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El Hijo del hombre

 

El modelo de hombre perfecto
El Dios que sigue viniendo
La Palabra se hace carne
Una buena noticia
Navidad es una vida nueva
La navidad no es una fecha
Jesús crecía...
Dios salva al hombre… caminando con el hombre
Dios llega al portal de la historia
¿A dónde nos llevan los dogmas?
El hombre vive por la fe
El resplandor de Dios es que el hombre viva
Validez y permanencia de los dogmas
El dogma nos abre al futuro
Significado del dogma cristiano
Significado del dogma mariano
Santa María, Madre de Dios
La base de los dogmas: relación entre fe y razón
Primeros problemas entre la fe y la cultura
Importancia de los dogmas
Cristo, ¿sobre todo Dios o sobre todo hombre?
La fe vivida y la fe pensada
La revelación de Dios en Cristo
La palabra de Dios es crítica
La palabra de Dios es dinámica
La palabra de Dios en la historia
Cómo y dónde habla Dios al hombre
¿Cuándo y a quién habla Dios?
¿Cómo habla Dios?
La revelación no es estática
El encuentro en la encarnación
Dios sale al encuentro del que camina
La fe como despedida y apertura
De la experiencia humana a la revelación de Dios
La experiencia del hombre que busca
El Dios encarnado es el Hijo del hombre
Renovar la Fórmula del Credo

 

 

27 de enero

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El modelo de hombre perfecto

Martes, 27 ene (RV).- Vamos a tratar a partir de hoy, en nuestros espacios sobre el “Hijo del hombre” de Radio Vaticano, un tema de máxima actualidad. El de la felicidad. ¿Cuándo el hombre será feliz del todo? La respuesta es bien sencilla: cuando el hombre sea perfecto. Esta es la respuesta a la insistente pregunta humana por la felicidad. Ser feliz es ser perfectos. El único problema es que no es tan fácil ser perfectos. Pero si al menos tuviéramos un modelo a quien imitar…

Cristo vino a revelarnos quién es el hombre y cómo debemos realizar lo humano, para ser felices, que no es otra cosa que dar cumplimiento al plan de salvación de Dios. Cuando rezamos el Padrenuestro decimos, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. El día en que dejemos que la voluntad de Dios se cumpla aquí en la tierra, ese día la humanidad estará en paz porque todos seremos hermanos. ¿Y se ha dado alguna vez esa coincidencia entre la voluntad de Dios en el cielo y en la tierra? Sí, en un hombre que nació, vivió y murió en esta tierra, en Jesús de Nazaret, que se llamaba a sí mismo Hijo del hombre.

Esta forma de identificarse, Hijo del hombre, abre a todo ser humano la posibilidad, en cuanto hombre, de comportarse como hijo y llegar a ser hijo de Dios. Es el camino de la felicidad, es el camino hacia el Reino, es la salida del absurdo a que parece abocado lo humano. En Jesús de Nazaret, en el hombre a quien siguieron aquellos primeros pescadores, y aquel pequeño grupo de mujeres, en ese hombre se nos ha manifestado la perfección de lo humano y la gloria eterna de Dios. Aquí radica la importancia de los dogmas que hemos venido comentando hasta ahora en esta serie de programas. Cristo verdadero Dios y verdadero hombre; perfecto Dios y perfecto hombre… Este hombre perfecto será quien nos de pié a abrirnos para ser lo que deseamos ser, nosotros mismos.

Sin él, no sabríamos bien adónde queremos llegar, porque tendemos a contentarnos con lo que ya somos. Pero cuando el Hijo de Dios se encarnó, y nos reveló en qué consiste ser hombre de verdad, ni anuló nada de lo humano, ni añadió nada a lo que ya era humano de verdad. Se hizo hombre para decirnos en qué consiste ser hombre. Esta es nuestra salvación, ser hombres de verdad. Y él mismo nos advierte de que no se salva quien dice “he comido y bebido contigo, he escuchado tus palabras…”, ni el que dice “¡Señor, Señor…!”, sino “el que cumple la voluntad de mi Padre”, es decir el hombre justo, el hombre de verdad.

Uno de lo títulos que le damos a Cristo es el de “el justo”, “el Santo”. Comienza san Juan en el capítulo segundo de su primera carta: “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo”. No habría nada más que decir del hombre perfecto, “el justo”. Lo que sucede es que la libertad o la falta de conocimiento, la ignorancia y el pecado original, no nos dejan ni conocer la justicia de verdad, ni amarla. Ahora bien, en Jesús de Nazaret, se nos imputa la justicia gratuitamente, por él, por su vida entregada y por el amor que nos tuvo.

La justicia nos la da, ahora nos toca aceptarla, asumirla y ponerla en práctica. Pero la justicia y ser hombres justos ya lo tenemos al alcance de la mano, gracias a él. Siguiéndole a él conocemos su mensaje, y conocemos su mensaje cuando aceptamos su persona, porque en él mensaje y mensajero coinciden. El Reino que anuncia es lo que hace, y lo que hace es salvar lo humano, liberar los errores de lo humano.

Estas son las condiciones hacia la perfección y hacia la felicidad: conocerle y seguirle. Su vida será el modelo para superar con acierto los vericuetos de la existencia humana. Su mensaje sobre la verdad y la justicia lo realiza cuando es tentado, cuando habla con la viejecita de la mano seca en la sinagoga, cuando arroja del Templo a los mercaderes, cuando llama “sepulcros blanqueados o raza de víboras” a los fariseos o cuando clama en la cruz, “Padre, ¿por qué me has abandonado?”.

Estas realidades contradictorias de vida y muerte, de juicio y perdón, de servicio y poder, son las que no encajan con nuestra percepción de lo que es y debe ser el hombre. En Jesús lo sabemos y será realidad en nosotros en la medida en que le aceptemos. Nos resultará chocante, incomprensible o arbitrario, pero los cristianos confesamos que Jesús es el hombre perfecto, lo que anuncia y lo que hace son lo mismo. Jesús es el modelo.

 

20 de enero

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El Dios que sigue viniendo

Martes, 20 ene (RV).- Cuando Dios llega al hombre, llega niño, y su presencia no cabe ni en nuestra lógica, ni en nuestra ética, ni en nuestros esquemas de poder. La presencia de Dios en un niño es una canción, es belleza, sin más. Por eso la verdadera edad del hombre es la infancia. Y en esa edad de la infancia es cuando el hombre necesita de toda la Creación; el hombre que se conforma con unos cuantos millones, ha dejado de ser niño, se ha hecho adulto.

La niñez es el reino de Dios que ya empieza en nosotros, y empieza siempre entonando una canción, por eso los pastores se fueron cantando, y por eso los cristianos de verdad deberíamos ir cantando por los caminos de la vida. La verdadera religión cristiana está y nace en la niñez, en la ilusión, en la admiración, en la fantasía, en el juego, en la creación del futuro, en la alegría y en la confianza, en lo nuevo, en la canción de una libertad que se estrena cada día. Sólo por este camino de la niñez llegaremos a detectar que Dios está en el corazón de lo humano. Si no os hacéis como niños no veréis este paraíso.

Para muchos cristianos la teología escolástica, esencialista, ha impregnado el corazón de tal manera que entendemos que ser cristiano es algo que se hace una vez para siempre; uno se bautiza y ya es cristiano; uno se convierte y ya es cristiano. Ser cristiano no es que te pongan un gorro y ya te quedas con él toda la vida. Ser cristiano supone al hombre, ese ser que desde que nace se está haciendo. Ser hombre significa estar empeñado en la tarea de hacerse. ¿Y entonces qué añade ser cristiano? La alegría y la niñez. El que camina por la vida sintiéndose seguro como un niño de la mano de su Padre, el Padre del cielo y por eso está contento y se lo va a anunciar a otros. Esto es lo que nos ha enseñado Jesús naciendo en un establo, viviendo sometido a sus padres y dedicándose a curar enfermos.

Dios se hizo carne en un niño y el cristiano es Dios que sigue viniendo a este mundo, como un niño necesitado y que después se dedica a ayudar a los necesitados. El Dios que se nos da constantemente, ahora se nos da del todo, es el “Dios que viene” en el hombre Jesús y quiere seguir viniendo a través nuestro. Ser cristiano no es más que ser humano de forma comprometida, buscando siempre lo mejor y mirando hacia adelante. No perdamos esto de vista, porque es uno de los puntos por donde ha entrado en crisis el cristianismo actual. La gente no cree en los cristianos ni en el cristianismo, y no cree porque los cristianos nos hemos anclado en el pasado y en los ritos.

El Dios que viene a nuestra historia es dinámico. Viene por los caminos del interior, viene por todo el río de nuestra sangre y viene por toda la historia de la humanidad. Si tomamos en serio lo que hemos celebrado en Navidad, estamos tocando un tema vital, porque nos implica en una doble responsabilidad. La de asistir sin miedo a un mundo que se derrumba inevitablemente, y la de ser constructores de un mundo nuevo. Nacer de nuevo, es lo que pedía Jesús al viejo Nicodemo. El cristiano auténtico es el que está dispuesto a que Dios siga llegando a nuestra historia y a nuestra casa. Y llega para renovar todas las cosas.

Digámoslo claramente, los cristianos oficiales, los que son cristianos porque están apuntados, no ofrecen nada a la construcción del mundo, no traen ninguna esperanza. El Dios que viene significa algo así como dínamis, como una fuerza interior que nos pone en movimiento, como los pastores que fueron a contar lo que habían visto, o la Magdalena a anunciar al resucitado. Hablar de esa dínamis, de eso que pone en marcha, no es otra cosa que hablar del amor en el cristianismo. No el amor como teoría, sino como fuerza que empuja hacia un mundo nuevo y mejor.

Desear la llegada del Reino no ha sido ninguna utopía para los que han entregado su vida y han llevado así el mundo hacia delante. Desde Cristo resucitado hasta la última misionera en África son utopía, hacen Reino de Dios, ese Reino que lo será en plenitud cuando Dios sea todo en todos.

Una vez colocados en este rail del “Venga a nosotros tu Reino”, desde el Amor de Dios que se da del todo en un Hijo, y como fuerza interior que nos pone en movimiento, podemos empezar con el Dios que, a pesar de haber venido, sigue viniendo por el cristiano del siglo XXI.

 

13 de enero

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La Palabra se hace carne

Martes, 13 ene (RV).- Han acabado las navidades pero no podemos dejar que se vayan sin llevarnos su huella grabada en el alma. Navidad es el Niño Dios hecho carne. Quedémonos de momento sólo con el niño, porque esta es la huella más honda que todo ser humano lleva dentro. El hombre o la mujer madura si no tiene niño dentro no llegará a Dios, no sólo esto, no llegará a ser hombre o mujer de verdad. El hombre verdadero, dicho en neutro, que incluye lo masculino y lo femenino.

Decíamos que unos simples pastores se convirtieron en los primeros misioneros de la noticia de la salvación: «dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían». Y veremos también, al hablar de la resurrección de Cristo, que fue una mujer, María Magdalena, la encargada de anunciar a los apóstoles que Jesús había resucitado. Dos conclusiones, la primera, que la experiencia que tuvieron la pueden contar, hay que anunciarla, pero la experiencia hay que hacerla. No te impacta tanto lo que te dicen cuanto aquello en lo que participas. Los pastores fueron al portal y encontraron a María, a José y al niño; María Magdalena fue al sepulcro, se encontró con el Señor, ya resucitado.

El anuncio te pone en camino, pero el camino hay que hacerlo. Por eso, si queremos llegar a proclamar que la Palabra de Dios se ha hecho carne, tenemos que llegar al portal de Belén siguiendo la invitación del catequista Lucas y tener allí esa experiencia, y tendremos que haber participado de la experiencia de la resurrección de san Juan y de san Pablo, para poder contarla y anunciarla como teólogos. El primero dice: “Y la Palabra se hizo carne”, mientras que Pablo dice “Locutus est nobis in filio”, Dios nos habló, no a través de un niño, sino en un niño.

Hemos dicho que el niño que ahora sólo balbucea, es la Palabra de Dios. Dios, que había hablado de mil maneras a los patriarcas y a los profetas, quiso decirnos, de una vez por todas, quién es él y quién soy yo, no habla, sino que se encarna en Belén de Judá.

¿Y qué nos quiere decir San Lucas con esto? Que no hay palabras para decir quién es el hombre y, mucho menos, para decir algo sobre Dios. La palabra de Dios sobre el hombre no se puede decir con palabras, se dice a lo largo de toda la vida de un hombre, desde que nace hasta que muere. Así de grande es el hombre. Si quieres decir algo sobre el hombre, y quieres decir la verdad, no te cabrá en palabras, tienes que recurrir a su misma vida. Por eso la Palabra de Dios es una palabra que nace y se dice viviendo. Cuando los historiadores cuentan la historia, nunca llegan a decir la verdad, pretenden poner por escrito lo que es vida, y esto es imposible. Por tanto, todo lo que estamos diciendo sobre la Navidady sobre la encarnación, no es la Navidad ni la encarnación; Navidad es lo que yo logre ser de Navidad y lo que mi vida encarne por dentro. Ésta es la lección máxima que nos enseña la Palabra de Dios.

Sin embargo tenemos que seguir anunciando y diciendo, teológicamente, como lo hacen San Juan y San Pablo, que la Palabra de Dios es carne en un niño... Toda la Creación es Palabra de Dios, palabra que suena en la conciencia de todo ser humano, pero cuando Dios se propuso decir lo último y definitivo, se hizo carne. La palabra de Dios sonorísima, que levanta montañas, no se puede decir, sólo se puede vivir. No vale nada lo que sabemos de Dios o de nosotros mismos, lo que vale es que lo vivamos, y por eso se anuncia sólo a los que le pueden entender, a los pastores. El niño no se dice ni se explica, al niño se le ama, se le tiene, se le goza, no se dice.

El niño es la dimensión del hombre, y al hombre le entiende quien le acoge. ¿Eran tontos los pastores? Un ángel les anuncia que les ha nacido el Salvador, y añade para que no se confundan: encontrareis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Otros hubieran dicho: ¡Si ésta es la Palabra de Dios y éste es el mensaje, yo me voy! Los pastores tuvieron la mirada limpia, y por eso pudieron adorar lo que otros rechazaron. Desde que la Palabra de Dios es un niño, hemos de saber que la edad para entrar en el cielo es el niño; da igual los años que tengas, has de ser niño. Por eso Cristo dirá: “Si no os hacéis como niños, no entraréis...”.

 

 

 

 

6 de enero

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Una buena noticia

Martes, 6 ene (RV).- El evangelista San Lucas no era judío sino griego y una vez convertido al cristianismo, se dio cuenta de lo que significaba ser cristiano. Cuando redactó los primeros capítulos, después de haber escrito todo su evangelio, dejó en ellos un resumen de toda la vida de Jesús, su predicación, su atención a los enfermos y excluidos de la vida social, leprosos, cojos, lisiados, y hasta un recuerdo de la institución de la Eucaristía. Recuerden que Jesús nació en un pesebre, lugar donde comen los animales, y en la última Cena dijo: “Esto es mi cuerpo, tomad y comed todos de él”.

Pues bien, con el relato del nacimiento de Jesús, San Lucas nos quiere transmitir que en ese acontecimiento está el origen de la historia de la salvación del hombre. Caminamos hacia la salvación, pero esta historia ya comenzó el día de Navidad.

Vamos a recoger en paralelo el relato y el mensaje que nos deja San Lucas. Comienza con el edicto de César Augusto ordenando empadronarse a todo el mundo. Y María y José emprendieron el camino desde Nazaret, al Norte de Israel, hasta Belén, muy cerca de Jerusalén. Fueron llamando a las posadas y, al no encontrar sitio en ellas, siguieron caminando. Cuando a María le llegó el tiempo del parto se refugiaron en un agujero al lado del camino, un pequeño establo medio hundido, y allí nació el hijo de Dios.

Ya comienza San Lucas a montar el paisaje. Están de camino -esto es fundamental para Lucas-, o sea, que los cristianos que viven sentados, de Navidad nada. Jesús nace en camino, a la orilla del camino. Hay cristianos que viven la rutina de su fe como algo inconmovible, y encima dicen que no se toque nada. Estos no sólo no viven la Navidad, la están matando en los bancos de la iglesia, sentados, esperando que acabe el cura. Es una Navidad muerta. San Lucas dice que Dios nace en el hombre que camina y, por tanto, un hombre que no hace camino, no conocerá a Dios.

El segundo apunte de San Lucas: “Había en la región unos pastores...”. Alrededor de la cueva pone unos pastores que vigilaban de noche su rebaño, y se les presentó el Ángel del Señor. Los pastores, gente sin prestigio, marginales, considerados como el deshecho de la sociedad. Estos son los destinatarios del anuncio. Tal vez porque vigilaban en la noche, atentos a las mañas de quienes los excluían.

San Lucas escribe cuarenta y tantos años después de la muerte de Jesús, por tanto, ochenta años después de lo que está contando. Él no lo conoció, pero supo avisar a los cristianos de su tiempo del peligro de envejecer cuando amainan las persecuciones. Y Lucas les dirá que sólo el que vigila, como los pastores, tiene el corazón abierto a la salvación en el corazón de la noche. Y lo repetirá San Lucas por boca de Jesús: “Vigilad, porque no sabéis el día que llegará el Señor”. No se trata de la muerte, no, sino de la buena noticia de llegada del Señor.

El Señor llega si estás en camino, y con los ojos abiertos. Los que duermen -Herodes roncaba y los santos de Israel, los fariseos, también roncaban- no se enteraron. San Lucas escribe para los cristianos que duermen, como podemos serlo nosotros ahora.

La tercera nota de San Lucas son los ángeles. Un racimo de ángeles cae en plena noche sobre los pastores que guardan su rebaño. De los ángeles esperamos buenas noticias, y así dicen: «No temáis, os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». La buena noticia es un salvador; pero como los hombres esperamos la salvación venga de los poderosos y de las riquezas, y los pastores se podían engañar, aquí la salvación viene de un niño, acostado en un pesebre y envuelto en pañales. Nada de fuerza, nada de poder, todo indigencia y necesidad. El niño nos necesita; Dios nos necesita. Son estos ángeles los portadores de la buena noticia.

Y concluye el relato San Lucas con la respuesta de los pastores: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.» Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían».

Unos simples pastores se han convertido en los primeros misioneros de la noticia de la salvación. Nosotros, abiertos a tantas noticias como nos llegan a diario, tal vez sigamos esperando la definitiva, la que nos salve de verdad. Pero el problema no va a ser la noticia, ni el mensajero, sino nosotros mismos. ¡Cuidado con lo creemos y a quién creemos! Sólo el niño desvalido de Belén, puesto en un pesebre, el que entrega su cuerpo y su sangre en la Eucaristía, trae la salvación.

 

30 de diciembre

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Navidad es una vida nueva

Martes, 30 dic (RV).- Traducir el cristianismo en nuestro tiempo se puede hacer con nuevo lenguaje, con doctrinas, ritos y espectáculos adaptados…, pero también se puede hacer acercándonos a la vida de Jesús de Nazaret, como hicieron los primeros discípulos y cristianos de nuestra era. La vida de Jesús comenzó y acabó, como toda vida humana temporal, pero su recuerdo y su presencia viajan con nosotros en el tiempo, año tras año y siglo tras siglo. Somos herederos de los que nos han precedido y en la medida en que nos acercamos a ellos y los conocemos mejor, en esa medida nos pueden ayudar, les proyectamos sobre nosotros mismos y en el mundo que nos ha tocado vivir.

Como ya hemos dicho en espacios anteriores la Navidad se puede orientar de mil maneras, y esto en sí mismo ya es un tema para tomar muy en consideración. Hay cosas en la vida que se agotan al recorrerlas una vez y otras, en cambio, hay que recorrerlas mil veces, porque tienen mil posibilidades y ofrecen mil caminos para ser conocidas. Hoy nos vamos a acercar a la Navidad leyendo el capítulo 2º de San Lucas, un capítulo muy denso.

Ya dijimos que la Navidad no es una fecha, no es un acontecimiento histórico en el sentido periodístico, es mucho más que un aniversario. Si los evangelistas Mateo y Lucas, que son los únicos que cuentan la Navidad, hubiesen querido hacer historia, nos hubieran dado la fecha y la hora exactas del nacimiento. Sin embargo, lo histórico no era de su interés, les interesaba más bien el relato, el cuento. Me gusta decir la palabra “cuento”, que viene de contar, y además contiene esa evocación de los cuentos famosos que nos contaba mamá y que siguen acunando los amaneceres de la humanidad en cada hombre.

Por esto hablaré de cuento, no en lo que tiene de ficticio o irreal, sino porque lo que se quiere decir es tan real que sólo el cuento y la leyenda lo pueden recoger. Si alguno no entiende esto, que haga un esfuerzo, porque si no, no nos entenderemos. Cuando una cosa no cabe en las palabras hay que usar la capacidad simbólica que éstas tienen. Las grandes experiencias vitales no caben nunca en palabras, y por eso se inventó la poesía, la música, la danza, como eco del interior que te hace decir: ¡Ah, he aquí la Navidad! ¿Cómo se puede contar la Navidad para revivir el nacimiento de Cristo? Porque esto es lo que interesa. El problema no es que Cristo naciera en Belén, sino el terremoto que produjo su nacimiento. Y con esa intención lo cuenta San Lucas, para celebrarlo, para que nos conmueva y sacuda, como sucedió hace 2.000 años.

Cuando llega la Navidad iluminamos las calles, organizamos cenas y descorchamos botellas para invitar a los amigos. Navidad por todas las esquinas, pero, ¿es esto celebrar la Navidad? Celebrar el nacimiento de un niño produce alegría, nos cambia el humor y sucede algo en nuestro interior que nos lleva a celebrarlo. Se celebra la vida, se comparte la ilusión y la esperanza, se llena de sentido la casa porque hay futuro, y esta ilusión y este futuro se palpan en la mirada del niño, en su llanto, en su indigencia.

Cuando esto me lo cuentan no tengo más remedio que revivirlo para que suceda en mí, implicarme en esa mirada y en esa indigencia del niño, si no el relato queda hueco, con la vaciedad de las palabras. Para que la Navidad suceda hay que pasar de la nostalgia a la presencia, a lo que sigue sucediendo después de dos mil años. Es verdad que siempre nos asaltan las dudas, pero si sabemos atar los cabos, las dudas no duran, por una razón muy sencilla, porque el futuro ya ha empezado entre nosotros el día de Navidad. Ya no podemos decir que lo que nos cuentan no es verdad... ¿Cómo no va a ser verdad si la vivimos?

Lo que nos cuenta en el relato de la Navidad no es sólo que nace un niño, sino que este niño es Dios, la vida de Dios en la tierra, la vida futura en el tiempo, el amor definitivo en nuestras casas, la felicidad sin fin, la fiesta de Dios en el corazón de cada uno. Dios está con nosotros, Dios es uno de nosotros. Cuando la Navidad sucede, sucede Dios en el hombre. Esto sí hay que celebrarlo y la mejor forma es como lo hacen los niños,poniendo el Belén en un rincón de la casa, colocando el pesebre dentro, el nacimiento dentro, y no sólo como paisaje, sino como símbolo y sacramento.

Esto es fundamental: para que suceda la Navidad, hay que tener un pesebre dentro, y añadir las montañas, y el río, y ovejitas paciendo a la orilla, y estrellas en el cielo, y un camino por donde llega todo el universo hasta el portal. Ha nacido un niño, que es Dios, y la creación entera salta de alegría, porque todo ha comenzado de nuevo. Si celebramos así la Navidad, nuestra tierra ya no será igual.

 

23 de diciembre

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La navidad no es una fecha

Martes, 23 dic (RV).- Vivimos la Navidad de muchas maneras, pero tal vez la más apropiada sea la de despojarnos de los dos mil años de historia, dejar fuera todo y adentrarnos en el portal. Es la propuesta que hace San Ignacio de Loyola a los que quieren ejercitarse en intimidad con Dios. Se trata de una invitación a acercarse al lugar donde va a nacer un niño y contemplar la gruta, con sus características, grande, pequeña, cómo está aparejado el lugar; y dentro de ella ver lo que sucede, pero como a distancia, sin molestar.

Primero ver a nuestra Señora y a José y a la sierva y al niño Jesús después de nacido, “haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase...”. Después mirar, advertir y contemplar lo que hablan. Y por fin considerar lo que hacen, “para que el Señor nazca en suma pobreza, y a cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí. De este contemplar, implicando sobre todo los sentidos y sentimientos, brotará una reflexión que produzca algún provecho espiritual.

Navidad no es una fecha, sino un acontecimiento de tal magnitud para la historia de la humanidad, que sólo puede ser dicho cuando es vivido. Construir belenes, como hizo San Francisco de Asís, es una forma de decir la Navidad, pero para esto hay que ser niño o hacerse niño. Sólo los niños lo entienden, ¿y saben por qué?, porque no quieren razones que el corazón no entiende. No aceptan explicaciones conceptuales, prefieren sentir... y vibrar con la ilusión de una vida que empieza.

Y a los mayores nos pasa lo mismo pero, con un corazón avergonzado por tanta miseria, nos recluimos en las mil explicaciones luminosas de la razón. Hemos dejado de ser niños y somos adultos, maduros; ahora nuestra misión es justificar los errores cometidos y aparentar lo que no somos. Menos mal que todavía existen los niños para contradecirnos y pedirnos que les contemos un cuento. El cuento de la navidad. “Una mirada de mi hija me devuelve a la vida”, -me decía una joven madre cansada de la vida.

Navidad no es una fecha, es un cuento; el más maravilloso de los cuentos que jamás podría inventar un hombre. Pero cuando al hombre maduro le llegan esos ecos de misterio de la infancia se derrite en exclamaciones de ignorancia, se queda balbuciendo, experimenta lo que experimenta un niño sin saber decirlo.

Así describe nuestro mentor y maestro de estos espacios de Radio Vaticano, Antonio Oliver, la Navidad:

Aquella noche, en el silencio, le dijo Dios al hombre su palabra definitiva. Y su palabra fue la carne ilusionada de un niño recién nacido.

Y en aquel instante supo el hombre que su largo caminar tenía una meta. Peregrino de tantos siglos de historia, de luces y de sombras, supo que había llegado y que el torrente de las aguas de más allá de los horizontes, le crecía y le crecía en las profundas bodegas.

Y se le compuso también el paisaje del alma y sintió que se le enredaba por la sangre una desconocida alegría. La suya, que él aún no conocía.

Y supo para siempre una canción que florece en sus pisadas de peregrino: el hombre es siempre un niño caminando hacia Dios. Dios es la meta del hombre, el infinito es su dimensión.

Desde ahora toda esperanza es posible, y la realidad, al final, superará toda esperanza.

Abre tu ventana, hermano mío, ponte tus ojos de niño, pastor de mis praderas; despierta en tus manos la infancia, compañero de camino y mira:

Fue aquella noche la que encendió todo este día.

Fue aquel silencio el que esparció estas canciones.

Fue aquel niño quien hizo hombre al hombre.

Fue aquella infancia la que llenó de sentido la historia.

Fue aquel milagro el que convirtió en milagro nuestra vida.

Aquella noche, amigo mío, fue la Navidad

La primera de todas aquellas Navidades en las que este niño que es el hombre, al tocarse la carne, se encontró con Dios: que la vida se estrena cada día, que el amor comienza siempre, que el hombre es siempre nuevo, que cada día es Navidad.

Aquella noche, amigo mío, fue la Navidad.

La primera de todas aquellas Navidades en las que este niño que es el hombre, al tocarse la carne, se encontró con Dios: que la vida se estrena cada día, que el amor comienza siempre, que el hombre es siempre nuevo, que cada día es Navidad.

 

16 de diciembre

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Jesús crecía …

Martes, 16 dic.- El mensaje central de la Navidad podríamos resumirlo con la idea de nuestro espacio anterior: Dios salva al hombre… caminando con el hombre.En Navidad Jesús nace y Dios comienza la aventura de ser hombre para indicarnos el camino hacia nuestra plenitud. Esta podría ser la síntesis de los dogmas cristianos que hemos venido analizando. Navidad es justamente esto, Dios llega a mí y me salva, llega a mi portal para hacer de mí lo que yo quiero ser de verdad. Todo esto será realidad cuando Dios salve al hombre y el hombre se deje salvar por Dios.

Y en este acompañar al hombre Dios no anula nada del hombre; me lo da todo para que yo alcance mi yo con mayúscula. Dios salva al hombre significa, por tanto, que todo aquello que es propio del hombre es cristiano, y lo hace suyo, es decir, lo infinitiza: la inteligencia, el amor, la ilusión, la convivencia... Desde Navidad -el nacimiento de Dios- hasta la Ascensión –la vuelta de Jesús al Padre- hay un camino de crecimiento de lo humano hasta su realización total.

En la Ascensión, Cristo se lleva consigo la humanidad para colocarla en el seno de Dios. Lo que todos esperamos, ya ha sucedido. Los evangelistas narran la ascensión como un acontecimiento histórico -la despedida de Jesús de esta tierra-, aunque bien sabían que no era unsubir a al cielo, que no está en ninguna parte, sino porque Cristo era Dios. Éste es el sentido de nuestra confesión de fe en la resurrección: resucitaremos “con los mismos cuerpos y almas que tuvimos”. No resucitaremos con el cuerpo que uno deja, agotado, desgatado de tanto caminar, sino con un cuerpo de sublimado, donde los vientos del cielo no lo desgastan. Es decir, este cuerpo nuestro ya está en Dios, en el la intimidad de Dios, porque Cristo, que es verdadero hombre, como yo, es verdadero Dios. ¿Se puede hablar de forma más sublime del hombre? ¿Nos pueden llegar mejores noticias, como decía San Agustín?

La ascensión no es un camino, es el punto de llegada del camino, la consumación de todas las aspiraciones de la humanidad; el que al morirse tenga que subir mucho, es que no ha recorrido el camino que tenía que hacer. No se sube, se está ya en Dios; Dios está, todavía de forma temporal, mientras vamos creciendo en edad, sabiduría y gracia. Pero como los primeros creyentes eran muy orientales, se inventaron un relato para decir que ese cuerpo que crece no acaba en la nada, sin en la totalidad, que es Dios, el eterno, infinito, inmortal. Un hombre como yo, ya está en el corazón de la divinidad para siempre. ¿Nos damos cuenta de la grandeza del hombre que crece y se desarrolla hasta esa dimensión, que es la suya, la que le pertenece por herencia?

Jesús va a nacer. Es lo que celebramos los cristianos en tiempo de adviento. Y este niño que una madre envuelve en pañales y lo acuesta en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada, es Dios. Es un ser humano pero es Dios, creemos que es Dios y lo adoramos como Dios. Pero nos podemos hacer una pregunta respecto a nuestra fe y respecto a nuestras afirmaciones dogmáticas sobre su divinidad: ¿su madre lo sabía? Los de su tiempo, los que creían en él, ¿sabían que era Dios? ¿Él mismo, cuando se hizo mayor lo sabía, sabía que era Dios? ¿Qué experiencia tenía Cristo de sí mismo como verdadero Dios y verdadero hombre en una sola realidad?

No nos lo dijo. A Cristo nunca le hicieron esta pregunta, ni el trató de responder ¿Qué dices de ti mismo, para que podamos decir a Juan si eres tú el que ha de venir o debemos espera a otro? Lo único que sabemos es que crecía en edad, en sabiduría y en gracia, dice San Lucas, crecía y aprendía como los demás hombres, con todas sus limitaciones, menos en el pecado; tuvo hambre, sufría, padecía enfermedades, y murió, pero todo en presencia de Dios. Pero ¿cómo sentía esta presencia de Dios? Con la voluntad humana de quien quiere que ante todo se realice la voluntad de Dios: “¡Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya!”, dice Jesús en Getsemaní. Como hombre tuvo horror al dolor y a la muerte, pero renunció a su voluntad humana si era voluntad de Dios, sin que Dios anulara su pensar y su querer.

Cuando Dios interviene en mi vida no anula mis limitaciones, ni me ahorra el trabajo de ser hombre, el trabajo de mi libertad, pero si voy escogiendo la voluntad de Dios se va realizando mi divinización; aun cuando esa divinización total sólo suceda pasando por la experiencia de la muerte. Cristo sabía que iba a resucitar, pero no porque tuviera un saber extraordinario, sino porque lo fue aprendiendo en cuanto hombre que se fiaba de Dios, un Dios que no abandona a sus hijos.

 

9 de diciembre

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Dios salva al hombre… caminando con el hombre

Martes, 9 dic (RV).- Alguien dijo que alargando una línea recta hasta el infinito ésta formaría un círculo, una circunferencia. Son los científicos modernos quienes hablan de la curvatura del espacio. Pues justamente esa misma forma geométrica de la realidad es la que viene diseñada en la Biblia cuando hace alusión a Cristo como Alfa y Omega, y así lo celebra la Iglesia católica en la Misa de la Pascua de resurrección. Él es Principio y Fin de todas las cosas preexistente a toda realidad y término final de ella. Y así se prefigura también la vida y la historia del ser humano, como una circunferencia; cuando naces partes de un punto que tiene un largo pasado y, cuando has acabado de realizar todo el trayecto de la vida, no has hecho sino dar toda la vuelta para llegar al mismo punto de donde partiste. En la medida en que te alejas del punto inicial te estás acercando a él; éste es el hombre en Dios o Dios en el hombre; éste es el recorrido de la totalidad.

Pero he aquí que ese mismo recorrido del hombre, de cualquier hombre, es el recorrido que hizo Jesús, el Hijo de Dios encarnado. Nace en una grieta de la tierra, en una cueva, como la mayoría de nuestros antepasados y muere en una cruz, como el peor de los nacidos de mujer, para que no quede excluido nadie. Todo nace de una creación que es Dios derramándose como don amoroso y todo vuelve a él purificado por el amor manifestado en una cruz. El que no tuvo pecado asumió en su carne el mal de todos los pecados de la humanidad. Dios nace para esto, para recoger en su seno trinitario de Padre e Hijo a la humanidad, a la creación entera sobre la que ha derramado su Espíritu.

El camino que viene a recorrer Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho Hijo el hombre, es todo un proceso de amor trinitario, como decía el gran humanista mallorquín Ramón Lull, y como también pretendió sintetizar el filósofo Hegel: para quien todo es tesis, antítesis y síntesis. Todo es una afirmación que avanza por negaciones hasta la afirmación total. Tal vez lo había dicho mucho mejor y mucho antes, el gran San Agustín:“Nos has hecho para ti, Señor, y está inquieto nuestro corazón hasta que no descanse en ti”.

El concilio Calcedonia añade una verdad más, y es que Dios se hace aventura del hombre en el hombre; por eso, cuando Dios llega al portal de la historia en Belén en el año cero de nuestra era, es Dios quien se pone a caminar con nosotros. Había escrito San Juan al comienzo de su evangelio: “Puso su tienda entre nosotros”. La tienda, “la suká”, que en hebreo aporta la transitoriedad del beduino; viaja de día pero cuando llega la noche abre su tienda para alojarse en ella, bajo de las estrellas, y cuando sale el sol a la mañana siguiente, la recogerá, se la carga al hombro para seguir caminando. Dios puso su tienda entre las nuestras como peregrino, durmió bajo las estrellas -“El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”- y anduvo los caminos sin camino del desierto y del mar y soñó como nosotros y lloró como nosotros cuando muere un amigo.

San Juan dice que Jesús lloró y se le conmovieron sus entrañas, todas las esperanzas del hombre, y, sobre todo, la inmensidad de los sueños del hombre, resonaron en el hombre que es Dios. Dios llega y no estropea nada, pasa de palacios y catedrales, no lo anuncia ni a gobernantes ni a poderosos, se lo cuenta a unos pastores, pero lo salva todo y lo infinitiza todo.

Recuerden que la gramática de nuestro lenguaje no sirve para decir que Cristo es Dios, porque la divinidad parece un predicado, cuando en realidad “Dios” no es el predicado de Cristo, es sujeto. ¿Y entonces cómo lo podremos decir? Este es el problema, que nuestro lenguaje se pierde al hablar de Dios, no se puede decir. Y una vez más, ¿entonces cómo haré para que en la afirmación “el niño que nace en Belén es Dios”, lo que es predicado sea a la vez sujeto? No hay gramática ni lenguaje para estas cosas. Dios está más allá de la gramática. De Jesús te fías, le crees por su vida, del nacer al morir, o no lo comprenderás nunca.

Y si San Pedro decía que “Somos carne, sangre y herencia de Dios”, no sólo habla de la naturaleza humana y divina de Cristo, sino que nos implica a los humanos en ella, en esa misma naturaleza. Por eso podemos decir que el hombre sólo será hombre de verdad cuando Dios sea todo en él, y él todo en Dios. Y por eso decimos también que un hombre sin Dios no es que sea ateo, es un hombre sin hombre. No puede existir un hombre sin Dios.

 

2 de diciembre

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Dios llega al portal de la historia

Martes, 2 dic (RV).- En este espacio de Radio Vaticano estamos introduciendo lo que se constituye como base de la fe cristiana; hacemos una especie de curso catequético y teológico con una finalidad, hacer accesible, en la medida de lo posible, el misterio del Dios encarnado en Cristo Jesús. Así comenzábamos un espacio anterior de nuestro programa.

Y seguíamos diciendo que hoy el mundo está necesitado de una brújula y una verdad sobre el hombre para iluminar este mundo desorientado. Pero al tiempo que de verdad, está necesitado de un ideal que motive nuestro compromiso para transformar este mundo, un mundo herido y atormentado por llantos y miserias. Las soluciones de los políticos o de los economistas no llegan, ni llegarán nunca del todo, porque el problema del ser humano es demasiado profundo. Ese grito y ese dolor están faltos de esperanza, se ahogan en la misma voz del que clama. Necesitamos una brújula y un modelo de comportamiento. Esto era lo que proponían los dogmas de los primeros concilios: la fe en un Dios que es hombre al mismo tiempo, la fe en un hombre que es Dios sin dejar de ser el Hijo del hombre.

Jesucristo es camino, verdad y vida, pero no sólo como doctrina para ser creída, sino sobre todo como vigor y fuerza para recuperar lo que todos los hombres tenemos de humano y de divino. Esto lo podemos decir desde que Dios entró por el portal de la historia. Este Dios y hombre verdadero nació en nuestra tierra, es uno de los nuestros, el anunciado y esperado desde la noche de los tiempos.

Si preguntamos a la historia de las religiones cuándo se ha podido pensar o creer que el Hijo del hombre fuera el Hijo de Dios, tendremos que decir que nunca, en ningún tiempo, en ninguna cultura, hasta que vimos la gloria del resucitado. Dios y el hombre han sido siempre dos realidades separadas; Dios en el cielo y el hombre en la tierra. Y ahora podemos preguntarnos a nosotros mismos, como cristianos, ¿no seguimos pensando así? Yo soy el pobre miserable que se arrastra entre penas y dolores, inconsolable, y Dios, en el cielo, feliz y contento, permitiendo los desastres de volcanes, terremotos, pestes, guerras y muerte aquí en la tierra.

Pues habrá que empezar a pensar que esto es precristiano, y por tanto, no es verdad, Dios no está tan lejos. Un Dios en el cielo, jugando a marionetas con los hombres, no nos interesa. Por eso vino Cristo, al portal del tiempo y de la historia, Navidad, para curar ese mal. El ser del hombre, en Cristo, es Dios, y Dios, como dirá San Ireneo, tiende al hombre, busca un lugar donde desbordarse torrencialmente, un recipiente donde meter todo su amor.

Hablar así es una barbaridad, lo sabemos, pero si se nos perdonan las barbaridades del lenguaje por esa pizca de amor con que lo decimos, tendríamos que saber que Dios acaba de ser Dios cuando todo él se vierte en el hombre, cuando todo él se entrega en la cruz. Podríamos decir que a este Dios, no al primitivo de los griegos o romanos, a este Dios cristiano le hace falta el hombre. ¡Qué bien dicho! Y al revés, al hombre, para ser hombre de verdad le falta Dios; mientras tanto no será más que una marioneta, pero no en manos de Dios, sin en manos de los demás hombres. El hombre acabará de ser hombre cuando se meta del todo en Dios. Por eso nuestra vida no será nunca completa y seguiremos siendo aprendices hasta que no desemboquemos en Dios, y esto sucede en la muerte.

Este es el Dios cristiano, el que acepta la aventura de su propia creación; goza con ella, se implica en ella, entra en la historia, que es su historia, y acampa en ella hasta formar parte de la misma realidad. Cristo es la última palabra de Dios, la definitiva, pronunciada no como doctrina intelectual para los sabios, sino como vida para ser creída y vivida. Él es la plenitud de los tiempos, pero a este Cristo que puso su tienda entre nosotros le falta algo que somos nosotros, le falta la historia que está por venir.

Cristo es Alfa y Omega: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe”, dice San Juan, pero el final, Omega, está por venir en la consumación de los tiempos. Y todas las cosas alcanzarán su plenitud cuando lleguen a él, cuando sean atraídas por él, mientras tanto, no lo acaban de ser. Pero ese portal abierto, que es la Navidad, nos ha permitido vislumbrar el final: “os ha nacido un salvador”, el final de los tiempos ya ha comenzado, y el hombre camina bajo los destellos de quien es la vida y luz que viene a iluminar las tinieblas. “En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”.

 

25 de noviembre

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¿A dónde nos llevan los dogmas?

Martes, 25 nov (RV).- Acabamos de formular una pregunta que no tiene respuesta para nuestra mentalidad pragmática del siglo XIX. Es como preguntar: ¿para qué me sirven los dogmas, qué utilidad tienen? Es algo parecido a preguntar para qué sirve la poesía o qué utilidad tiene contemplar un atardecer. Desde luego estas actividades humanas no me dan de comer ni resuelven el problema del hambre en el mundo, ni el problema de las guerras… Los dogmas no sirven para arreglar las desavenencias entre los hombres o el encuentro de las culturas o para establecer una alianza de civilizaciones…

¡Un momento! ¡Establecer un encuentro, una concordia entre culturas y civilizaciones! Este es el punto: ¿sobre qué base se puede conseguir una concordia entre los hombres? Sólo se puede conseguir sobre un presupuesto que sea válido y definitivo: el hombre, el respeto por el hombre. Y justamente, dependerá de la idea que tenga yo del hombre paraprotegerlo y proyectarlo hacia su verdadera dimensión. Nunca será posible defender verdaderamente al hombre si éste no es más que un estómago a llenar o un saco de necesidades inmediatas. El ser humano es algo más, mucho más que un estómago vacío o lleno, es mucho más que un torrente de caprichos vanidosos.

Si al hombre le despojas de sus sueños trascendentes lo reduces a la nada; sería algo así como una luz entre dos noches, una bengala efímera, hojas de un calendario que van a la papelera: un sin sentido. Si la poesía no es necesaria, tampoco lo es el amor, ni la amistad, ni la familia, ni el cosmos, que es nuestra casa. El ser humano es algo más que un sueño, es la necesidad de que ese sueño se realice, para que el nacer y el morir tenga sentido.

Parece que nos hemos alejado de la pregunta de ¿a dónde nos llevan los dogmas?, ¿para qué sirven y qué utilidad tienen? Para esto, para decir al hombre que su destino es divino, que la existencia no se agota en el existir, sino que la trasciende por el amor. Cristo es un hombre, nacido de mujer, igual en todo a nosotros, que murió para abrirnos las puertas al paraíso desde siempre soñado: tener vida abundante e infinita. Esto es lo que nos dicen los dogmas: Verdadero hombre porque es verdadero Dios, y verdadero Dios por que es verdadero hombre.

El hombre verdadero, esto es lo que definen los dogmas. Un referente imprescindible para que nuestro caminar tenga sentido: el hombre que se realiza en la donación mutua de Dios al hombre y del hombre a Dios. Y si los dogmas usan palabras difíciles no es por culpa de la realidad que pretenden definir, sino por nuestra escasa y limitada capacidad de comprenderla. El evangelio lo dice mucho más fácil: un niño se nos ha dado, nace en una grieta de la tierra, y es mensajero de la paz. El problema no es del niño, sino de un "mundo que ha perdido el carácter sagrado" y de una época "marcada por una preocupante cultura del vacío, donde "nada tiene sentido". Y justamente el dogma nos abre a "la posibilidad de profundizar el sentido de la existencia, que está anclada en un horizonte infinito, por la esperanza”.

Está muy mal dicho lo que voy a decir ahora, pero es sólo una licencia literaria para quien quiera entrever nuestro destino humano. El Dios de las religiones primitivas, el Dios de nuestros padres, acaba de hacerse Dios cuando se hace hombre en Cristo. El ser de Dios es el amor y este amor lo realiza únicamente y del todo en el Hijo del hombre. Y al revés, el Hijo del hombre se hace hombre de verdad, cuando se hace Hijo de Dios, cuando acoge del todo el amor que el Padre le tiende. Este Hijo del hombre e Hijo de Dios es Cristo.

Si esto lo traducimos a nuestra condición humana, la misma que tiene Cristo, podremos decir que sólo llegaremos a ser hombres de verdad, es decir, Dios, cuando respondamos como Cristo al amor del Padre. El hombre será hombre de verdad en su apertura total al infinito, dejando así que Dios sea todo en todos. Sólo entonces, y si pudiéramos meter la mano dentro de un hombre y palpar su interior, al mirarlo, veríamos a Dios.

Aquello que hace que yo sea yo es infinito, así somos de pequeños, queridos amigos, aquello que hace que tú seas tú es infinito, es Dios. Aquello que hace que Cristo sea hombre verdadero es Dios. Ésta es la única realidad de que hablábamos en Cristo; es Dios y hombre a la vez. Hace 1600 años que se dijo esto en el concilio de Calcedonia. Por tanto, retengamos toda esta maravilla que fueron profundizando los tres Concilios que hemos visto, y que es, en definitiva, la base denuestra fe. Hay que caminar desde aquí, pero esto es sólido, completamente sólido, y, sobre todo, es una espléndida lección que jamás ninguna escuela de la historia supo decir con tanta grandeza y tanta profundidad.

 

18 de noviembre

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El hombre vive por la fe

Martes, 18 nov (RV).- Venimos hablando en estos programas de Radio Vaticano sobre temas poco comunes en la radio. Parece que la radio es para informar y entretener, pero, no olvidamos que también es formativa. Cuando las cosas difíciles se narran, se cuentan, al modo de relatos, se hacen más digeribles. Y estos temas poco comunes y a veces difíciles de los que venimos hablando no son ni más ni menos, como decimos, que los dogmas del cristianismo.

Ya hemos dicho que hablar de dogma es problemático porque parece que esa palabra se refiere a una verdad intelectual, y las verdades intelectuales todas son relativas; pero no es así, los dogmas no proponen verdades intelectuales, sino verdades de fe, verdades vividas y experimentadas por los primeros discípulos de Jesucristo, como lo fue la experiencia de su muerte y resurrección. A nosotros nos resultan difíciles tal vez porque no hemos tenido esa experiencia. Se trata de la experiencia del amor que Dios nos ha tenido en su Hijo querido.

A veces queremos entender con la inteligencia una obra de Dios que sólo tiene la razón del amor. Queremos entender el amor leyendo los libros de los teólogos, cuando la fe es cuestión de amor; amar, agradecer y responder a uno que nos amó hasta el extremo, el Hijo del hombre, un hombre perfecto que vino a enseñarnos cómo responder a la voluntad de Dios.

Los dogmas no son un refugio y una seguridad intelectual, sino expresión de la fe en Dios y en el hombre; por la fe nos fiamos de Dios y de su Hijo Jesucristo, y desde la fe nos comprometemos a colaborar con Dios para arreglar los problemas del hombre, el problema fundamental del hombre: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Esta fe sí que salva al mundo de verdad.

Y esa expresión de fe y de compromiso es la que queda plasmada en las verdades formuladas en la comunidad de los creyentes. Por eso os dogmas sobre la verdadera humanidad y divinidad de Cristo no es un tema teórico o alejado de nuestro mundo, nos afecta si de verdad queremos aspirar, en Cristo, a lo máximo de nuestra humanidad, a ser divinizados.

Esta es la actualidad del dogma; una palabra que nos puede parecer obsoleta, sin embargo es fundamental para comprender qué quiere decir ser cristiano, y qué quiere decir ser hombre. No podemos rebajar la fe a religiones primitivas o inventadas. Creer y confesar que Jesús es Dios verdadero y hombre verdadero, sigue siendo una necesidad para nuestro mundo, y si los que nos confesamos cristianos olvidamos esto, nosotros mismos perdemos el norte y las posibilidades que tiene nuestra fe cristiana de ayudar al mundo que nos ha tocado vivir.

En una palabra, creer en Cristo es creer en la verdad de su mensaje y de su vida, pero partiendo siempre desde la experiencia de fe, nunca desde la formulación intelectual. Las afirmaciones dogmáticas expresan, de uno u otro modo, aquella experiencia que la Iglesia tiene de Cristo resucitado y en torno al cual los cristianos nos mantenemos unidos.

Cuando hablamos de Cristo -esto lo llamamos Cristología- nos vamos a encontrar con un peligro, y es el de creer que estamos hablando de algo que no ya no interesa, porque es algo del pasado, o que tiene un interés relativo, como cuando hablamos de los insectos, y no es así. Hablar de Cristo no es algo ajeno a nosotros, es hablar del ser del hombre. A la pregunta de ¿quién es el hombre?, o ¿para qué estamos aquí?, la respuesta está en Cristo. Cuando Dios quiso hablarnos del hombre, nos dijo una palabra, la Palabra, el “Logos” de Dios en carne de hombre. Cuando Dios dijo su Palabra, la dijo en la Encarnación, naciendo y viviendo como cualquier hombre.

Cuando Dios quiso decirle al hombre quién es el hombre, no tuvo más solución que ponernos delante una vida humana. Un hombre vivo es la presencia y la lección de Dios. Aquello que con la palabra no se puede decir, se dice a lo largo de toda una vida humana, ésta es su Palabra. Cristo es hombre y Dios, pero al ser hombre es para nosotros el “logos”, el discurso, que se dice hoy, sobre el hombre. Es importante recordar esto: lo que el hombre es no se dice con palabras, se dice siendo hombre.

De aquí podemos sacar una conclusión: sólo el hombre pleno de humanidad puede decir quién y cómo debe ser el hombre. Y los demás, los que todavía andamos renqueantes de humanidad, ¿podremos saber cuál es el ideal de nosotros mismos? La respuesta es sí; aunque no hayamos logrado esa plenitud, soñamos con ella, es nuestra, es nuestro destino. El mismo Poncio Pilato que juzgó a Jesús ante el pueblo judío se atrevió a decirlo, cuando pronunció aquella frase: “Este es el hombre”. ¿Y cómo pudo decirlo si a él mismo le faltaba mucho para ser hombre de verdad, por muy delegado que fuera del Imperio Romano? Sin saber lo que decía, hasta el mismo Pilato dijo la verdad que llevaba dentro.

 

11 de noviembre

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El resplandor de Dios es que el hombre viva

Martes, 11 nov (RV).- En los dogmas sobre Cristo, además de una verdad intelectual, de comprensión para la inteligencia, hay una propuesta de salvación, de la verdadera salvación para el hombre y para la humanidad entera. Acabábamos diciendo en nuestro espacio anterior que una humanidad que oprime al hombre camina velozmente hacia su destrucción, porque oprimir al hombre es desfigurar a Dios. Y hoy añadimos que una humanidad que afirma a Dios está lanzando al hombre hacia su libertad. Coincide siempre. Cuanto más cerca está Dios, más libre es el hombre, porque Dios es la dimensión del hombre. Cuanto más se oprime al hombre, más se aleja Dios, porque Dios es la dimensión del hombre. La palabra de Dios no es una “palabra” para la inteligencia, es su Hijo encarnado, es la vida del hombre. San Ireneo, un milagro de obispo por lo que supo decir, dijo algo que ni él mismo lo comprendía: “Gloria Dei vivens homo”. “El resplandor de Dios es que el hombre viva”.

El hombre muerto no, el hombre que vive, el hombre inquieto, el hombre que crece, el hombre que desea siempre más... ¡Ésta es la gloria de Dios! Es decir, aDios nadie lo ha visto nunca, pero el resplandor de su rostro sí; le podemos ver en el hombre que trabaja y se afana, que investiga y produce bienestar, en el que enseña y permite crecer... He aquí la palabra de Dios. Cuando Dios quiso decir algo a los humanos, su mensaje no le cabía sólo en palabras, sino que metió toda su palabra, todo su mensaje en “un Hijo”, en la vida humana. No lo acabaremos de entender, pero esto es definitivo: “Lo que hagáis a cualquiera de estos más pequeños a mí me lo hacéis”. Es palabra de Dios.

Si le das un beso a un hombre, le das un beso a Dios. Dios es el inaccesible, a Dios nadie le ha visto nunca, pero la cara de Dios se refleja en la mirada de un niño o en la mano tendida de un necesitado. Lo que hagas al hombre se lo haces a Dios. ¿Conocemos y amamos al hombre? Pues vamos conociendo y amando a Dios. ¿Desconocemos, ignoramos, maltratamos al hombre?, nos alejamos de Dios.

Es verdad que en función de este conocer al hombre han aparecido muchas ciencias últimamente, desde la antropología a la economía o desde la pediatría a las ciencias políticas, y han aportado datos útiles y necesarios; y es verdad también que en ese amar o tratar con dignidad al hombre hemos progresado desde las formas de esclavitud antiguas, pero ¿hemos desterrado la esclavitud de nuestro planeta?, ¿no siguen los asesinatos, desde forma de vida indefensas, -niños, mujeres y ancianos- a inocentes víctimas de la violencia?

¿No será más bien que hemos creído demasiado en nuestros proyectos y en nuestras humanas para luchar contra las cadenas que atenazan al hombre?, ¿en nuestros propios remedios técnicos, científicos, económicos, políticos y sociales? La ausencia de Dios en nuestros planes crea muerte y destrucción; el olvido de Dios permite la manipulación y la opresión. Y nuestra civilización desarrollada cree que cuanto más lejos esté Dios, más libre es para acometer atropellos contra el hombre. Este es el objetivo del ateísmo, desterrar del mundo toda presencia de Dios, porque hipoteca nuestra libertad

¿Entendemos lo que quiso decir el concilio de Calcedonia? Sólo una humanidad que reconozca a Cristo y su doctrina sobre el Dios encarnado, la Palabra de Dios manifestada en un Hijo, está lanzando al hombre hacia su verdadera libertad. Coincide siempre: cuanto más cerca está Dios, más libre es el hombre, Cristo, el Hijo del hombre, es la libertad de los hijos de Dios, porque Dios es la dimensión del hombre.

La frase de San Ireneo de Lyon, un cristiano y obispo del siglo II, “El resplandor de Dios es que el hombre viva”, es la verdadera luz sobre lo humano, porque lo verdaderamente humano es divino. Y San Agustín, en el siglo IV confiesa que, habiendo buscado a Dios por ahí fuera, por el exterior de las culturas y civilizaciones, pudo caer en la cuenta de que lo que buscaba lo lleva dentro, era más interior a él que él mismo. Dios se nos revela, le descubrimos, acaba de ser Dios para nosotros, cuando le encontramos en la vida del hombre.

Nunca sobrepasará esta meta el hombre, y todo lo que haga lo hará en la dimensión de Cristo, el Hijo del hombre, él es la grandeza del hombre. Y todo lo que digamos, lo que estudiemos e investiguemos, no añadirá mucho a lo que cada uno de nosotros lleva dentro.

Y todavía uno se podrá preguntar, ¿será verdad todo esto? Dice el gran maestro e inspirador de estas reflexiones, Antonio Oliver: “No sé si todo lo que hemos dicho es verdad, pero es cierto que me gustaría que fuera verdad. Ese “me gustaría o quisiera” es Dios que, justamente, lo llevas dentro, si no, ¿cómo lo podrías desear? Es Dios en el hombre quien te lo hace desear.

 

4 de noviembre

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Validez y permanencia de los dogmas

Martes, 4 nov (RV).- Los dogmas y las fórmulas aportadas por los concilios deNicea, Éfeso y Calcedonia nos abren a un panorama grandioso sobre el hombre. Ya dijimos que la palabra dogma no tiene nada que ver con el fundamentalismo actual. Son afirmaciones nacidas en el diálogo entre posturas encontradas, formulaciones que ponen de acuerdo a los que pensaban de forma distinta.El diálogo es fundamental para el acuerdo, pero no basta el criterio de la mayoría absoluta o relativa para que una formulación sea verdadera. Además del acuerdo se requiere que los dialogantes hayan atravesado el camino áspero y difícil del razonamiento. Dia-logo quiere decir justamente eso: discusión en busca de avenencia, aportación de razonamientos para encontrar la verdad; es el camino que tenemos los hombres en el camino hacia la verdad. Y una vez que se ha realizado ese proceso podemos decir que lo afirmado, lo que brota del encuentro adquiere validez; es el arduo camino hacia la verdad, y cuando ésta se alcanza podemos atribuirla el carácter de definitiva.

Por eso nos hemos atrevido a llamar “dogmas” a lo que dijeron los concilios sobre la persona de Jesús, sobre su naturaleza humana y divina, sobre la maternidad divina de María, su madre, incluso lo que de ello se deriva en relación con la naturaleza humana, de la que participamos nosotros. Si los concilios nos dicen que Jesús era hombre perfecto están diciendo también que él es el modelo a imitar, si queremos llegar a la perfección humana. El dogma se convierte así en la formulación acordada sobre quién y cómo debe ser el hombre perfecto, el hombre que estamos llamados a ser. Pero todo no quiere decir que nos hayamos de detener en esas formulaciones, sino que, siguiendo el dogma, podemos llegar hasta el infinito, que es muy diferente.

Así pues, dogma no quiere decir que todo esté dicho en su formulación, como si fuera una barrera a los hombres de otras épocas y generaciones; no es que nos hayan puesto una meta y no debamos caminar más, sino todo lo contrario, que si partimos de ellos, lograremos llegar mucho más lejos. Los dogmas son garantía de llegada. Ahora bien, los que se sientan en un concilio y no se mueven, no van a ninguna parte y, además, son deficiencia de hombre, porque Dios no se detiene, Dios se mueve siempre.

Ya dijimos en nuestro espacio anterior que el dogma nos abre al futuro, entre otras cosas porque, aunque Dios se nos ha dado del todo en su Hijo Jesús, el ser humano ha de hacer su recorrido para alcanzar ese don que Dios nos hace. Es el camino que nos lleva desde lo finito hasta el infinito, desde la encarnación a la plenitud de la vida en Dios. Esta es la característica esencial de la revelación, que Dios se nos ha manifestado, pero en la historia, todavía no en la plenitud de su ser.

Y hablando de las manifestaciones de Dios, ¿es verdad que Dios se nos ha manifestado? Porque hay demasiados visionarios de Dios, y parece que hoy día todo el mundo tiene visiones de Dios. Hay que tener mucho cuidado con esto. San Juan, el apóstol y evangelista, sabía mucho de esto, y dijo en su primera carta: “A Dios nadie le ha visto nunca”. Revelación, revelar quiere decir quitar el velo. San Pablo, en esa carta que leemos el día de Navidad, dice que Dios, que habló a nuestros padres, por los patriarcas y profetas, de mil maneras y en mil ocasiones a través de los siglos, -o sea, la revelación de Dios en la Creación- al final, este mismo Dios nos ha hablado en su Hijo. A Dios no lo ha visto nadie, pero Dios ha hablado, su palabra ha sonado, y le han escuchado nuestros padres. ¿Y qué dijo Dios cuando habló? ¡Un Hijo!

La palabra de Dios es como una semilla, si pones buena tierra florecerá en tu surco, pero si pones la semilla sobre tus propios intereses... no dará fruto. Esta es la forma de obtener la buena cosecha humana. Dios, que habló de mil maneras a lo largo de toda la historia, ahora nos ha hablado en un Hijo. ¡En su hijo! ¿Qué es un hijo? Una vida humana que encarna la Palabra de Dios, y esa Palabra, la vida de Jesús, resuena como un eco de verdad en el corazón, en el corazón de cualquier hombre y mujer de buena voluntad. Cuando Dios quiso decirnos su Palabra definitiva, que sonara en toda la humanidad, apareció en una vida de hombre, Jesús, el Hijo del hombre. Ésta es la Palabra de Dios, la vida del hombre.

De aquí sacamos la conclusión de la validez y permanencia de los dogmas, con el que dábamos título a este espacio. Cuando maldecimos la vida de un hombre, o la aplastamos, estamos destrozando la Palabra de Dios, a Dios mismo. Por eso, una humanidad que oprime al hombre camina velozmente hacia su destrucción, porque oprimir al hombre es desfigurar a Dios. ¿No es esto algo definitivo, la verdad inconmovible del dogma de Calcedonia?

 

28 de octubre

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El dogma nos abre al futuro

Martes 28 oct (RV).- Frente a la opinión sobre el estatismo de los dogmas hemos descubierto que el dogma cristiano no se agota en una formulación cerrada, sino en un proyecto de futuro para el hombre; nos está proponiendo aquello a que está llamado a ser el hombre, la divinidad. El Hijo del hombre, Jesús de Nazaret, su vida y su muerte, es la propuesta definitiva sobre el hombre perfecto. La vida y la muerte de cualquier ser humano alcanzan su sentido y su perfección en el modelo del Hijo del hombre, que al mismo tiempo es Hijo de Dios.

El concilio de Calcedonia es una escuela magistral no sólo sobre la realidad de Cristo, sino sobre la realidad del hombre. En otro momento de sus formulaciones afirma una cosa muy curiosa, que hemos de desentrañar brevemente. Dice que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, igual en todo y para todo a nosotros, menos en el pecado. ¿Qué están diciendo los padres conciliares?, ¿que es verdadero hombre y no tuvo pecado? Exactamente eso, algo que ya había escrito San Pablo, que se puede ser verdadero hombre sin pecado, como que el pecado no fuera cosa nuestra, no pertenece a la naturaleza humana. ¿Se dan cuenta lo que acaban de decir en dos palabras?: ¿qué el pecado no pertenece a la naturaleza humana?

Es verdad que todos tenemos debilidades y que todos pecamos, pero en tanto nos hacemos hombres, en cuanto evitamos el pecado, y no al revés. El pecado no pertenece a la naturaleza humana, es un accidente. ¿Han visto qué visión más optimista del hombre? El pecado me puede afligir y me puede morder por dentro, pero yo sé que no me pertenece y que sólo cuando logro vencerlo, es cuando me hago más hombre, no al revés.

Estamos acostumbrados a decir: ¡como el pecado pertenece a la naturaleza humana...! ¡No! La enfermedad también pertenece a la naturaleza humana y, sin embargo, la salud se logra en menoscabo de la enfermedad, y la vida eterna se adquiere en menoscabo de la vida temporal, a través de la muerte, y así el hombre se hace en menoscabo del pecado. Así que el pecado no nos pertenece, porque Cristo es verdadero hombre y no tiene pecado.

A la luz de esta forma de pensar “dogmática” aparece la verdadera realidad del hombre y de la naturaleza humana revelada en Cristo. Lo que hace que yo alcance mi yo ideal no es el desarrollo científico, ni la sociedad que me cobija, ni las civilizaciones en progreso, que ayudan mucho, ciertamente, sino la divinidad que me habita, experimentada en el hombre cuando actúa en la justicia de Dios. Que Dios esté en mí como soporte de la existencia, como dinamismo de ideales, y como aspiración última, no quiere decir que yo sea un ser acabado, sino como prenda que me asegura el futuro; por eso cuando Dios está en el hombre, no está como una posesión, sino como algo a conseguir, por eso caminamos hacia él y por eso estamos llamados a ser perfectos, según la propuesta de Cristo, el Hijo del hombre.

Insistimos en este título de “Hijo del hombre” que Jesús se atribuía a sí mismo, porque es la base de los dogmas cristológicos. Su divinidad no la conocemos -dice San Juan que a Dios nadie lo ha visto nunca- pero nos ha manifestado quién es al enviar a su Hijo al mundo. En la naturaleza humana del Hijo del hombre el amor de Dios ha llegado en nosotros a su plenitud. Este es el contenido de la primera carta de San Juan, capítulo 4.

Y acaba diciendo San Juan que quien reconozca y confiese que este Hijo del hombre es el Hijo de Dios, puede tener la seguridad del día del Juicio. ¿Y en qué pude consistir un juicio definitivo sobre el hombre? En si ha alcanzado su plenitud en cuanto hombre en este mundo. El juicio sobre el hombre no será sobre aspectos parciales de su actividad o de su comportamiento, sino sobre si ha alcanzado la meta a que estaba llamado, sobre su plenitud y la plenitud del mundo que queremos construir, la sociedad perfecta, la vida feliz. Es la plenitud de Dios en el hombre: “Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud”.

Un último aspecto de este dogma sobre el hombre perfecto, el hombre que estamos llamados a conseguir. Esa fórmula nos dice además que Dios es pura dádiva, que Dios se da siempre, se da en la Creación y se da de forma terminal y última en el hombre. Cristo es el lugar en donde Dios se entrega del todo al hombre. Su divinidad está al alcance de la naturaleza humana gracias a la encarnación. Y si Dios se nos da infinitamente en lo humano de Cristo, también yo soy el lugar donde Dios se da de forma finita en lo que yo tengo de humano, y en la medida en que camino hacia él. Lo que Cristo es, estamos llamados a serlo todos nosotros.

 

21 de octubre

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Significado del dogma cristiano

Martes, 21 oct (RV).- Al final de nuestro espacio anterior hablábamos de las limitaciones del lenguaje para expresar temas de la fe. Cuando decimos que Jesús es Dios parece que Dios es un predicado, algo que no le corresponde en propiedad a Jesús; como cuando decimos este papel es blanco, porque el papel también puede ser de otros colores.

Hemos de reconocer las trampas del lenguaje cuando hablamos de la fe, de realidades que están más allá de nuestro razonamiento. No sabemos y no podemos decir Jesús-Dios, o Dios-Jesús, sin dar prioridad uno sobre el otro. Lo más propio que tiene Jesús es el ser de Dios, y lo más propio que tiene Dios es la encarnación, el hombre Jesús. No caemos en la cuenta, pero al hacer una confesión de fe, estamos diciendo algo que sobrepasa el pensamiento y el lenguaje: Dios y el hombre son lo mismo en la persona de Jesús.

Esto será lo que defina el concilio de Calcedonia, con palabras que hoy nos resultan difíciles, pero por falta de práctica, o por falta de cocimiento de nuestra fe cristiana. El concilio dice que Cristo, con naturaleza humana, es de la misma naturaleza que el Padre. Dos naturalezas con la misma sustancia, una persona con naturaleza divina y humana, perfecto hombre y perfecto Dios. Esto tiene muchas consecuencias para conocernos a nosotros mismos en cuanto seres humanos llamados a la divinidad.

Respecto a la naturaleza humana de Cristo, San Cirilo nos recuerda que cuando hablamos del ser de Jesús, estamos hablando de nuestro propio ser, de la naturaleza humana y de nuestro destino divino. Jesús es el primero de los hermanos, lo que digamos de él, lo decimos de todos nosotros, lo que de él neguemos, lo negamos de todos nosotros. Y San Pedro, en su primera carta nos dice, “la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una herencia incorruptible”, y poco después lo repite, “habéis sido reengendrados de un germen no corruptible, sino incorruptible”.

Esto es lo que nos ha revelado la encarnación de Dios en la naturaleza humana, que somos y tenemos su misma carne y sangre. Lo más mío, lo que yo más tengo de humano es el ser de Dios. Es decir, que si yo pudiera arrancar del ser humano lo que tiene de divino, si yo pudiera quitar a Dios del hombre, lo que queda dentro no sería un hombre sin Dios, sino un hombre sin hombre, porque lo que hace que el hombre sea hombre es Dios. Aquí podríamos encontrar la raíz del verdadero ateísmo, no tanto de los que se dicen ateos, sino de los que dicen que creen en Dios, pero le adoran como un fetiche exterior. Dios vive en el ser del hombre para que el hombre termine más allá de sí mismo, en el infinito, en Dios. Éste es el hombre.

Bien, pues este es el paso que dio el siguiente concilio a Nicea y Éfeso, el concilio de Calcedonia. ¿Se puede decir mejor quién es el hombre? ¿Se puede describir mejor nuestra vocación? Lo que hace que yo sea yo es Dios. ¿Y esto cómo lo sabemos? En Cristo. ¿Qué es lo que hace que Cristo sea verdadero hombre y hombre perfecto? Que es verdadero Dios. Cristo es una sola realidad en la cual lo humano llega a su plenitud, que se llama Dios. Es hombre perfecto y Dios perfecto. Si esto no fuera así sería Dios por un lado y hombre por otro.

Los concilios nos están diciendo que si Cristo no fuera Dios de verdad, no sería hombre de verdad. Y si Cristo no fuera hombre de verdad, y hombre perfecto, no sería Dios. De aquí es de donde vamos a sacar las posibilidades que tenemos los seres humanos de llegar hasta Dios, -no por nuestras fuerzas, sino por la gracia de Dios. Lo que hace que un hombre no sea hombre del todo es la falta de Dios, y lo que hace grande al hombre no son sus propias conquistas, si que Dios se ha encarnado en Cristo Jesús, en nuestra naturaleza humana.

El hombre no se empequeñece cuando reza a Dios, cuando es religioso, como decía Feuerbach, sino más bien al contrario, cuanto más alejamos a Dios de nuestras vidas, más pequeños nos hacemos. Y al revés, cuanto más dejamos a Dios crecer en el hombre, más grandes nos hacemos. Y todo esto lo sabemos por la encarnación de Dios, el Hijo del hombre.

En Cristo hemos tocado el cielo, hemos sobrepasado ese límite que las religiones primitivas se empeñaban en cruzar con ritos, magias y sacrificios. Cristo es el modelo pensable y deseable para ser hombres de verdad. El Hijo del hombre nos está proponiendo aquello a que está llamado a ser el hombre, la divinidad. A este hombre que somos nosotros es a quien Cristo decía: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. A eso nos llama y a eso aspiramos. Que Dios nos lo conceda.

 

14 de octubre

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Significado del dogma mariano

Martes, 14 oct (RV).- Cuando oímos la palabra “dogma” o dogmático la asociamos a algo impuesto, inamovible, a veces suena a fundamentalismo, y se achaca esto como un defecto de la Iglesia católica. Sin embargo, cuando la Iglesia proclama un dogma, no hace sino recoger lo que nace de la fe de la Iglesia como pueblo de Dios. Primero están los evangelios, después la tradición, y dentro de esa tradición, la fe heredada de nuestros mayores. Después vendrán las formulaciones que explicitan esa fe. No podemos cambiar en cada época lo que ha sido madurado y conseguido por nuestros padres.

Podremos entenderlo según el lenguaje y la mentalidad de cada tiempo, pero no pretender descubrir el mediterráneo en cada generación. Navegamos por él gracias a que otros navegaron antes, y hoy lo hacemos mejor que lo hacían nuestros antepasados, pero la base nos la dieron ellos. Así, en esto de los dogmas, como en todo saber humano, no es cosa de destruir lo construido, sino de hacerlo fructificar a la luz de la mentalidad que hoy nos ha tocado vivir. Y los dogmas de Nicea, Éfeso y Calcedonia, son de una profundidad y de una riqueza, que es la que hoy permiten que no naufraguemos. Más aún, son los que nos posibilitan defender al hombre en su vocación verdaderamente humana, y realmente divina.

La maternidad divina de María no es una cuestión de sacristía o de meras palabras. Por ella, en Jesús, nuestro hermano, somos elevados a la dignidad de hermanos de Dios. Los cristianos de los siglos cuarto y quinto, se hacían estas preguntas inútiles; estaba en juego la pregunta sobre el ser humano y su destino, su vocación de infinito.

Aquel problema que nos planteábamos en esta serie de programas de Radio Vaticano, en nuestra etapa anterior: “Seguimos tus huellas”, el problema era por qué el hombre no se conforma con ser sólo hombre, sino que anda mirando desde siempre hacia el cielo. Es decir, ¿por qué el hombre es un ser religioso, desde siempre?; ¿qué necesidad tenemos los humanos de “querer ser como Dios”, si hemos alcanzado en esta tierra la felicidad a que aspiramos? El hecho es que no estamos satisfechos, seguimos inquietos buscando algo que no tenemos y que nos pertenece: la divinidad.

Y a la hora de definir lo que sabemos sobre la divinidad, o sobre Dios, estos dogmas sobre la divinidad de Jesús y sobre su humanidad, o sobre la maternidad divina de María, nos van a ayudar mucho. Está en juego la grandeza del hombre, la verdadera realidad del ser humano, y por tanto, de su felicidad.

Esto es lo que el obispo e Alejandría del signo quinto, San Cirilo, defendió en el concilio de Éfeso, en el 431, de una forma magistral. Cuando hablamos de Cristo, no hablamos de un Dios lejano, ni de un ser caído del cielo, como aquellos dioses griegos que jugaban con los hombres como si fueran marionetas. En aquella defensa de la maternidad divina de María frente a Nestorio, estaba en juego nuestra propia vocación de hombres. Se trata de algo fundamental, en el siglo V y en el siglo XXI. O sea, que lo que aquí estamos hablando y escribiendo sobre los dogmas nos interesa profundamente. Todavía podríamos decirlo de otra manera a la vuelta de 1600 años y añadir hoy que, justamente por no tomar en serio esta conjugación de dos naturalezas en una, es por lo que el hombre de hoy anda despistado. Está en juego nuestra humanidad.

Veamos brevemente, a modo de repaso, el esquema de lo que nos dicen estos dogmas de Nicea y de Éfeso. El primero habla de Jesús de Nazaret, de Cristo, muerto y resucitado, comoverdadero Dios y verdadero hombre.Y el segundo, el de Éfeso, de que María es madre de la única persona que hay en Jesús, aunque tenga dos naturalezas.

En el dogma sobre Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, hay dos afirmaciones en una sola realidad: Cristo es una sola persona y tiene dos naturalezas, la divina, que es la misma de Dios Padre, y la humana, la que tiene en común con todos los humanos, los que nacieron antes y los que hemos nacido después de él.

El problema que tenemos a la hora de hablar sobre esto no es problema de la fe, sino de la dificultad de la gramática para expresarlo. Cuando decimos que “Jesús es Dios”, la gramática nos engaña, porque en la frase parece que Dios es un predicado, y no lo es, es el mismo sujeto. Y al revés, “Dios es Jesús”, el que nació de María, vivió en Nazaret, y murió y resucitó. Pues tampoco se podría decir, porque Jesús no es un predicado de Dios, es el mismo Dios, con lo cual nos encontramos con que estamos hablando de algo que no se puede decir con palabras.

Estamos en la dimensión de Dios y, por tanto, en la dimensión de la fe y, para esta realidad, no tenemos recipiente que lo pueda contener: ¡que una mujer de nuestra tierra sea madre de Dios! El mar no cabe en un vaso, como Dios no cabe en nuestra gramática.

 

7 de octubre

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Santa María, Madre de Dios

Martes, 7 oct (RV).- Comencemos hoy preguntándonos si no tenía razón Nestorio cuando decía que cómo iba a ser una mujer de esta Tierra madre de Dios. ¿O es que María engendró a Dios? Y si María lo engendró, ¿no estamos diciendo que Dios no podía existir antes? ¿O es que nosotros también existíamos antes de ser engendrados?

Sigamos con el razonamiento de Nestorio. Si María engendró a Dios, entonces Dios es hijo nuestro, lo cual es una barbaridad para la razón. Por tanto, María no pudo engendrar a Dios, María sólo engendró al hombre Jesús. Llamémosla, pues, “Madre de Jesús”, como dicen los evangelios, pero no “Madre de Dios”. Dios empezó a crear hace millones de años, y a María ni se la sentía venir siquiera. ¿No es verdad que parece que tenía razón Nestorio?

Cirilo Alejandría, que como hemos dicho vive y pertenece a otra cultura, la del norte de África, se entera, y lo primero que hizo fue escribir una carta a Roma, al Papa Celestino. El Papa respondió al Emperador Teodosio II proponiéndole que convocara una reunión entre los obispos disidentes para poner fin a la querella suscitada por la doctrina nestoriana. Y el Emperador reunió a unos doscientos participantes bajo la presidencia del Patriarca de Alejandría, Cirilo.

El tema de la polémica era, por tanto, el de la unidad o dualidad de Cristo, al considerar Nestorio que en Cristo había dos naturalezas separadas y, prevaleciendo la humana sobre la divina, María, la madre de Jesús, no podía ser considerada Madre de Dios, ya que había dado a luz a un hombre, donde la divinidad había ido a habitar.

Reunidos pues los obispos, tanto los alejandrinos como los orientales, los antioquenos o siro-turcos, durante los meses de junio y julio del año 431, comenzaron a dilucidar el problema de si la doctrina de Nestorio concuerda con los evangelios y la verdad revelada en ellos. Tanto la Iglesia católica, como la Iglesia Ortodoxa, como la Iglesia copta, consideran este Concilio como el Tercer Concilio Ecuménico.

Pero los acontecimientos fueron más lentos y enrevesados, porque Nestorio se negaba a comparecer mientras no llegara su amigo el Patriarca de Antioquía. Sin embargo los obispos congregados comenzaron a condenar la doctrina nestoriana, decretando que Cristo era una sola persona; sí, tenía dos naturalezas, pero inseparables, y decretó también que María era madre de la única Persona de Cristo, y por tanto de su naturaleza humano-divina.

Nestorio se enteró de la condena de sus ideas y del decreto de Cirilo por el que deponía y excomulgaba a Nestorio. Cuando llegó el Patriarca de Antioquía, Nestorio convocó una Asamblea paralela en la que acusó a Cirilo de herejía arriana, procediendo también a su condena y deposición. A primeros de Julio llegó el representante del Papa con otros obispos y aprobaron la sesión en que se aceptaba la maternidad divina de María.

Conservamos una San Cirilo a los monjes de Egipto donde narra el final de aquellas reuniones del Concilio de Éfeso: “No se puede imaginar la alegría de este pueblo fervoroso, cuando supo que el Concilio había declarado que María sí es Madre de Dios y que los que no aceptaran esa verdad quedan fuera de la Iglesia. Toda la población permaneció desde el amanecer hasta la noche junto a la Iglesia de la Madre de Dios donde estábamos reunidos los 200 obispos del mundo. Y cuando supieron la declaración del Concilio empezaron a gritar y a cantar, y con antorchas encendidas nos acompañaron a nuestras casas y por el camino iban quemando incienso. Alabemos con nuestros himnos a María Madre de Dios y a su Hijo Jesucristo a quien sea todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.

Cuando el Concilio de Éfeso declaró que María sí es Madre de Dios, San Cirilo de Alejandría exclamó gozoso delante de todos: “Te saludamos, oh María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo, antorcha que jamás se apagará, templo que nunca será destruido, sitio de refugio para todos los desamparados, por quien ha venido al mundo el que es Bendito por los siglos”.

Volvamos con la imaginación a aquel atardecer de primavera, a las puertas de la iglesia, donde la muchedumbre de toda la ciudad, esperaba la salida de los Padres congregados con grandes antorchas, y acompañándoles hacia el puerto de Éfeso, cuyas ruinas todavía se pueden visitar, camino de Alejandría. Aquel pueblo de Éfeso cantaba en griego: “Agia Maria, Meter Zeou”, “SantaMaría Madre de Dios". El “Dios te salve, María” es del Evangelio y el “Santa María” es de Éfeso.

 

30 de septiembre

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La base de los dogmas: relación entre fe y razón

Martes, 30 sep (RV).-En ese contexto de la relación que hay entre la fe y la cultura, que iniciamos en nuestro espacio anterior, la fe y la razón, sabemos que pertenecen a dos ámbitos distintos. Por tanto, hemos de tener en cuenta que si la fe es una opción personal, fiarse de Dios, la razón busca que esa fe no sea contraria a la inteligencia humana, es decir, busca su racionalidad. Esto es fundamental para entender lo que significa la palabra “dogma”.

Aunque parece que con esto nos alejamos del tema de estos programas de Radio Vaticano, “Se llama el Hijo del hombre”, no es así. Creer y confesar que Jesús es Dios verdadero y hombre verdadero, sigue siendo problemático en nuestro mundo, y si olvidamos estas verdades formuladas al comienzo de la historia de nuestro cristianismo, nosotros mismos perdemos el norte y las posibilidades que tiene nuestra fe cristiana de ayudar al mundo que nos ha tocado vivir.

El problema de la relación entre la fe y la cultura aparece de forma explícita en lo que llamamos “dogma”. En sentido genérico, los dogmas son afirmaciones comunes a todos los miembros de cualquier comunidad humana. En la Iglesia católica, el sentido del dogma es el mismo. San Pablo pone como una característica de la vida del cristiano, el permanecer en la "sana doctrina" (2 Timoteo 1,13). Es decir, el seguimiento de Cristo incluye también el creer en la verdad de su mensaje desde la experiencia de fe. Son afirmaciones que expresan, de uno u otro modo, la experiencia que la Iglesia tiene de Cristo resucitado.

Por tanto, para la Iglesia, un dogma no es sólo una frase, una afirmación intelectual, elaborada exclusivamente desde la razón, sino desde una experiencia vivida, desde la fe en la resurrección de Cristo. En la Iglesia católica se trata siempre de realidades que la comunidad eclesial reconoce y que pretende vivirlas y traducirlas a su mundo, a su historia concreta.

El tema de los dogmas y el de la relación que implica entre la fe y la razón, no es tan antiguo, porque los dos últimos Papas han seguido insistiendo en ello como algo fundamental para todo creyente, incluso fundamental para relacionarnos con el mundo de la ciencia y de la investigación moderna.

Juan Pablo II decía en su encíclica “Veritatis Splendor”(1993), que “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. Y en la decimotercera de sus encíclicas, con el título en latín “Fides et Ratio”, Fe y Razón, afirma que ya San Agustín había acuñado dos fórmulas que resumen esa relación entre fe y razón:“Entiende para creer, y cree para entender”. Este es un tema del que no podemos desentendernos, si queremos que el cristianismo siga siendo actual.

Por su parte Benedicto BVI, en su famoso Discurso de la Universidad de Ratisbona, dirigido al mundo intelectual moderno, dice textualmente “que obrar contra la razón está en contradicción con la naturaleza de Dios”. Lo mismo que dice el prólogo de San Juan: “En el principio era el Logos”, es decir, “Dios obra con “logos” y logos significa siempre razón o palabra, -una razón que es creadora y capaz de comunicarse pero, justamente, como razón”, dice el Papa. Y se pregunta acerca de este principio: “¿es sólo un pensamiento griego o vale siempre por sí mismo?

A la luz de esta pequeña explicación sobre la relación de la fe con la búsqueda de la razón humanavamos a retomar el problema que había dejado planteado el obispo de Constantinopla, Nestorio, quien decía que Jesucristo en cuanto Dios, actúa como Dios, pero en cuanto hombre, vive, piensa y actual como hombre, como si hubiera en él no sólo dos naturalezas, sino dos personas. Y esto que predicaba parece que iba contra el dogma de Nicea, porque separaba demasiado esa doble realidad de lo divino y de lo humano. Como si en Cristo hubiera dos mitades que nunca llegarían a unirse.

Y Nestorio se preguntaba también, cómo una mujer, María, que es madre de Jesús, puede ser también madre de Dios. Si Dios existía antes de María, Dios no pudo nacer de ella, por tanto habrá que decir que María es madre de Cristo hombre, pero no madre de Cristo Dios.

El Arzobispo de Alejandría, que era San Cirilo, se enteró por unos monjes de lo que decía el de Constantinopla, que Cristo es Dios y hombre, pero que así, como dos naturalezas diversas. He aquí el problema de la razón humana que quiere entender la fe. Se pretender entender lo que sobrepasa a la razón, y se habla de “naturalezas”. María sería madre de la naturaleza humana de Cristo, y la llamaremos madre del hombre Jesús, pero que no es madre de la naturaleza divina y, por tanto, no la llamaremos Madre de Dios. Este será el problema afrontado por el Concilio de Éfeso, en el año 431.

 

23 de septiembre

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Primeros problemas entre la fe y la cultura

Martes, 23 sep (RV).- Venimos hablando de la importancia del dogma sobre la verdadera humanidad y divinidad de Cristo. No es un tema teórico o alejado de nuestro mundo, nos afecta si de verdad queremos aspirar, en Cristo, a lo máximo de nuestra humanidad, ser divinizados.

Esta es la actualidad los dogmas, algo que nos puede parecer obsoleto, pero es fundamental para comprender qué quiere decir ser cristiano y no rebajar la fe a religiones inventadas. Si los Concilios de los siglos IV al VI no hubieran orientado nuestra fe en Cristo como Dios y hombre verdadero, hoy seguiríamos en las religiones primitivas o en las sectas que tanto daño hacen al hombre, o en las luchas políticas que sólo creen en soluciones humanas. Ni la política, ni la economía, ni una religión desencarnada dan al hombre el pan que le puede saciar.

La enseñanza de aquellos Concilios, tal como la explicó San Cirilo de Alejandría, es muy actual y clarividente: los que hablan de Cristo sobre todo como Dios lo hacen en menoscabo del hombre, y los que hablan de Cristo como hombre, a quien Dios adopta como Hijo, lo hacen en menoscabo de su divinidad. Y San Cirilo decía, con el Concilio de Nicea que ni se puede sobrevalorar a Dios en Cristo hasta disminuir al hombre,ni se puede aumentar al hombre hasta disminuir a Dios en él. Es verdadero Dios y verdadero hombre, es decir, como hombre es exactamente igual que todos nosotros y como Dios es exactamente igual -de la misma sustancia- que el Padre. Esto es lo que nos han transmitido y esto debe quedar intocable, si no queremos alejarnos de Dios ni olvidar nuestro compromiso con el mundo.

Jesucristo no hacía comedia cuando iba a la sinagoga o a la escuela, iba a aprender; ni hacía malabarismos cuando en la sinagoga se acercaba a la viejecita con la mano seca, le trasmitía todo el cariño del mundo, y esto es lo que la curaba. Ese poder de Dios era la fe que tenía en Dios y era la fe que encontró en muchos de sus contemporáneos, en el ciego, en el paralítico, en el leproso o en la cananea: “Tú fe te ha curado”, les decía. Nunca decía yo te curo con mi poder divino, sino más bien enseñaba a sus discípulos: si tuvierais fe hasta las montañas os obedecerían… Este era el Hombre-Dios en quien creemos como nuestro salvador.

Aceptado el Concilio de Nicea, que fue difícil y lo sigue siendo, los creyentes se seguían haciendo preguntas y las Iglesias de Alejandría, con San Cirilo al frente, y la de Constantinopla, con Nestorio como su pastor, iban dando respuestas. El Concilio de Nicea había dicho que Cristo es verdadero Dios, sin menguar al hombre y verdadero hombre sin menguar a Dios. Pero, ¿cómo es posible?, ¿cómo lo es?,se preguntaban.

Sabemos que la cultura de cada pueblo influye mucho en la forma de pensar y formular las cosas y esta condición humana, tan apegada a su pasado y a sus tradiciones, configura las respuestas distintas, que a veces llegan al enfrentamiento. Y esto fue lo que sucedió con estas dos escuelas cristianas, la tradicional de Antioquía, siro-turca, y la del norte de África, Alejandría.

En la primera fue donde San Pablo predicó su primer sermón cristiano en una sinagoga y donde los seguidores de Jesús fueron llamados cristianos por primera vez, según cuentan los Hechos de los Apóstoles (11,26). Al expandirse el cristianismo, Antioquía fue una de las sedes de los cuatro patriarcados originales, junto con Jerusalén, Alejandría y Roma. Frontera entre Asia y Europa, era lugar de tránsito, que siempre imprime un carácter de dispersión.

Alejandría por su parte, fundada por Alejandro Magno en el año 332 antes de Cristo, era el centro cultural del mundo antiguo. Era la ciudad más rica y opulenta de saber en la Grecia de los Ptolomeos, y más intelectual y abierta en la comprensión de los problemas. Allí fue donde se empezó a emplear la Cruz como símbolo entre los cristianos coptos.

Entre estas dos ciudades se desencadenó una rivalidad que afectó a los eternos debates teológicos sobre la naturaleza o naturalezas de Cristo, debates que venían de los siglos II y III, y que había resuelto el Concilio de Nicea en el siglo IV. Pero un siglo después se reaviva la polémica, cuando fue elegido obispo de Constantinopla -la actual Estambul- un sacerdote antioqueno, Nestorio, que instruía a los cristianos diciendo que Cristo, en cuanto Dios, es como Dios y en cuanto hombre, es y actúa como hombre, es decir, como que en él hubiera dos personas distintas. Problema muy grave para la fe cristiana.

 

16 de septiembre

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Importancia de los dogmas

Martes, 16 sep (RV).- En este espacio de Radio Vaticano, “Se llama Hijo del hombre”, estamos introduciendo lo que se constituye como base de la fe cristiana; hacemos una especie de curso catequético y teológico con una finalidad, hacer accesible, en la medida de lo posible, el misterio del Dios encarnado en Cristo Jesús.

Hoy el mundo está necesitado de una brújula y una verdad sobre el hombre para iluminar este mundo desorientado. Pero al tiempo que la verdad, está necesitado de un ideal que motive nuestro compromiso para transformar este mundo; está herido nuestro mundo, oímos demasiado llanto y demasiadas quejas, y las soluciones de los políticos o de los economistas no llegan, ni llegarán nunca del todo, porque el problema del ser humano es demasiado profundo. Necesitamos una brújula y un modelo de comportamiento. Esto era lo que proponían los dogmas de los primeros concilios.

Jesucristo es camino, verdad y vida, pero no sólo como doctrina para ser creída, sino vigor y fuerza para recuperar lo que todos los hombres tenemos de humano y de divino, porque cuando el hombre sea verdaderamente humano será divino. Y cuando dejemos entrar a Dios en nuestras vidas el mundo recuperará la verdadera alegría de vivir. Esta es la oferta del dogma de Nicea: Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Un hombre de nuestra Tierra, Jesús de Nazaret, es el Hijo de Dios encarnado, pero en misma medida es también el Hijo del hombre.

Y es curioso que Jesús, en su vida temporal rehúye proclamar que es el Mesías, el Ungido de Dios -no se lo digáis a nadie, dice a sus discípulos-, sin embargo insiste constantemente en llamarse a sí mismo Hijo del hombre. Ya nos hemos preguntado cómo podemos asemejarnos a Jesús en cuanto hombre, porque ese será el camino para encontrarnos a nosotros mismos, y si colaboramos con él en la redención y transformación de este mundo, en esa medida nos divinizamos también nosotros.

Pero imitar y seguir a Jesús sólo es posible después de conocer lo que creemos, lo identificativo de nuestra fe cristiana. Primero hemos de preguntarnos en qué creemos, cuál es la verdad por la que apostamos, y ésta la encontramos en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia. Aquí es donde aparece la necesidad de los dogmas, aquellas verdades formuladas en la comunidad de los creyentes, para mantener la unidad en la fe cristiana.

Y el punto en que habíamos dejado nuestro espacio anterior era aquel de las dos herejías de los primeros siglos. Tengamos en cuenta que aquello nos interesa no como historia del pasado, sino en función de nuestros problemas de fe actuales, estos que padecemos en el siglo XXI. Este es el tema de hoy, la actualidad de un problema de fe. ¿Qué pensamos sobre Jesús, sobre su divinidad y su humanidad, los hombres del siglo XXI?, porque parece que cuanto más creyentes somos más nos alejamos del mundo y de la realidad que nos toca vivir.

Los dogmas no son un refugio y una seguridad intelectual, sino expresión de la fe en Dios y en el hombre; en la fe nos fiamos de Dios y de su Hijo Jesucristo, y este compromiso de fe es el amor: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Esta fe sí que salva al mundo de verdad.

Por eso San Cirilo de Alejandría, en el siglo V, luchaba contra las dos herejías que había condenado el Concilio de Nicea del siglo anterior, pero que todavía perduraban en el suyo y podríamos decir que hasta en el nuestro. ¿Qué pensamos nosotros, los hombres del siglo XX? ¡Que ante todo Cristo era Dios! Y en cuanto Dios tenía poderes sobre humanos, por encima de los nuestros; por eso hacía milagros, por eso no se hundía cuando caminaba sobre las aguas... Esto es herejía, porque no podemos afirmar tanto a Dios en Jesús que rebajemos su humanidad. Los que niegan o disminuyen el hombre en Cristo están negando la redención.

Pero sucede lo mismo con los que afirman tanto su humanidad que rebajan su divinidad. Hoy alguno puede pensar que Cristo era un ser fenomenal, comprometido sobre todo los pobres, y llegan a decir que estos eran el criterio exclusivo de su predicación y de su acción salvadora. Jesús vino a salvar al hombre necesitado, a la oveja perdida, no sólo al pobre y despojado de sus bienes.

Jesús ni está entre los dioses griegos del Olimpo, que trataban a los hombres como marionetas, ni es un superhombre para salvar a los desheredados de este mundo. Es un hombre en todo semejante a nosotros menos en el pecado, y es el Dios encarnado, la mano tendida de Dios al hombre, a todo hombre que necesite una mano, para hacerle partícipe de su misma vida. Esto es lo que nos enseñan los dogmas.

 

9 de septiembre

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Cristo, ¿sobre todo Dios o sobre todo hombre?

Martes, 9 sep (RV).- Vamos a entrar en los primeros concilios de la Iglesia donde se formulan los grandes dogmas o afirmaciones que definen la verdad sobre Cristo como Dios y como hombre. Decíamos que la fe vivida no crea problemas; los apóstoles conocieron a Jesús por la convivencia tenida con él en cuanto hombre, y su muerte y resurrección les transformó. Pasaron de confesarle como Mesías a confesarle como resucitado, pero ese paso fue muy problemático, porque si Pedro le confiesa como Mesías le rechaza como siervo sufriente en la cruz, le niega y después de muerto se arrepiente y cree.

Para nosotros hoy, el tema de los dogmas es más problemático aún, porque no tuvimos la experiencia de su muerte y menos la de su resurrección. No le negamos pero tampoco creemos ni nos fiamos de la acción de Dios sobre el crucificado. Y nos atrevemos a decir que los dogmas son muy enrevesados. Queremos resolver con la inteligencia una obra de Dios que sólo tiene la razón del amor. Queremos entender el amor leyendo los libros de los teólogos, cuando la fe es cuestión de vida y de muerte, muerte y vida realizadas en uno que amó hasta el extremo, el Hijo del hombre, un hombre perfecto que vino a enseñarnos cómo responder a la voluntad de Dios.

Los concilios tratan justamente de conciliar posturas sobre la fe de los primeros creyentes que no conocieron a Jesús en vida. Ya en el primer concilio de Jerusalén, los apóstoles tuvieron que ponerse de acuerdo y limar diferencias entre los que provenían del judaísmo y los que provenían de la cultura griega; los apóstoles, iluminados por el Espíritu Santo, superaron las diferencias.

Los siguientes concilios, que van a tener lugar durante los siglos cuarto, quinto y sexto, van a tratar sobre cómo un hombre pueda ser Dios, sobre la naturaleza humana y divina de Cristo. El problema surge cuando el cristianismo comienza a extenderse por el Mediterráneo y el pensamiento griego, dominante en la época, trata de querer comprender la fe trasmitida por los apóstoles en este nuevo contexto cultural.

En nuestro espacio anterior planteamos las primeras disputas cristológicas sobre la fe entre los primeros cristianos. Las podemos resumir en la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que un hombre, Cristo, sea Dios a la vez? ¿Cristo es sobre todo Dios o sobre todo hombre? Ya vimos los dos errores iniciales, el de los que decían que Cristo es sobre todo Dios, porque tiene alma divina recibida en el momento de su concepción; “parece” hombre, pero sobre todo es Dios. Otros decían que no, que fue un hombre como todos los demás, pero Dios le adoptó como Hijo cuando bajó sobre él el Espíritu Santo en el momento del bautismo; estos eran los “adpcionistas”.

Los obispos, como pastores y guardianes de la fe trasmitida de los apóstoles, pronto vieron que los “docetas” (parece hombre, pero es Dios) pretendían salvar la unión de lo divino y de lo humano en Jesús, pero en menoscabo de su humanidad, porque su alma no era humana, sino divina, y por tanto no podía ser hermano nuestro: “igual en todo a nosotros, menos en el pecado”, dice San Pablo.

A esa postura reaccionan los que quieren salvar la humanidad de Jesús, los “adpcionistas”, y decían que Cristo es hombre como todos, pero el día del bautismo en el Jordán fue adoptado por Dios como hijo. El adopcionismo afirma al hombre en Cristo en menoscabo de Dios. Arrio se preguntará más tarde si puede el Hijo engendrado ser igual al Padre que lo engendra. Vean los dos extremos.

La teología, nuestra capacidad de reflexionar sobre la fe, es tan limitada que, o afirma a Dios sobre Cristo, y lo afirma de tal manera que disminuye al hombre, o afirma de tal manera al hombre, que disminuye a Dios.¿Se complica esto? Y lo que lo complicaremos aún más, porque nuestro pensamiento no da para más cuando entra en el ámbito de lo divino. Pero la realidad en sí misma es sencillísima, tan sencilla que sólo los niños lo entienden; somos los mayores los que complicamos las cosas. Recuerden el libro de “El principito”. Los mayores no aceptamos lo simple, pero si pensamos bien, podemos llegar a intuir la inmensa realidad que está más allá de nuestro pensamiento.

San Cirilo de Alejandría, un hombre abierto y conciliador, pensaba algo tan sencillo como lo siguiente: cuando Cristo aprendía en la escuela o en la Sinagoga no hacía comedia, aprendía; cuando Cristo sube a Jerusalén no sabía que lo iban a crucificar..., simplemente escoge la voluntad de Dios. La consecuencia de esto es que si Jesús aprendía a escribir y se moría de pena y de dolor en la cruz... no hacía comedia, sino que aceptaba la voluntad de Dios por encima de la suya. Esto es ser hombre de verdad y Dios encarnado de verdad. Esta será la fórmula del concilio de Nicea: “Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre”.

 

2 de septiembre

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La fe vivida y la fe pensada

Martes, 2 sep (RV).- ¿Cómo puede ser que Jesús sea Dios y hombre a la vez? Esta es la pregunta cuya respuesta dio lugar a las herejías de los siglos segundo y tercero, y esas formas de pensar encontradas dieron lugar a los primeros concilios. El primer concilio ecuménico lo convocó el emperador Constantino junto con el Papa Silvestre, en Nicea, en la actual Turquía, en el siglo IV, año 325. El tema de la discusión era nada más y nada menos que si Cristo era Dios de verdad. Esto quiere decir que los primeros cristianos andaban especulando, desde que Cristo subió a los cielos, sobre una realidad acerca de la cual los apóstoles no especularon. Pescadores y poco letrados como eran, los pobres jamás pensaron en su vida cómo era eso de ser Dios y hombre a la vez. ¿Saben por qué no lo pensaron? Porque lo vivieron. Ya está explicado todo.

Cuando empezaron a llegar generaciones de cristianos como nosotros, que no vivían el misterio en su vida cotidiana y no fueron iluminados por el Espíritu de Pentecostés directamente, entonces aparecieron las dudas y se preguntaron cómo podía ser eso. Pusieron toda su inteligencia a pensar, una inteligencia que era helenista, griega. Hay que recordar que el pensamiento griego, gracias a los filósofos Aristóteles y Platón, era la máquina de pensar más poderosa que ha existido en la tierra y la másperfecta. Lo que pensaron y formularon los concilios griegos hasta el año 681, el tercero de Constantinopla, fue definitivo y sigue siendo válido en el siglo XXI.

Retomemos la pregunta. ¿Cómo puede ser que Jesús sea Dios y hombre a la vez? ¿Se puede ser infinito y finito a la vez? ¿Se puede ser inmortal y mortal a la vez? ¿Puede darse un ser ya logrado para siempre y, al mismo tiempo, estar lográndose? El que mejor solución dio fue el obispo Apolinar, pero dijo una herejía como una catedral, y muchos cristianos siguen pensando igual. ¿Qué es lo que hace que Cristosea hombre como los demás hombres? Apolinar decía que Cristo tiene un cuerpo perfecto humano, nacido de María, y cuando le llegó el alma a este cuerpo en su concepción, llegó la divinidad e hizo en él lo que en nosotros hace el alma. En Cristo el alma es divina, mientras que en nosotros es humana.

Según esto, para Apolinar María, sólo puso el cuerpo en la encarnación de Dios, y antes de que le llegara la vida a ese cuerpo, ya Dios había puesto la divinidad para sustituir el alma. De forma que Cristo es y tiene cuerpo humano pero con alma divina. Lo que en nosotros es el alma en Cristo es la divinidad. ¿No es verdad que hay gente que todavía piensa así?

Cristo sería un hombre que en vez de tener alma tiene a Dios dentro, lo cual deja mucho que desear respecto al ser hombre como los demás. Parece hombre, pero en realidad es Dios. Esta es la herejía de los “docetas”, que viene del verbo griego “dokeo - parecer”.

El hombre es cuerpo y alma, y si Cristo no tiene alma como la mía no es hermano mío, sería como uno más de esos dioses griegos que están por allí arriba y que de vez en cuando vienen a darse un paseo por la tierra. Esta forma de pensar platónica la desmontó un siglo después San Cirilo, obispo de Alejandría. Pero antes veamos la otra postura enfrentada a la de Apolinar, la de los adopcionistas.

¿Qué dice el adopcionismo? Que Cristo es, ante todo, hombre, frente a los “docetas” para quien Cristo es ante todo Dios. Esto decían los adopcionistas: Cristo es hombre de verdad, un hombre de tal categoría que un día Dios, cuando Juan bautizaba en el Jordán, abrió el cielo de par en par y dijo: “Éste es mi hijo amado, escuchadle”. En ese momento, Dios adopta a Jesús de Nazaret, un hombre, como Hijo. Está claro que si Dios lo adopta, Cristo no era Dios, es hijo adoptivo, pero no Dios.

Cristo es Dios y Cristo es hombre, pero hay momentos en que se afirma a Dios dejando a un lado al hombre y en otros afirmamos al hombre y olvidamos a Dios.

Romper este dilema no es obra de la inteligencia ni de los libros que impriman los teólogos, sino de la fe vivida, aquella que movió a los primeros cristianos a seguir al muerto y resucitado. Es el salto de la fe pensada a la fe vivida desde el amor. Decíamos el día pasado que si Dios da el salto de los cielos eternos a la tierra efímera, nosotros tendremos que dar el salto de nuestra pequeña inteligencia a la inmensidad del amor con que hemos sido salvados. Romper el dilema que nos plantean las formulaciones humanas sólo se puede hacer desde la unidad de los que siguen al resucitado, desde la Iglesia peregrina, que renunciando a los propios dogmatismos, acoge no una fórmula intelectual, sino el dogma del amor y del servicio. Este es el salto de la fe, de quien se fía de Dios en comunidad de hermanos.

 

26 de agosto

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La revelación de Dios en Cristo

Martes, 26 ago (RV).- En esta serie de programas de Radio Vaticano, “Se llama el Hijo del hombre”, venimos introduciendo el tema de la revelación de Dios al hombre. Ha sido la pregunta de todas las religiones. Los hombres queremos saber quién es Dios y cómo es Dios y sabemos que Dios ha hablado a los hombres de todas las razas y culturas, de todos los tiempos. Y nos hemos preguntado en los espacios anteriores cómo y a quién habla Dios, y hemos visto que su Palabra es histórica, dinámica y crítica. Habla al hombre de cada tiempo, y cuando llegó esa plenitud del tiempo, dice San Pablo, dijo su Palabra definitiva en un Hijo. Y ese Hijo, Jesucristo se va a llamar a sí mismo “Hijo del hombre”.

Pero este Hijo del hombre es Hijo de Dios, Dios mismo, según las fórmulas dogmáticas de los primeros concilios. Jesucristo es Dios y hombre verdadero, dice el concilio de Nicea del año 325. Y he aquí el primer problema que se plantea a los cristianos de los primeros siglos y a nosotros hoy: cómo un hombre va a ser Dios o cómo Dios puede ser un hombre. Pero este es un problema sólo para la inteligencia humana, donde caben pocas verdades y muchos errores; no es problema para la fe. De hecho los primeros discípulos jamás se preguntaron cómo puede ser eso de que Jesucristo sea Dios y hombre a la vez. ¿Saben ustedes por qué no se lo preguntaron? Porque lo vivieron.

No sucede lo mismo en nosotros, he ahí el problema. Cuando los cristianos decimos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre no tenemos más remedio que decir primero Dios y después hombre, o primero hombre y después Dios. Esta condición humana de no poder decir las dos palabras a la vez ha creado y sigue creado muchos problemas dentro de la teología, o sea, dentro de la reflexión de la Iglesia sobre Dios. Hay un principio elemental, y es que por encima de las reflexiones particulares, ha de estar la fe de la comunidad eclesial, la enseñanza de la Iglesia cuya base es la Escritura y la Tradición. Una base que no ha estado ni estará libre de conflictos, porque el mismo desarrollo de esa enseñanza de la Iglesia está sometida al cambio de mentalidad que acompaña a la historia humana.

Junto con ese principio fundamental de la unidad de la fe entorno a la enseñanza de la Iglesia, está el de las formulaciones de esa enseñanza, sea en materia doctrinal, ritual, y moral. Las formulaciones nunca coinciden con la verdad revelada, son formas de presentarla para ser comprendida y asumida por los creyentes. De ahí que las circunstancias donde se encarna esa verdad revelada y la fe de los creyentes de cada tiempo nos lleven a valoraciones y toma de posturas que en muchos casos ponen de relieve el conflicto en las formulaciones.Por ejemplo, cuando uno mira al Cristo crucificado en los inocentes de nuestro tiempo -“Lo que hagáis a uno de estos mis pequeños a mí me lo hacéis”- tendemos a valorar el sufrimiento de Cristo en el hombre de hoy olvidando que es el Hijo de Dios quien nos redime, no el sufrimiento del hombre.

Esto es algo así como subrayar que Cristo es sobre todo hombre, lo cual es herético. Cristo es Dios-hombre, hombre-Dios, sin poder separar ni privilegiar una afirmación sobre otra. Este es nuestro problema, podríamos decir gramatical, o intelectual; para la fe no hay tal problema. El sufrimiento de los hombres tiene valor en el sufrimiento de Cristo, que es Dios verdadero y hombre verdadero.

Digo que no es problema para los que viven esta realidad desde la fe, si por fe se entiende no una lista de verdades, sino la adhesión a una Persona, Cristo, que es donde Dios se nos revela, donde nuestro sufrimiento adquiere su valor y sentido.

Dado esto por sentado, tendremos que afrontar ya el problema de cómo los primeros concilios resolvieron la formulación intelectual de algo que antes fue vivido por los discípulos de Jesús. Y lo resolvieron con dudas y discusiones, enfrentando posturas que venían de concepciones distintas, modos de pensar orientales y occidentales. Los tres primeros siglos del cristianismo, al querer entender lo que creían, el entendimiento les llevó a lo que hoy llamamos herejías. Y para resolver esas posturas encontradas se convocaron los sucesivos concilios de Nicea, Éfeso y Calcedonia, sobre todo, donde quedaron plasmadas las formulaciones o Fórmulas cristológicas que la Iglesia ha conservado durante siglos como doctrina verdadera.

La revelación de Dios, quién es Dios, cómo es Dios, qué quiere Dios de nosotros ha sido una aspiración de todas las religiones. Lo hemos deseado y lo seguimos buscando, pero he aquí la paradoja, cuando llega la plenitud de los tiempos y Dios se revela en Cristo, en su Hijo, un hombre nacido de mujer, que es Dios al mismo tiempo, nos cuesta aceptar esa revelación. ¿Cómo puede ser un hombre Dios? Esta es la respuesta: si Dios da el salto de los cielos eternos a la tierra efímera, nosotros tendremos que dar el salto de nuestra pequeña inteligencia a la inmensidad del amor con que hemos sido salvados. Y esto no lo puede hacer la inteligencia ni la razón humana, este salto sólo lo puede dar el amor de la fe, el amor de quien se fía de Dios.

 

19 de agosto

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La palabra de Dios es crítica

Martes, 19 ago (RV).- La Palabra de Dios es dinámica, habla y se escucha en la historia que vamos construyendo los hombres, pero también es una Palabra crítica, porque sale al paso de los errores humanos, los que nos alejan de nuestro destino, que siempre será el de ser hombres de verdad. Cuando ese camino pierde el rumbo, aparece el susurro en la conciencia con nuevas propuestas que vienen de lo alto y se escuchan en el silencio del alma.

Así es la Palabra de Dios, además de dinámica y animadora, es crítica. Esto quiere decir que el hombre debe estar atento a no confundir lo que Dios nos dice en la conciencia con lo que yo quiero que me diga. La voz de Dios es crítica con mis acciones si yo me dejo criticar.

Recuerden aquel medallón de San Agustín del siglo V. Representa el viaje que hizo desde África a Italia para ir al encuentro de la fe: “El hombre camina siempre, no siempre hacia lo mejor, pero sí hacia lo nuevo”. San Agustín es símbolo del hombre occidental que camina siempre en busca de lo nuevo, pero quien busca lo nuevo ha de ser crítico, sobre todo en las ideas que se forma de Dios y sus mensajes, porque toda visión de Dios tiende a la idolatría. Cuando decimos que nadie me toque a mi Dios, ese Dios es un ídolo, porque le he inmovilizado. ¿Cómo puede ser Dios algo fijo o estático, cuando e encarna en la historia, en lo que se mueve y avanza? Dios no se deja atrapar para encasillarlo en un esquema de pensamiento, de doctrina, de culto o de moral. Lo que se mueve del hombre cuando avanza y progresa es la presencia de Dios. Dios es vida, y la vida es constante fluir e inquietud.

“El hombre camina, no siempre hacia lo mejor, pero siempre hacia lo nuevo”. Han sido las religiones de la tierra, como decía Martin Buber, quienes de tanto manosear la palabra Dios, le han desgarrado. Y la religión cristiana, sobre todo cuando se la presenta como estática, cae en el mismo defecto, y deja de ser cristianismo. El cristianismo de verdad es el que asume y proclama las palabras del Éxodo: “No te harás imagen de Dios arriba en el cielo ni abajo en la tierra...”. El que fija a Dios en un esquema doctrinal, ritual o moral, no se deja interpelar por Dios, queda anclado en la tradición y rehúsa el caminar. A éste Dios no se le revela.

Dicho de otra forma, los que dicen que conocen a Dios, que saben quién es Dios, en realidad no lo conocen; hay que caminar y buscarlo para saberlo. Lo dijo el concilio de Trento magníficamente: “DelDios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del cual no se puede decir ni pensar”. Los que han estructurado a Dios y lo han fijado en fórmulas de pensamiento no conocen al Dios verdadero, están tratando con ídolos. Cristo lo expresó de forma muy tajante: “Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”. ¿Dónde tienes apoyada la cabeza? ¿En la religión que nunca falla? El Hijo del hombre es un nómada, un buscador de la voluntad de Dios. ¡Cuidado con la idolatría! Hay que ser muy críticos con las formas fijas de una Iglesia que quiere servir a Dios, esas no existen. La Iglesia es peregrina dice el Concilio Vaticano II. Todas las palabras humanas son provisionales, todas, y más las palabras que nosotros pronunciamos sobre Dios.

“No te harás de Dios imagen ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra...”, todo es provisional. Podemos hacernos imágenes y elaborar conceptos para acercarnos a él, pero sabiendo que Dios está más allá de toda imagen, de toda palabra y de todo esquema mental. Esta actitud de desapego hacia nuestras formas religiosas no es un desapego respecto a Dios, sino un reconocimiento de nuestra pequeñez. Nuestra condición no es la de poseer la verdad, sino la de buscarla. Esto crea una inquietud y una insatisfacción, pero ese sentimiento es justamente la garantía de una fe verdadera. ¿Qué quieres, Señor, de mí?, se preguntaba Ignacio de Loyola. “¿Cómo puede ser esto…?”, –decía María en presencia del ángel. Cuando te abres a las infinitas posibilidades de lo humano, Dios te descoloca en tu instalación, y te muestra horizontes nuevos y sorprendentes.

 

12 de agosto

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La palabra de Dios es dinámica

Martes, 12 ago (RV).- Las generaciones humanas van dejando un poso de saber estar en el mundo que repercute en las generaciones sucesivas, de modo que puedan afrontar los nuevos problemas. Aunque los nuevos problemas requieren actualizar las antiguas soluciones. Así es la vida y así avanzamos, pero no podemos menos de apoyamos en lo que heredamos de nuestros abuelos.

Esto es lo que se llama filogénesis, esa continuidad de las generaciones humanas, que nos transmites características del pasado, de hace cien, mil o cien mil años y vamos renovando y corrigiendo. Somos fruto de conquistas y fracasos del pasado y nuestros hijos serán fruto de lo que nosotros les dejemos.

Si queremos dar un paso más decimos que la filogénesis -línea parental o de raza- se convierte ontogénesis, es decir, lo que sucede en la historia general de la humanidad sucede también en el ser particular de cada uno de los que venimos a este mundo; cada uno es una abreviatura de la historia de la humanidad. Si aprovechamos estos estudios de la antropología general y los aplicamos a nuestro tema sobre la encarnación de Dios, hemos de decir que si Cristo nace de una mujer, Cristo estaba viniendo por la historia de la humanidad desde que apareció el hombre sobre la tierra, y no sólo desde Adán, sino mucho antes, desde el primer momento de la creación. La creación no es más que Dios derramándose en el universo infinito, hasta que se derrama de forma definitiva y total cuando se encarna. Un niño que viene al mundo es la condensación de toda la historia anterior.

De Dios no sabemos, dice San Juan, pero cuando Dios se manifiesta en Cristo nos revela su ser, que es el amor. Por eso podemos decir también que cuando nace Cristo –revelación de Dios- nace el universo, el cosmos, las galaxias, las montañas, los ríos, la luz, las plantas, los animales y el hombre, que son el amor de Dios dándose. En su nacimiento no sólo nace un niño, sino que nace la luz que ilumina a todo hombre y a toda la realidad. Desde entonces podemos ver a Dios derramándose en olas infinitas de belleza y sonoridades que se dejan oír por todos los rincones del Universo.

Esta es la dinámica de la comunicación de Dios, de su Palabra. Cristo es fruto de los sudores y trabajos de toda la humanidad, pero al mismo tiempo, es el sentido de esos sudores y trabajos que buscaban la luz con tanto afán y desasosiego de los humanos. Ésta es la creación en la que nace Cristo, una creación abierta que se va concretando y se condensa en el hombre, en el hombre que camina, inteligente y libre, hasta que sea capaz de responder a esa voz que le llama desde el interior. El hombre que respondió en plenitud a la llamada de Dios fue su enviado, Jesucristo, en el cual desembocan los pasos deun Dios que caminaba con nosotros desde el comienzo de los tiempos.

Por eso decimos que el hablar de Dios es dinámico. Dios habla actuando, en el caminar, en la inquietud, en el descontento. Cuando miro para atrás y veo que Dios me hablaba a mis quince años, caigo en la cuenta de que ahora, que tengo treinta o cincuenta, Dios me sigue hablando desde aquellos quince que ya dejé, y desde los treinta, y me habla en las ilusiones que tuve y en las bofetadas que me dio la vida.

Las contradicciones y las paradojas de la vida son lugares de la acción de Dios, en ellas nos habla, como habló a nuestros padres desde el comienzo de la Creación. Y ahora que nos ha hablado definitivamente en Cristo, este definitivamente no se opone a que su hablar siga siendo dinámico en nuestras vidas.

La Palabra de Dios, leída en lo cotidiano de mi vida y en la perspectiva de mi propia historia, está sometida a continuas revisiones, porque Dios me sigue hablando, no deja de hablarme y de hablarnos. Mientras dure la historia su Palabra va embargando los aconteceres, él camina en esa historia y la lleva de la mano hacia su plenitud.

El es luz para el camino, aunque la libertad humana oscurezca su resplandor. Las guerras y la muerte de inocentes, el olvido de Dios por nuestras propias conquistas, la pérdida del sentido de la vida, la locura del orgullo humano… nublan esa voz y ese susurro de su Palabra en las conciencias. Pero la Palabra se ha encarnado y desde la carne, y desde la cruz esa Palabra denuncia el mal con el bien e ilumina la oscuridad con la luz. Por eso, además ser una Palabra dinámica, la Palabra de Dios es crítica con las acciones humanas. Lo veremos la próxima semana.

 

5 de agosto

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La palabra de Dios en la historia

Martes, 5 ago (RV).- Cuando decimos que a mí no me ha hablado Dios nunca, estamos diciendo que somos como un palo seco, sin vida, una charca de agua estancada y putrefacta. Dios habla al ser humano en la vida, pero no al oído, sino al interior, a la sed de caminantes que tenemos, ahí nos habla. Dios habla al hombre con ilusión. La ilusión es la dimensión del hombre, y la palabra “utopía”, que en griego significa “sin lugar”, es el lugar donde no hay lugares, donde todo es posible.

Vamos a recoger algunas alusiones a este hablar de Dios en la Biblia. Abel el pastor, el hombre nómada y buscador, era agradable a Dios, mientras que el sedentario Caín, el instalado en sus bienes y en sus cosechas, no le necesitaba. La envidia de Caín asentó un golpe de muerte a su hermano y le convirtió en el primer profeta y en el primer mártir de la historia. Ya se oye en aquel nómada los pasos de Dios en la historia de la humanidad, ya escuchamos en las generaciones sucesivas cuáles son los gustos de Dios: el caminante, el despegado de su tierra y su herencia, el que depende sólo del mañana, de lo que Dios te ofrezca mañana. La quijada de un asno o la bomba atómica son los instrumentos del hombre asentado en sus propias fuerzas, para defenderlas.

He ahí el eco de una voz que habla desde la historia. En los pasos del hombre resuena la voz y los pasos de Dios. En esa larga historia de la humanidad un día se producirá la encarnación de Dios. Esto es fundamental, porque Dios sólo resuena cuando hay sintonía, y por tanto, cuando Dios se encarne en Jesús de Nazaret, no será más que la encarnación definitiva que se venía preparando desde el principio.

La historia de la humanidad es la historia de la encarnación de Dios. Donde hay un caminante que viene de... y va hacia... allí está Dios. Esto fue lo que decía San Ireneo, Obispo de Lyon, en el año 170: “Gloria Dei vivens homo”:Dios centellea en el hombre vivo, en el “vivens” del hombre, en el hombre muerto no. Dios no es un Dios de muertos, dirá Cristo. Ahora empiezan a entenderse las cosas. Dios habla desde el interior de los acontecimientos, no desde la periferia. Si tú has conocido a Dios como un ojo encerrado en un triángulo, lo habrás visto como triángulo, pero su voz no ha resonado en tu interior.

Decir que Dios está en el interior del hombre o que es el mismo ser del hombre puede sonar a herético. Y efectivamente, es un error supino decir que el hombre es Dios, pero si no lo tuviera dentro no sobreviviría. La confesión de que hubo un hombre que era Dios, vale sólo para Jesús de Nazaret. Era Dios, y era hombre perfecto. Y justamente este hombre perfecto, que es Dios, se ha convertido para los cristianos en modelo ideal del hombre. Esto es lo que iremos viendo a lo largo de esta serie de programas “Se llama Hijo del hombre”.

Ya veremos qué maravilla decimos los cristianos cuando creemos que Cristo es la encarnación de Dios. Cristo es donde culminan todas las desazones de la humanidad caminante; pero si esa humanidad no hubiera caminado, todavía estaríamos con los dioses que juegan con los hombres como si fueran marionetas. Por todos ellos se siente el hablar de Dios.

“Muchas veces y de muchas maneras habló Dios a nuestros padres”, dice la carta a los hebreos. Son las circunstancias, los hombres y mujeres abriéndose paso en la historia, quienes hacen de soporte para el eco de la voz de Dios. Pero después de esas mil maneras y mil circunstancias Dios lo dijo todo y de una vez en Navidad. Dios habló definitivamente en un Hijo, en un niño recién nacido. Ese niño es hombre y Dios a la vez, por eso en Jesús se nos revelará todo lo que Dios nos quería decir y todo lo que el hombre necesitaba escuchar: “Lo que hagáis a mis pequeños a mí me lo hacéis”.

Por si acaso alguno no lo entiende, San Juan lo volverá a decir de otra manera más clara: “A Dios nadie lo ha visto nunca. El que ama a su hermano este conoce a Dios”. Es la forma sublime y real de toda aspiración del hombre, del Hijo del hombre, ser Hijo de Dios. Y tendremos que decir que esta antropología, abierta no sólo al futuro, sino abierta a lo imposible, es la única verdadera, porque coloca al hombre en su sitio, en el Infinito de Dios.

 

29 de julio

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Cómo y dónde habla Dios al hombre

Martes, 29 jul (RV).- Ya hemos visto que Dios habla en la historia, es decir en los avatares y acontecimientos de cada día, y habla, lógicamente a quién escucha, a quien quiere escuchar el susurro de su palabra, y este querer escuchar no es un a mí me gustaría que Dios me hablara y que me dijeras las cosas bien claras, no como hacen los curas, que cada uno dice una cosa distinta. Este querer que Dios me hable es casi una exigencia, con lo cual bloquea toda verdad y toda búsqueda. Quiere escuchar a Dios sólo quien es capaz de estar abierto a los acontecimientos de cada día y los lee a la luz de de ese susurro íntimo del corazón, allí, donde nada ni nadie perturba mi limpieza de miras. Quiere escuchar a Dios sólo quien está abierto al futuro, que es todo promesa, la promesa de un Dios que no falla.

De nuevo, ¿cómo habla Dios y dónde habla Dios? Dios no habla al oído como lo hacemos nosotros; los sentidos de la vista, gusto, tacto, olfato, son ventanas hacia el exterior, al entorno que nos rodea y sólo captan lo inmediato, lo sensible de los acontecimientos. Pero estos acontecimientos, además de una apariencia externa, tienen un sentido, un misterio que no está pegado a su piel, sino a nuestra reacción ante ellos. Las cosas, cada cosa y cada persona produce en nosotros una vibración que nos pone en movimiento, de aceptación o rechazo, de apertura o cerrazón.

Para los primitivos, un rayo que mataba un rebaño, el desbordamiento de un río que anegaba la cosecha, podía ser leído como un castigo de los dioses. Hemos superado la etapa mágica. Ya los griegos, hace mil quinientos años, se reían de esos dioses que tratan a los hombres comomarionetas. El Dios de Israel no es un dios mágico ni manipulador, hace al hombre libre, radicalmente libre. Y es este hombre libre el que puede leer los acontecimientos con el misterio que conllevan.

Esta es la pregunta sobre el cómo y dónde habla Dios al hombre. No es una pregunta sobre el que habla, -ya hemos dicho que en todos los acontecimientos de la vida- sino sobre el que quiere o no quiere escuchar. Es el hombre o el vacío del hombre quien recibe o no esa Palabra que no se impone, pero que tampoco se puede eludir.

Así pues, para quienes estén abiertos a esa voz en forma de brisa suave, para estos sí vale la pregunta: ¿a qué zona o dimensión del hombre habla Dios? Primero, a esa dimensión interior de escuchar que nos abre al misterio de las cosas; pero, en segundo lugar, al hombre en que está inserto en la historia y camina con ella. Este caminar no es un verbo, una acción concreta o una adjetivación del hombre, es un sustantivo, es sustancial a lo humano. Caminar es buscar más allá de lo que puede saciar los sentidos. El hombre deja de ser hombre cuando se estanca, y ya no quiere oír más novedades e futuro. Al hombre con esperanza, proyectado más allá de sí mismo, ahí es donde habla Dios.

El Dios siempre nuevo del libro del Éxodo es el que sigue comunicando novedades y poniendo en el corazón humano esa palabra del “más allá”, del “no es esto” que decía Ortega y Gasset, de la “tarea de hacerse”, que proponía Unamuno, o tantos otros pensadores, poetas, filósofos, o simples pescadores que han dejado las redes a la orilla del lago. Estos son los que escuchan, y a veces sin preguntarse demasiado por el nombre que han de poner a esa voz. No lo llamarán la voz de Dios, y nosotros les acusaremos e ateos, pero caminan al paso de Dios por la historia y desde su interior sienten la presencia del Misterio.

El “cómo y dónde habla Dios” va a tener una respuesta definitiva en la “encarnación de Dios”. La Palabra de Dios seguirá siendo un susurro para quien no tiene fe, o puede ser la luz que disipe toda tiniebla para quien la acepte en Jesús de Nazaret. Ya no será una voz que grita en el desierto, será una Persona que nace, vive y muere, aparentemente, como cualquier ser humano. Pero esa Palabra -cómo y dónde habla Dios al hombre- es una historia nada superficial: es la historia del amor de Dios al hombre. ¿Cómo y dónde habla Dios al hombre? En el hombre, pero un hombre que es el Amor. Esta sí es una respuesta válida al cómo y dónde habla Dios: Dios habla por el amor que nos ha tenido en su Hijo.

 

22 de julio

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¿Cuándo y a quién habla Dios?

Martes, 22 jul (RV).- A propósito de lo que decíamos en nuestro espacio anterior, sobre el ver con los ojos de la cara a Dios y oír con los oídos la voz de Dios, escuchemos lo que ya decía el profeta Isaías hace 2.500 años, y que retoma Jesús, cuando dice que habla en parábolas para que viendo no vean, y oyendo no oigan ni entiendan. “En ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado…”(Mt 13, 13-15).

La parábola es un género literario que manifiesta y oculta al mismo tiempo, afirma y niega; transmite significados por comparación o analogía. Es como cuando decimos Dios es como un padre o una madre, la comparación vale mientras no identifiquemos a Dios con los padres o madres de esta tierra, porque los supera a todos. Las cosas buenas de nuestros padres nos sugieren cualidades de Dios, pero los errores de nuestros padres no los comete Dios. En la comparación hay un ‘sí’ es como Dios, pero también hay un ‘no’ es como Dios. Cuando nos referimos a Dios, tanto en el sí como en el no, hay una afirmación de lo infinitamente positivo de Dios.

Por eso, cuando decimos que nuestro padre de la tierra ‘no’ es como Dios estamos afirmando algo en Dios sin decirlo. Esta forma de decir “no” es más bien una afirmación. Por ejemplo, cuando yo digo que no es éste el hombre que busco, ¿estoy negando al hombre o lo afirmo? Estoy afirmando al hombre que busco. Negar determinadas realizaciones de lo humano no es negar al hombre, es afirmar una idea del hombre mucho más grande. Lo mismo pasa con la idea de Dios. Hemos de tener mucho cuidado con esto. Le decía Dios a Moisés en el libro del Éxodo, capítulo 30: "Un hombre no puede ver a Dios y sobrevivir". Ver a Dios es morir, por eso, el que ha visto a Dios no habla, y el que habla mucho de Dios es que no le ha visto. Ésta sería una forma humilde de decirlo: Yo, que hablo mucho de Dios, es que no lo he visto, porque si le hubiese visto, no hablaría así. Dios no se puede decir ni pensar, dice el concilio de Trento. ¿Ven Uds. cómo lo que no digo de Dios es lo que de verdad vale la pena?

Y, sin embargo, el cristianismo, como otras religiones anteriores, nos dice que Dios ha hablado. Lo primero que tendríamos que preguntarnos es qué significa que Dios habla. ¿Qué quiero decir cuando afirmo de Dios que habla? De entrada, que no lo hace con la voz humana, porque Dios no tiene ni boca, ni lengua, ni cuerdas vocales. Esto mismo podríamos pensar respecto a que Dios no puede encarnarse, porque Dios no cabe en ninguna carne. ¿Cómo va a “empanarse” Dios en la carne humana? Dios no se mete, ni está dentro de ninguna cosa; Dios, simplemente es.

La segunda pregunta ha de ser contemporánea con la primera. Si Dios no habla porque no tiene boca, entonces ¿cómo habla Dios?­ ¿Cuándo y a quién? Si me dicen que me va a hablar esta noche, tendré que estar con todos los sentidos, con todas las ventanas abiertas, porque puede entrar por cualquier sitio, y si no las abro, hasta puede romperlas, e incluso hacer un agujero por donde quiera. Todo esto hay que tenerlo en cuenta, no sea que lo espere a las 3 de la madrugada y haya pasado hace 3 horas.

Volvamos al principio. Si Dios ha hablado a la humanidad, ¿por qué no se lo dijo todo a nuestro primer abuelito?, aquél que iba por la vida como semi-animal, el pobrecito. Llegó el año dos mil de nuestra era y, sin embargo, el hombre ya llevaba dos millones de años buscándole en tinieblas. ¿Por qué llegó entonces? San Pablo llama al año cero "Plenitudo temporum", la plenitud de los tiempos, es decir, aquella época en que ya los tiempos estuvieron maduros. ¡Qué optimista San Pablo! ¿Hace 2.000 años los tiempos estaban maduros? ¿Maduros de qué? Si todavía nos faltan otros 5.000 millones de años de camino.

Por tanto, ¿cuándo y a quién habla Dios? Ni le dijo todo al primer hombre, ni al último. ¿Por qué? Porque Dios habla al hombre en camino. Tengan en cuenta que todo este lenguaje es simbólico, pero profundamente real. Dios se presentó al hombre en medio del camino, como Jesús al ciego de Jericó, ni al principio, ni al final, ni en Alfa ni en Omega, en medio del camino. Veremos cómo los relatos sobre la Navidad, compuestos en torno al pesebre, nos iluminan en esta dirección, en la dirección del hombre en camino ¿En camino de qué? ¿En camino hacia dónde? Otra vez el tema del principio, sólo el hombre inquieto que busca, encuentra a Dios; el hombre insatisfecho de lo que es y lo que tiene en su territorio busca otra dimensión a su existencia, y a este Dios le sale al encuentro y le habla de mil maneras, la última y definitiva es por medio del Hijo. En él, en Jesús de Nazaret, que es Dios encarnado, lo dijo todo, pero el camino lo tenemos que seguir haciendo.

 

15 de julio

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¿Cómo habla Dios?

Martes, 15 jul (RV).- La revelación sucede al hombre en camino, y sucede como Palabra que es una persona humana, Cristo. Comencemos hoy por lo primero. ¿Cómo recibe el hombre la revelacióny qué o quién es el hombre en camino? El hombre en camino es el que se está despidiendo siempre de lo que es para llegar a ser lo que todavía no es, y cuando lo consiga, se tendrá que despedir de nuevo, y así hasta el infinito. Este camino no es hacia fuera, no es exterior, sino interior, hacia mí mismo, lo que sucede es que no puedo caminar hacia mí sin topar con Dios, que viene a hablarme, y no puedo topar con el Dios que quiere hablarme si no camino hacia mi propio interior.

Pensemos un momento en esto que acabo de decir, pensemos dónde se produce el misterio de este hombre que si quiere llegar a ser él mismo debe caminar hacia su propio interior. En primer lugar desechemos cualquier fuga del hombre hacia el exterior cuando camina hacia Dios, y desechemos también cualquier alienación del hombre que se pueda realizar fuera de sí mismo. Este es el problema que veían los materialistas ateos del siglo XIX y XX, el de que la religión es una alienación del hombre. Y es el problema del laicismo actual, que coincide con aquel materialismo de Marx y Engels, y que coincide también con el iluminismo racionalista de la revolución francesa: sólo la razón basta y el hombre es autosuficiente. Pretendían hacer del hombre el único punto de referencia en la creación, pretendían que el hombre es grande cuando se convierte en la medida de todas las cosas.

El cristianismo, cuando piensa en la revelación, en el hablar del Dios al hombre, piensa en el interior del hombre, aunque fuera un hombre antes de Cristo a quien Dios hablaba. Dios ha hablado siempre no desde fuera, sino desde dentro. Recuerden a Abraham, a Moisés, al rey David, a los profetas… siempre Dios sale al encuentro del hombre y habla al hombre en su interior, ¿para qué?, para llevarle a la grandeza a la que el hombre aspira, como nuestra madrecita Eva, llegar a ser uno con Dios. Y esta es la práctica que realizaba y recomendaba Jesús: retirarse al monte a orar, retirarse al silencio interior, para evitar las alienaciones que vienen del exterior.

He aquí cómo el hombre es la medida de todas las cosas, y esto es lo más grande que puede suceder. A todo hombre que camina a ser lo que debe ser, Dios le sale al paso. Ésta es la encarnación de Dios. No interesa llevar a términos demostrativos o científicos y racionales el hablar de Dios, porque se trata de una experiencia común a todos los pueblos de la tierra y a todos los hombres que han existido. Hay una voz interior que hay que estar dispuestos a oírla para que pueda ser escuchada. Sea como fuere la voz de Dios, ha de sonar en los pasos del caminar del hombre, del caminar de la historia de la humanidad, que avanza y progresa de Alfa hacia Omega. Cuando un coro de peregrinos camina en esa dirección, nace un himno; es la presencia de Dios.

Sin embargo, aunque no se pueda demostrar que tal voz o tal palabra es la voz de Dios, sí podemos preguntarnos por la experiencia de esos peregrinos que dicen haber oído lo que Dios les decía, lo que Dios quería de ellos. Entonces nos hacemos la pregunta, ¿cómo habla Dios? ¿Cómo habla Dios al hombre y qué le dice? Vamos a plantearlo de una manera más personal.

Vamos a suponer que te anuncian: ¡Dios te va a hablar esta noche! Enseguida te preguntas: ¿A qué hora?, ¿y de qué manera? Supón que a las tres de la madrugada llaman a tu puerta y resulta ser un pobre pidiendo limosna, le dirías: ¡Imbécil! ¿Cómo se te ocurre llamar a estas horas? Y yo les pregunto, ¿y si el pobre que ha llamado fuera Dios? Al no haberlo conocido, has echado al pobre, y Dios se fue.

En las manifestaciones de las religiones primitivas, y en la nuestra también, parece que sabemos perfectamente cómo habla Dios, y hay algunos -ordinariamente los llamamos visionarios- que dicen que reciben mensajes de Dios con toda claridad, pero habría que preguntarse: ¿De verdad sabes cómo habla Dios? Porque Dios siempre trae una vibración, y lo hace en una dimensión increíblemente humana. Puede ser tu oído quien fabrica las voces, no Dios. Si tú ves a Dios, o a tres ángeles, no será con la retina de sus ojos, como le sucedió a Abraham debajo de la encina de Mambré, porque allí no había nada ni nadie visible capaz de excitar la retina. ¿Está Ud. diciendo ahora que Dios no puede ser visto? Efectivamente, no puede ser visto con los ojos de la cara, ni oído con la vibración del tímpano, pero no quiere decir que no pueda ser visto y oído de otra manera.

 

8 de julio

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La revelación no es estática

Martes, 8 jul (RV).- Como conclusión de nuestro espacio anterior, donde planteábamos la posibilidad de superar las objeciones sobre la inutilidad de los dioses en la vida del hombre, decíamos que Cristo es la encarnación de Dios y que Cristo, en cuanto hombre perfecto, nos marca el camino, y nos invita a que, si queremos realizarnos del todo, pretensión común a todos los hombres, el camino es el seguirle a él, que es la Palabra hecha carne, la Palabra verdadera que ilumina a todo hombre.

Hay una forma nueva de hablar de la encarnación de Dios que responde a las inquietudes del hombre de hoy. Yo comenzaría haciendo unas preguntas que recomiendo meditarlas. Supongamos que al hombre que soy, aquí y ahora, le digo, mira, no camines ni busques más, porque lo que ha dicho la Iglesia es la respuesta para siempre. ¿Qué debe hacer el hombre? ¿Dejar de caminar? Dejaría de ser hombre, porque caminar es lo que le define. Pues bien, este es el problema de la revelación; si a un hombre lo sujetas y lo fijas donde está, cierras la revelación de Dios. Por tanto, ¿qué es entonces revelación? De hecho, a lo largo de la historia hemos entendido la revelación como una fijación, y así leemos todavía nuestro evangelio, así de mal.

Dios ya ha hablado, y más aún, dice San Pablo: “Aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!” (Gal. 1, 9), y el mismo Jesús en el Evangelio: “Pasarán el cielo y la tierra antes de que una “i” o una tilde de la ley deje de cumplirse” (Mt. 5, 18). Con esto ya está dicho todo. Dios habló para siempre y de forma definitiva, podemos concluir. Esto es verdad, pero fíjense a qué error más monumental nos lleva si lo entendemos mal. Si Dios habló de forma definitiva, ya nadie nos puede enseñar nada. Si Dios habló de forma definitiva, y la Iglesia contiene la palabra de Dios, la Iglesia es aquel lugar donde suena para siempre la palabra de Dios, eternamente la misma, y los que pertenecen a la Iglesia están condenados a ser eternamente los mismos, sin posibilidad de entender lo que Jesús anunció en su tiempo y para la gente de su tiempo. Esto es lo que todavía dice alguno hoy por una pésima interpretación de la palabra de Dios. Sobrarían todos los teólogos y todos los Santos Padres, todos, porque la revelación se cerró con la muerte del último de los apóstoles.

La revelación es definitiva, y la última palabra que dijo Dios al hombre la dijo en Jesús de Nazaret, leemos en la Carta a los Hebreos. “En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos” (Hb 1, 2) ¿Qué quiere decir entonces que la revelación es definitiva en Jesús? ¿Qué es lo definitivo de la revelación? El mensaje de Dios es inmutable, pero llega al hombre capaz de recibirlo mientras camina, y en la medida en que camina. Es decir, que el mensaje de Dios, o es un estímulo para caminar, o no es nada. Por eso, cuando el mensaje de Dios me cosifica, dejo de ser hombre, como le pasó a la mujer de Lot, que quedó petrificada por mirar hacia atrás. Cuando el mensaje de Dios atenta contra mi libertad y mi dignidad de hombre, no es verdadero el mensaje. Cuando el mensaje de Dios me alcanza, acelera mi caminar. Eso es todo.

Volvamos a la pregunta sobre la revelación. La aventura del universo que ahora conocemos comenzó hace quince mil millones de años, dicen los científicos, con el big bang primitivo, y los hombres que habríamos de venir ya estábamos allí de alguna manera. En cristiano decimos que Cristo es Alfa y Omega, el principio y el fin, en referencia al mismo pasaje de la Carta a los Hebreos que acabamos de citar: Cristo, el Hijo, “por quien Dios hizo los mundos”. Los primeros pasos del hombre sobre la tierra, caminando en la noche de los tiempos y de los siglos, datan de hace dos millones de años, para ver si al final, con sus manecitas tendidas al futuro, logra agarrar algo positivo. Y a este hombre, quien a fuerza de caminar, intenta asomarse al terreno vedado de los dioses, un buen día Dios le sale al encuentro.

Esto es lo que llamamos “encarnación” o, el hablar de Dios al hombre. Ya veremos cómo para los cristianos este hablar de Dios es el “Logos” la “Palabra de Dios” la que se encarna. Y esta “Palabra hecha carne” es de la que habla San Juan al comenzar su evangelio: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron”. (Jn 1, 1-5)

He aquí cómo San Juan habla a los hombres de su tiempo con palabras definitivas: la revelación ha sucedido pero los hombres de cada tiempo tenemos que aceptarla, llega al hombre en camino, para salir de las tinieblas. Esa Palabra es una persona humana, Cristo.

 

1 de julio

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El encuentro en la encarnación

Martes, 1 jul (RV).- Habíamos dicho que el cristiano crítico con su propia religión parte de la pregunta: ¿Ha hablado Dios al hombre?, ¿le ha dicho algo alguna vez? Y la respuesta la encuentra, de forma definitiva, en la encarnación de Dios, en el nacimiento de un niño que nace en Belén de Judá, en una gruta de la tierra, en una cueva, “porque no había sitio para ellos en la posada”. Dios sale al encuentro del hombre, que ha buscado durante siglos, en un niño nacido en el tiempo. Y no sólo eso, sino que nace “de noche”. Desde la noche de la humanidad las religiones habían buscado a Dios y habían querido relacionarse con él, y resulta que el cristianismo, el evangelista San Lucas, da respuesta a esa búsqueda: “Había pastores que velaban y guardaban las vigilias de la noche.  Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor que les dijo: No temáis; porque os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre”. 

Todas las religiones de la humanidad, y el cristianismo en concreto, nos dicen que sí, que Dios ha hablado y de muchas maneras, en diversas épocas. La última vez que habló, y de forma definitiva fue en la noche de Navidad. Está bien dicho lo de la “noche” porque ese largo caminar de la humanidad ha sido un poco en tinieblas, en la penumbra y en la oscuridad. Los dioses, normalmente, hablan de noche, y el cristianismo dice que Jesús nació a media noche. Pero los hombres sabios se siguen preguntando, ¿y por qué no vino de día?, ¿y por qué no nació avisando previamente, con trompetas de ejércitos y salvas de honor a un jefe de estado? Justamente, lo había avisado por medio de profetas, y sonaron trompetas de ejércitos… pero de ángeles, -lo dice el mismo evangelista: “una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían ¡Gloria a Dios en las alturas! 

Es muy fácil bromear sobre temas como el de la divinidad; es lo que decimos, ¿cómo es que la Virgen siempre se aparece a los pastores? Semejantes bromas son las que hacía Renan a finales del siglo XIX, lo que sucede es que el racionalista Renan y los que niegan todo acceso a lo divino, pretenden reducir a cenizas todo el mensaje del evangelio; cuando acabas de leer un libro suyo, de golpe descubres que si fuera por él todos los dioses estarían muertos. Las cosas que escapan a la razón las resuelven de un plumazo.

Y más fácil todavía es achacar todo esto de la encarnación de Dios a la locura del hombre. A los hombres cuerdos les basta con lo que ven, en cambio, los creyentes, a quienes no nos basta con lo que vemos, nos tenemos que inventar dioses, -dicen. Esta era la acusación de Feuerbach, por ejemplo; los dioses son inventos del hombre en tribulación, y el día que el hombre se sienta libre del todo, no habrá dioses, porque cuanto menos desarrollado está el hombre, más dioses inventa, pero cuando el hombre crece, va echando a los dioses de sus fantasía hasta que los hace desaparecer del territorio de lo humano. Los dioses son lo que le falta al hombre, decía Feuerbach, y cuando al hombre no le falte nada, no habrá dioses. O sea, que la culpa del mal radical de los hombres son los dioses. Ésta sería la conclusión del ateísmo doctrinal.

¿Qué hacer ante esta presunción de los humanos? He aquí la pregunta de los programas de nuestra serie anterior y la que motiva éste que estamos comenzando: ¿hasta cuándo deberá caminar el hombre de forma que no le falte nada? ¿Habrá algo en este horizonte de la historia humana que le satisfaga del todo? ¿Por qué queremos saltarnos, desde siempre, la barrera de lo humano hacia el infinito? La respuesta es que lo humano sólo se realiza del todo en Dios, porque su vocación es al infinito. Así de grande es el hombre. Es la respuesta que pretendemos dar en esta nueva serie: “Se llama hijo del hombre”, Cristo se llama a sí mismo Hijo del hombre. Dicho de otra forma, Dios sale al encuentro del hombre, es el tema de hoy, “El encuentro en la encarnación”.

Una última cosa como conclusión, y es que en esta búsqueda del Reino el modelo que nos guía es Jesús de Nazaret, a quien confesamos Dios verdadero y hombre verdadero. Cristo, el hombre perfecto que, en cuanto hombre, camina y busca sin cesar el Reino de Dios, lo anuncia y lo realiza plenamente con vida, muerte y resurrección. A esto el cristianismo lo llama la encarnación de Dios. Siguiendo ese modelo, escuchando a ese modelo, viviendo de acuerdo a la vida de ese modelo, el hombre conseguirá su plenitud. Lo dice el mismo Jesús: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn. 17,3).

 

24 de junio

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Dios sale al encuentro del que camina

Martes, 24 jun (RV).-Hoy vamos a hablar del hombre que camina buscando siempre horizontes mayores. En el caminar del hombre, hacia algo que le llene y la satisfaga del todo, se encuentra con que ese “Alguien”, con un Tú que se relaciona con mi “yo”. Ya no son las cosas lo que se satisface, sino una persona que le abre el horizonte de verdad.

Entramos en un tema muy difícil para la razón, ese de las relaciones entre el tú y yo, entre el yo del otro y mi propio yo. Es difícil para la razón porque ésta sólo sabe de leyes y abstracciones, mientras que el tema de la relación entre personas se escapa a ese saber científico. La relación entre personas es propio de las religiones, y más en concreto de la religión cristiana, es específico del cristianismo, donde Dios es el “Tú” con mayúsculas. Este salto de los saberes científicos al saber de las relaciones es el salto de la razón a la fe, de la ciencia a la revelación. Es un salto difícil; pero difícil no porque haya que estudiar mucho, sino porque depende de actitudes: el ignorante lo puede atisbar y al estudioso se le escapa. El salto del saber científico a la sabiduría verdadera es el salto de la necedad al encuentro con Dios.

Los primitivos, sin ciencia alguna, intuyeron que más allá de los cielos hay seres más perfectos que los humanos y que se podían relacionar con ellos. El primitivo era religioso antes que científico, pero no por esto menos humano. Un hombre abierto al infinito es más hombre que el de la bomba atómica, porque sabe que el infinito es su casa, aunque él sea pequeño, y el hombre de la bomba atómica o del desarrollo deslumbrante cree que ya lo tiene todo y que la bomba atómica es su grandeza. Esta es la desgracia del hombre actual, cree que no necesita a Dios para nada. Y en el tema de las relaciones humanas… así nos va: si no piensas como yo te declaro la guerra; si me quitas el petróleo hago un atentado contra las torres gemelas; y si yo no gano la partida te seguiré haciendo la guerra hasta que te destruya.

La ciencia y la razón son buenas, pero no entienden de las razones del corazón. El tema del saber de la ciencia tiene muchas ventajas, pero si las convierte en un absoluto se cierra las puertas a sí mismo, se queda sin futuro. El camino del amor es más impreciso que el de la ciencia, no se deja encasillar con leyes abstractas, porque el otro es una persona, no un objeto, es un pozo sin fin de riquezas, es un misterio, inabarcable para el raciocinio. Ahí, en este mundo de las relaciones humanas es cuando el hombre se abre y sus posibilidades de ser y crecer nos engrandecen, pero claro, los sabios de este mundo se resisten a lo que no se puede controlar, y se cierran, se encierran en sí mismos, cerrando así las puertas a la revelación de Dios.

Este es el drama del hombre en camino, en búsqueda, que se puede conformar con poco estando llamado a lo grande. Caminar, no detenerse en lo logrado, porque en la raíz de todo está el impulso que Dios ha puesto en nuestro corazón humano. Esta es nuestra salvación, más allá de las cosas está la riqueza de las personas. Es el salto del tener al ser, y como el ser humano es de fabricación divina, el encuentro es… del hombre con Dios. Dios sale al encuentro de quien camina.

Ahora nos hacemos una segunda pregunta. ¿Pero… hasta dónde puede crecer el hombre? ¿Cuál es el límite de sus posibilidades? El infinito. ¿Y quién nos garantiza que el infinito es su término? ¿Y si cuando me muera, después de tanto esfuerzo, todo ha resultado ser inútil?, ¿si después de haber caminado, si al final, todo ha sido una loca aventura que acaba en la nada -como dice Jaques Monod en “El azar y la necesidad”? ¿No podríamos saber si realmente esta aventura conduce a alguna parte?, ¿si este ángulo de posibilidades que se abren conduce al infinito? ¿no lo podríamos saber? Éste es el punto y el momento en que aparece la palabra “revelación”. Éste es el tema de nuestro programa: “El hijo del hombre”, él es la manifestación de Dios.

¿Y cómo llamaremos a esa patria por la que dejamos ésta que hemos conquistado y poseemos? ¿Qué nombre daremos a esa misteriosa presencia que añoramos y que, a veces, nos sale al encuentro para decirnos que vale la pena? Muchos no se lo quieren preguntar y optan por reírse de los demás y los llaman visionarios.

Los creyentes críticos y responsables saben que no son visionarios, saben que es Dios quien habla por dentro y cree en la posibilidad del encuentro del hombre con Dios y de Dios con el hombre. La pregunta crítica y responsable que nos hacemos es la siguiente: ¿Ha hablado Dios al hombre?, ¿le ha dicho algo alguna vez? Las religiones de la humanidad, y el cristianismo en concreto, nos dicen que sí, que Dios ha hablado y de muchas maneras, en diversas épocas. La última vez que habló, y de forma definitiva fue en la noche de Navidad. Esto es lo que llamamos la encarnación de Dios. Una bonita y curiosa palabra, la “Encarnación”.

 

17 de junio

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La fe como despedida y apertura

Martes, 17 jun (RV).- Ya hemos visto cómo el hombre comenzó a caminar desde una dimensión que no conocemos demasiado bien, pero caminó, y siempre hacia metas nuevas, tampoco demasiado conocidas y, por supuesto, nunca en línea recta. La línea del tiempo avanza con progresos y retrocesos, porque en esto no es verdad que la línea recta sea la más corta entre dos puntos. El hombre camina hacia una meta no conocida, pero su caminar siempre va hacia adelante. Ésta era la primera constatación que hacíamos en el los espacios anteriores. Desde siempre, el hombre, al ver el toldo que le limita por encima, se ha preguntado: ¿Qué habrá por allá arriba? El mundo natural y terreno tiene un límite, y ese límite le provoca querer traspasarlo. De ahí la pregunta: ¿No podría yo agujerear el toldo del cielo para ver qué hay detrás?

Cuando el hombre es consciente de que está en la tierra y que por encima de la tierra viven seres sobrenaturales que rigen su destino, a los que llama dioses, quiere entrar en contacto con ellos. No solamente piensa que deben existir, sino que quiere saber cómo son, conocer su naturaleza y entrar en contacto con ellos. También hemos visto cómo todo el esfuerzo del hombre: procrear, cultivar, las guerras que hizo y las muertes que provocó,todo eso, no han sido más que esfuerzos de inmortalidad, es decir, esfuerzos por superar la barrera que le tiene atado a su territorio. Éste es el sentimiento y el deseo de inmortalidad. Nos define el deseo de futuro

Y del análisis de esa pregunta sacábamos la siguiente conclusión: el hombre camina siempre, y no sólo en horizontal, sino en vertical, levantando el vuelo hacia arriba. De hecho, al hacerlo, se está logrando y, desde lo pequeño que era en el Paleolítico, se ha hecho grande en el Neolítico, y a pesar de lo tortuoso del camino, se hizo casi adulto en el siglo griego de Pericles, o en la época romana. En el año 2.000 es mayor que en ninguna otra época, porque todo ha sido un ir creciendo gracias precisamente al empeño constante por asomarse más allá de lo que ve en el horizonte. Y resulta que ese crecimiento hacia arriba, en realidad se ha convertido en un crecimiento interior, ha crecido también por dentro.

Es fundamental entender todo esto que ya hemos dicho si queremos hablar de la Encarnación de Dios. El hombre se empeña en subir, y mientras está subiendo, de golpe se le presenta Dios con una luz que le ilumina del todo. Esto es la encarnación de Dios. Pero no vayamos tan deprisa. Volvamos sobre nuestra propia experiencia y no nos avergoncemos de nuestros abuelos.

Si yo estoy aquí hoy es porque no estaba conforme con lo que era el año pasado. Pero si esto lo prolongamos a lo largo de toda la historia humana nos encontramos con lo que decía Darwin, con el tema de la evolución. Lo que hace que no seamos hoy monos es que nos hemos ido del mono, y lo que hace que no estemos en el Neolítico es que hemos abandonado a nuestros abuelos neolíticos. Y justamente lo que me pasa a mí hoy le pasaba a mi abuelo del Neolítico, y así, la filogénesis es ontogénesis, cada uno reproduce lo que ha sucedido en toda la historia pasada.

El hombre va hacia adelante porque se va de sí mismo, y si hoy estamos en el siglo XXI, es porque hemos abandonado el XX. Sin embargo, hay gente que se ha quedado en el siglo XIII, y son mayoría, y predican que lo que hay que hacer es volver atrás, ser fieles al pasado. Están traicionando el caminar de la humanidad y cerrando las puertas a la revelación de Dios. Si hay algo irrevocable y absoluto en lo humano, algo que caracterice al hombre, es el descontento del pasado, aunque hemos de ser agradecidos a lo heredado, pero esto no puede hipotecar nuestro crecimiento y menos nuestra opción de fe cristiana.

En la raíz de todo está el impulso que Dios ha puesto en nuestro corazón humano, que no es otra cosa que lo que decía nuestra madrecita Eva: querer ser como Dios, pero por el camino que estamos obligados a recorrer, el de ser hombres de verdad. Esto es lo que nos va a enseñar Jesucristo, que nació, creció en edad y sabiduría, que se fió de Dios, su Padre y nos enseñó a llamarle así, Padre. Se fió tanto que estaba identificado con él, era una sola cosa con él, y rezaba para que todos, toda la humanidad fuésemos uno en él.

 

10 de junio

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De la experiencia humana a la revelación de Dios

Martes, 10 jun (RV).- Está claro que el hombre, cuando renuncia al reclamo de su conciencia para ser el que debe ser y se sienta en el borde del camino, cansado de buscar y crecer, está claro que ese hombre deja de serlo, ha renunciado al ideal de sí. Renunciar a tener ilusiones es cosa de necios; pretender saciar la sed en un supermercado es de pobres; dar la espalda a la luz porque te ciega, es renunciar al verdadero gozo. Porque la ilusión, la sed y la luz las necesitamos para ser hombres de verdad. Es cierto que en los pozos de esta vida no hay agua suficiente para satisfacer totalmente esa sed; ni en las despensas de la vida hay pan que pueda hartar el hambre definitivamente, ni el brillo de las cosas es la luz que las ilumina. Cuando el hombre ha llegado a esta conclusión y crece en ilusiones, no se conforma con supermercados, y busca la luz que todo lo esclarece, ese hombre ha topado con Dios, es Dios quien ha irrumpido en su vida.Dar este salto lo llamamos revelación.

Y ahora viene el tema de esta nueva serie de programas de Radio Vaticano sobre la verdadera revelación de Dios en Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre. El salto de la religión humana a la religión revelada. De las tres religiones reveladas, la cristiana dice que es Dios quien se revela al hombre y no el hombre quien descubre a Dios. Parece que hay una contradicción entre el hombre que busca, el hombre serio y responsable y el hombre buscado por Dios, el que se deja invadir por Dios. No hay contradicción: el hombre busca y camina hacia Dios, porque lo suyo es caminar y buscar, pero la presencia de Dios en la vida del hombre es un don, si él no se da el hombre no lo alcanza; Dios nunca es el fruto del esfuerzo humano;

No tengan miedo, no se trata de torturar a nadie hablando de la pequeñez del hombre, porque su grandeza tampoco está en su esfuerzo. Digo que si no es Dios quien se revela, el hombre no lo puede encontrar, porque Dios es demasiado para la pequeñez del hombre. Ahora bien, al hombre que no ceja en su caminar y en su búsqueda Dios le sale al encuentro. Esto también es verdad, Dios se revela sólo al que camina, y así ha sido cuando, llegada la plenitud de los tiempos, Dios nació en una hendidura de la tierra, en un portal abandonado, se hizo accesible al más pequeño de los humanos.

Este es le gran misterio de la revelación cristiana, a diferencia de las religiones naturales. Dios se muestra en la ternura de un niño, no nacido de la carne ni de deseo humano, como dice San Juan, sino fruto de la pura misericordia de Dios. San Pablo escribe a su discípulo Tito con estas palabras: “Cuando se manifestó la bondad -la benevolencia, la ternura- de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres él nos salvó, … y nos constituyó en herederos, en esperanza, de vida eterna”. Para contrastar con lo que decíamos de las religiones humanas, San Pablo concluye diciéndole: “Es cierta esta afirmación, y quiero que en esto te mantengas firme… Evita discusiones necias, genealogías, contiendas y disputas sobre la Ley, porque son inútiles y vanas”. (Tit. 3, 4-9)

Lo inalcanzable para el hombre, Dios mismo, le viene dado con ternura de Padre en un Hijo, ese mismo que después se llamaba a sí mismo el Hijo del hombre. Así surge la revelación cristiana; aunque el caminar haya sido por la religión judaica o musulmana, o por religiones más primitivas, como un largo proceso de la aventura humana inventándose dioses y mitos, todo ha valido para quien buscaba con corazón sincero. La actividad de los dioses en los mitos que nos hemos contado a nosotros mismos, los mitos de la Creación del mundo y del hombre, los mitos del Paraíso Terrenal o del diluvio universal de las religiones babilónicas, todo eran pasos de Dios por la historia.

Y esos incansables pasos, que han durado dos millones de años, han sido almacenados en las bodegas de la humanidad. Toda la aventura humana de esfuerzo, sudor y lágrimas las llevamos dentro de nosotros; somos herederos de nuestros abuelos y por eso no tenemos necesidad de empezar todos los días nuestra propia historia. Ahora, llegada la plenitud de los tiempos, han aflorado en una experiencia irrepetible: un niño se nos ha dado.

Reconocemos la dificultad de dar ese salto, de la simple experiencia humana a la revelación de Dios, por eso el evangelista previene a los pastores de Belén, los primeros en recibir el anuncio: “No tengáis miedo…, esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Ante semejante manifestación sólo cabe una respuesta: adorarlo.

 

3 de junio

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La experiencia del hombre que busca

Martes, 3 jun (RV).- Retomamos algunas ideas heredadas de la serie “Seguimos tus huellas”, poniendo ahora nombre al autor de esas huellas: Cristo, el Hijo de Dios encarnado en el Hijo del hombre. Las huellas son indicadores de alguien que ha hecho el camino antes. Este es Jesucristo.

Sabemos desde entonces que el hombre que se toma en serio a sí mismo camina siempre, y si es constante en la búsqueda llegará un momento en que tope con Dios. Esto era del primer gran tema de la serie anterior, y ahora veremos cómo esa aventura de búsqueda acaba en la revelación. A quien busca a Dios con sincero corazón, Dios le sale al encuentro, Dios se le revela: Jesús es la Encarnación de Dios, a quien nosotros hemos conocido caminar y sudar por nuestra tierra como Hijo del hombre.

El hombre que se conforma con lo que es, en su existencia terrena y limitada, no se da cuenta que su dimensión es la de ser más grande, y no se aventura a serlo por cobardía. Esto es lo que le está pasando en nuestra época. Casi todos estamos padeciendo el mal de conformamos con ser hombres a nuestra medida, pequeña, y negamos la grandeza que reclama nuestro corazón porque es superior a nuestras fuerzas.

El hombre que toma en serio su propia vocación emprende un camino y se va poniendo metas: la meta de la felicidad humana, la meta del poder, la meta de...,ponga cada uno la suya. Pero al caminar de meta en meta no podemos ocultar la ilusión de una meta siempre mayor. Esto es tomar en serio al hombre y su aventura, la meta de ser nosotros mismos, la de ser yo mismo. Ciertamente no se trata de una meta o de un ideal de hombre que esté fuera del hombre. Debemos decirlo una vez más: el ideal del ser del hombre está dentro de nosotros; somos tarea de nosotros mismos y ese ideal que está dentro nos empuja, y tira de nosotros hacia nuestro propio ser. No nacemos para ser algo que está fuera de nosotros, nacemos para sernos, alcanzar ese ser que todavía no soy, y que es más que lo que estamos siendo.

Veamos lo que nos dice nuestra propia experiencia. Emprendemos la aventura de ser hombres y un día topamos con una situación de felicidad, y me digo: ¿me detengo en ella? Descubres una felicidad, pero esa misma felicidad te dispara y dices, ¿y por qué no puedo aspirar a más? ¡Porque yo quiero más! Y sigues la aventura. Topas con otra satisfacción en la vida y, si te quedas en ella, renuncias a tu aventura. Esto es lo que llamamos tentación -en latín tentare- y significa, como en castellano, tentar, tocar, por ejemplo, una plancha para ver si quema o no quema. El hombre que toma en serio su aventura sabe que todas las metas que alcanza son provisionales y en todo caso penúltimas, nunca últimas. ¿Y la última, dónde está? Todo se abre cada vez más hacia el infinito, es decir, las felicidades nos llevan hacia esa Felicidad que las contenga a todas; buscamos la Felicidad que da felicidad a las felicidades y que sea capaz de contentar al hombre. Sólo entonces habremos descubierto el infinito.

Así es la experiencia del hombre que camina. Tuve una meta a los dieciocho años, pero no fue final, porque después, a los veinte, tuve otra y a los cuarenta otra y así me sigo preguntando por lo que me pasa. ¿Y cuando llegaré al final...? Hasta que, de golpe, caigo en la cuenta de que no, no hay final, no puede haberlo, porque el final de verdad ha de ser un final sin fin. Exactamente, has topado con Dios, a esto llamamos Dios. Dios es el infinito. Por tanto, cuando el hombre descubre que el caminar por la vida le lleva a lograr metas que al final no son metas sino puntos de partida para otras y así indefinidamente, el hombre ha topado con el infinito y el infinito es Dios. Pero sobre todo hemos descubierto en qué consiste ser hombre: caminar, buscar

De esto vamos a hablar en esta nueva serie “Se llama el Hijo del hombre”. Vamos a hablar del hombre, pero de ese hombre que realizó perfectamente su misión, el Hijo de Dios, el enviado de Dios para decir a los hombres cómo deben caminar si quieren llegar a ser hombres de verdad, es decir, divinos, los que sólo se conforman con una grandeza que les corresponde, la que nos ofrece Dios. Pero ya hemos dicho que hay que tener cuidado porque cuando se habla mucho de Dios directamente, como si le conociéramos, estamos hablando de lo que no sabemos. Sólo hay uno que conoce a Dios porque viene de Él, su Hijo, el Hijo del hombre. De éste queremos hablar y a éste queremos conocer.

 

27 de mayo

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El Dios encarnado es el Hijo del hombre

Martes, 27 may (RV).- Cristo es Dios encarnado, sin embargo se llama a sí mismo Hijo del hombre. Decíamos que esta nueva serie de programas de Radio Vaticano vamos a dar un salto cualitativo, el salto de la fe.De la búsqueda humana en la historia de las religiones a la búsqueda desde la revelación. Cristo es la revelación de Dios al hombre, y nosotros seguimos caminando desde el hombre, pero ahora acompañados por un Dios que se nos ha revelado en el hombre Jesús de Nazaret. Jesús se llama a sí mismo Hijo del hombre.

Dios que había hablado a nuestros antepasados muchas veces y de muchas maneras, según épocas y culturas distintas, “en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la derecha de la Majestad en las alturas”, dice San Pablo al comenzar la carta a los Hebreos.

Un Hijo, esa es la Palabra definitiva de Dios al hombre, no una idea, ni una teoría o una nueva religión. Las religiones están ahí como muestra del esfuerzo humano por llegar a Dios, sin conseguirlo, porque Dios es siempre superior a nuestra capacidad de comprensión. A Dios nadie le ha visto nunca, dice San Juan, en cambio a su Hijo sí, su forma de nacer y morir, sus palabras y sus gestos, su doctrina y a sus amigos. A este Hijo de Dios es a quien hemos conocido y a quien él mismo se denominaba como Hijo del hombre.

Las religiones están ahí testimoniando un deseo y un esfuerzo humano por llegar a Dios. Jesús, el Hijo, está aquí, entre nosotros para que los hombres conozcamos el plan de Dios sobre su creación y sus criaturas: llegar a ser hijos en el Hijo. Hijos de los hombres e Hijos de Dios, este es el salto de la fe y el salto en una forma de relacionarnos con Dios, como hijos.

Sigue diciendo San Pablo que este es el misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos (Col 1, 26).Y en la carta a Tito esa manifestación viene descrita como la aparición de labondad, la benevolencia, la ternura de Dios. Así lo que querido Dios, manifestarse en su Hijo Jesús como ternura hacia los hombres. Nada más lejos que el Dios lejano y justiciero, el omnipotente y omnisciente. Jesús de Nazaret crecía junto a sus padres en edad y en sabiduría; aprendió de ellos lo que un hijo ve en sus padres. Si supo decir he aquí que vengo Padre para hacer tu voluntad lo aprendió de su madre, María: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”. Si predicó bienaventurados los pobres, los mansos, los limpios, lo aprendió de su madre, María, quien cantaba: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, … Dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada” (Lc. 1).

Jesús es el Hijo del hombre y se asignaba a sí mismo este título no sólo en los días de su actividad cotidiana, sino en los momentos más trágicos y definitivos de su existencia, cuando está a punto de ser traicionado por Judas, el día antes de su pasión y muerte: “Ahora se manifiesta la gloria del Hijo del hombre y la gloria de Dios se manifiesta en él” (Jn. 13).

Este es el objetivo de esta nueva serie de espacios catequéticos de Radio Vaticano, ayudar a dar el salto de nuestra religiosidad humana y pagana, a la religión de los hijos en el Hijo del hombre. Los esfuerzos de búsqueda, realizados durante siglos, se han convertido en tarea de aceptación. Es Dios quien nos da la fe; al llegar la plenitud de los tiempos la fe no es fruto del trabajo intelectual o de experiencias humanas, sino de aceptación, humilde y gozosa, de la vida que nos trae el Hijo del hombre: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn. 17, 3-5). El salto de una religiosidad pagana a la religión cristiana es el salto de la fe en un hombre que es Cristo, la encarnación de Dios, en el Hijo del hombre.

 

20 de mayo

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Renovar la Fórmula del Credo

Martes, 20 may (RV).- Cristo es Dios encarnado, sin embargo se llama a sí mismo Hijo del hombre. Durante esta nueva serie de programas de Radio Vaticano vamos a dar un salto cualitativo respecto a la serie anterior. El salto consiste en pasar de la búsqueda desde el hombre hacia Dios a buscarle desde lo que Dios mismo nos ha revelado su Hijo. El salto no es otro que el de la fe. Salto desde la búsqueda con nuestras propias fuerzas a la búsqueda desde la revelación. Cristo es la revelación de Dios al hombre, pero desde el hombre. Jesús se llama a sí mismo Hijo del hombre.

Hemos venido hablando en la serie de programas “Seguimos tus huellas”, sobre la religión como búsqueda de Dios por parte del hombre de todo tiempo y lugar. Era una búsqueda humana; en esta nueva serie “Se llama Hijo el hombre”, será Dios hecho hombre quien venga al encuentro del hombre que ha buscado. Y acabábamos la serie anterior concluyendo que la religión verdadera no se va a definir por criterios intelectuales o culturales, sino que la religión verdadera es la vibración total de Dios en mí. Ahora bien esa vibración se articula en la cultura que la acoge y la vive primero como adhesión al Dios que se revela, como fe, pero, en segundo lugar, esa fe se ha de articular en formulaciones humanas, en lo que llamamos artículos de de fe.

La fe no es creer las verdades que me trasmita otra persona, sino creerla a ella. Y cuando la fe es una relación ya no es un creer en algo, sino en Alguien, es un creer en Ti, no en las cosas que me digan de Ti, sino en Ti. Esto es lo que nos trasmitieron los Apóstoles, que eran unos pobres pescadores, pero supieron resumirlo en el símbolo apostólico: “Creo en Dios, Padre todopoderoso - Dios es persona - y en Jesucristo su Hijo y en el Espíritu Santo”.Hemos de recordar que el Credo Apostólico se escribió en griego, y ese “creo en” está dicho con la partícula “eis”, que significa “hacia”, expresa mi adhesión a, es dinámico, de movimiento. Creer, es moverse hacia... Esta es la relación: creer es ir hacia el amado de forma definitiva. Esta es la relación que establece la fe.

Además hay que recordar que este Credo apostólico no cometió el error de la traducción española, que hasta puede ser herética. El Credo de los Apóstoles solamente relaciona este "eis" con Dios. Aunque suene mal, vamos a sustituir el "en" por el “hacia”, para entendernos. Tendríamos que decir "Creo hacia Dios Padre Todopoderoso, creo hacia su Hijo y creo hacia el Espíritu Santo". Y al acabar el Credo suprime el "eis" y dice así: "y creo la Santa Madre Iglesia": "la", no "en", ni “hacia”. Porque como la Iglesia está dentro de Dios, al creer en Dios y caminar hacia él, acepto lo que está en él, que es la Santa Madre Iglesia, la Comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos, la vida eterna. Estas son cosas que están pegadas a Dios, no caminamos hacia ellas, sino por ellas hacia Dios. La fe es creer en una persona, lo que no es personal no es objeto directo de fe, en todo caso es objeto indirecto. No caminamos hacia la Iglesia, hacia la resurrección, el perdón... Ya somos Iglesia, estamos resucitados y perdonados.

Esto es lo que decimos al creer en la palabra o en los dogmas, en las “fórmulas”. Lo que ha sucedido en Cristo ya sucede en los que confiesan su nombre. Cuando el hombre recibe el torrente de Dios y se deja inundar por él, sucede el Hombre-Dios, que es Jesucristo. Es el primero de los hermanos el que nos dice a qué alturas somos llamados. Yo soy llamado a la misma altura que él.

Bien, pues esta fórmula del Credo no es una filosofía, es una persona viva. Dios y el hombre son, en Cristo, la misma cosa: no es por una parte hombre y por otra Dios, no, esto es herético. Confesamos que Cristo es hombre y Dios, pero para expresarlo mejor habría que decir Cristo es hombre porque es Dios, porque nadie puede ser hombre sin ser Dios. Nosotros solamente somos medio hombres y sólo medio Dios, pero el día que seamos “Hombre” de verdad entonces Dios será todo en todos. "Cuando Dios sea todo en todos" (1ª Cor. 15, 28), estaremos en Él.

Pero partimos del nombre que se daba Jesús a sí mismo: Jesús se llamaba a sí mismo Hijo del hombre, este es el tema de esta nueva serie de programas sobre la fe cristiana.

 







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