y la vida, para los que se fían de él. Es verdad que el camino del amor pasa por la cruz, itinerario hacia la vida verdadera, pero esto de la cruz no les interesa mucho, ni nos interesa tampoco a nosotros. No hay camino, verdad ni vida que no pase por el recorrido que hizo Jesús en esta tierra, hacia la plenitud de la vida. El camino supone una meta, y ésta es el Padre; la verdad implica un contenido, y éste es la vida. Y Jesús es la vida porque la posee en plenitud y puede comunicarla. «Camino, verdad y vida» se pueden resumir en una palabra: amor, amor sin medida, amor hasta la muerte. Por eso quien conoce a Jesús conoce a Dios, porque Dios es amor. Felipe demuestra no entender ni a Jesús ni a Dios cuando le pide que les muestre al Padre. El Padre y Jesús se identifican, porque ambos son la máxima expresión del amor. Tomás estaba dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte, pero sin saber que era el amor la única fuerza para superar esa barrera. Los mandamientos no son leyes, sino las múltiples facetas de la actividad del amor, tal como Jesús lo ha practicado. La palabra de este quinto domingo de pascua, es la de que «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí». Porque creemos y esperamos en él, nos sentimos llamados a vivir nuestra vida como un servicio a los otros, como nos dice la primera lectura. Seguir a Cristo camino, Verdad y Vida, nos lleva a servir ser servidores de nuestros hermanos como lo hizo él y como lo han vivido siempre los verdaderos discípulos de Cristo.El se fue y está con el Padre, ahora somos nosotros los cristos en esta tierra, que por nuestras obras vean los hombres al Padre, que también lo es de los que no le reconocen como tal. Tanto tiempo como llevo con vosotros y ¿no me conoces, Luis, Antonio, Elisa, Miren, Eusebio…? Quien me ve a mí está viendo al Padre; … es el Padre, quien, viviendo en mi, realiza sus obras. Creedme, yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo; y si no, analizad mis obras. Os aseguro, quien se fía de mí hará las obras que yo hago y aun mayores; ... Lo que pidan unidos a mí, yo lo haré. Esa distancia que hay entre el Jesús de Galilea y el Jesús resucitado es la que nos falta a nosotros para hacer las obras de Jesús o para conseguir que Dios nos conceda lo que le pidamos. En el Jesús histórico la unión con Dios era tal que no sabía pedir sino lo que quería el Padre, es decir que en su vida mortal ya vivía como resucitado, era Dios amando, era Dios curando, era Dios salvando. Esa distancia entre Jesús y Dios era intimidad, identidad de voluntades, de proyectos, de pasión amorosa por sus hijos. Esta es la pregunta que nos deja Jesús como camino verdad y vida: ¿qué intimidad tengo yo con Dios? ¿en qué se parecen mis proyectos y los proyectos de Dios? Cuando sean los mismos viviré como resucitado y el mundo sabrá qué celebramos los cristianos cuando nos reunimos para pedir juntos al mismo Padre.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO IV Domingo de Pascua Hech 2, 14ª,36-41 ¿Qué hemos de hacer? Yo soy el buen pastor Hoy más que nunca necesitamos alguien que nos ofrezca buenos pastos, alimento espiritual, que nos guíe por buenos caminos y nos lleve a buen puerto, líderes que velenpor los débiles, alguien que está de nuestra parte y nos defienda de tanto usurpador de humanidad. Es verdad que nos sentimos un tanto perdidos, en esta postmodernidad que no quiere saber nada de valores, que corta las raíces de cualquier tradición e identidad. Demasiados lobos buscando presas fáciles, mientras la gente sencilla clama por un poco de honradez y verdad. Pero la pregunta cristiana una vez más, es si el hombre necesita soluciones externas, si debemos esperar a que todo vaya bien para encontrarnos seguros. ¿No tenemos la fuerza y la seguridad en la resurrección de Jesús? ¿No es él el único que nos puede salvar? Cuando un cristiano se lamenta de lo mal que lo hacen los responsables de la política, de la economía… ¿no está olvidando que sólo tiene un Salvador? ¿Y que en él tenemos la fuerza para eludir cualquier desánimo? Si el cristianismo de hoy no es tan boyante como el de hace unas décadas o siglos, ¿no será porque somos menos creyentes? ¿O es que necesitamos, para afianzar nuestra fe en el resucitado, que el entorno social nos sea favorable? Cristo no lo tuvo tan fácil, auque la sociedad de entonces fuera más religiosa que la de ahora. Pues bien, este Cristo resucitado, esta fe que hemos heredado de nuestros padres, son los que reclaman de nosotros la valentía del Buen Pastor, capaz de hacer frente a los ladrones y bandidos que asaltan el aprisco. No podemos ser por más tiempo creyentes asalariados, que velamos por nuestra religiosidad o por nuestras tradiciones, pero al ver venir al lobo abandonamos y huimos de nuestras responsabilidades de fe. Está claro que en la alegoría del pastor y las ovejas Jesús se dirige a los fariseos, falsos pastores que proclamaban la ley para que la cumplieran los demás. Es verdad que cuando Jesús habla de pastores asalariados, está hablando de los que buscan su propia ventaja e interés, no el interés del pueblo. Pero también es verdad que Jesús reclama a los que le quieran seguir la valentía que mostraron sus discípulos, una vez que él murió y resucitó. Es decir, ahora somos nosotros, los creyentes, los que hemos de tomar su puesto en la defensa de los pastos y del rebaño frente a los salteadores. «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado.Al oír esto, dijeron con el corazón compungido a Pedro y a los demás apóstoles: «¿Qué hemos de hacer, hermanos?» Pedro les contestó: «Convertíos» -leemos en la primera lectura de este 4º domingo de Pascua. Nosotros, los que nos hemos alimentado de su verdad, de su palabra, de su cuerpo partido y su sangre derramada, tenemos en él la fuerza para saber que estamos salvados, que hemos sido hechos hijos, que conocemos al Padre y el Padre nos conoce y no nos abandona. Nosotros, los que hemos recibido su Espíritu, para no ceder ante los falsos pastores, tenemos poder para amar y estar gozosos amando, tenemos fuerza para curar enfermos y anunciar el reino. El está con nosotros, él dio la vida por nosotros y ha resucitado para nosotros, él sigue siendo nuestro pastor y nuestro guía, nada ni a nadie debemos temer; porque él nos ha dicho: «Yo soy la luz del mundo», «Yo soy la vid», «Yo soy la puerta», «Yo soy el pan de vida»,«Yo soy el camino»,«Yo soy la verdad», «Yo soy la vida», «Yo soy el buen pastor». El Buen Pastor. El único Pastor que nos puede salvar. En este cuarto domingo de Pascua, el conocimiento de Jesús nos llenará de confianza, para afrontar los miedos, que también tuvieron sus discípulos cuando Jesús murió, pero que superaron con su resurrección. El conocimiento amoroso de Jesús nos llenará de gozo para participar con otros creyentes de esa comunión que existía entre el Padre y el Hijo. Y el conocimiento amoroso de este Buen pastor, nos llenará de fuerza para traer a este mundo nuestro, tan deshilachado, su salvación.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO III Domingo de Pascua (A) Hch 2, 14a.22-28: A éste, entregado, Dios le resucitó Los discípulos de Emaús Los dos discípulos de Emaús vuelven derrotados a su casa por la muerte de Jesús, mejor dicho, porque creían que Jesús iba a restaurar el reino de Israel y todo había acabado en rotundo fracaso. Un profeta poderoso en hechos y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Ellos se definen como derrotados: “Nosotros esperábamos… pero ya han pasado tres días”. Es uno de los relatos de la resurrección que encontramos en el evangelio según san Lucas, con una escena única en su género, donde el evangelista narra con sabiduría y en pocas palabras la experiencia de fe en Jesús resucitado. El relato hace entrar en diálogo esas dos dimensiones de la esperanza, la del resucitado y la de los discípulos, la del más allá y la del más acá. Dialogan sobre las Escrituras “pero algo en sus ojos les impedía reconocerlo”, dice el evangelista. Es lo mismo que impedía a María Magdalena reconocer en el hortelano a Jesús resucitado, le está viendo, le tiene delante, habla con él y no le reconoce. Cuando nosotros queremos acceder y creer en la resurrección tenemos algo en nuestros ojos que nos impide dar el salto. Tanto los de Emaús como la Magdalena entran en contacto con el resucitado por una acción que viene del más allá, no por el propio esfuerzo en creer. Y eso que viene del más allá consiste en que Dios pronuncie tu nombre, que te llame personalmente: “¡María”” y ella respondió “¡Maestro!”, o que Dios te invite a la fracción del pan, y entonces se te abrirán los ojos y verás al resucitado. Lucas dice que después de la fracción del pan: Estando recostado con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo ofreció. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista”. Este es el misterio desvelado sobre la resurrección; cuando Dios te coloca de la parte de allá las escamas de los ojos se derriten y comienzas a ver de verdad. Esta es la acción del resucitado, se nos hace el encontradizo, camina a nuestro lado, con nosotros, pero algo en nuestros ojos nos impede reconocerlo. Hemos de decir que el cuerpo de Jesús resucitado, la materia resucitada no se manipula al gusto de cada uno, se te da a conocer o no. Jesús iba a su lado y ellos le iban contando lo que un tal Jesús, rico en obras y en milagros nos había dicho que... pero que ya hace tres días que murió… Imposible reconocer al resucitado. Pero ya al atardecer, es decir, cuando las cosas se ponen tiernas, -como al atardecer en el Paraíso terrenal, cuando el Señor Dios bajaba a hablar con Adán y Eva, y mientras el sol declina, el corazón del hombre se hace ternura y puede hablar con Dios-, los de Emaús le dicen, oye, quédate con nosotros, porque el día va de caída y la noche se echa encima. Le invitaron a cenar, -eso es muy importante, hay que invitar a cenar-, y Jesús tomó un pan, lo partió, -fíjense en el gesto, es inconfundible de Jesús-, y los apóstoles desde entonces comenzarán a hablar del partir el pan, la Eucaristía. En toda la Iglesia antigua se llama Eucaristía al partir el pan. Noten que siempre se trata de una cena de amigos, aunque dudasen y estuvieran desesperanzados, eran amigos, amigos que le invitaron a cenar y cuando Jesús tomó el pan, lo partió y se lo dio, se les abrieron los ojos ¿Y qué pasó entonces? Que Jesús desapareció de su vista. Estaba con ellos y ya no estaba. Una de dos, o está y no le ves, o no está y le ves. Este es el tema de ver a Jesús después de muerto resucitado. Le conocieron partiendo el pan, se les abrieron los ojos, le conocieron, pero Jesús desapareció. Hay, por tanto, un conocimiento de Jesús que no es suficiente para reconocer en él al que está vivo. Hace falta ese gesto de amor y de paciencia por parte de Jesús. No les reprocha nada, sino que comparte sus interrogantes, sus problemas y los acoge. Las palabras de Jesús hacen arder el corazón de los discípulos, y la fracción del pan les hace entender la realidad de una manera nueva, les abre los ojos, les enseña a vivir de una manera nueva. Ellos volvieron a Jerusalén de donde huían antes, para anunciar a la comunidad de discípulos que Cristo vive. “Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén; encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que decían: -Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Ellos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO II Domingo de Pascua Hch 2, 42-47: Vivían unidos y tenían todo en común Paz a vosotros La muerte de Jesús fue un acontecimiento tan estremecedor que llenó de espanto, miedo y estupor a sus amigos íntimos. ¿Cómo es posible que este mundo crucifique y arroje de este mundo, como a un condenado, al que pasaba haciendo el bien? ¿Hay entrañas capaces de soportar esa maldad? El poder del mal había llegado al máximo del horror. No es extraño que los discípulos huyeran y se dispersaran horrorizados. No es extraño que tuvieran miedo los que habían sido sus fieles seguidores. La comunidad se siente insegura e indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución judía. El fin que tuvo Jesús, en la cruz, podía ser su mismo final. ¿Y quién podría sacarles de esa situación de temor y angustia? María Magdalena y algunas mujeres habían dicho que estaba vivo, pero era tal la desolación y tristeza que ellos no pudieron pensar sino “cosas de mujeres…”, según cuenta el evangelista Lucas. No bastaba tampoco tener noticia de que el sepulcro estaba vacío. ¿Cómo pudieron salir de esa frustración? Sólo de una manera, y es la misma que nos quieren transmitir a nosotros los evangelistas: con la presencia del mismo Jesús. Este es el mensaje: sólo Jesús nospuede dar seguridad en medio de un mundo hostil. Desde el momento en que Jesús se hace presente en nuestras vidas, desaparece el miedo. “Estando atrancadas las puertas … llegó Jesús, … y les dijo: -Paz con vosotros. …Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor”. ¿Está Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestra comunidad de creyentes, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad? ¿Y qué queremos decir con estas palabras: Jesús, centro de nuestras vidas, la paz con nosotros? A veces las repetimos miméticamente, pero sin identificarnos con ellas, y así es como la resurrección no transforma nuestra vida. ¿Qué tiene que suceder para que la resurrección de Jesús nos afecte hasta tal punto de cambiar nuestra vida? En ese misma frase del evangelio de Juan encontramos la respuesta, que no va a ser nada fácil de asumir. “Y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor”. Las manos y el costado traspasados. Esta es la clave. La muerte está tan pegada a la resurrección, tan unida a ella, que sin muerte no hay resurrección. La alegría que invadió a los discípulos llegó al reconocer, en el resucitado, al crucificado. El miedo a la persecución les obligó a cerrar las puertas; con Jesús en medio recuperaron la paz. No tengáis miedo a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma, les había dicho antes de la pasión. Y este mismo mensaje les dirige ahora. Sus manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles los judíos, ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica. El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado: vuestra tristeza se convertirá en alegría. Ya ha comenzado la fiesta de la Pascua, la nueva creación, el nuevo ser humano capaz de dar la vida para dar vida Pero no todos creen. Hay uno, Tomás, que se resiste a creer, y no le basta con ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No estuvo con ellos cuando vino Jesús. Estaba en la actitud testaruda de quien quiere vivir la religión en solitario, no busca a Jesús fuente de vida, sino como reliquia del pasado. Cuando se una al grupo, y desde la comunidad, y en comunidad, busque al Señor, el Señor se le revelará resucitado. Ahora sí podrá decir Tomás esa sublime confesión de fe llamando a Jesús “Señor mío y Dios mío”. Y con Santo Tomás, el incrédulo, se nos abren también a nosotros las puertas de la luz y de la resurrección: “Dichosos los que sin haber visto han creído”. La fe en la resurrección, decíamos el domingo pasado, requiere tener los ojos abiertos y ver en la vida las llagas de manos y costado. El dolor y el vaciamiento de uno mismo, por los demás, son las pruebas constatables de que la vida nueva que ha llegado a nosotros, y la alegría de la resurrección inundará nuestras vidas.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO Domingo de Resurrección Hech 10, 34a.37-43: Pasó haciendo el bien Entró... vio y creyó El evangelista San Juan resume su experiencia de la Resurrección de Jesús con estas tres palabras: “Entró…vio y creyó”.Ver y Creer. Ver con los ojos de la carne, lo que nuestros ojos pueden ver. Y creer, lo mismo pero con los ojos de la fe. Jesús dirá a sus discípulos: “Dichosos los que sin haber visto, han creído”. Y es que con los ojos de la carne se puede ver lo que se puede ver, poca cosa. Los límites de la visión de nuestros ojos, la mayoría de las veces, no ven más allá de donde llega nuestra nariz. En cambio, con los ojos de la fe se ve lo que está ante nuestra mirada, lo que sucede a nuestro alrededor, los hechos de la historia, y además lo que está más allá de la realidad material e histórica. Por eso la Iglesia considera la Resurrección de Jesús como hecho histórico, es decir, algo que sucedió en nuestra historia, y al mismo tiempo, como un hecho de fe, algo que trasciende la historia, que está más allá del mero acontecer. ¿Y cómo puede ser esto: que sea a la vez histórico y que esté más allá de la historia? El evangelista San Juan no se entretiene en explicaciones inútiles, pero lo dice todo con ese: “vio y creyó”. No basta ver, hay que creer. No basta creer, hay que ver. Ver al Señor resucitado con los ojos de la carne no nos da fe, y creer que resucitó sin verle glorioso sobre la muerte, tampoco nos hace creyentes. La realidad de la resurrección no es un problema de cómo fue la resurrección, sino nuestro, que somos incapaces de tener la experiencia que tuvo San Juan: ver y creer al mismo tiempo. Si la resurrección de Jesús no es un hecho fotografiable, como fenómeno físico, tampoco es un hecho fantasioso, porque sucede en la historia, hasta el punto de transformarla. Y justamente por esto, porque sucede en la historia y, al mismo tiempo, más allá de la historia, es porque lo que se ha convertido en el eje fundamental de la historia del existir humano. Es el acontecimiento central de la fe cristiana, capaz de iluminar nuestra existencia y la del mundo de entero. Desde la fe en la Resurrección de Jesús ya podemos comprender para qué creó Dios el universo: para salvarlo y llevarlo a la plenitud que nos ha ganado Cristo. Ya podemos comprender cómo es que Dios ama a su Hijo predilecto y le deja morir en una cruz. Para darle la Vida verdadera, a él y a nosotros en él. Ya podemos comprender que el Reino de Dios ha comenzado, y está como una semilla sembrada en nuestro corazón. Las palabras de Jesús adquieren luminosidad: “Si el grano de trigo no muere no da fruto, pero si muere da mucho fruto”. Ahora entendemos aquello que nos decía: “Quien quiera ganar su vida la perderá, pero quien “pierda” su vida por mí, ése la salvará”. Es la paradoja del cristianismo: entregar la vida es la mejor forma de retenerla; dar la vida es la mejor forma de recibirla. Paradoja de cuando tienes el alma agitada y te sale la pregunta: “¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora..”. Acordémonos de la respuesta que se dio Jesús: “Pero si por eso he venido, para esta hora”. Tener los pies en la tierra y el corazón en Dios es ver la mano de Dios en la adversidad, su cariño en la prueba, su amor en la angustia del existir humano. Desde la fe en la Resurrección de Jesús ya podemos asumir que la muerte ha sido vencida, y proclamar que la Vida plena es la voluntad de Dios. Ni los verdugos, ni los acusadores, ni los traidores tienen la última palabra. Sólo Dios lleva la voz cantante, pues sólo Él es capaz de dirigir la historia de manera imprevista e insospechada. La fiesta cristiana de la Pascua es, sobretodo, la fiesta de la vida recuperada, en medio de las tribulaciones mundanas. La acción más palpable de la resurrección de Jesús fue la capacidad de transformar el interior de los que se fían de él y lo celebran juntos. El resucitado convoca a su comunidad en torno al evangelio y en torno a la mesa del pan partido y compartido. Es el día del Señor.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO Domingo de Ramos Is 50,4-7: “Para hacer saber al cansado una palabra alentadora” La Semana de la Salvación El domingo de Ramos hacemos memoria de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, bien es verdad que la entrada triunfal fue en un burrito y acompañado del pueblo llano, la gente sencilla, la que estaba a diario cerca de Jesús. Entrada triunfal, sobre todo, porque ir a Jerusalén, lo había anticipado muchas veces Jesús, era para realizar el culmen de su aspiración como Hijo obediente del Padre: la entrega total de sí para salvar al resto de los hijos. Entrada triunfal, porque el misterio del mal (la Pasión y muerte), y el misterio del bien (Resurrección), iban a quedar desvelados para la eternidad. La muerte va ser vencida: el acontecimiento liberador más grande que jamás se haya producido en la historia. Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, porque con su cuerpo ensangrentado y su sangre derramada, podemos alimentar nuestras vidas -en la Eucaristía- hasta la vida eterna. En su cuerpo y en su sangre santos hemos sido liberados de las cadenas de la muerte. Es, la Semana Santa, que comienza en este Domingo de Ramos, es la semana triunfal de Cristo Redentor, de la cual nos quiere hacer partícipes a todos los que nos fiamos de él. Por esa Semana Santa podemos decir con San Juan que, “hemos pasado de la muerte de la muerte a la vida”, las cadenas han sido rotas, se nos ha abierto el cielo, es la hora de la Vida, por el amor de Cristo. Semana de Pasión, semana de Resurrección. Todo está condensado en esta paradoja del triunfo de Jesús sobre un borriquillo. Paradoja, porque morir a sí mismo es la verdadera manera de vivir. Paradoja, porque entregar la vida es la mejor forma de retenerla. Paradoja, porque dar la vida es la mejor forma de recibirla. Paradoja, como decíamos la semana pasada, porque “perder” la vida por amor es la forma de “ganarla”, para la vida eterna. Este modo que tiene Jesús de triunfar entre palmas y ramos de olivo, entrando señorialmente, a lomos de un burrito, en Jerusalén, es paradójico, pero esclarecedor. Ya sabemos cómo es el triunfo de Dios, el de la cercanía y el amor, el que adquiere por el camino de la humildad. No hace falta aparentar demasiado para ser Señor. No valen muchas promesas ni grandes proclamas para ser Rey; basta una humilde presencia de afecto y compasión para sacar de la miseria al abatido, y llenar su corazón de esperanza. Paradójicamente, en Cristo a lomos de un borriquito, sabemos el camino de salvación que nos trae. Esta es la forma de llevar a término el plan salvador de Dios. La voluntad salvadora de Dios, que quiere instaurar de nuevo con su pueblo, hoy, en el tercer milenio, esa una «nueva alianza», que comenzada con Moisés,se realizó en Cristo. Así, con este mensaje de alegría podemos comenzar la Semana Santa, pero junto con el sentimiento de compasión y dolor a que se nos invita, podemos cantar el Himno a Cristo Rey de la liturgia de hoy: ¡Gloria, alabanza y honor! ¡Gritad Hosanna y haceos como los niños hebreos al paso del Redentor! ¡Gloria y honor al que viene en el nombre del Señor!
Después de la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, y ya en la proclamación de la Palabra, el pasaje del profeta Isaías presenta al Siervo, que enfrenta la injusticia desde la debilidad de su humilde condición humana y confía en que el Dios le dará la fuerza necesaria. La carta a los Filipenses muestra al Cristo que acepta ser uno de tantos para decirnos cómo transformar la condición humana, no por vía de la auto-exaltación, sino de la obediencia. Y el Evangelio de San Marcos de este domingo de Ramos, relata la Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Un relato que nos ayuda a entender cómo la condena injusta de Jesús no ocurrió por accidente, sino que fue cometida con toda premeditación y conciencia. Era sospechoso de alterar la religión por parte de los sacerdotes, escribas, doctores y piadosos de su tiempo: llamaba a Dios “Padre”. Con esta palabra, “Padre”, va a despedir Jesús su estancia entre nosotros, desde la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”; “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO V Domingo de Cuaresma A Ez 37,12-14: Les infundiré mi espíritu, y vivirán Yo soy la resurrección y la vida La Palabra de Dios, en la liturgia dominical de Cuaresma, comenzó invitándonos a hacer este camino de purificación hacia la Pascua, con los símbolos de la luz (curación del ciego de nacimiento) y del agua (manantial que salta hasta la vida eterna) y concluye este 5º Domingo de Cuaresma con el símbolo de la Vida: la resurrección de Lázaro. Para entrar en la vida, para pasar de la muerte a la vida, se requiere la fe, la esperanza y el amor. Dirá San Juan en una de sus cartas: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que amamos a nuestros hermanos”. El Amor es el lugar de la Vida; donde no hay amor no hay vida, y los cristianos sabemos que al amor se llega por la fe primero, fiarnos de Dios; después por la esperanza que nos da esa confianza en Dios. Fe, Esperanza y Amor. Bien, pues este el proceso que desarrolla San Juan en este evangelio de la resurrección de Lázaro. Jesús le dice a Marta, la hermana de Lázaro: –«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». ¿Crees que yo soy la vida? ¿Crees que yo traigo vida? ¿Te fías de mí como enviado de Dios para dar vida al mundo? Es la primera condición, la Fe, la fe en Jesús que hace resucitar todo lo que está muerto, que llena de ilusión y alegría cualquier empresa. En esta tierra, aunque no sea más que para sobrevivir, constantemente nos estamos fiando de alguien: del médico, del lechero, de mi madre… Es imposible vivir sin depositar la fe en los demás, el problema que las experiencias de la vida producen desengaños y estos hacen saltar por los aires la confianza en el otro, la fe en el otro. Y este es el problema, ¿de quién me pudo fiar que no me engañe? De alguien que me quiera de verdad, que no le importe si soy bajo o alto, rico o pobre, que me quiera porque sí. Sólo hay uno que me quiere porque sí, el Padre Dios y además lo hace visible y palpable en su Hijo Jesús. Este Jesús es quien dice a la desconsolada Marta: ¿crees que yo soy la vida y que lo que quiero darte es vida? Sin esta fe no hay resurrección. Y Marta contestó al Maestro: –«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» A esta confesión de fe Jesús respondió: –«Quitad la losa.» Esta es la acción de la fe sobre las personas que se fían, se verán liberadas de la losa de la muerte, y de todo aquello que antes que la muerte pesa y agobia en la vida. La fe te libera de los miedos, de la desesperanza, de la frustración. “Por Cristo gozamos del amor de Dios por medio de la fe y estamos firmes y nos gloriamos de la esperanza… una esperanza que no defrauda…”. Este es el gozo que quiere trasmitir Jesús a Marta, el gozo de una vida segura, y el gozo que nos quiere trasmitir a nosotros, cristianos del siglo XXI, apesadumbrados y oprimidos por tantas losas de dolor, de impotencia, de desconcierto. ¡Quitad la losa! Dice Jesús, o ¡No tengáis miedo!, como decía Juan Pablo II. Es la hora de la fe en alguien que nos puede salvar. Pero antes hay que saber decir y rezar así: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» La duda, la debilidad humana, a veces nos asaltará y diremos como Marta: Señor, cómo vas a abrir esta cueva de miseria y podredumbre que soy yo, mira que los muertos no tenemos arreglo… Y Jesús, el Hijo de Dios nos responde: –«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» ¡Quitad la losa!, vuelve a insistir Jesús, el dueño de la vida es Dios, no hay ningún otro poder que pueda frenar la acción amorosa y liberadora de Dios para quien se deje liberar. Basta confiar en él y en su enviado Jesús. Este es el esfuerzo apostólico al que estamos llamados también los cristianos en este mundo. Cualquiera que se sea cristiano de verdad, cualquiera que se fíe de verdad de Jesús, tiene la obligación y el deber de anunciar este gran gozo de la fe: Sí, Señor, yo creo que tu salvación es la verdadera salvación, que tu presencia ahuyenta los miedos y desánimos; Señor, yo creo que tú eres la resurrección y la vida, que si nos fiamos de ti, aunque estemos muertos o nos muramos, no moriremos para siempre. Esta es la gran alegría que nos propone el 5º Domingo de Cuaresma: tiempo de quitarnos las losas que nos tienen sujetos y sepultados, para salir a la luz de la vida, la Pascua de resurrección.
COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO IV Domingo de Cuaresma A 1Sam 16,1b.6-7.10-13a: David es ungido rey de Israel El ciego de nacimiento y la luz de Dios sobre nosotros mismosEl agua, la luz y la vida, pasos hacia el domingo de Ramos. El agua que salta hasta la vida eterna lo vimos el pasado domingo, con esa actitud mística de los verdaderos adoradores, “en espíritu y en verdad”, en el relato del encuentro de Jesús con la Samaritana: “Dame de beber”. La luz que brota en el corazón de todo hombre, capaz de iluminar nuestro pecado para dejarnos perdonar por Dios, la vemos en este domingo 4 de cuaresma, con la curación del ciego de nacimiento. Y el deseo de vida, de la vida verdadera, con la resurrección de Lázaro el próximo domingo. «Ni éste pecó ni sus padres... », es la afirmación central de Jesús. El pecado es el mundo de las tinieblas, desde el cual ni nos reconocemos a nosotros mismos ni a los demás. Por eso, y desde el pecado, ordinariamente echamos la culpa de todo a los demás. Vemos la paja en el ojo ajeno sin caer la cuenta de la viga que tenemos en el nuestro. El pecado es una obcecación del hombre empeñado en salvarse a sí mismo sin la ayuda de nadie, cuando no es capaz de dar dos pasos sin errar. Los demás son los culpables, ese que está ciego es el culpable, el otro, siempre el otro. Y yo sin caer en la cuenta de mi ceguera. Cuando Jesús cura al ciego de nacimiento algunos de los fariseos comentaban: –«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: –«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» He aquí las reacciones del que está en la oscuridad, del que tiene una viga en el ojo y no ve. Jesús hace una obra buena, como es ayudar a un ciego, pero como lo hace en día de fiesta, la obra buena es condenada por los fariseos. Para ellos era más importante cumplir con la ley del sábado, con las prescripciones religiosas, que ayudar a una persona en dificultad. Una religión así es lo más antirreligioso que existe, hasta el punto que Jesús mismo dirá en el Juicio Final: apartaos de mí, malditos, porque tuve sedy no me disteis un vaso de agua. No que un vaso de agua valga más que una Misa, pero es que la Misa puede convertirse en motivo de condenación, si no va acompañada del vaso de agua. El “Señor, Señor, ábrenos, que comimos y bebimos contigo”, encontrará como respuesta: “No os conozco, no sé quién sois”. El pecado es tiniebla, la oscuridad que no nos deja reconocernos a nosotros mismos ni a los demás, y así los fariseos de este relato culpan a Jesús de pecador. Pero hay una maldad mayor, porque utilizan al curado para difamar a Jesús, y le dicen: –«Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Contestó él: –«Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo: –¿«Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?» Les contestó: –«Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez? La tiniebla que arroja el pecado sobre el mundo es de tal categoría que todo lo luminoso y bello de la creación y de los seres humanos se hace enemigo: la energía nuclear se hace atómica, la familia se vuelve cárcel, y como no queremos vivir en una cárcel la rompemos, los abuelos que nos han criado y educado los apartamos por viejos, los niños por nacer no nacen, porque molestan. Y el azul del cielo ya no se refleja en el mar, porque el mar y los ríos y los bosques están llenos de inmundicia… Mientras es de día, procura hacer las obras de la luz, porque viene la noche, y no podrás hacerlas. Mientras estoy en el mundo, dice Jesús, yo soy la luz del mundo. Es verdad que había alguno de entre los fariseos que se preguntaban por eso que hemos dicho antes: –«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Un resquicio de luz entra en el corazón de quien se abre, aunque no sea más que con una humilde pregunta. ¿Cómo es posible que uno que no va a misa haga obras buenas? Tal vez porque haya ido a reconciliarse con su hermano, antes de presentar la ofrenda en el altar. Y ya por fin Jesús se dirige al ciego a quien había curado, a ver si él tenía un poco de luz, y le pregunta: –« ¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: –« ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: –«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: –«Creo, Señor.» Y se postró ante él. Jesús añadió: –«Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.»
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