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Comentarios litúrgicos
COMENTARIO A LA LITURGIA DEL DOMINGO Domingo, 1 nov (RV).- Cuando Dios sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto, e hizo la alianza con el pueblo en el Sinaí, por medio de Moisés, les dio unos preceptos o mandamientos para que debían cumplir para no faltar al pacto. El pacto era la liberación y la salvación del pueblo, y el pueblo debía mantenerse fiel a su Señor. Y la forma como presenta la ley este texto del Deuteronomio es una clave para entender lo que significa tener una religión como la guía de la vida y de la actuación. Leemos que se dice: “Escucha Israel: el Señor tu Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas”. Este es el mandamiento fundamental, el origen de todos los otros preceptos de la ley, que serán 9 más los que dictará Dios. Pero además de este mandamiento, Dios da una instrucción que bien deberíamos también aplicar nosotros: “las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria; se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado…”. Que tremenda es esta instrucción, que lamentablemente nosotros no seguimos al pie de la letra. Los judíos, a quienes les dio Dios esta instrucción, en su mayoría la aplica, y el momento de la cena pascual, antes de comer el cordero, la tradición es que el jefe de casa se levanta de la mesa y empieza a recordar a su familia las maravillas de la liberación de Dios y recuerda los mandamientos. Esta práctica es tenida como una obligación, porque allí se cumple ese pasar de generación en generación las enseñanzas de Dios. Me preguntaría, ¿cuántos de nosotros hacemos eso? ¿Cuántos de nosotros hablamos a tiempo y a destiempo de la ley de Dios? ¿Cuántos de nosotros la cumplimos? En el evangelio nos encontramos con un letrado que le pregunta a Jesús qué mandamiento es el primero de todos. La verdad es que extraña que alguien ilustrado en la palabra y la ley de Dios le pregunte a Jesús cuál mandamiento es el primero. En esta pregunta podemos ver dos cosas, o el letrado quiere poner a prueba a Jesús para ver qué dice y ver si lo puede contradecir, o es cómodo y quiere que le digan cuál es el mandamiento más importante para cumplirlo y tal vez dejar de lado los otros, o no hacer tanta insistencia en ellos. La respuesta de Jesús es clara y va directamente al texto del Deuteronomio que leemos como primera lectura de hoy, al que ya hicimos alusión antes: es amar a Dios por encima de todo. Pero Jesús, tal vez viendo el corazón y la intención del letrado le habla sobre un segundo mandamiento: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El letrado, reconociendo la verdad de lo que dice Jesús confirma que esos son los mandamientos más importantes, por lo que Jesús le replica que no está lejos del Reino de Dios. Cumplir los mandamientos, según esta conclusión de Cristo, es acercarse al reino, es compartir el Reino de Dios, es permanecer en el camino del Señor. Nosotros aprendemos en el catecismo que tenemos 10 mandamientos, no los jerarquizamos, sino que sabemos que los tenemos que cumplir. Tal vez ese hecho de aprenderlos para hacer la primera comunión y tener la obligación de cumplirlos es lo que hace que con frecuencia los dejemos de lado, e inclusive los olvidemos. Si volvemos al libro del Deuteronomio, el primer deber en la familia, de nuestros padres o de nosotros si somos padres, es estar constantemente recordando los mandamientos de Dios, para vivirlos en lo concreto de nuestra vida. Y si nos parecen demasiados para cumplirlos al pie de la letra, sigamos el consejo de Jesús, que resumió la ley en los dos grandes mandamientos, amar a Dios y amar al prójimo. Si amamos a Dios, él será el centro de nuestra vida, no lo ofenderemos tomando su nombre en falso o jurando por su nombre, no dejaremos de celebrar su fiesta, serían estos los tres primeros mandamientos. Y si amamos al prójimo, no le haremos mal a los demás, no les robaremos, no los mataremos, respetaremos sus bienes, no los codiciaremos, no abusaremos de ellos en el campo sexual, así como tampoco haríamos daño a nuestro propio ser, y honraríamos más a nuestros padres y familiares, y aquí estarían contemplados los otros 7 mandamientos. El cumplimiento de los mandamientos, más que una cuestión de estar pendientes de cada uno de los mandamientos, nos exige una visión integral, una visión de conjunto que se centra en nuestra entrega a Dios. Jesús nos lo dice claramente en el evangelio de hoy. Te invito a que revises la ley de Dios, a que repases los mandamientos, para que ellos sean tu guía y te orienten por el camino de la vida. Te invito a que los grabes en tu memoria, a que los grabes en tu corazón, y a que le pidas a Dios la fuerza necesaria para vivirlos y cumplirlos, que sientas en verdad que Dios es el centro de tu vida, de tu existencia. Y te invito a que los compartas a tiempo y a destiempo con los tuyos, para que la ley de Dios sea el horizonte de vida de todos como cristianos.
COMENTARIO A LA LITURGIA DEL DOMINGO Domingo, 25 oct (RV).- Los profetas del antiguo testamento, a diferencia de los que podemos pensar por asociar el profetismo a la adivinación, tienen una tarea muy precisa encomendada por Dios: denunciar los pecados del pueblo, las atrocidades, los desvíos, y anunciar la buena noticia de Dios, llamar a la conversión y proclamar la bondad de Dios cuando perdona. Como vemos no son adivinos en el sentido que tal vez podemos darle nosotros o la sociedad misma en la que vivimos, que inclusive usa términos como profetas de mal agüero, cuando se anuncian catástrofes o desgracias. Los profetas llamados por Dios anuncian al pueblo desgracias si no están con Dios, sino modifican su conducta. Pero son anunciadores de la gran alegría que da Dios cuando el creyente se acerca a él y le da su corazón y su vida. Es la alegría que encontramos proclamada en el trozo del profeta Jeremías que se lee en nuestras Iglesias, alegría porque el tiempo de la prueba, el tiempo del destierro ha pasado y Dios cumple su promesa de dar una tierra, un hogar al “resto de Israel”, el título que la escritura reserva para los que permanecieron fieles al Señor. Es el Señor mismo el que los lleva, no importa que estén ciegos, o cojos, que sean mujeres embarazadas o recien paridas, la multitud regresa a casa. Se fueron llorando, despachados, al exilio, pero el Señor se mantuvo fiel a su promesa y ahora los guía entre consuelos. Qué palabra más hermosa para nosotros también, que tal vez estamos como exiliados en este mundo que va por caminos lejanos de Dios, que nos condena si mantenemos la fe y defendemos la vida, que nos aleja si proclamamos la gloria del Señor. Y si nos sentimos exiliados, si nos sentimos como un pequeño rebaño, como ese “resto de Israel”, el Señor hoy nos renueva la promesa y nos transmite la alegría de estar con él, de volver a él, de volver a la Tierra prometida que es su reino de justicia y de amor. La carta a los Hebreos, segunda lectura de este domingo, continúa presentando el discurso sobre el sumo sacerdocio de Cristo, llamado por el Padre a ofrecerse como víctima y como altar, para darnos la salvación definitiva. Los antiguos sumos sacerdotes ofrecían dones y sacrificios por los pecados suyos y los del pueblo. Y lo hacían porque eran del pueblo, tenían los mismos sentimientos del pueblo, y sus mismas debilidades. Cristo, que se revistió de nuestra condición humana, menos en el pecado, también nos comprende en nuestra situación humana, pero al ser Dios y tomar sobre sí nuestros pecados, los perdona y nos devuelve la vida de gracia que el enemigo nos roba cuando nos hace caer. En este trozo de la carta a los Hebreos también se habla de la vocación en el sentido que es Dios quien llama a los sumos sacerdotes y ha llamado a su Hijo a ser el único sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Por ello también debemos apreciar y agradecer a Dios por los llamados que hace a hijos suyos a ser sacerdotes, debemos acompañarlos y sobre todo sostenerlos en esta vocación sublime que hace que Dios, que Jesús siga presente entre nosotros con su Eucaristía. El Evangelio nos presenta a Jesús saliendo de Jericó con sus discípulos, y al borde del camino se encuentra una ciego, Bartimeo, que al escuchar el alboroto de la gente que iba con Jesús comienza a gritarle que tenga compasión de él. Y la reacción de quienes rodean a Jesús es hacer callar a este pobre hombre, para que no moleste al Señor. Pero él insiste, y Jesús le oye, le anima, le pregunta qué quiere y le devuelve la vista. Bartimeo fue curado de su enfermedad, y lo seguía por el camino. Vemos aquí como tres actitudes que nosotros tenemos que imitar. El ciego, se da cuenta de su enfermedad, su ceguera, y piensa que su curación está en acudir a Jesús. También nosotros tenemos cegueras espirituales, cegueras que nos llevan al pecado, y tenemos que darnos cuenta que la única persona que nos puede devolver la luz de la gracia es Jesús a través de sus sacramentos. La segunda actitud es la de no quedarse en el lugar, sino salir a buscar al Señor, llamarlo, gritarle que venga en nuestro auxilio, con fe, y abrirle el corazón. Jesús no se resiste a curarnos, a devolvernos la gracia cuando acudimos confiados a él. Y la tercera actitud, la más importante diría yo, es ser agradecidos y seguir al Señor, convertirnos en sus discípulos. Bartimeo, después de curado seguía al Señor por el camino, aprendiendo de él y viviendo con intensidad la experiencia de estar con el Señor. También nosotros debemos seguir a Jesús, ser testigos de él, y darlo a conocer a aquellos que están a nuestro alrededor. Hermano, hermana que me escuchas, Jesús quiere sanar todos tus pecados, quiere curarte en lo profundo de tu ser, y te llama a que lo sigas, a que seas su discípulo. Y sobre todo a que no tengas miedo de gritar a todo el mundo que crees en aquél que te ha devuelto la salud y la gracia: Jesucristo, Nuestro Señor.
COMENTARIO A LA LITURGIA DEL DOMINGO Domingo, 18 oct (RV).- Al leer el fragmento del capítulo 53 del Libro del Profeta Isaías nos trasladamos a la semana santa, donde se nos habla de siervo sufriente. Y de hecho esta lectura se usa en ese tiempo. Nos habla de que el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, entregó su vida como expiación, el Siervo justificará a muchos, cargando con los crímenes de ellos. Es la descripción que hizo el profeta del significado que tendría, tiempo después, el sacrificio de Cristo en la cruz, un sacrificio que ha sido eficaz para dar la salvación a todos. Un Sumo Sacerdote, como lo describe la carta a los Hebreos, segunda lectura de este domingo, que al ofrecerse a sí mismo ha atravesado el cielo para conseguirnos el perdón, que los muchos sacrificios hechos por los otros sumos sacerdotes no habían conseguido del todo. Y es que este nuevo Sumo Sacerdote ha tomado sobre sí nuestras cargas, nuestras debilidades, para pedir al Padre que las perdone, porque él al ser como uno de nosotros nos ha entendido, ha experimentado lo que todos los humanos sentimos, menos el pecado. Mientras que los sacerdotes del antiguo testamento debían primero hacer un sacrificio para obtener el propio perdón, y después hacer el sacrificio para obtener el perdón del pueblo, este nuestro nuevo Sumo Sacerdote se ha sacrificado a sí mismo, de una vez por todas, con una eficacia tal, que ha conseguido el perdón de toda la humanidad. Es la grandeza de este Siervo que, sufriendo, que muriendo, que derramando su sangre nos dio el ejemplo a seguir para alcanzar la vida eterna. Por el sufrimiento y el sacrificio se logra alcanzar la madurez de vida cristiana y se logran purificar las intenciones y los sentimientos. Las dos primeras lecturas, de Isaías y de la Carta a los Hebreos, enmarcan el Evangelio donde Marcos nos narra el encuentro de Jesús con dos de sus discípulos, los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que se le acercan para pedirle que no los olvide en su reino, que los coloque uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús claramente les dice que no saben lo que piden, y les pregunta si son capaces de beber el cáliz que él va a beber y el bautismo con el que él se va a bautizar. Ellos responden que sí, tal vez impulsados por la avaricia del poder, a la manera de los poderes terrenos. No olvidemos que los discípulos y muchos seguidores de Jesús pensaron en un Mesías terrenal, que reivindicara al pueblo, que lo liberase de la dominación romana en aquel tiempo. Pensaban en la restitución del reino de Israel, y claro, había que procurarse un puesto en el gobierno. La verdad poco han variado las intenciones de los dirigentes de aquel entonces y los nuestros. Volviendo al relato, estos dos discípulos dicen rápidamente que sí, que aceptan el cáliz y el bautismo. Jesús les confirma esa voluntad que tienen, pero le aclara que él no es quien decide sobre los que le acompañaran en la gloria de su reino. La promesa de Jesús se confirmó en estos, y en todos los apóstoles, quienes después de la purificación con el fuego del Espíritu Santo dieron sus vidas en sacrificio por el Señor. Todos bebieron del cáliz y se bautizaron con el bautismo del Señor. La petición de estos dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, da pie para que Jesús nos dé una enseñanza sobre cómo deben ser las relaciones entre nosotros como Iglesia, y también como deberían ser las relaciones entre las personas bajo el gobierno que tengan. Jesús dice que quienes son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y los grandes los oprimen. Hoy vemos que todavía en muchas partes se sigue con esa política, no obstante que se ha ganado mucho terreno participativo con la democracia. Jesús nos dice que en la Iglesia, que entre nosotros los creyentes, las relaciones deben ser de hermanos, de servidores los unos de los otros. Y lo dice poniéndose él mismo como ejemplo, que no vino a ser servido, sino a servir. Sus discípulos tuvieron que aprender con el sufrimiento y la entrega de sus vidas lo que significa ser servidor. Nosotros, los creyentes de esta época, también debemos tener la misma actitud de los apóstoles, el mismo sentimiento de apertura a la Palabra de Jesús. Y sobre todo tener la conciencia de que somos servidores de los demás, dentro y fuera de la Iglesia, y que nuestra misión es la de hacer crecer a todos en dignidad y en la fe. Lo tenemos que hacer en nuestro ambiente, en los lugares donde desarrollamos nuestra vida, y ojalá lo pusiéramos en práctica si tenemos la gracia o la vocación de ser líderes políticos, para que los valores del Evangelio iluminen el trabajo de servicio a los demás en el gobierno. ¡Qué diferente sería la sociedad, si esos valores del Señor se practicaran en todos los niveles del gobierno de los pueblos! Hoy nos ponemos en las manos de Jesús para nos dé la fuerza para beber su cáliz, y que nos dé la gracia de su bautismo para que seamos unos cristianos coherentes y demos ejemplo con nuestros valores y principios a la sociedad de nuestros días.
COMENTARIO A LA LITURGIA DEL DOMINGO Domingo, 11 oct (RV).- Este domingo es el vigésimo octavo del Tiempo Ordinario, y la liturgia de la Palabra nos propone para la meditación las lecturas del Libro de la Sabiduría, el salmo 89, la carta a los Hebreos y seguimos leyendo el capítulo 10 del Evangelio según San Marcos. Una palabra puede resumir el mensaje de este domingo: sabiduría. Cuando Salomón llegó a ser rey de su pueblo Israel, el Señor, en su bondad, le dice a este joven rey que le pida lo que quiera para el ejercicio de su gobierno. La mayoría de nosotros pienso que hubiera pedido prosperidad, dinero, recursos económicos, y por supuesto larga vida para disfrutar los privilegios del poder. Y la sorpresa es que pide sabiduría para gobernar, capacidad para discernir. Y Dios, al ver la nobleza de esta petición, le dio esa admirable sabiduría que conocemos y también, por añadidura le dio prosperidad a su reino. Pues eso es lo que nos dice la primera lectura, precisamente tomada del capítulo séptimo del Libro de la Sabiduría. Allí leemos “supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí un espíritu de sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos… No la equiparé a la piedra más preciosa… La preferí a la salud yla belleza, me propuse tenerla por luz…”. La sabiduría no es sólo el hecho de saber muchas cosas, ser docto en muchas ciencias u oficios, sino que es un estilo de vida donde la persona, con su experiencia de vida sabe discernir lo que le conviene, el bien del mal. Ese es el concepto de sabiduría en la escritura, y por ello la sabiduría se atribuía a los ancianos, a los mayores, porque por haber vivido largos años, por haber acumulado experiencia, se ganaban el respeto de la sociedad. Y démonos cuenta que si bien estamos hablando de la sabiduría en términos bíblicos, esa relación de sabiduría con ancianidad o con experiencia fue muy extendida en los tiempos antiguos, en las civilizaciones que generaron lo que somos hoy, tanto en occidente como en oriente, y también en nuestras culturas ancestrales indígenas. Razón tenía el joven Salomón al pedir sabiduría para gobernar, porque sus pocos años de vida no le habían dado toda la experiencia necesaria para guiar al pueblo de Dios. La carta a los Hebreos nos habla de la Palabra de Dios que penetra en nuestro ser como espada de doble filo, que llega hasta donde se divide el cuerpo y el espíritu. Y el autor de esta carta lo relata así, porque es esa Palabra de Dios la que desvela lo que somos, la que pone delante de nuestros ojos nuestra propia vida, para confrontarla con los valores y principios de Dios. Si antes habíamos hablado de lo que significa la sabiduría, aquí con este trozo de la carta a los Hebreos se nos aclara que esa sabiduría nos viene de la Palabra misma de Dios, que es quien nos enseña el camino y nos da las instrucciones para seguirlo. Y está en nosotros aceptarla, asimilarla y vivirla, como lo ha hecho tanta gente, del antiguo y del nuevo testamento, y, por supuesto, los santos que veneramos por sus virtudes, virtudes que en parte están en el carácter y en las decisiones de vida, y en parte en la seriedad con la que acogieron la Palabra de Dios y le dieron vida. Si hoy se nos hace difícil vivir la sabiduría, porque el mundo nos presenta como importante lo inmediato y lo material, el consumismo, el Señor nos llama la atención sobre lo que verdaderamente perdura, sobre la experiencia de vivir sabiamente bajo la guía de su Palabra. El Evangelio es el pasaje conocido como del joven rico. Marcos nos cuenta que un joven se acercó para preguntar al Señor qué debe hacer para ganar la vida eterna. Cumplir los mandamientos le responde Jesús, y el joven, con orgullo, le dice que lo hace desde pequeño. Pero el Señor le pide un poco más, no basta sólo cumplir los mandamientos, sino entregarse totalmente al seguimiento de Dios, y para ello debe liberarse de la riqueza que se puede convertir en ídolo. Ya a este punto el joven no siguió, su riqueza tuvo más fuerza en su corazón que la práctica de las virtudes. Este joven, es como la antítesis de Salomón, que pidió sabiduría para regir su vida y su pueblo, y se le dio dinero, mientras que él tenía dinero y, en vez de aceptar la sabiduría, prefirió seguir su camino de riquezas. El joven no era malo, no es esto lo que condena Jesús, el joven era correcto al cumplir los mandamientos, pero Jesús le exige una entrega total, que sólo se logra si la persona es desprendida y se asocia totalmente al Señor. Pidamos a Jesús que nos dé cada día la sabiduría de su palabra y de su ejemplo, y sobre todo que nos dé la fuerza para rechazar las tentaciones del poder y del tener, que hoy tanto afectan la vida de las personas, incluyendo los creyentes. Que sepamos relativizar los bienes y la economía a lo que es la esencia de la vida del cristiano: seguir a Cristo y cumplir su voluntad.
COMENTARIO A LA LITURGIA DEL DOMINGO Domingo 4 oct (RV).- Estamos de nuevo juntos para reflexionar sobre la palabra que la Iglesia nos propone para este domingo que es el vigésimo séptimo del tiempo ordinario en su ciclo B. Como primera lectura vamos a leer un trozo del capítulo segundo del Libro del Génesis, meditaremos con el salmo 127, al que responderemos “Que el Señor Bendiga todos los días nuestra vida”; luego como segunda lectura tenemos parte del capítulo segundo de la Carta a los Hebreos, para finalizar con la lectura de parte del capítulo 10 del Evangelio según san Marcos. El tema central de este domingo es el matrimonio y el divorcio. Cuando Dios hizo la creación, es decir, las cosas que tenemos y nosotros mismos, ha puesto leyes que de alguna manera orientan el proceso de crecimiento y progreso. En el Libro del Génesis vemos un plan que traza Dios sobre sus creaturas, y el autor bíblico las describe de dos maneras, lo que significa que tenemos dos relatos de la creación. En ambos hay un hacer las cosas en orden que bien podría compararse con la evolución, aunque es obvio que el Libro del Génesis no plantea una idea evolucionista. Pero Dios hace primeros los elementos físicos, luego hace las plantas, luego los animales, y luego hace al ser humano. Este es también el orden, si se puede usar este término, de la evolución. Pero el planteamiento de las lecturas de hoy se basa en el culmen de esa creación, en el ser humano. El relato del capítulo 1 habla que Dios crea en el sexto día tanto a hombre como a la mujer, y los hace a su imagen y semejanza. Mientras que en el relato que se nos presenta en este capítulo 2 se dice que Dios crea al hombre, lo pone en el jardín, y se da cuenta que está sólo. Por eso lo hace caer en el sueño y de su costilla hace a una mujer, que al presentársela el hombre se complace porque es carne de su carne y hueso de sus huesos. Y se da la sentencia: por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola cosa, una sola carne. Este es el principio del matrimonio según Dios. Pero el ser humano, después de esa creación paradisíaca y su caída, se alejó de Dios y puso en discusión sus principios, uno de ellos el del matrimonio. Por eso en la época de Moíses se permitió al hombre divorciarse de su mujer, si esta cometía errores, y darle un acta de repudio, para que no pudiera volverse a casar. Aunque bíblico, este es un pensamiento eminentemente machista, porque no dice nada si es la mujer la que se queja o encuentra problemas con el marido. Pero dejando de lado esta discusión, nos centramos en el evangelio, donde unos fariseos, para poner a prueba a Jesús le preguntan si era lícito divorciarse. Jesús les pregunta sobre la ley que les había dado Moíses, la que permitía el divorcio, y al responder ellos que sí permitía el divorcio, entonces Jesús va a los orígenes. Dice que Moíses permitió el divorcio por la terquedad de ellos, pero que originalmente las cosas no eran así. Dios creó al hombre y a la mujer para que formaran una familia indisoluble, donde se dejaran de lado los egoísmos y particularismos y donde la pareja pudiera vivir para complementarse en la vida. De modo que en los planes originales de Dios el divorcio no entra, ni entrará, porque el divorciarse implica cometer adulterio, es decir, afectar la relación primera tenida con la esposa o el esposo. Jesús, como hemos visto, regresa al origen de la formación de la pareja y declara la indisolubilidad de la unión matrimonial. La Iglesia también, basada en esta enseñanza de Jesús, mantiene como principio básico del matrimonio la indisolubilidad del vínculo. Con el tiempo el énfasis de la relación matrimonial se puso en los hijos, indicando que el fin principal o primero del matrimonio eran los hijos. Pero este planteamiento se ha revisado, y hoy en la Iglesia tenemos claro que el primer fin del matrimonio es la vida de complemento en pareja, el completarse el uno al otro, el ser felices el hombre con la mujer. Y de esa felicidad, es claro que se espera la generación de los hijos como premio a la entrega de los esposos. Pero no perdamos de vista que no es el fin principal, de modo que una pareja que no puede tener hijos por problemas de alguno o de ambos cónyuges no significa que el matrimonio no tiene validez. Lo principal es la vivencia de pareja. Y es aquí donde veo que están los problemas de nuestros días, que han hecho aumentar de tal modo el número de divorcios, que hasta se nos ha convertido en algo normal. Si sólo se ve el goce personal, el disfrute de estar con una persona por el placer momentáneo, es claro que la opción a permanecer toda la vida con un persona no entra en los esquemas de muchas personas. Y por eso se discute la validez del matrimonio para toda la vida. La tendencia de hoy es a vivir el presente, a disfrutar el presente, y los planes no se hacen a largo plazo, como debe ser en el matrimonio. Entonces la crisis no es de la institución matrimonial, sino que es de nosotros que no tenemos la capacidad de dar un sí para toda la vida Pidamos al Señor que bendiga a todas los matrimonios, y que inculque en nuestros jóvenes el valor de lo que significa vivir en pareja para toda la vida.
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