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Seguimos tus huellas

 

La vibración total del hombre en Dios
Sedientos de Infinito, con Dios dentro
Fe es fiarse y no salir defraudado
De las piedras saldrán hijos de Abrahám
Un Dios de vivos, no de muertos
La paradoja del cristianismo
Tras las huellas del Resucitado
Huellas del Resucitado
Huellas de dolor
No hay granero que te pueda saciar
"No sólo de pan vive el hombre"
El objeto de la búsqueda humana
Los motivos de la búsqueda
El hombre es continua búsqueda
Trasparentar el infinito que soy
En busca del hombre nuevo
Ya..., pero todavía no
...porque siempre espera lo nuevo
El cristiano siempre camina cantando
El infinito lo llevamos dentro
Navidad: Jesús nace en nosotros
Navidad: un niño necesitado
Navidad, culmen de la creación de Dios
Los pasos de Dios en la historia
El hombre que se postula como meta
El hombre que se postula como meta

La idolatría actual
Un humanismo idolátrico
Idolatría y ateísm
Un Dios sin pedestal: Jesús de Nazaret
La religión como “objeto de búsqueda”
La religión como "objeto de devoción"
La religión como objeto de orientación
La religión del hombre sensato
No hay camino hacia atrás
Todo es futuro en la creación
El Dios verdadero no pone metas
La semilla inicial de la creación
El proyecto del Dios verdadero
El Dios verdadero
Dioses falsos o falsa adoración
Dioses sois
Las tres palabras del secreto
Los tres momentos simbólicos de la realidad
La visión simbólica de la Creación
La palabra de la emoción es el símbolo
El símbolo, la llave de lo profundo
El tejido simbólico de la realidad
El sacramento, desvela y oculta
De la teofanía al sacramento
La sabiduría y el misterio de las cosas
El saber y la sabiduría
No hay separación entre lo sagrado y lo profano
La distancia simbólica entre cielo y tierra
Celebrar los ciclos vitales
Experiencias religiosas de trascendencia

 

13 de mayo

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La vibración total del hombre en Dios

Lo que habíamos imaginado como sublime presencia de la divinidad, eso que las religiones primitivasdenominaban lo sacro, lo sagrado, y ante lo cual el hombre experimentaba sensaciones de temor y temblor, ha resultado cierto. El hombre ante lo divino tiembla, pero no de miedo ante lo tremendum, sino de sobrecogimiento ante la maravilla de un paraíso terrenal que es nuestra propia casa, y de la cual, una vez concluido nuestro peregrinar, nadie nos podrá echar, porque estaremos en Dios y Dios será todo en todos.

La “religión del temor y temblor” que abrían las primeras charlas de este espacio de Radio Vaticano, aquellos primeros pasos de la humanidad en busca de Dios, han llegado a su término en el descubrimiento de La Religión verdadera, esa que se oculta en el corazón del hombre, allí donde habita Dios. Decíamos en la charla anterior que Dios no está más allá del toldo de los cielos, está en lo más íntimo de todo lo que existe, en el corazón del hombre y se manifiesta como una vibración que arrastra el universo entero hacia su plenitud.

Así pues, la religión, eso que vulgarmente llamamos creer en Dios, y que separa formalmente a los que creen y a los que no creen, se ha convertido algo mucho más serio y propio del hombre. La religión es creer en Dios, pero la fe no es una lista de verdades, es caminar hacia... el amado. Caminar, seguimos tus huellas, ha sido el leit motiv de todos estos programas que Radio Vaticano ha venido ofreciendo semanalmente desde hace más de dos años.

Yo creo que lo más importante que podemos decir, al terminar estas bellas reflexiones sobre la incansable búsqueda de Dios por parte del hombre, es que la fe es un acto de relación con Dios, y al mismo tiempo es lo que nos impulsa a relacionarnos con él. Lo que más quiero es lo que más busco, sin embargo lo que más busco es lo que llevo más dentro del corazón. Esto pasa hasta en el enamoramiento humano, lo que más quiero y deseo, lo que más condiciona mi vida, es algo que llevo muy dentro de mí. Por eso decimos que la religión verdadera es la vibración total de Dios en mí.

La fe no es creer las verdades o historias que me cuente otra persona, sino creerla a ella. Y cuando la fe es una relación ya no es un creer en algo, sino en Alguien, es un creer en Ti, no en las cosas que me digan de Ti, sino en Ti. Esto es lo que nos trasmitieron los Apóstoles, que eran unos pobres pescadores, pero supieron resumirlo en el símbolo apostólico: “Creo en Dios, Padre todopoderoso - Dios es persona - y en Jesucristo su Hijo y en el Espíritu Santo”. Teniendo en cuenta que en griego ese “creo en” significa oriente mi fe, mi adhesión “hacia”, es dinámico, de movimiento. Creer, es moverse hacia... Esta es la relación: creer es ir hacia el amado de forma definitiva.

La fe es creer en una persona, lo que no es personal no es objeto directo de fe, en todo caso es objeto indirecto. No caminamos hacia la Iglesia, hacia la resurrección, el perdón... Ya somos Iglesia, estamos resucitados y perdonados. Esto es lo que decimos al creer en la palabra o en los dogmas, en las “fórmulas”. Cristo, lo que ha sucedido en Cristo, ya sucede en los que confiesan su nombre. Cuando el hombre recibe el torrente de Dios y se deja inundar por él, sucede el Hombre-Dios, que es Jesucristo. Es el primero de los hermanos el que nos dice a qué alturas somos llamados. Yo soy llamado a la misma altura que él. Bien, pues esta fórmula no es una filosofía, es una persona viva.

“Cuando Dios sea todo en todos”, dice San Pablo en la primera carta a los corintios (15, 28), estaremos en él, y en él que es Amor, todo será una vibración de gozo y plenitud. Este será el final del camino; una vez que hemos buscado sin cesar lo que puede llegar nuestro corazón y una vez que Cristo nos ha salido al encuentro en esta azarosa búsqueda, sólo nos queda decir: “Seguimos tus huellas” y, con toda seguridad, vibraremos de gozo en la plenitud de Dios.

6 de mayo

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Sedientos de Infinito, con Dios dentro

Vamos a comenzar hoy con una pregunta. ¿Qué le puede pasar a un hombre que esté totalmente habitado por Dios? ¿Qué le sucedería? Sucedería un hombre que es Dios. Exactamente, Jesucristo. Jesucristo no es un hombre con un plus que lo hace divino, no es un hombre con un añadido, ni sucede un Dios rebajado a la condición humana, no, ninguna de las dos cosas. Jesucristo no es un hombre excelso que se acerca tanto a Dios que parece divino; ni es un Dios tan cercano al hombre que parece hombre. Jesucristo es Dios verdadero y hombre verdadero. Esta es la tradición de la Iglesia desde los concilios de Nicea, Efeso y Calcedonia. Jesucristo es del todo Dios verdadero y del todo hombre verdadero, perfecto hombre. No un hombre que por su fidelidad a Dios fuera adoptado como Hijo, esta era la herejía adopcionista. Ni es un Dios con apariencia humana, es decir, parece hombre, pero no, es Dios.

Cuando nosotros decimos que Jesucristo es sobre todo Dios estamos en la herejía, y esto sucede a la mayoría e los cristianos que, por valorar la divinidad de Jesucristo, despreciamos o minusvaloramos su humanidad. Y al revés, quienes subrayan tanto la humanidad de Cristo, olvidando que su naturaleza es igual a la del Padre, olvidan la fe que nos han trasmitido dichos concilios, la fe emanada de los evangelios y que la Iglesia ha conservado como tesoro inmaculado.

Es verdad que lo de la palabra herejía parece un poco desfasada, pero lo que está en juego no es una verdad elaborada por los hombres, por su pensamiento, sino la misma revelación traída por Jesucristo, y al mismo tiempo está en juego la misma naturaleza y destino del hombre. San Pablo nos recuerda que cuando Dios quiso revelársenos del todo, después siglos y siglos de búsqueda humana, después de habernos hablado por nuestros padres y profetas, su última palabra, lo que nos dijo cuando llegó la plenitud de los tiempos, fue un niño, nacido en Belén y muerto en la cruz, a quien Dios resucitó y exaltó a su derecha. La última palabra de Dios sobre sí mismo es la humanidad y la ternura de un niño.

Nuestra fe, desde entonces, confiesa que Jesucristo es hombre verdadero porque es Dios, y que Jesucristo es Dios verdadero porque es hombre perfecto. Ese "porque" es muy importante, es la clave: el hombre no llega a ser hombre del todo hasta que Dios no esté en él del todo. "Nos has hecho para ti, Señor, y mi corazón está inquieto -he aquí el caminar de siglos de la humanidad- hasta que descanse en Ti". Esta es la grandeza del hombre, esta es nuestra grandeza.

Si Cristo nos hubiese dicho que cuando Dios venga a rescatarnos sucederá un terremoto, o grandes signos en el cielo, estaríamos esperando a Dios eternamente. No, Cristo dice que para llegar a Dios hemos de ser humanos de verdad, lo divino, lo infinito está ya en nosotros: “el Reino de Dios no está sujeto a cálculos, y cuando os digan míralo que viene por aquí o por allí, no los creáis, porque está entre vosotros”. San Juan dirá todavía con más transparencia: “Lo que hagáis a uno de estos mis hermanos más pequeños me lo hacéis a mí”. En el hombre niño y necesitado encontramos a Dios. Son palabras de Cristo, y esa es la forma que nos propone para llegar a Dios.

San Pedro lo dirá con palabras todavía más contundentes, somos carne, sangre, y heredad del mismo Dios. Nuestro mismo ser humano limitado no se acaba de completar o de hacer hasta que lo ilimitado y lo infinito entre en nosotros. Somos un finito de tal categoría que un montón de finitos nunca nos satisfaría, sólo el infinito nos puede satisfacer, porque el agujero que tenemos es infinito. La sed de Dios que tiene el que busca -esto es “La Religión”- es una sed de tal categoría que sólo Dios, el infinito, la puede satisfacer. La Religión verdadera la describe Jesús cuando se encuentra con la samaritana junto al pozo de Jacob: el verdadero adorador adora a Dios en espíritu y en verdad. Ni aquí, junto a la tradición de los samaritanos, ni allí, junto al templo de Jerusalén, sino en el corazón.

El lugar del encuentro con ese Dios buscado y añorado desde que el hombre es hombre, a lo largo de siglos y siglos, civilizaciones y culturas, pueblos y geografías tan dispares, ese Dios no está más allá del toldo de los cielos, está en lo más íntimo de todo lo que existe, en el corazón del hombre y se manifiesta como una vibración que arrastra el universo entero hacia su plenitud.

 

29 de abril

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Fe es fiarse y no salir defraudado

San Pablo y San Juan, cuando hablan de conocer a Dios, nunca hablan de conocer verdades de Dios, sino de amarle. “Todo sucede para bien a los que aman a Dios”, para los que aman, no para los que conocen; la frecuencia de onda del ser de Dios es la misma que tengo yo en el cogollo de mi ser. Cuando Dios llega yo vibro siempre, en cambio, cuando me hablan de Dios no vibro. Será que ese Dios del que me hablan no es el verdadero, porque si lo fuera yo tendría que vibrar ya que Dios y yo somos la misma cosa.

Jesucristo canonizó esta búsqueda y, a pesar de que tropiezo y hasta pierdo el camino, al final vuelvo a reanudarlo porque Cristo me ha dicho que él no vino a destruir sino a dar plenitud, y que esto que buscáis es de tal categoría que puede plenificar vuestro ser: lo que buscabais es lo que de verdad teníais dentro de vosotros, decía San Agustín. El problema del ateísmo no es un problema de negar al verdadero Dios, sino de ignorancia, porque pretende negar a Dios para afirmar al hombre. Pero claro, los ateos no niegan al Dios que está dentro de cada uno, sino al dios vestimenta de los altares, al dios exterior del hombre.

Todo depende de si yo niego a Dios por lo que soy o por lo que no soy, porque si le niego por lo que no soy –religión de moral, de doctrina o de culto- no habría problema, lo que se niega no es a Dios sino a una forma de religiosidad. Peor sería negar a Dios por lo que soy, por lo que el hombre es en su interior; este sería el verdadero ateísmo, el que criticaba Jesús en los fariseos, escribas y sacerdotes, y el ateísmo de los que se dicen cristianos, y cumplen, pero no son hombres. ¿Cómo podré yo negar a Dios por lo que soy, cuando lo que soy en mi interior es Dios mismo?

Esta es la gran verdad que nos descubre Jesucristo, que es Dios. Lo que de verdad buscamos lo vamos a encontrar, pero sólo lo encontraremos en totalidad cuando nos abramos del todo a nosotros mismos: en el momento de la muerte. Cuando desemboques en Dios caerás en la cuenta de que le tenías dentro. ¿Cómo podría llegarte si no le tuvieras?

Si el acto de fe es en una persona y esa persona es Dios, no saldremos defraudados cuando nos encontremos con él definitivamente. Pero en esta vida ya podemos disfrutar del encuentro, la confianza nos llena el corazón y en ese corazón brotará una vibración de amor de Dios, que no necesitará leyes de ninguna clase.

Podríamos formular esto mismo en términos matemáticos, en términos de cantidad -lo cual es muy peligroso en religión, pero es ilustrativo-, ¿qué cantidad de cercanía de Dios puedo tener yo? En fe, o religión verdadera, nunca lo sabrás, porque ¿has sido tú quien se ha acercado a él o ha sido él quien se ha acercado a ti? En realidad se trata del encuentro de dos amores terminales y definitivos. Y el día en que se produzca este encuentro, ¿qué sucederá? Sucederá lo que ya ha sucedido: Cristo. Esta es la maravilla del cristianismo: no sólo ha roto la barrera que separaba a los dioses de los hombres, sino que nos ha revelado que un hombre, Cristo, es Dios, y por tanto Dios habita en la carne de la humanidad.

Esta cercanía de Dios y del hombre, esta tensión del acercamiento, ¿cómo se podría decir o formular? No se puede decir con ninguna fórmula, como si fuera una suma, porque cuando la lejanía es cero o la cercanía máxima, ¿saben lo que sucede? Sucede el HOMBRE, y el hombre no es ninguna fórmula. ¿Ven por qué la fe no se puede reducir a fórmulas ni mandamientos, ni tampoco es un vestido con el cual yo pueda definir mi identidad? La fe es una co-vibración de lo que yo soy con lo que más deseo ser. Y si esta vibración se da ¿qué sucede? Sucede el hombre total, Cristo, que es la “fórmula” del hombre.

Bien se puede entender que Cristo no es ninguna fórmula, si no es para marcar irónicamente lo lejano queestá de ello, y lo mismo se ha de decir de su “religión”. Este es el riesgo que conlleva hablar de Cristo o de sus enseñanzas como “religión”. Por eso el autor tiene tantas prevenciones con esta palabra, porque Cristo no es el fundador de ninguna religión en el sentido común del término, en todo caso es el fundador de “La Religión”, porque el hombre, lugar religioso por excelencia, está por encima de cualquier formulación religiosa.

 

22 de abril

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De las piedras saldrán hijos de Abrahám

El Dios verdadero no es un Dios de muertos sino de vivos, decíamos en nuestroespacio anterior. Jesús se lo echó en cara a los fariseos instalados en forma de religiosidad tradicionales, sin que les importara poco el malherido del camino, porque como era sábado… Y esto lo predicaba Jesús en la misma sinagoga, cuando curó a una anciana que tenía el brazo seco, y era sábado. Hipócritas, ¿si se te cae un burro a un pozo en sábado no acudes a sacarlo? Jesús no rompe con el sábado, sino que por al ser humano por encima del sábado, es más importante ayudar a un necesitado que todas las prácticas de piedad juntas. Esto es lo que hay que renovar de la religión. Esto quiere decir “Seguimos tus huellas”, ir detrás del maestro, vivos y buscando la vida.

El Dios que vive dentro de ti es el que hace que tú sigas buscándole. Mientras uno tiene el pálpito de la vida ese pálpito es Dios que palpita y vive en ti, porque es un Dios de vivos. Si Dios fuera un vestido, un ritual o una moral... sería un Dios de muertos.

Por eso, con la llegada de Cristo y nuestra fe en él, la religión se perfila como una actitud vital de búsqueda y respuesta que tiene que dar cada uno y la humanidad entera. Cristo no rechaza la religión antigua, “no vine a destruir sino a dar plenitud”, y en torno a él surgió no una religión, sino una comunidad de búsqueda amorosa y gozosa de la voluntad de Dios.

Desde entonces la pregunta sobre qué significa “creer” tiene otra dimensión. Últimamente se han escrito libros que nos dan pistas para poder responder correctamente. Hasta ahora hemos entendido el “creer” de una forma genérica, por ejemplo: “creer que Cristo es Dios”. Ese "que" después del verbo "creer" desvirtúa la fe cristiana, porque lo cristiano del creer en Cristo es adherirse a él y seguirle, poniendo en práctica su doctrina.

Hace años se publicó un libro que llevaba como título: Je crois en toi, Creo en ti, y su autor, Mouroux dice que el cristiano no cree en cosas, o en verdades intelectuales, sino que cree en una persona. Es lo que nos está repitiendo a los cristianos el Papa Benedicto XVI, y lo repite en un momento de comienzos del siglo XXI en que los cristianos y la Iglesia sólo puede sobrevivir a los ataques del relativismo y la modernidad con lo que sobrevivió en los comienzos del cristianismo, con el amor a una persona, Jesucristo.

Este librito de Yo creo en ti, como tantos otros con títulos parecidos, como El credo que ha dado sentido a mi vida, causaron escozor en algunos sectores clericales, porque minimizaba el valor de lo que la Iglesia tiene de estructuras y propugnaban lo que la Iglesia tiene de vitalidad y creatividad humana y divina. Se trata de recuperar esa vivencia de la fe como una relación personal y vital, del tú a tú en la religión.

Tener fe es vivir una relación con el Dios personal que se nos da como Padre; la persona es el objeto de nuestra fe y con el cual podemos dialogar en la oración, celebrarlo en el culto, y responder con nuestra vida a lo que él quiere de nosotros. El cristiano cree en alguien vivo, alguien tan vivo que es la vida de mi vida. Aquello sin el cual no es que estaría sin "él", es que estaría sin "mí".

San Agustín fue magistral en esto, ya en el siglo V. Si a un hombre, pensado en cristiano, le quitas a Dios, no es que se vuelva ateo, es que se queda sin su mismo "yo". Cuando el objeto de la fe es una persona brota una relación de vibración y ahí es donde se produce la máxima densidad humana. La fe es una vibración de esa categoría, de un yo con un tú, pero con una diferencia y es que cuando se trata de una persona limitada la vibración es limitada, mientras que si la persona es Dios, entonces la vibración puede satisfacer la sed ilimitada e infinita que experimenta todo hombre.

 

15 de abril

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Un Dios de vivos, no de muertos

En la religión como en tantas cosas en la vida existe el peligro de que, una vez iniciado un camino para conseguir algo que nos hemos propuesto, nos instalemos en el camino porque la meta se nos presenta demasiado lejana o difícil de alcanzar. Es el peligro de desistir en la persecución de aquello a lo que aspiramos. Como parece que no lo logramos nunca ponemos nuestro amor en nuestro mismo caminar, por ejemplo, hacemos el sacrificio de no comer carne en cuaresma por el sacrificio, porque está mandado y además o cuesta tanto; rezamos porque hay que rezar, vamos a misa porque es domingo y el domingo hay que ir a misa, pero sin saber que la misa compromete para toda la semana. Esto es como instalarse en el granero o en el yate que hemos comprado, hacemos del granero y del yate una meta, un dios.

Hay que estar muy pendientes siempre en las cosas de Dios y aplicar el criterio de lo paradójico para evitar idolatrías. Todo lo que yo pueda saber y decir de Dios es idolátrico, porque Dios es indecible -es un dogma de Trento: “Dios no se puede decir ni pensar”. Todo son peldaños que hay que subir, porque Dios siempre transciende toda religión. Pero al mismo tiempo he de saber que es lo más mío que tengo. Otra vez la paradoja. O al revés, lo que yo de verdad soy, es lo que estoy buscando porque no lo soy todavía. Nunca el creyente puede hablar de Dios como un ser ajeno a él mismo, y sin embargo es lo que hacemos con mucha frecuencia. Decimos: ¿por qué a mí, siendo bueno, Dios me castiga tanto? Estás hablando de Dios como de un ser ajeno. ¿Quién te ha dicho que la desgracia que te ha sobrevenido es un mal para ti? Sin la desgracia tú no serías lo que estás llamado a ser.

No puede sucederle a nadie una desgracia si uno no quiere verla como desgracia. San Pablo lo dijo muy bien: "a los que aman a Dios, todo coopera para su bien" (Rom. 8, 28). Todo se transforma en bien para aquellos que hacen de su vida una búsqueda de lo que Dios quiere para él. Esta es la gran categoría del creyente, lo decía muy bien San Ignacio de Loyola: no desear más salud que enfermedad, vida larga que corta, es la indiferencia de quien ama y tiene su máximo valor en la voluntad de Dios, pero ésta no está escrita, hay que buscarla día a día. “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Dificultades, angustias, persecuciones, hambre, desnudez, peligros, espada?” (Rom. 8, 35). Este núcleo de fe y de amor es tan vital, tan enérgico, que si se le acerca el mal lo transforma en bien.

El hombre, que ha surgido de las manos de Dios, lleva dentro esa energía interminable que le ha infundido el Principio Creador, Alfa, y le sigue empujando por dentro. Tocado por Dios, ese Principio sigue empujando por dentro y no hay quien le pare, a menos que alguien le rompa el motor. Y la religión mal entendida puede ser una fuerza que lo rompa. Por eso venimos insistiendo tanto en el cuidado que tiene Cristo en evitarlas desviaciones de su tiempo.

Nuestros padres llevaban de tal manera a Dios dentro que lo buscaron incansablemente, pero se fueron fabricando ídolos a lo largo del camino y así seguimos bajo el peligro de los falsos dioses y las idolatrías. El Dios que yo adoro ahora mismo es provisional, y mañana tendré que cambiar si quiero seguir buscando al verdadero. La religión y el Dios que me han enseñado son los que me disparan hacia el Dios que no conozco, que es el verdadero.

De este Dios del futuro es del que habla Cristo constantemente. Cuando lo saduceos le tientan sobre la resurrección, Jesús responde: "El Dios de Abrahám, de Isaac y de Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos" (Mc. 12, 27). Es el Dios de las generaciones que se suceden y van realizando ese camino de la religión hasta el final. Un dios inmóvil, que se instala en Abrahám y mantiene a lo largo de la historia las mismas formas religiosas, es el Dios de los fariseos, un Dios fósil, un Dios de muertos.

 

8 abril

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La paradoja del cristianismo

La frase o el título de este espacio de Radio Vaticano, Seguimos tus huellas no puede ser dicha ni entendida como una jaculatoria. Tiene un contenido dinámico, seguir a Alguien que se mueve, marchar detrás de él, correr una aventura que, aun teniendo un final seguro vamos hacia él descalzos y a la intemperie. Es segura la meta, el Dios que glorificó a Jesucristo, pero incierto el camino y lleno de tropiezos y estorbos, como la vida. Esta es la paradoja a que aludimos y que han asumido como señal identificativa los grandes hombres de fe, desde Abraham a Teresa de Calcuta. Seguir las huellas del crucificado es garantía de resurrección.

Estamos buscando el punto de partida para el estudio de un cristianismo no rutinario, sino animador y activador del hombre y de su esfuerzo por serlo en plenitud. Ya anticipábamos en nuestros espacios anteriores que Cristo se presenta como el futuro, futuro de la humanidad entera y por toda la eternidad.

Muchas veces se ha presentado a Cristo y su mensaje de una forma filosófica y en la mayoría de los casos moralizante, pero convendría que desde lo que hemos aprendido -que ha sido muy bueno como base de nuestro saber sobre Cristo-, apliquemos el dinamismo con que ya comienza a presentarse la teología del futuro, que ya ha comenzado. Volvamos otra vez a la pregunta con que arrancábamos este planteamiento. ¿Quién camina? El hombre, todo hombre. ¿Quién busca? El hombre, yo, un yo que es representativo de toda la humanidad. Todos nuestros abuelos buscaron, y buscaron desde siempre, y esto, que es lo que distingue a la humanidad, debe ser entendido como un caminar sin fin, un inquieto caminar.

La humanidad, que ha conseguido tantos logros, hasta ahora no ha logrado nada que haya sido tan definitivo como para instalarse en ello y dejar de caminar. Todo lo que hemos logrado no ha servido más que para aumentar nuestra capacidad de correr y las mismas ganas de correr. Meta que logramos, meta que nos dispara a la futura meta, y lograda ésta, otra vez nos disparamos hacia la siguiente. Cuando uno es fiel a los desafíos de la vida el triunfo potencia tus capacidades para desafíos posteriores; y al revés, cuando uno es infiel a las situaciones difíciles de la vida, cada vez lo será más.

Aquí habría que criticar un mal principio que hemos aprendido del cristianismo de cumplimientos y prácticas piadosas. Y lo que criticamos es que hemos conseguido hacer una religión que no cuesta, ni los ritos, ni el culto, ni las prácticas de devoción, incluso ni siquiera la moral es algo costoso, porquea base de repetir lo aprendido uno se acostumbra y todo es coser y cantar. Se trataría de todo lo contrario, la religión es buscar la voluntad de Dios en cada nueva situación, discernir lo que Dios quiere, poner la carne en el asador para que el hombre nuevo vaya desprendiéndose de lo viejo, conservar la herencia de fe de nuestros mayores y hacer que esta fe responda al mundo y a los problemas que nos han tocado vivir a nosotros. Y esto cuesta, porque toda conquista requiere esfuerzo y preparación. Los retos son desafíos, y no hemos de tener miedo. Hay que seguir adelante siempre, siguiendo las huellas de uno que ha alcanzado la meta y nos ha conseguido de antemano el triunfo. Cualquier meta a la que eres fiel, no quedándote en ella, te capacita para llegar a la siguiente con la seguridad de que no te vas a quedar en ella, y así la tercera y la cuarta, hasta que haces de la fidelidad virtud.

Este es el verdadero valor y donde hay que poner el acento del hábito, no en la repetición mimética de una doctrina y de una moral que se hacen fáciles a fuerza de no caminar. La virtud y la santidad están sometidas a un aprendizaje que te tienen siempre despierto y llegará un día en que más que costar te gozarás en ellas. Y uno puede llegar a gozar, incluso en la cárcel y en la persecución, como le sucedió a San Juan de la Cruz.

Decía San Agustín que la religión es la más peligrosa de las virtudes, porque tenemos el peligro de confundir el camino con la meta. La religión es sólo un camino. La meta es Dios. Si al rezar te instalas en la oración como meta, te has perdido. Dios está siempre más allá. Tienes un éxtasis, si te quedas en él te pierdes. Santa Teresa decía que extasiarse es cosa de novicias, los que han andado en virtud ya no se extasían.

 

1 abril

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Tras las huellas del Resucitado

La belleza del cristianismo, es fulgurante, esplendorosa, como Cristo resucitado. En su luz de Pascua nos ilumina a todos y extiende su esplendor por el universo entero. “La vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas pero las tinieblas no la comprendieron”. Así abre San Juan su evangelio y con el resucitado esa misma luz, sin deslumbrar, nos envuelve a todos. El hombre, todo hombre, puede reconocerse en Jesús de Nazaret, aquel que nació, vivió, murió como hombre y a quien Dios resucitó. En él hemos resucitado y la muerte no tendrá poder sobre nosotros.

¿Pero qué hombre es este? ¿De quién habla San Juan? De mí, de ti, de todo aquel que en Jesús encuentra el modelo de vida. Jesús de Nazaret, el hombre perfecto porque era Dios y porque se comportó como hemos de comportarnos nosotros si queremos llegar a Dios. Seguimos las huellas de Jesús, modelo para todo hombre. Modelo quiere decir que, aunque nosotros seamos pecadores y limitados, en él ya todos hemos dado la talla de hombres verdaderos. No es una ficción, es una realidad. En él ya estamos salvados y con él ya resplandece en nosotros la luz de la resurrección.

Digo que para San Juan, esta afirmación no es ficticia, no es palabrería. Afirma textualmente, en su Primera Carta: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida…”. (1 Jn. 3, 14). Y en el evangelio lo repite: “Os aseguro que quien oye mi palabra y cree a quien me envió, tiene vida eterna y no es sometido a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Jn. 5. 24). ¿Qué quiere decir que hemos pasado de la muerte a la vida? Ni más ni menos que no esperamos la vida, la tenemos, la vivimos y la sentimos ya; el centelleo de la otra vida es ya una burbuja de agua que se mueve en la nuestra y la sentimos. Lo que pasa es que nuestra vida, ésta de aquí, nos absorbe de tal manera que perdemos de vista la otra, que es más nuestra que ésta, pero la llevamos tan dentro, tan ocultamente guardada que no somos capaces de captarla, tan profundamente injertada que no somos capaces de vibrar a su ritmo y a su son.

¡Cuántas veces hemos pensado llegaré yo a la otra vida, a la vida de Dios? ¡Y cuántas veces habrá que decir que el que espera a resucitar después de la muerte que se prepare, porque no resucita! Toda la vida de Cristo es un camino, por la obediencia y por la cruz hacia la resurrección. La resurrección venía desde su concepción y nacimiento; en cuanto hombre, iba creciendo y se iba acercado a Dios, que era él mismo, a lo largo de su vida humana, de su pasión y muerte, y de su resurrección. San Pablo dice que Jesús no retuvo el ser como Dios, sino que haciéndose obediente hasta la muerte, Dios lo exaltó.

En lenguaje coloquial podemos decir que los que vayan a San Pedro y digan: Venimos a pasar a la vida. San Pedro les dirá: Hijo mío, los que entran aquí ya vienen pasados; los que vienen, vienen resucitados y aquí acaban de resucitar. Tiene mucha importancia esto de pasar a la resurrección, porque lo provisional de la vida del hombre se hace definitivo en el momento de morir. El hombre que cree en Jesús y en su palabra, y le sigue está resucitando. Y este hombre que sigue los pasos de Jesús es el hombre que va creciendo y dará su talla de hombre total cuando muera. El hombre que no muriera, no daría jamás su talla. Por esto murió Cristo, para redimirnos, en cuanto hombre había de morir, y como hombre era necesario que muriera, y como hombre perfecto era necesario que muriera con una muerte total, devastadora, en cruz. Cristo dio la talla máxima, porque máxima fue su entrega a la verdad y al amor; ahí alcanzó la resurrección.

Uno no puede resucitar disminuido, y si uno resucitara sin dar la vida, sin morir, lo cual es imposible, resucitaría disminuido, porque no habría dado la talla de hombre. Por eso nos falta tanto por resucitar a los que ya hemos sido resucitados; nos falta la dimensión de la muerte, que muchas veces vale más que toda la vida.

Aunque nos falte ese gran momento de la muerte, de alguna forma podemos experimentar que estamos siendo trasladados de la muerte a la vida. Ese traslado y esa experiencia del traslado a la vida se realiza sobre una realidad, la realidad de que amamos a los hermanos. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a la vida…” ¿En qué, cómo lo sabemos? ¿Cómo sé yo que ya he resucitado? ¡Atención, porque aquí se van a desmoronar todo el saber humano, y toda la ciencia y todos los descubrimientos de todos los siglos! San Juan nos lo va a decir: “Sabemos que hemos pasado de muerte a la vida… en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte…”

La Resurrección de Jesús es histórica, porque es el centro de la historia. Esta es la historia en la que vivimos los cristianos.

 

25 Marzo

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Huellas del Resucitado

La explicación de la muerte de Jesús es la resurrección y, por eso el Viernes Santo no se explica por sí mismo. Cristo nos redimió con su muerte, pero también con toda su vida, con su nacer, vivir, morir y resucitar. La única forma de ver bien el Viernes Santo es mirarlo desde la resurrección y, de hecho, así lo hicieron los apóstoles. El Viernes Santo se espantaron todos y le dejaron solo, pero, una vez que resucitó, todos se reunieron otra vez al lado de Jesús, y sólo una vez resucitado le entendieron.

No habría explicación de Jesús ni de su vida si no es por la resurrección; la vida de Jesús sólo es traducible a partir de la resurrección, o mejor, desde la resurrección; la resurrección es la lectura objetiva de la vida de Jesús, y esto vale para nosotros. La lectura de mi vida solamente se puede hacer cuando yo haya resucitado; "que nadie se atreva pues a juzgarme", decía San Pablo, "porque todavía no he resucitado". No me juzguéis desde un momento de mi vida porque os puedo engañar; solamente cuando yo esté resucitado, se iluminará toda mi vida, porque toda mi vida camina a la resurrección.

Por tanto, a cada uno de nosotros, cuando siembra semillas de su vida en el surco, se le muere parte de su vida, pero ahí mismo empieza una resurrección, y en cada momento que nos despedimos de un día, nos nace otro futuro, y en cada momento en que sembramos una luz en nuestra vida, la resurrección penetra los entresijos de ella. La resurrección de Jesús nos abre las puertas del cielo, nos salva, pero nosotros hemos de colaborar. Es decir, si la resurrección de Jesús no repercute ennuestras vidas, nuestro cristianismo y nuestra fe son vanas.

Leamos unos textos de San Juan, en el capítulo 1 de su 1ª carta, 6 dice así: "Si decimos que tenemos comunión con él mientras andamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad". ¿Qué es andar en tinieblas? Notemos que la tiniebla, para San Juan, no es la ignorancia, el no saber; si uno ignora cosas que debía saber, decimos que está en tinieblas. Para San Juan, estar en tinieblas significa vivir como si Cristo hubiera resucitado. Esto lo dice muy claramente con la palabra comunión: "si decimos que tenemos comunión con Cristo...", es decir, si nos llamamos cristianos y por tanto, conectados, por decirlo así, a la riqueza espiritual de la vida de Cristo, pero no obramos la verdad, andamos en tinieblas, mentimos respecto a llamarnos cristianos.

Comunión significa común unión, tubos comunicantes, y por eso la vida, la pasión, la muerte y la resurrección de Cristo ya circulan por mi sangre. No lo pierdan de vista, la verdadera teología de la liberación, de la libertad y del gozo de ser cristianos, va por aquí; todo el mérito de los grandes santos, todo lo santo que ha habido en la vida, todo esto nos es común, comunión de lo santo en Cristo. Por tanto, su resurrección vive y circula dentro de todos nosotros ahora mismo. He aquí cómo la teología nos puede enseñar a descubrir la vida de Dios que corre por mi sangre y por mi vida. Todos los caminos de mi vida están ya llenos de Pascua y de primavera; si decimos que tenemos comunión con él, somos cristianos comunitariamente y participamos tú de mí y yo de ti, y Cristo estará en ti y Cristo estará en mí. Y uno pierde altura espiritual y humana si esto no repercute sobre la vida de todos los cristianos del mundo, y de todos los hombres del mundo.

Un poco más delante de esta Carta, San Juan describe esto mismo con otras palabras más bellas (Juan 3, 14): "Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida". He aquí el tema de las tinieblas, pero esta vez, vencidas. Uno puede haber pasado de la muerte a la vida por el bautismo, pero puede seguir en la tiniebla después de bautizado, en todas aquellas zonas donde todavía uno no es cristiano. No perdamos de vista que el cristiano nunca está terminado; es decir, nunca está acabado de bautizar. ¿Y eso qué significa? Que siempre tiene zonas donde no es cristiano y, por tanto, ha de desear serlo; de esto estamos hablando, y así no alardeamos de nuestros méritos, ni siquiera de que Cristo nos ha redimido. Hemos de reconocer con humildad el camino que nos queda por recorrer. Nuestra respuesta al amor de Dios es lo que nos falta para que Dios realice la resurrección en nosotros. Hay que caminar hacia el ser cristiano, porque todavía no lo somos en alguna zona de nuestro ser. En estos casos estamos en la muerte.

Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, del no cristianismo al cristianismo, de las zonas que todavía son paganas a las que serán cristianas, del viernes Santo a la resurrección. Pero, ¿cómo lo sabemos? ¿cuándo lo sabemos? Los cristianos estamos del lado de la resurrección; lo dijo Cristo claramente: "Aquél que cree en mí, no morirá". Creer en él es estar ya de la parte de allá de la muerte; ya hemos pasado la muerte. ¿Y cómo sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida? En que "amamos a nuestros hermanos". Eso es todo. ¿No amas a tu hermano? Pues estás en el Viernes Santo y te has quedado allí. Hay que empezar a tener las cosas bien claras: el saber cristiano, como ven, compromete la vida.

 

18 de marzo

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119.- Huellas de dolor

Estamos en Semana Santa y me gustaría hacer una advertencia sobre su celebración. Los cristianos tenemos la tentación y el peligro de caer en la trampa de la Semana Santa. Todo en nuestra vida, y en la vida de Dios en nosotros, puede tener dos filos, una cara y una cruz, como los misterios del amor de Dios hacia los hombres, en su Hijo Jesús, el muerto y resucitado.

Es bueno celebrar la Semana Santa, pero tal como la hemos celebrado en estos últimos siglos puede ser una trampa si nos quedamos en la tramoya y teatro de lo que fue la Pasión del Señor. Celebrar el Jueves Santo como vigilia de la traición y celebrar la Eucaristía como despedida del Señor, es celebrarlo muy pobremente. El Triduo Pascual lo forman el Viernes, Sábado y Domingo. El Jueves tiene consistencia en sí mismo, es la fiesta de la institución de la Eucaristía, el mejor regalo de Dios al hombre; es la celebración de la inmensa fiesta y banquete, profecía del banquete del cielo.

No sólo lo exterior de la Semana Santa, las procesiones, las flagelaciones, los encapuchados, sino lamisma liturgia, dentro de la Iglesia, era de color morado. El eje central de esta semana era el Viernes Santo. El Sábado Santo iba a remolque, como un satélite del Viernes y era el día de la sepultura del Señor. Todavía sigue siendo así y tenemos un Sábado sin alegría. El domingo se celebra la fiesta de Pascua, y con la misa se termina todo. Lo que la gente vivía en el corazón era una Semana Santa de dolor y de llanto como valor en sí. El peligro y la trampa de que hablábamos están en que Jesús se encarna para redimirnos, y nos redime muriendo el Viernes Santo en la cruz y resucitando el Sábado Santo.

La fe nos pide recolocar el dolor de la Semana Santa en su sitio y su sitio no es discutible, es su resurrección. Veamos por qué. Si Jesús nos redimió con su muerte, no hubiera sido necesaria la resurrección, porque ya había logrado el objetivo. Esto no puede ser así, porque nada más morir Jesús, ya se comienza a predicar que "Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana" (1ª Cor. 15, 17). Por tanto, el Triduo Santo es un Triduo Pascual, porque todo sucede para que acontezca la Pascua, y no para que Jesús muera.

Cristo no muere por morir, la muerte es un paso más del Señor, como lo es nuestra muerte. Cristo es la dimensión de nuestra vida, es el primero de los hermanos, y si Cristo hubiera muerto como meta de la vida, siendo el primero de los hermanos, nosotros también habríamos nacido para morir, y en la muerte se acabaría todo. Según esto, tendrían razón los que piensan que la vida se reduce al simple nacer, vivir y morir.

En la Teología de otras épocas, esto sonaba bastante bien, tal vez la vida era más austera (hoy lo sigue siendo para tanta gente) y se predicaba mucho sobre los pecados personales; se insistía más en la redención de los pecados más que la fe en la resurrección. San Pablo había predicado que Cristo vino para decirnos con su vida lo que es nuestra vida, que es nacer, vivir, morir y resucitar; y resucitar es un hecho de fe de tal categoría que todo sucede para que ella suceda, de forma que, si no resucitamos, no nos interesa ni nacer, ni vivir, ni morir. "Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe" (1Cor. 15, 17; Rom. 6, 1 y Col. 3, 1). Por tanto, aquél que celebra la Semana Santa como eclosión del dolor y quebranto del corazón, siguiendo a Jesús en cada uno de sus pasos, hace muy bien, pero si no pasa de ahí, no es cristiano, porque el cristianismo tiene como punto central de la predicación la muerte y la resurrección del Señor Jesús. Cristo ha resucitado, esto es fundamental.

La teología del gozo arranca y pasa por la Pasión, ciertamente, y ya sabemos por qué. Hemos leído a San Juan unas cuantas veces y sabemos que si la semilla de trigo no cae en el surco y no muere en la sombra no da fruto. He aquí la Pasión. Pero uno no siembra el grano por el gozo de verlo pudrirse en el surco, sino porque sabe que después de unos meses dará una espiga, una cosecha. El grano de trigo en el surco da mucho fruto, y la Pasión es una realidad, pero una realidad camino hacia la resurrección: "quien pierde o entrega su vida por mí, la gana, la recupera" (Jn. 12, 25). Cristo entrega su vida y la gana del todo, como la ganaremos nosotros en El. En la vida nos damos a los demás y en la muerte nos acabamos de dar a Dios y a los demás, de forma que en aquel momento nos nace la resurrección.

La teología del gozo puede y debe tener en cuenta la Semana Santa, pero siempre como paso y no como punto final. Al padre Karl Rahner le gustaba decir una cosa muy tonta, pero que ilumina mucho. ¿Saben por qué resucitó Cristo? No digo para qué -el para qué es la misma resurrección-, sino ¿por qué? Porque murió. Lo curioso de las cosas profundas es que, aunque parezcan ridículas, son sublimes. Cristo resucitó porque murió, y esto significa dos cosas: primero lo vulgar: si no hubiese muerto no podría resucitar, y segundo, y otra vez lo mismo, Cristo resucitó porque el lugar de la resurrección es la muerte; sólo en eso que tristemente llamamos muerte es el lugar donde se hace posible la vida. No solamente resucita después de haber muerto, sino que resucita porque ha muerto.

 

11 de marzo

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118.- No hay granero que te pueda saciar

Insistamos brevemente en el tema que iniciamos en nuestro espacio anterior. Cuando el hombre se desvive por mejorar, ¿qué es lo que busca y lo que no busca? Esta pregunta la hacemos en sentido profundo. Ya hemos dicho, el hombre busca ser rico, pero cuando tiene dinero se da cuenta que no le da la felicidad, que no era eso lo que de verdad buscaba. Entonces, ¿qué es lo que no busca el hombre? Podemos decirlo en una palabra: no buscamos lo que se puede conseguir de forma inmediata. Y no hablamos del pan, sino del dinero o el poder que nos puede dar la felicidad. Cuando el hombre se siente feliz y tranquilo porque es rico disfruta de una felicidad pequeña y él mismo se hace pequeño, porque no responde a la llamada última de la felicidad.

Recuerden al hombre del Evangelio que hizo la gran cosecha, llenó los graneros y se dijo: Come y bebe, que tienes abundante y de sobra para toda la vida". Cristo replicó: Si esta noche te piden cuentas, ¿de quién serán todos tus graneros llenos?" (Lc. 12, 19). Cuando te pidan cuentas de tu existencia tus problemas serán otros, estarás más allá de tus graneros. El hombre es así. Basta provocarle y le disparas a una meta que está más allá del yate, de la casa o los 400 millones. Por eso decimos que si el hombre se contenta con lo que logra fácilmente es que es un infeliz. Lo normal es que el hombre por mucho que logre, siempre quiera más. Es condición del hombre nocontentarse nunca.

Este "más" al que aspira no está en los graneros, ni está en los millones, ni está en fórmulas religiosas. Por ir siete veces a misa cada día no sucede nada. Los bancos están en la iglesia todos los días y no pasa nada. El día que yo sepa toda la teología antigua y moderna..., no sucederá nada. Más bien sucederá algo si, después de saberla, soy capaz de decir: "Sé que no se nada", entonces sí que habré aprendido algo.

Así pues, ninguna religión de la tierra, ni el cristianismo en cuanto religión, ofrecen estructuras estables. Esto es fundamental. Como veremos más adelante Cristo es maestro en estas cosas, y además lo manifiesta de una manera tajante. No encontrarás a Dios mientras no desmontes las ideas que de Dios te hayas podido fabricar. Las desmontas y surgen otras nuevas que pueden durar cuatro o cinco años, pero al final tendrás que decir: -¡No, tampoco es esto! Por tanto, este es el "no" de lo que buscamos, la cara no buscada que pretende sustituir a lo realmente buscado.

Habrá que hablar ahora del "sí" de lo buscado. Desgraciadamente parece que la felicidad plena no es posible en esta tierra, y todo por una razón muy sencilla, porque Dios, aunque está dentro del hombre no cabe en nuestro corazón y menos en la cabeza, es mayor que nosotros. Santo Tomás hablaba de teología negativa, es decir, podemos hablar de Dios diciendo lo que no es: no es esto, no es esto, no es esto, es… lo que lo engloba todo. Por eso la religión es búsqueda, y por eso el hombre siempre está inquieto. En la vida diaria sabemos distinguir el hecho de caminar del estar sentados, y sin embargo en la religión no sabemos distinguir una forma concreta de ir hacia Dios con Dios mismo.

Si la felicidad plena no cabe en nuestro corazón humano, sin embargo ha habido gente religiosa que ha tenido experiencias profundas en la vida y sí han topado con el objeto de esa búsqueda. Santa Teresa de Jesús decía, basta Señor, que no soporto tanta cercanía tuya, o el famoso “muero porque no muero”. Este no es el camino del esfuerzo, sino de fiarse: los que se fiaron de Dios no tuvieron dolor que impidiera su felicidad. La fe de Abraham fue su fortuna, más que los ganados, hacienda y siervos que tuviera. La Fe le hizo padre de las grandes religiones de la tierra: judaísmo, cristianismo, islamismo.

La esperanza es el segundo componente de lo buscado; lo describe Benedicto XVI en su última encíclica “Spe salvi”.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir;
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza:
muerte do el vivir se alcanza
no te tardes que te espero,
Que muero porque no muero

Y el tercer elemento de la verdadera religión es el Amor. De esto se han escrito muchos libros; nadie atina en su definición. Este es el problema, es una realidad que no se puede contar. En el cristianismo la respuesta no son los libros, sino una persona: Cristo. En vísperas de Semana Santa estamos a las puertas del conocimiento de esta persona, pasó haciendo el bien y por anunciar el amor de Dios a los hombres dio la vida. Su pasión, muerte y resurrección son la garantía de su amor, de su sí al hombre y a la humanidad.

 

4 de marzo

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117.- "No sólo de pan vive el hombre"

Veníamos diciendo que "No sólo de pan vive el hombre", que Eric Fromm lo traducía diciendo que lo que busca el hombre es algo esencial, que no coincide con las necesidades vitales de la biología. Pero aquí sucede una cosa interesantísima. Y si el hombre, que ha sido lanzado a este mundo para buscar, no llegara a encontrarlo, o creyera que no puede encontrar lo que está buscando, ¿qué sucedería?, que enloquecería, que se volvería loco o, si sigue cuerdo diría que el hombre, el mundo, las estrellas y el cosmos entero es un absurdo.

Hoy tenemos una buena ocasión para constatar esta experiencia. En los últimos tiempos hemos logrado más metas de desarrollo que a lo largo de toda la historia de la humanidad, y sin embargo seguimos buscando. Hoy como nunca nos podemos preguntar: ¿qué es entonces lo que buscamos? Si lo tenemos todo... Si tiene satisfechas todas sus necesidades..., si tiene más de lo que quiere..., ¿a qué viene la inquietud y el malestar de nuestra cultura? He aquí la prueba: el hombre ha logrado las metas más altas de la historia y está más desazonado que nunca, sigue buscando. Es la prueba de que no es eso lo que buscaba. ¿Se podrá aquietar el hombre con las metas que logre en el año 3050? Lo sabemos de antemano: busca algo que está mucho más allá de las apetencias históricas.

Este es el tema de hoy y el tema de la conexión con los cursos que vienen. En la lección pasada, y de forma negativa, decíamos que el hombre es tan buscador y tan insaciable en su búsqueda que para consolarse, por el hecho de que la meta siempre se sigue alejando, lo que hace es fabricarse metas que pueda lograr. Por ejemplo, me propongo la meta de tener 400 millones de dólares. ¿Cuando tenga esos 400 millones me pararé? Hay quien se para, con lo cual han sentenciado su propio destino. Evidentemente, ese hombre valía 400 millones de dólares, nada más. ¡El día que yo tenga una casa, una familia, un chalet y un yate en el mar, seré feliz! ¿Serás feliz? Si lo eres, la casa y el yate serán tu sepultura. Y así sucesivamente.

Entonces, ¿qué es lo que busca el hombre? Fijémonos bien en la idea de haber acabado una obra en casa y tener todavía cuatro por delante. Si nos fijamos bien esta idea alude, en primer lugar, a lo que ya "no" busco, porque lo tengo: la cocina acabad; pero alude también al “sí” de lo que deseo recomponer en todas las habitaciones. Parece como si los hombres funcionáramos al revés: llamamos “sí” a lo que tenemos y “no” a lo que nos falta por poseer.En cambio en la verdadera dimensión humana el “sí” es lo que deseo y busco como algo que necesito, mientras que “no” me molesto por lo que ya tengo. Por eso digo que el “no” es el curso que ya hemos acabado y lo que sabemos; y el “sí” son los cuatro cursos que nos falta por hacer. Repito, esta búsqueda interminable de la humanidad y del hombre va hacia una meta que evidentemente le resulta esencial, porque si lo esencial se hubiese logrado el hombre se hubiera detenido; como no ha parado es que no ha logrado lo esencial. Entonces la meta, lo esencial de sí mismo, lo logrará al final del caminar, a no ser que meta y caminar coincidan, que también lo vamos a ver.

Pero, ¿qué busca el hombre? Está claro que la esencia de lo que busca no son los 400 millones. La experiencia nos dice que si uno es hombre de verdad no queda satisfecho en esa meta. "No es esto", como decía Ortega. Lo que no queda claro, y debería quedar, es que en la aspiración trascendental tampoco se logran metas, -un intento ha sido la idolatría de que hablábamos el otro día pero tampoco satisfacen los dioses creados por nosotros mismos. Está claro que un yate no es una meta, ni los 400 millones, ni una religión tampoco. Eso es lo que no hemos aprendido todavía los cristianos, que la religión tampoco es meta.

Por esto decimos que el cristianismo no es religión. Cuando un cristiano pone su felicidad en el cumplimiento dominical, pronto se dará cuenta de que ese objetivo es meta falsa, no es eso. Es típico de nuestra religiosidad rezar a Dios y después quejarnos de que no nos trata como debiera. Justamente esto es lo que Cristo vino a desmontar: todo lo que pretenda estructurar y maniatar a Dios no es cristiano. Podremos estructurar la religión con doctrina, culto y moral, en cuanto son vehículo, pero la meta a donde nos ha de llevar no se puede alcanzar por caminos previsibles y humanos. Dios no es una meta que se pueda alcanzar sin más. Hemos de decir que es una meta que se nos da, como se nos ha dado el universo entero.

 

26 de febrero

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116.- El objeto de la búsqueda humana

Poníamos el ejemplo de la casa que me ofrecen y que es mejor que la que tengo. Lógicamente la deseo porque es mejor y no la tengo. De esto queremos hablar hoy, de la casa que no tengo y que intuyo será mejor que la que tengo. Si el hombre que es hombre es tanto más hombre cuanto más corre, y correr significa ir hacia algo que está más allá del hombre, estamos diciendo que el hombre es tan enano que no tiene dentro de sí lo que le apetece. Con lo cual lo estamos insultando. ¿No sería mejor que el hombre naciera habitado ya de riquezas y de saturación de sí mismo para no tener que moverse y quedarse sentado a ver pasar la muerte de sus enemigos, aunque al final le entierren a él? Mientras tanto ha gozado de su propio patrimonio. ¿No sería bueno esto? Parece que lo que pretendemos decir es justamente lo contrario.

El hombre busca siempre pero, ¿qué es lo que busca? Pongamos este hombre que se llama "yo", y esto vale igual para el "yo" común de la humanidad que para el "yo" particular de cada uno. Este "yo" que es tan nuestro, si es verdad que el hombre busca, este "yo" dice: "yo busco". ¿Qué está diciendo un yo que dice "yo busco"? Está diciendo "yo no tengo", porque si busco algo distinto es que no lo tengo todavía. Y además, lo que busca le pertenece como búsqueda esencial. Si busco porque no tengo, y a pesar de los consiguientes logros sigo buscando, el buscar permanente me define a mí mismo y a lo buscado como algo esencial. Lo esencial de mí es el objeto de la búsqueda y el dinamismo para buscarlo. Esto quiere decir que soy un idiota perdido. ¡Exactamente, esto es lo que estamos diciendo!

¿Ven cómo van las dos cosas juntas? Si yo busco es que alguien me empuja, aunque convenga empezar por el dinamismo del buscar que experimento en mí mismo, simplemente como método que describe al hombre. Sería más peligroso comenzar por "lo buscado", por el móvil, puesto que el hombre es un ser que nunca está en el mismo sitio; nació en África y ahora está en América, nació en una familia o tribu y ahora está en una gran sociedad, nació en la cultura griega y ahora está en la cultura Occidental... y desde ópticas distintas se enfoca de distinta manera lo buscado y se le da nombres distintos. El hecho más universal, constatado en toda la historia, es que el hombre busca y esto le identifica aunque pertenezca a culturas distintas. La raza humana camina constantemente, es trashumante, es nómada, pastor del ser, como decía Heidegger.

Hemos colocado en tercer lugar -después de caminar y buscar-, aquello que tira del hombre y de la humanidad para hacerlos caminar, pero en realidad habría que colocarlo en primer lugar. Y lo formulamos de la siguiente manera: "Yo soy un ser que busca, porque no tengo lo que busco. Y lo que busco y no tengo es lo que más necesito". Esta es la característica tan particular que me define, a mí y a los demás hombres.

Así pues, si hemos podido definir al hombre, aunque no sea más que descriptivamente, por su instinto de correr y buscar, ahora habría que hacer lo mismo con el objeto buscado. La inquietud por buscar es algo esencial al hombre, por tanto, lo que ha de encontrar también le es esencial. Muchos de los logros son necesidades que se abren y se colman: tienes sed, bebes, y se colma la sed. Volverás a tener sed pero podrás volver a colmarla. Hay muchas necesidades humanas que, una vez colmadas, aunque vuelvan a aflorar se pueden volver a saciar dentro de la dimensión del hombre mismo; en cambio hay otras que no se colman nunca, es decir, parece que tocas la meta, pero en cuanto lo adviertes ya se te ha ido. Es como cuando subes a una montaña, oteas un horizonte en otra montaña más lejana que, cuando llegues a ella, descubrirás más montañas que esconden otros horizontes. Nunca terminas de descubrir el último.

En el cristianismo esto lo decimos así: "No sólo de pan vive el hombre". Y Eric Fromm nos lo dirá de otra manera parecida: lo que busca el hombre es algo esencial, que no coincide con las necesidades vitales de la biología; y si el hombre, que ha sido lanzado a este mundo para buscar, no llegara a encontrarlo, o creyera que no puede encontrar lo que está buscando, enloquecería. El hombre no sólo dejaría de caminar, sino que emprendería un caminar enloquecido, es decir, no tendría sentido su caminar y como consecuencia se volvería loco.

 

19 de febrero

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115.- Los motivos de la búsqueda

Primera afirmación, por tanto, el hombre anda en continua búsqueda. Hemos visto que la historia de la humanidad es una constante búsqueda, una búsqueda de algo que en último término podemos llamar Dios, pero antes de la palabra buscar hay que poner la palabra caminar o correr. Desde que el hombre apareció sobre la tierra comenzó a correr y no ha parado. Este es un hecho muy serio, y habrá que preguntarse: ¿será que el caminar y correr es lo propio del hombre? Y hay otro hecho muy significativo y es que el animal que camina sobre cuatro patas sólo mira hacia la tierra, pero el animal que se pone de pie y empieza a pensar, curiosamente, una vez que está erguido al caminar puede ver de lejos. Habrá que decir que desde que el animal se puso de pie y pudo mirar de lejos comenzó a caminar, y al caminar se puso a decir aquello que veo lejos es mío. Ahí comienza la carrera para perseguirlo, pero enseguida advierte que lo que se ve de lejos siempre queda lejos, porque detrás de un horizonte siempre aparece otro. Esta es otra constantede lo humano, siempre ve lejos y siempre encuentra horizontes nuevos que le obligan a seguir caminando. He aquí otro tema interesantísimo para detenerse en él si queremos conocer al hombre.

La antropología primero y después el cristianismo nos han enseñado que el hombre y la Creación entera se constituyen como un caminar a lo largo de los siglos; somos peregrinos cuyo destino es seguir caminando en busca de una meta que no está a nuestro alcance. Hemos venido estudiando en nuestros espacios anteriores que la Creación, desde su inicio, ha sido una sucesión de etapas hasta que se produce la vida que ahora disfrutamos, una maravilla. Todo ha sido un intento de creatividad y desarrollo desde el momento inicial del universo; creatividad y desarrollo que palpamos en los comienzos del siglo XXI de una forma llamativa. Y la investigación no cesa, las puertas que todavía están cerradas ante nuestros ojos han de ser abiertas y el hombre que las descubre y las disfruta todavía está en pañales.

Desde estas consideraciones, ¿no habrá que comenzar a pensar que quien no camine no es hombre de verdad? El hombre que no camine no es hombre todavía y todo aquello que camina, pero sabiendo adónde camina, pertenece al género humano. Cuando un animal camina, mira de lejos y no se detiene en ningún horizonte, ya tenemos un hombre. Este sería el primer elemento descriptivo de la naturaleza humana. Es una constante -tengámosla como pregunta y respuesta a la vez- que el hombre, desde que aparece, comienza a caminar y no ha parado.

Hemos de preguntarnos ahora y una vez más por los motivos e la búsqueda. Hace un momento decíamos que antes de buscar está el caminar y ahora añado que antes del caminar deberíamos poner otro elemento, el móvil o motivo del caminar y del buscar. Existe una dificultad de entrada, que no podemos decir a la vez cosas que deberían decirse simultáneamente, porque son inseparables, lo mismo que al hablar no podemos trasmitir dos sonidos distintos al mismo tiempo. Y esa dificultad la encontramos al pretender hablar al mismo tiempo del objeto y del motivo de la búsqueda, porque en realidad estos elementos son contemporáneos. Si desde siempre el hombre corre y busca, y correr no significa dar la vuelta al planeta, sino ir de idea en idea, de cultura en cultura, de religión en religión, nos tenemos que preguntar, ¿cuál es el móvil de esta búsqueda? ¿Qué es lo que busca?

Definir bien esto es algo muy serio para la humanidad y para el individuo singular que buscan. Por ejemplo, si el hombre buscara una cosa que está a 20 kilómetros, de alguna forma es que conoce o sabe lo que hay a 20 kilómetros y, como le interesa más que lo que tiene, deja lo que tiene para conseguirlo. Si no, se quedaría quieto donde está. Por ejemplo, si yo tengo una casa mejor que la que me ofrecen, no me muevo por la casa peor, yo no corro por eso. Yo tengo ganas de correr, ¿pero por qué tengo ganas? Si corro y corro con ganas hacia la casa que tengo ahí enfrente, me tengo que ir de la casa en que vivo. Con lo cual estoy diciendo que me apetece más la casa de enfrente que la casa que habito. Así pues, ¿qué casa es esa que estoy buscando y que por conseguirla el hombre no ha dejado de caminar?

 

12 de febrero

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114.- El hombre es continua búsqueda

Recordamos una vez más que al intentar describir la dimensión religiosa del hombre la comparamos con un camino, mejor, con el caminar humano. Seguimos tus huellas es el nombre de este espacio. Y usamos la idea de estar en camino, en marcha, porque partimos de una experiencia fundamental en el hombre y en el universo en el que nos encontramos: todo se mueve, las estaciones se suceden, el hombre busca y no se detiene, tal vez porque no le satisfacen las conquistas que va realizando, siempre hay una más, un deseo no realizado. Esta pregunta de por qué no nos conformamos con lo conseguido, con lo encontrado y el hasta cuándo seguiremos buscando es lo que denominamos insatisfacción. El hombre insatisfecho es un exponente muy claro de la modernidad. No ha habido época de la historia en la que se hayan producido tantos descubrimientos, y además de una forma tan rápida, y sin embargo la insatisfacción con lo encontrado no frena el seguir buscando.

La explicación a esta forma de ser del hombre es la que pretende dar la religión. Como no ha habido ningún solo logro que nos haya tranquilizado concluimos que el hombre es un ser radicalmente insatisfecho y sólo encontrará paz cuando entre en contacto con todo, con la totalidad, esto sucede cuando topa con el infinito. Y ustedes dirán, ¿es posible en esta tierra topar con el infinito? Justamente esto es lo que nos narran algunos hombres y mujeres religiosos que han tenido fuertes experiencias espirituales, o incluso revelaciones. Tenemos que decir que es posible, aunque no todos participemos de ellas, incluso ellos mismos han tenido ese contacto con el infinito de una forma limitada, parcial y temporal. El resto de su vida han tenido que seguir caminando, porque es ley de lo humano.

Pero tenemos que decir que esa experiencia religiosa, última, nos resulta muy útil, porque al menos podemos anticipar que sí, que la búsqueda del hombre tiene sentido, que hay una final y una meta, que es posible el hombre satisfecho del todo, el hombre pleno y en plenitud, y esto se da cuando lleguemos a Dios. Esta es la religión. Creemos en Dios porque creemos en el hombre; los avances que experimenta el hombre en su caminar en esta tierra son anticipo de esa plenitud a que aspiramos, aunque de momento no la podamos poseer. De esta hablábamos hace unos días, cuando decíamos: “ya… pero todavía no”. En el cristianismo quiere decir que, en Cristo, ya estamos salvados, pero todavía no disfrutamos en plenitud la salvación, tenemos que seguir caminando y buscando.

Es el título de esta charla: El hombre en continua búsqueda. Ahora bien, ya tenemos mucho camino andado, primero gracias a los hombres y mujeres que nos han antecedido, los que nos han trasmitido la fe, la cultura religiosa, la reflexiones que ellos mismos se hicieron. Y segundo, porque lo que nos sucede a nosotros en pequeño sucede en toda la humanidad. Lo que sucede en la raza humana viene reproducido en cada ser humano particular. Cada uno de nosotros somos, estirándolo a lo largo de los siglos, la historia de la humanidad, y la historia de la humanidad es la historia de cada uno de nosotros. Esto hay que tenerlo como cañamazo para tejer una idea cabal de lo que es el hombre en su largo caminar, en su búsqueda, en la búsqueda de sí mismo.

Aludíamos a lo que nos han trasmitido nuestros antepasados. Por ellos sabemos que cada paso dado se convierte en respuesta a la pregunta anterior. Y así, el paso siguiente que demos es la explicación del paso que estoy dando ahora; el paso posterior que de es la explicación al paso anterior que di. Todos los pasos se agrupan en un solo caminar. No podemos aceptar que cuando Dios crea lo crea todo y ya desarrollado de una sola vez. Además hoy sabemos que la Creación proviene de un estallido inicial que tuvo un comienzo, pero que sigue expandiéndose. Es fundamental entender esto: nada está quieto, las estrellas mismas se mueven constantemente, y dentro de un millón de años, estrellas que hoy son, ya no serán. Y si pudiéramos fotografiar la evolución de un bosque durante mil años y lo proyectáramos en 10 minutos, veríamos que el bosque respira, se mueve, cambia constantemente... Todo se mueve y vive.

 

5 de febrero

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113.- Trasparentar el infinito que soy

Esta es la grandeza del hombre revelada en el cristianismo: que el hombre es un ser de futuro y sólo se realizará plenamente en el futuro. Por tanto, las religiones de la tierra no son más que los lindes de un camino que marcan al hombre por dónde se va al núcleo de sí mismo. Es verdad que en las religiones de la tierra el compromiso se realiza a través de pasos pequeños y limitados y por eso puede suceder que muchos, al confundir determinadas formas religiosas con la religión misma, abandonen la perla escondida de la fe.

Cuando uno entiende que la religión no consiste en lo limitado de una doctrina, de un culto o de una moral ha llegado al "cogollo" de sí mismo y de la religión verdadera. Por tanto habría que sacar una conclusión: no puede suceder nada en ninguna religión de la tierra que te haga abdicar de tu caminar, sean quienes sean los sabios, o los santos o los curas. Tu felicidad radica en empapar lo temporal con lo eterno que llevas en ti, en meter lo infinito en lo finito, en meter el cielo en la tierra, en meter a Dios en el hombre. Y esto se realiza cuando caminas hacia Dios.

Llegar a Dios es llegar a tu ser, porque tú eres un pozo que sólo Dios puede llenar, llames a Dios como lo llames. Las religiones de la tierra lo pintarán según las culturas y los tiempos, y aunque no sea verdad ninguno de ellos, sin embargo no tienes más remedio que convivir con ellos, has de caminar con ellos, hasta que Dios irrumpa en tu ser. Cristo decía que no hay nada ahí fuera que te pueda contaminar: no es lo de fuera lo que mancha, sino lo que sale del interior del hombre. El Dios de los sabios es un “ya”, pero todavía no..., el de los santos, todavía no..., el de los curas, todavía no...

Cuando sientas que la religión de la tierra no funcione apégate al “todavía no”, y sigue caminando. Habría que decir que es providencial que los curas no sean como debieran, porque si lo fueran te apuntarías a ellos y dejarías de caminar, que es lo que ha hecho mucha gente. Hay que bendecir a Dios por los curas tontos, o por las doctrinas desfasadas, o por la moral desprestigiada, así no nos apegamos a ellos idolátricamente.

A veces pensamos que cuando éramos pequeños daba gusto, todos los curas pensaban igual y te enseñaban lo mismo, al menos sabíamos por dónde íbamos; ahora es imposible: vas a una iglesia y te dice que sí y en otra te dice que no, en otra que en medio. Se está dando una situación magnífica para que la gente se rebote y decida por sí misma. Ni el cura ni nadie puede hacer que tú camines por el camino personal que Dios te marca. Si el cura fuera ideal te colocarías bajo sus faldas y a caminar sin pensar, sin elegir, sin decidir por ti mismo, él te guía. En cambio, si ves que el cura titubea y te dice: hijo, esto se hunde hay que correr. ¿A quién debes este paso? Al mal cura. ¡Benditos sean ellos también!

Podemos resumir la propuesta religiosa del cristianismo con esta frase tan sencilla de Jesús: “Despréndete de todo y tendrás un tesoro en el cielo. Después vente conmigo” (Mc. 10, 21). ¿Tú quieres conseguir la vida eterna? Haz camino en la vida, desde ti hacia Dios, que está en ti. Pero, ¿hasta cuando? Hasta siempre porque cuando termines esta vida es cuando empezarás a caminar de verdad en la inmensidad de Dios. Como decía San Agustín, eres un hombre nuevo que perteneces a un Testamento Nuevo. Y sólo el hombre nuevo puede cantar un cántico nuevo.

Que el cristianismo sea una religión y sea cristiana lo tenemos todos muy claro, pero también tenemos otra cosa muy clara, y es que el cristianismo hoy no canta. ¿Y cuándo será el cristianismo un cristianismo de verdad? Cuando cante. ¿Y quiénes son los que cantan? Los que marchan, los que peregrinan. Los que van a Santiago cantan siempre, porque como el camino es largo tienen que entretenerse y cantan.

Cuando un hombre es nuevo y va de novedad en novedad, y va de disponibilidad en disponibilidad, va del "ya" al "todavía no" por la aventura constante de la vida, y va cantando. El día que sintamos que nuestros continentes se van llenando de canciones, que vendrá este día, es que el cristianismo está en marcha, y sigamos caminando "todavía" hacia adelante.

 

29 de enero

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112.- En busca del hombre nuevo

Cantar es propio del hombre que está contento y lo es con más razón el cristiano que cada día descubre algo del misterio amoroso de Dios, y esto le alegra. Lo nuevo, la novedad del Reino era lo que entusiasmaba a quien conoció a Jesús. Y ahora que sabemos que el Reino de Dios, la eternidad, ha empezado ya, cada vez que hacemos algo bueno deberíamos experimentar cómo la resurrección crece en nosotros, cómo los últimos tiempos ya están comenzados, lo que de verdad esperamos como terminal ha irrumpido en nosotros, ya está aquí, pero todavía no conocemos ni disfrutamos su plenitud.

El ejemplo más claro lo tenemos en la imagen de nosotros mismos. Desde que nací estoy siendo nuevo cada día y cada año, hasta la última novedad que soy ahora; pero si me paro en el punto a que he llegado empiezo a envejecer y he traicionado mi ser. Acabo de hacer un ídolo de mí mismo y esto sería el humanismo idolátrico. Sigamos con el ejemplo. Si yo, que estoy aquí con mi edad de estudiante o de recién casado, me digo: ya entreveo algo de lo que seré mañana, y mientras lo voy siendo me pregunto, ¿cómo se va perfilando el hombre del futuro inmediato que ahora es? La respuesta es: en la medida en que yo me acerco a ese hombre que quiero ser. ¿Y cómo me acerco desde lo que soy ahora a lo que seré mañana? En la medida en que me despido de lo que estoy siendo. El hombre nuevo aparece en la medida en que me despido del viejo, es decir, en cuanto considero que aquí ya soy hombre, pero todavía no soy el hombre futuro. Por el contrario, si me quedo sólo con el “ya”, o con el “todavía no”, no tendré nunca acceso al futuro, porque el futuro se hace desde el presente.

Este es el hombre y el “humanismo” que propone el mensaje cristiano, un mensaje que a lo largo de los siglos se ha ido desfigurando, tal vez sin querer, como lo podemos estar desfigurando también nosotros ahora. Pero este "sin querer" tiene mucha importancia y hay que entenderlo como progresión de la historia. A veces nos quejamos del cristianismo que nos enseñaron cuando teníamos 8 años; en realidad aquello ya era cristianismo y si hoy has descubierto algo nuevo es gracias a lo que te enseñaron entonces. Todo es cuestión de despedidas, porque el hombre que vendrá, en tanto es el de mañana en cuanto se despide del de hoy. Sin aquellos errores de entonces no sabría que lo de hoy también los contiene, por eso tengo que despedirme siempre, porque todavía éste de hoy no es perfecto, y necesita el futuro para serlo. Sólo en la medida en que noto lagunas hoy, está naciendo el hombre del futuro, el hombre nuevo.

Ahora estamos en un cristianismo que nos hace ver los agujeros del pasado y nos quejamos de que nuestros padres no vieran que aquel era un cristianismo casi idolátrico. No, no lo pudieron ver porque ellos estaban en lo nuevo de entonces, lo que sabían era lo último de su tiempo. Por eso no hay que maldecir nunca el pasado. El pasado fue un “ya” que anunciaba el “todavía no” que somos hoy. Habría que maldecirlo sólo en cuanto se tuvo como definitivo entonces y además queremos seguir perpetuándolo hoy, pero no en cuanto fue un "ya" titubeante, un ya que se despedía de sí para dejar paso a lo nuevo de hoy. ¿Estaremos haciendo nosotros lo mismo con nuestro “ya lo he entendido todo y no hay más que entender”?

El cristianismo es justamente esto, el cristianismo es aquella revelación en la cual se nos dice que el hombre es un ser que va caminando interminablemente hacia sí mismo, y que cuando llega la muerte en aquel momento Dios le recoge y le dispara hacia la eternidad para que el hombre se supere infinitamente a sí mismo. Por eso me voy despidiendo de mí mismo hoy, el viejo, para hacer un mí mismo nuevo que sólo con la muerte podrá ser ingresado en la novedad definitiva de la eternidad.

Esta es la única posibilidad de no matar el infinito que soy, aceptando el compromiso del hoy como preparación del mañana que vendrá. Yo soy tarea de mí mismo, y esta tarea es la de un ser finito con sed o dimensión de infinito. Me puedo definir de dos maneras: soy un finito habitado por el infinito, o soy infinito en vasija de barro, como decía San Pablo, hasta el día en que se rompa el vaso porque entra en mí, como un torrente, la eternidad.

 

22 de enero

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111.- Ya..., pero todavía no

El hombre no tiene metas terminales en esta vida, ni puede contentarse con ninguna de ellas, puesto que al contentarse corre el peligro de adorarlas y caer en idolatría. Y venimos diciendo que estos logros y metas se dan también en la religión.

Todo el mundo sabe que desde cualquier ideología, por apariencia humanista que tenga, se puede llegar a tomar posturas que al final son inhumanas. El dinero puede llegar a matar el amor dentro del matrimonio; la actitud filantrópica puede llegar a anular la persona a quien quieres ayudar, como está pasando hoy con ciertos humanismos, y uno puede ser tan anti-materialista que al final sucumba a la materia. Lo peor de todo es que estas mismas actitudes se dan en aquellos que nos llamamos personas religiosas. De ahí la dureza de Cristo en el tema de la religión.

Por tanto, todos aquellos que apoyamos nuestro cristianismo en la doctrina que hemos aprendido, en el cumplimiento de las obligaciones cristianas y en la pertenencia oficial a la Iglesia por el Bautismo y los sacramentos, aquellos que se dicen cristianos por estas tres cosas, son justamente los que tienen que revisar su fe. Por encima de las devociones siempre está la llamada de Dios a ser persona; quien pone la fuerza de su religión en las prácticas piadosas no puede llamarse cristiano, porque su fundador las criticó. Esto ha de quedar claro y debe ser un revulsivo para la conciencia cristiana.

La conclusión que hemos de sacar de esto que hemos dicho es que la religión de Cristo no es una religión más, es algo mucho más serio. Vamos a ver porqué, y lo vamos a ver primero en negativo, para que se entienda por oposición. La religión de verdad ha de estar tan cerca de Dios que de Él toma ese no poder ser nombrada, como decía el Éxodo: Dios no tiene nombre. No llamarle nada estaría mejor, porque cuando le llamas algo te quedas con la palabra y comienza laidolatría.

Jesús se definía a sí mismo como “el Camino”. Esto es el cristianismo, un camino. ¿Y qué es un camino? Poner un pie y levantarlo inmediatamente, después el otro para seguir levantando el que tenías apoyado en tierra. El camino te obliga a no estar quieto. En teología es muy significativa la imagen del péndulo: todo aquel que quiera ser cristiano debe partir de la resurrección de Cristo, que es un “ya”, ya ha sucedido y en él estamos salvados; pero “todavía no”, porque nos queda mucha historia por delante, mucha respuesta en fidelidad a Dios. Este es el meollo del ser cristiano. Yo soy cristiano pero todavía no he conseguido realizar mi compromiso de bautizado. Esta expresión toca el corazón del ser del hombre.

Ya dijimos al principio, y lo seguiremos diciendo, que ser cristiano no es más que ser hombre de verdad y que el cristianismo no añade nada al hombre que lo es de verdad, sino que lo ilumina y le ayuda a conseguirlo. No es que uno sea hombre y después o además sea cristiano, no; uno, si es hombre de verdad, como debe serlo, es cristiano. Y ser cristiano como Cristo quiere, es realizar el ideal de hombre. “Ya, pero todavía no...”: ya soy hombre pero todavía no soy el hombre que he de ser. En el cristianismo pasa lo mismo: con el bautismo “ya” soy cristiano, pero “todavía no” he realizado la misión a la que he sido llamado. El Reino de Dios, lo que esperamos, la eternidad, ha empezado ya, y cada vez que hacemos algo bueno la resurrección crece en nosotros, los últimos tiempos ya están comenzados, lo que de verdad esperamos como terminal ha irrumpido en nosotros, ya está aquí, pero todavía no conocemos ni disfrutamos su plenitud.

Esta oscilación es lo que define al hombre, al hombre que camina. "Si quieres ser perfecto deja todo y ven detrás de mí”. El que ya ha puesto un pie en el camino pero todavía no ha puesto definitivamente el pie al final del camino. Después de haber maltratado y criticado a la religión habrá que verla ahora en positivo. Esto es lo que seguiremos buscando y descubriremos con sorpresa un cristianismo que dos mil años de religión han empequeñecido. Quizá sin culpa de nadie, porque el hombre es así, trabaja y avanza a través de fallos.

15 de enero

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110.-...porque siempre espera lo nuevo

El cristiano siempre camina cantando... decíamos en nuestra charla anterior. ¿Sabes por qué y sabes lo que esto significa? Que cada paso que des en la vida has de convertirlo inmediatamente en algo del pasado. El día que te instales en algo habrás dejado de ser cristiano, porque al no caminar tendrás que inventar lo ya inventado: las mismas ideas, las mismas prácticas... Y esto de caminar y de inventar no responde a un prurito de novedades tan difundidas en nuestra época. Como todo cambian también los cristianos hemos de inventar nuevos credos, nuevos ritos, una Iglesia distinta… Nada de eso. Lo nuevo no tiene que ver con el consumo vacío de las nuevas propuestas de las multinacionales, sino con el Dios creador y renovador de todas las cosas. Mientras no hagamos el mundo nuevo de verdad Dios no será reconocido. Tenemos un mundo demasiado maltratado y herido.

No hace muchos días nos recordaba Benedicto XVI, con motivo de la Navidad, la visión de San Gregorio de Nisa, que el establo de Belén representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

“La belleza de ser cristiano y la alegría de transmitirlo” no es una frase bonita, sino un programa de acción que se trazó el Papa Benedicto XVI cuando comenzó su pontificado, donde hacía referencia a su voluntad de caminar hacia el encuentro con Cristo. Caminar, no detenerse nunca en lo logrado.

Habría que decir que, en la esfera de lo humano, cuanto más uno camina, menos repetitivo es, y cuanto más cosas repite uno menos camina. Por eso Cristo vio un peligro muy serio en la gente que prefiere refugiarse en las prácticas y se olvida de caminar. Si hoy no te has movido del catecismo que te enseñaron hace 50 años eres un fósil. El espectáculo de los cristianos de hoy es que llevamos dos mil años siendo los mismos, nos hemos quedado viejos. El cristianismo es siempre un camino nuevo: “si quieres ser perfecto deja todo y sígueme”. La Pascua del cristiano obliga a comer de pie, como los primeros israelitas cuando esperaban el paso del Señor. Y los cristianos repetimos durante 50 años seguidos la misma comida, en la misma mesa y en el mismo asiento. ¿Qué tiene que ver esto con la Pascua y la Eucaristía del Señor?

Pues bien, para el hombre que camina no hay meta, y por tanto no hay idolatría. Y para los que tenemos una idea de Dios preconcebida hemos de recordar lo que dice Dios en el Éxodo: “no te harás imagen de lo que hay arriba en el cielo...”. No hay figura de Dios posible porque Dios siempre está más allá: está en la figura que yo me hago hoy de Dios, pero mañana tendré que abandonarla y pasar a otra y otra... Y en el momento que me esté muriendo me estaré deshaciendo de la figura última de Dios para entrar en el Dios de las figuras que está en la otra parte.

Lo mismo sucede con el saber: “No pronunciarás la palabra Dios en vano”, porque Dios no cabe en ninguna palabra. El teólogo debe saber que siempre es más lo que queda por saber respecto a Dios que lo que sabe. Cuando uno no acepta nuevos datos porque está instalado en lo que sabe, no sea que le desmonten su idea de Dios, está en la idolatría. No hay ninguna doctrina nueva capaz de desmontar la divinidad, lo que desmonta la divinidad son las doctrinas viejas; las nuevas siempre te dicen que hay que seguir caminando, nada más. Jesucristo vino para decirnos que Dios se nos revela constantemente en la novedad, porque Dios es la novedad suprema, que sólo encontraremos cuando entremos en la novedad total, que es la eternidad.

 

8 enero

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109.- El cristiano siempre camina cantando...

En estos últimos espacios venimos tratando las nuevas formas de idolatría en nuestro tiempo. El sigloXXI no se libra de las tentaciones que ha tenido el ser humano a la largo de su historia, en su largo caminar de búsqueda. Y una de los errores más graves, criticados como tales ya en todo el Antiguo Testamento, es justamente este de la idolatría. Y venimos diciendo que no sólo existe idolatría en el materialismo ateo, sino incluso en la religión. Desde que Dios nació en Belén, se crió en Nazaret, predicó por toda Palestina anunciando, proclamando e instaurando el Reino de Dios y desde que Jesús murió y resucitó, la vida del cristiano tiene un modelo para ser hombre: Cristo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida y nosotros realizaremos nuestro proyecto humano siguiendo sus huellas.

Esta es la finalidad de estos espacios en Radio Vaticano, “Seguimos tus huellas”, seguir el camino trazado, retomar el pulso a nuestro caminar como hombres y como cristianos, sabiendo que, aunque tengamos la revelación y la Iglesia católica, como salvaguarda íntegra de la fe cristiana, sin embargo cada día hemos de asumir nuestra peregrinación en esta tierra Seguimos las huellas del Señor, muerto y resucitado.

Sin embargo, el empuje de una religiosidad precristiana que perdura en nosotros es tal que nos hace paganos pintados de cristiano. Es decir, recibimos el anuncio del cristianismo y lo digerimos en una mente y un corazón todavía paganos. Y por eso la Iglesia, en muchos momentos es precristiana. Frente al evangelio de Jesús y su mensaj