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Eucaristía para que tengan Vida 53.-Eucaristía misión y testimonio Miércoles, 7 may (RV).- Dice el papa que estos valores no son negociables, no derivan e acuerdos humanos ni de proyectos hechos a la medida de nuestros intereses, son divinos y en cuanto tal defensores de la humanidad. Si hasta aquí la Exhortación ha venido hablando de la Eucaristía como misterio que se ha de vivir, ahora el análisis se centra en el misterio que se ha de anunciar. Nada hay más bello que conocer y comunicar a los otros la amistad con Cristo. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él, esta es la grandísima y bella misión que brota de la vida eucarística. Leemos en el nº 84 Eucaristía y misión 84. En la homilíadurante la Celebración eucarística con la que he iniciado solemnemente mi ministerio en la Cátedra de Pedro, decía: « Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él ». Esta afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio eucarístico. En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: «Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera». También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros» (1 Jn 1,3). Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos. Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el centro de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32). En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana. Eucaristía es redención por el amor, por la entrega y el servicio de Jesús al hombre, a los hombres, a toda la humanidad. Ahí radica la bellaza del anuncio cristiano. La salvación por el servicio que nos lleva a entregarnos a los demás y así, la salvación del mundo será verdadera y creíble. Esta grandeza del encargo que hace Jesús a sus discípulos: haced esto en comnmemoración mía, se convierte en trabajo misionero, de anuncio gozoso. «Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera, y la misión es parte constitutiva de la vida cristiana. Eucaristía es redención por el amor, por la entrega y el servicio de Jesús al hombre, a los hombres, a toda la humanidad. Y decíamos que es justamente de esto de lo que tiene necesidad el mundo. Todos los proyectos humanos de salvación del hombre pasan por el servicio que está condensando en el misterio eucarístico. Y esto es lo que estamos llamados a anunciar los cristianos. Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera, y la misión es parte constitutiva de la vida cristiana, decía el nº 84. La salvación por el servicio que nos lleva a entregarnos a los demás y así, la salvación del mundo será verdadera y creíble. Pero la mejor forma del anuncio no es el de las formas de marketing que utilizamos en la vida comercial o política, sino la del testimonio. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece el Otro, Jesús mismo actuando y sanando y así se comunica. Esta grandeza del encargo que hace Jesús a sus discípulos: haced esto en comnmemoración mía, se convierte en trabajo misionero, de anuncio gozoso. En el nº 85 leemos este sentido de la Eucaristía y el testimonio: 85. La misión primera y fundamental que recibimos de los santos Misterios que celebramos es la de dar testimonio con nuestra vida. El asombro por el don que Dios nos ha hecho en Cristo infunde en nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometiéndonos a ser testigos de su amor. Nos convertimos en testigos cuando, por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se comunica. Se puede decir que el testimonio es el medio como la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical. En el testimonio Dios, por así decir, se expone al riesgo de la libertad del hombre. Jesús mismo es el testigo fiel y veraz (cf. Ap 1,5; 3,14); vino para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,37).
52.- Coherencia eucarística y transformación moral Miércoles, 30 abr (RV).- La Eucaristía como misterio que se ha de vivir, tiene una dimensión que va más allá de lo que podemos llamar prácticas devocionales. Lo eucarístico de la vida del cristiano alcanza también su comportamiento en los asuntos que podríamos llamar terrenos: en el “culto'” mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amado y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma, nos va a decir el n.º 82. Eucaristía y transformación moral 82. Descubrir la belleza de la forma eucarística de la vida cristiana nos lleva a reflexionar también sobre la fuerza moral que dicha forma produce para defender la auténtica libertad de los hijos de Dios. Con esto deseo recordar una temática surgida en el Sínodo sobre la relación entre forma eucarística de la vida y transformación moral. El Papa Juan Pablo II afirmaba que la vida moral «posee el valor de un ‘‘culto espiritual'' (Rm 12,1; cf. Flp 3,3) que nace y se alimenta de aquella inagotable fuente de santidad y glorificación de Dios que son los sacramentos, especialmente la Eucaristía; en efecto, participando en el sacrificio de la Cruz, el cristiano comulga con el amor de donación de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de vida». En definitiva, «en el ‘‘culto'' mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amado y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma». Esta referencia al valor moral del culto espiritual no se ha de interpretar en clave moralista. Es ante todo el gozoso descubrimiento del dinamismo del amor en el corazón que acoge el don del Señor, se abandona a Él y encuentra la verdadera libertad. La transformación moral que comporta el nuevo culto instituido por Cristo, es una tensión y un deseo cordial de corresponder al amor del Señor con todo el propio ser, a pesar de la conciencia de la propia fragilidad. Todo esto está bien reflejado en el relato evangélico de Zaqueo (cf. Lc 19,1-10). Después de haber hospedado a Jesús en su casa, el publicano se ve completamente transformado: decide dar la mitad de sus bienes a los pobres y devuelve cuatro veces más a quienes había robado. El impulso moral, que nace de acoger a Jesús en nuestra vida, brota de la gratitud por haber experimentado la inmerecida cercanía del Señor. En el párrafo 83 el papa se va a referir a la coherencia entre los valores que emanan de la eucaristía y aquellos que son pertinentes y propios de la naturaleza humana y esto referido a los cristianos que tienen alguna responsabilidad civil, social y política. Esos valores queestán llamados a defender y promover son los valores fundamentales del respeto y defensa de la vida humana, desde su concepción hasta la muerte. La vida es el valor supremo que nos ha dado Dios. La coherencia del cristiano consiste en esta fidelidad a la vida; no se pueden tomar decisiones que vayan contra el amor que funda la familia, el matrimonio, los hijos, su educación en libertad y la promoción del bien común. Así leemos en el nº 83 Coherencia eucarística 83. Es importante notar lo que los Padres sinodales han denominado coherencia eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida. En efecto, el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana. Esto tiene además una relación objetiva con la Eucaristía (cf. 1 Co 11,27-29). Los Obispos han de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad para con la grey que se les ha confiado.
50.- Eucaristía y evangelización de las culturas Jueves, 17 abr (RV).- Hace unas semanas comentábamos el epígrafe que lleva como título “logiké latreia”, palabras tomadas de la Carta de San Pablo a los romanos, y que pueden ser traducidas por “Culto razonable”: «Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Pues bien, culto razonable quiere decir que nuestra religión ha abandonado el sentido mítico de los cultos esotéricos o primitivos. El culto cristiano se basa en la ofrenda de nuestros cuerpos y nuestra vida como la ofreció Cristo: “No quieres sacrificios y holocaustos por eso dije: -He aquí que vengo ha hacer tu voluntad”. Y lo razonable de este culto es que responde a las formas de comprensión de todas las culturas. Se trata de lo humano, de lo más pertinente al ser humano de cualquier época, cultura y tradición. Las culturas con el continente y la ofrenda del ser humano a cumplir la voluntad de Dios es el contenido. Lo humano, la libertad humana, su destino eterno y trascendente es lo que hace fermentar y evangelizar nuestras formas sociales y culturales. Nos dice así el nº 78: 78. De todo lo expuesto se desprende que el Misterio eucarístico nos hace entrar en diálogo con las diferentes culturas, aunque en cierto sentido también las desafía. Se ha de reconocer el carácter intercultural de este nuevo culto, de esta logiké latreía. La presencia de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo son acontecimientos que pueden confrontarse siempre con cada realidad cultural, para fermentarla evangélicamente. Por consiguiente, esto comporta el compromiso de promover con convicción la evangelización de las culturas, con la conciencia de que el mismo Cristo es la verdad de todo hombre y de toda la historia humana. La Eucaristía se convierte en criterio de valorización de todo lo que el cristiano encuentra en las diferentes expresiones culturales. En este importante proceso podemos escuchar las muy significativas palabras de san Pablo que, en su primera Carta a los Tesalonicenses, exhorta: «examinadlo todo, quedándoos con lo bueno» (5,21). Y este sentido universal de la Eucaristía, como don y entrega de la vida a los demás, no es exclusivo de los sacerdotes o las personas consagradas, es propio de cualquiera que se confiese cristiano, porque ser cristiano es pertenecer a una nación consagrada, a un pueblo adquirido por Dios para ayudar al mundo a salir de la tiniebla y participar de la luz maravillosa del amor de Dios a todos los hombres. Dice el nº 79: Eucaristía y fieles laicos 79. En Cristo, Cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo, todos los cristianos forman «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa» (1 P 2,9). La Eucaristía, como misterio que se ha de vivir, se ofrece a cada persona en la condición en que se encuentra, haciendo que viva diariamente la novedad cristiana en su situación existencial. Puesto que el Sacrificio eucarístico alimenta y acrecienta en nosotros lo que ya se nos ha dado en el Bautismo, por el cual todos estamos llamados a la santidad, esto debería aflorar y manifestarse también en las situaciones o estados de vida en que se encuentra cada cristiano. Este, viviendo la propia vida como vocación, se convierte día tras día en culto agradable a Dios. Y sigue diciendo este nº 79 que si el mundo es el campo de acción de Dios, los cristianos, cualquier cristiano en virtud del Bautismo y la Confirmación, son semillas que Dios deposita en esta tierra para manifestar una forma nueva y radical de estar en el mundo. Ya desde la reunión litúrgica, el Sacramento de la Eucaristía nos compromete en la realidad cotidiana para que todo se haga para gloria de Dios. Puesto que el mundo es «el campo » (Mt 13,38) en el que Dios pone a sus hijos como buena semilla, los laicos cristianos, en virtud del Bautismo y de la Confirmación, y fortalecidos por la Eucaristía, están llamados a vivir la novedad radical traída por Cristo precisamente en las condiciones comunes de la vida. Han de cultivar el deseo de que la Eucaristía influya cada vez más profundamente en su vida cotidiana, convirtiéndolos en testigos visibles en su propio ambiente de trabajo y en toda la sociedad. Los testigos visibles de esa vida nueva y atractiva traída por Cristo somos nosotros, cada uno de nosotros, como individuos, pero bien conscientes de no ser individualistas y cerrados en nuestra piedad. Por eso insiste el Papa en que donde aprendemos a ser cristianos no es en nuestra búsqueda intimista, sino en la familia, allí donde los hijos nacen y crecen y se hacen maduros para transformar después la existencia propia y la de los demás. En esto consiste la santidad. Así concluye el nº 79, en el que nos habla la Exhortación sobre Eucaristía y fieles laicos: Animo en especial a las familias para que este Sacramento sea fuente de fuerza e inspiración. El amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la tarea educativa son ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede mostrar su capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido. Los Pastores siempre han de apoyar, educar y animar a los fieles laicos a vivir plenamente su propia vocación a la santidad en el mundo, al que Dios ha amado tanto que le ha entregado a su Hijo para que se salve por Él (cf. Jn 3,16).
49.- Una forma eucarística de la vida cristiana, la pertenencia eclesial Jueves, 10 abr (RV).- El Domingo como dies Ecclesiae, como día en que la comunidad cristiana se congrega, es la fiesta de la pertenencia a los redimidos. Los cristianos celebramos el domingo esa misteriosa conexión de la vida divina en nuestra vida cotidiana. No somos pecadores que un día serán salvados por la sangre de Cristo, sino pecadores que ya disfrutan del perdón y la salvación y lo hacen visible en las obras y trabajos de este mundo. Nuestra vida de cristianos es la vida de Dios en el mundo, que permea capilarmente toda la existencia humana: el Bautismo nos hizo hijos y la Eucaristía alimenta esa vida de hijos en comunión con todos y con todo. Esto leemos en el nº 76: 76. La importancia del domingo como dies Ecclesiae nos remite a la relación intrínseca entre la victoria de Jesús sobre el mal y sobre la muerte y nuestra pertenencia a su Cuerpo eclesial. En efecto, en el Día del Señor todo cristiano descubre también la dimensión comunitaria de su propia existencia redimida. Participar en la acción litúrgica, comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo quiere decir, al mismo tiempo, hacer cada vez más íntima y profunda la propia pertenencia a Él, que murió por nosotros (cf. 1 Co 6,19 s.; 7,23). Verdaderamente, quién se alimenta de Cristo vive por Él. El sentido profundo de la communio sanctorum se entiende en relación con el Misterio eucarístico. La comunión tiene siempre y de modo inseparable una connotación vertical y una horizontal: comunión con Dios y comunión con los hermanos y hermanas. Las dos dimensiones se encuentran misteriosamente en el don eucarístico. « Donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el manantial de la comunión con nosotros. Y donde no se vive la comunión entre nosotros, tampoco es viva y verdadera la comunión con el Dios Trinitario ».[215] Así pues, llamados a ser miembros de Cristo y, por tanto, miembros los unos de los otros (cf. 1 Co 12,27), formamos una realidad fundada ontológicamente en el Bautismo y alimentada por la Eucaristía, una realidad que requiere una respuesta sensible en la vida de nuestras comunidades. Este mismo número 76 nos sigue diciendo que esa vida espiritual no se sostiene sobre nubes de devoción, sino sobre estructuras humanas, puesto que humanos y peregrinos somos en esta tierra. Pero estructura no quiere decir ataduras, sumisión a formas de relación férreamente marcadas, sino formas de comunión. En un mundo marcado por el individualismo que ha impuesto la secularización, necesitamos el sentido de pertenencia guiados por el carisma que suscita el Espíritu en las distintas formas de asociación cristiana. Sigue diciendo el nº 76 La forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una forma eclesial y comunitaria. El modo concreto en que cada fiel puede experimentar su pertenencia al Cuerpo de Cristo se realiza a través de la diócesis y las parroquias, como estructuras fundamentales de la Iglesia en un territorio particular. Las asociaciones, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades —con la vitalidad de sus carismas concedidos por el Espíritu Santo para nuestro tiempo—, así como también los Institutos de vida consagrada, tienen el deber de dar su contribución específica para favorecer en los fieles la percepción de pertenecer al Señor (cf. Rm 14,8). El fenómeno de la secularización, que comporta aspectos marcadamente individualistas, ocasiona sus efectos deletéreos sobre todo en las personas que se aíslan, y por el escaso sentido de pertenencia. El cristianismo, desde sus comienzos, supone siempre una compañía, una red de relaciones vivificadas continuamente por la escucha de la Palabra, la Celebración eucarística y animadas por el Espíritu Santo. Espiritualidad y cultura eucarística 77. Es significativo que los Padres sinodales hayan afirmado que « los fieles cristianos necesitan comprender más profundamente las relaciones entre la Eucaristía y la vida cotidiana. La espiritualidad eucarística no es solamente participación en la Misa y devoción al Santísimo Sacramento. Abarca la vida entera ». Esta consideración tiene hoy un significado particular para todos nosotros. Se ha de reconocer que uno de los efectos más graves de la secularización, mencionada antes, consiste en haber relegado la fe cristiana al margen de la existencia, como si fuera algo inútil con respecto al desarrollo concreto de la vida de los hombres. El fracaso de este modo de vivir « como si Dios no existiera » está ahora a la vista de todos. Hoy se necesita redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos. Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida «según el Espíritu» (cf. Rm 8,4 s.; Ga 5,16.25). Resulta significativo que san Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos en que invita a vivir el nuevo culto espiritual, mencione al mismo tiempo la necesidad de cambiar el propio modo de vivir y pensar: «Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). De esta manera, el Apóstol de los gentiles subraya la relación entre el verdadero culto espiritual y la necesidad de entender de un modo nuevo la vida y vivirla. La renovación de la mentalidad es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana, «para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina» (Ef 4,14).
48.- Asambleas dominicales en ausencia de sacerdote Jueves, 3 abr (RV).- La importancia celebrar el «día del Señor» con la Eucaristía dominical y en comunidad, dondehacemos memoria de la victoria pascual de Cristo, tenía aquellas cuatro dimensiones que señalaba el Papa Juan Pablo II dies Domini, con referencia a la obra de la creación; dies Christi como día de la nueva creación y del don del Espíritu Santo que hace el Señor Resucitado; dies Ecclesiae como día en que la comunidad cristiana se congrega para la celebración; dies hominis como día de alegría, descanso y caridad fraterna. Toda esta riqueza espiritual se pone en peligro cuando hay comunidades que no disponen de sacerdote para presidir la asamblea dominical. ¿Qué hacer en estas circunstancias? ¿Se puede privar a estas comunidades de esa riqueza si no tienen sacerdote?La Exhortación del Papa Benedicto XVI reconoce que no se puede celebrar la Santa Misa si no hay sacerdote consagrado, aunque sí una Asamblea dominical con la liturgia de la Palabra y distribución de la comunión. Dice así el nº 75 sobre las asambleas dominicales en ausencia de sacerdote: 75. Al profundizar en el sentido de la Celebración dominical para la vida del cristiano, se plantea espontáneamente el problema de las comunidades cristianas en las que falta el sacerdote y donde, por consiguiente, no es posible celebrar la santa Misa en el día del Señor. A este respecto, se ha de reconocer que nos encontramos ante situaciones bastante diferentes entre sí. El Sínodo, ante todo, ha recomendado a los fieles acercarse a una de las iglesias de la diócesis en que esté garantizada la presencia del sacerdote, aun cuando eso requiera un cierto sacrificio. En cambio, allí donde las grandes distancias hacen prácticamente imposible la participación en la Eucaristía dominical, es importante que las comunidades cristianas se reúnan igualmente para alabar al Señor y hacer memoria del día dedicado a Él. Sin embargo, esto debe realizarse en el contexto de una adecuada instrucción acerca de la diferencia entre la santa Misa y las asambleas dominicales en ausencia de sacerdote. La atención pastoral de la Iglesia se expresa en este caso vigilando para que la liturgia de la Palabra, organizada bajo la dirección de un diácono o de un responsable de la comunidad, al que le haya sido confiado debidamente este ministerio por la autoridad competente, se cumpla según un ritual específico elaborado por las Conferencias episcopales y aprobado por ellas para este fin. Recuerdo que corresponde a los Ordinarios conceder la facultad de distribuir la comunión en dichas liturgias, valorando cuidadosamente la conveniencia de la opción. Además, se ha de evitar que dichas asambleas provoquen confusión sobre el papel central del sacerdote y la dimensión sacramental en la vida de la Iglesia. Sigue nº 75 indicando que la generosidad y disponibilidad de los laicos en estas asambleas dominicales no puede llegar a alterar la tradición eclesial, en la que el sacerdote ordenado falta. Prácticamente se puede celebrar la liturgia eucarística pero sin la consagración del pan y del vino. Así lo han venido haciendo aquellas comunidades que recitaban todas las oraciones de la Misa, pero guardaban silencio cuando llegaban al momento de la consagración. La importancia del papel de los laicos, a los que se ha de agradecer su generosidad al servicio de las comunidades cristianas, nunca ha de ocultar el ministerio insustituible de los sacerdotes para la vida de la Iglesia. Así pues, se ha de vigilar atentamente para que las asambleas en ausencia de sacerdote no den lugar a puntos de vista eclesiológicos en contraste con la verdad del Evangelio y la tradición de la Iglesia. Es más, deberían ser ocasiones privilegiadas para pedir a Dios que mande sacerdotes santos según su corazón. A este respecto, es conmovedor lo que escribía el Papa Juan Pablo II en la Carta a los Sacerdotes para el Jueves Santo de 1979, recordando aquellos lugares en los que la gente, privada del sacerdote por parte del régimen dictatorial, se reunía en una iglesia o santuario, ponía sobre el altar la estola que conservaba todavía y recitaba las oraciones de la liturgia eucarística, haciendo silencio « en el momento que corresponde a la transustanciación », dando así testimonio del ardor con que « desean escuchar las palabras, que sólo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente ». Precisamente en esta perspectiva, teniendo en cuenta el bien incomparable que se deriva de la celebración del Sacrificio eucarístico, pido a todos los sacerdotes una activa y concreta disponibilidad para visitar lo más a menudo posible las comunidades confiadas a su atención pastoral, para que no permanezcan demasiado tiempo sin el Sacramento de la caridad. Ese gesto de poner sobre el altar la estola que corresponde al sacerdote consagrado y recitar las oraciones de la liturgia eucarística, haciendo silencio « en el momento que corresponde a la transustanciación », es una forma muy adecuada de estar unidos a toda la Iglesia, respetando la necesidad de la consagración sacerdotal, herencia recibida desde las primeras comunidades apostólicas. Esta carencia de sacerdotes moverá a los fieles a elevar oraciones al Señor para que mande obreros a su mises, dando así testimonio del ardor con que «desean escuchar las palabras, que sólo los labios de un sacerdote pueden pronunciar eficazmente ».
47.- Vivir el precepto dominical Jueves, 27 mar (RV).- Retomamos lo que dijimos el día pasado, y que afecta a los párrafos del 72 al 74, sobre el Precepto de ir a misa los domingos, pero esta palabra precepto u obligación ha de entenderse a la luz e lo que acabamos de leer: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar todos los aspectos de la realidad del individuo. Recordemos a San Ignacio de Antioquía, que ya en el siglo primero definía a los cristianismo "iuxta dominicam viventes", los que viven según el domingo, y es que no santificar este día, dice la misma Exhortación del Papa "es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios". 73. Los Padres sinodales, conscientes de este nuevo principio de vida que la Eucaristía pone en el cristiano, han reafirmado la importancia del precepto dominical para todos los fieles, como fuente de libertad auténtica, para poder vivir cada día según lo que han celebrado en el « día del Señor ». En efecto, la vida de fe peligra cuando ya no se siente el deseo de participar en la Celebración eucarística, en que se hace memoria de la victoria pascual. Participar en la asamblea litúrgica dominical, junto con todos los hermanos y hermanas con los que se forma un solo cuerpo en Jesucristo, es algo que la conciencia cristiana reclama y que al mismo tiempo la forma. Perder el sentido del domingo, como día del Señor para santificar, es síntoma de una pérdida del sentido auténtico de la libertad cristiana, la libertad de los hijos de Dios. A este respecto, son hermosas las observaciones de mi venerado predecesor Juan Pablo II en la Carta apostólica Dies Domini a propósito de las diversas dimensiones del domingo para los cristianos: es dies Domini, con referencia a la obra de la creación; dies Christi como día de la nueva creación y del don del Espíritu Santo que hace el Señor Resucitado; dies Ecclesiae como día en que la comunidad cristiana se congrega para la celebración; dies hominis como día de alegría, descanso y caridad fraterna. Por tanto, este día se manifiesta como fiesta primordial en la que cada fiel, en el ambiente en que vive, puede ser anunciador y custodio del sentido del tiempo. En efecto, de este día brota el sentido cristiano de la existencia y un nuevo modo de vivir el tiempo, las relaciones, el trabajo, la vida y la muerte. Por eso, convienes que en el día del Señor los grupos eclesiales organicen en torno a la Celebración eucarística dominical manifestaciones propias de la comunidad cristiana: encuentros de amistad, iniciativas para formar la fe de niños, jóvenes y adultos, peregrinaciones, obras de caridad y diversos momentos de oración. Ante estos valores tan importantes -aun cuando el sábado por la tarde, desde las primeras Vísperas, ya pertenezca al domingo y esté permitido cumplir el precepto dominical- es preciso recordar que el domingo merece ser santificado en sí mismo, para que no termine siendo un día «vacío de Dios». Si el Domingo es fiesta, es día de descanso. Si el trabajo dignifica al hombre, La fiesta pone en luz que lo dignifica justamente porque el trabajo es algo relativo al hombre, el hombre es para la fiesta, incluso cuando trabaja. Veamos como lo expone el nº 74 Sentido del descanso y del trabajo
46.- Eficacia integradora del culto eucarístico Jueves, 20 mar (RV).- El título que nos ofrece el nº 71, de la Exhortación Sacramentum caritatis sobre la eucarística,que vamos a leer a continuación dice eficacia integradora, es decir la Eucaristía no es un culto o un rito cualquiera, es para ser integrado en la vida, es la celebración de Cristo que se da, se entrega en alimento, para que nuestra vida sea lo más parecida posible a la suya. El jueves Santo Jesús dirá: Tomad y comed, Tomad y bebed mi vida en alimento. 71. El nuevo culto cristiano abarca todos los aspectos de la vida, transfigurándola: «Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10,31). El cristiano está llamado a expresar en cada acto de su vida el verdadero culto a Dios. De aquí toma forma la naturaleza intrínsecamente eucarística de la vida cristiana. La Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible, día a día, la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios (cf. Rm 8,29 s.). Todo lo que hay de auténticamente humano —pensamientos y afectos, palabras y obras— encuentra en el sacramento de la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar todos los aspectos de la realidad del individuo. El culto agradable a Dios se convierte así en un nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios. La gloria de Dios es el hombre viviente (cf. 1 Co 10,31). Y la vida del hombre es la visión de Dios. Precepto de ir a misa los domingos, pero esta palabra precepto u obligación ha de entenderse a la luz de lo que acabamos de leer: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar todos los aspectos de la realidad del individuo. En el cristianismo no se puede separar culto y vida. Aparece aquí en la Exhortación todo el valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo con la Eucaristía. Ya los cristianos vienen definidos como aquellos que viven según el domingo. Leemos así en el nº 72 « Iuxta dominicam viventes » – Vivir según el domingo 72. Esta novedad radical que la Eucaristía introduce en la vida del hombre ha estado presente en la conciencia cristiana desde el principio. Los fieles percibieron en seguida el influjo profundo que la Celebración eucarística ejercía sobre su estilo de vida. San Ignacio de Antioquía expresaba esta verdad definiendo a los cristianos como «los que han llegado a la nueva esperanza », y los presentaba como los que viven «según el domingo » (iuxta dominicam viventes). Esta fórmula del gran mártir antioqueno pone claramente de relieve la relación entre la realidad eucarística y la vida cristiana en su cotidianidad. La costumbre característica de los cristianos de reunirse el primer día después del sábado para celebrar la resurrección de Cristo -según el relato de san Justino mártir- es el hecho que define también la forma de la existencia renovada por el encuentro con Cristo. La fórmula de san Ignacio -«vivir según el domingo»- subraya también el valor paradigmático que este día santo posee con respecto a cualquier otro día de la semana. En efecto, su diferencia no está simplemente en dejar las actividades habituales, como una especie de paréntesis dentro del ritmo normal de los días. Los cristianos siempre han vivido este día como el primero de la semana, porque en él se hace memoria de la radical novedad traída por Cristo. Así pues, el domingo es el día en que el cristiano encuentra aquella forma eucarística de su existencia que está llamado a vivir constantemente. «Vivir según el domingo» quiere decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente.
45.-Forma eucarística de la vida cristiana Jueves, 13 mar (RV).- Comenzamos hoy la lectura y comentario a la tercera parte de la Exhortación apostólica del Papa Benedicto XVI sobre la Eucaristía. Todos ustedes saben que este documento fue elaborado por el Sínodo de los Obispos convocado por el siervo de Dios Juan Pablo II y que concluyó el año sobre la Eucaristía que él mismo había preconizado. Si la primera parte la Exhortación se centraba en el misterio que se ha de creer y la segunda el misterio que se ha de celebrar, en esta tercera el enfoque es considerar la eucaristía como el misterio que se ha de vivir. Y comienza con una referencia central al texto con el que San Pablo se dirige a los primeros cristianos de Roma, donde hace alusión a la relación entre eucaristía y vida del cristiano. No se puede separar eucaristía y vida, no puede uno salir e la misa dominical y comenzar la semana olvidando el compromiso adquirido en esa celebración. Este es el texto de San Pablo, del cual toma nombre el número 70 que vamos a leer, El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12,1): «Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable». 70. El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que « quien coma de este pan vivirá para siempre » (Jn 6,51). Pero esta « vida eterna » se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: « El que me come vivirá por mí » (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio « creído » y « celebrado » contiene en sí un dinamismo que lo convierte en principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. Análogamente a lo que san Agustín dice en las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor imagina que se le dice: « Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí ».En efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; « nos atrae hacia sí ». La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latreía. A este respecto, las palabras de san Pablo a los Romanos son la formulación más sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios: «Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable» (Rm 12,1). En esta exhortación se ve la imagen del nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos subraya la concreción humana de un culto que no es para nada desencarnado. A este propósito, el santo de Hipona nos sigue recordando que « éste es el sacrificio de los cristianos: es decir, el llegar a ser muchos en un solo cuerpo en Cristo. La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar, que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que en lo que se ofrece ella misma es ofrecida ». En efecto, la doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio —« hacer sagrado »— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12). La vida del cristiano, se alimenta, crece y llega a su plenitud en la eucaristía, porque Jesús nos dejó dicho: “quien coma de este pan vivirá para siempre”, vida eterna que no es otra que la del amor y que se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: “El que me come vivirá por mí “
44.- Práctica de la adoración eucarística Jueves, 6 mar (RV).- El Papa nos va a proponer, en los números que vamos a comentar ahora de la Exhortación Sacramentum caritatis, la práctica de la adoración eucarística. Leamos el número 67. 67. Por tanto, juntamente con la asamblea sinodal, recomiendo ardientemente a los Pastores de la Iglesia y al Pueblo de Dios la práctica de la adoración eucarística, tanto personal como comunitaria. A este respecto, será de gran ayuda una catequesis adecuada en la que se explique a los fieles la importancia de este acto de culto que permite vivir más profundamente y con mayor fruto la celebración litúrgica. Además, cuando sea posible, sobre todo en los lugares más poblados, será conveniente indicar las iglesias u oratorios que se pueden dedicar a la adoración perpetua. Recomiendo también que en la formación catequética, sobre todo en el ciclo de preparación para la Primera Comunión, se inicie a los niños en el significado y belleza de estar con Jesús, fomentando el asombro por su presencia en la Eucaristía. Además, quisiera expresar admiración y apoyo a los Institutos de vida consagrada cuyos miembros dedican una parte importante de su tiempo a la adoración eucarística. De este modo ofrecen a todos el ejemplo de personas que se dejan plasmar por la presencia real del Señor. Al mismo tiempo, deseo animar a las asociaciones de fieles, así como a las Cofradías, que tienen esta práctica como un compromiso especial, siendo así fermento de contemplación para toda la Iglesia y llamada a la centralidad de Cristo para la vida de los individuos y de las comunidades. Y en el número 68, el Papa se va a referir a la adoración eucarística comunitaria, como las procesiones del Corpus. Formas de devoción eucarística 68. La relación personal que cada fiel establece con Jesús, presente en la Eucaristía, lo pone siempre en contacto con toda la comunión eclesial, haciendo que tome conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo. Por eso, además de invitar a los fieles a encontrar personalmente tiempo para estar en oración ante el Sacramento del altar, pido a las parroquias y a otros grupos eclesiales que promuevan momentos de adoración comunitaria. Obviamente, conservan todo su valor las formas de devoción eucarística ya existentes. Pienso, por ejemplo, en las procesiones eucarísticas, sobre todo la procesión tradicional en la solemnidad del Corpus Christi, en la práctica piadosa de las Cuarenta Horas, en los Congresos eucarísticos locales, nacionales e internacionales, y en otras iniciativas análogas. Estas formas de devoción, debidamente actualizadas y adaptadas a las diversas circunstancias, merecen ser cultivadas también hoy. Con este número que vamos a leer a continuación, sobre el lugar del sagrario en los templos, se cierra la segunda parte de la Exhortación del Papa. Lugar del sagrario en la iglesia 69. Sobre la importancia de la reserva eucarística y de la adoración y veneración del sacramento del sacrificio de Cristo, el Sínodo de los Obispos ha reflexionado sobre la adecuada colocación del sagrario en nuestras iglesias. En efecto, esto ayuda a reconocer la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en que se conservan las especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que entre en la iglesia, también gracias a la lamparilla encendida. Para ello, se ha de tener en cuenta la estructura arquitectónica del edificio sacro: en las iglesias donde no hay capilla del Santísimo Sacramento, y el sagrario está en el altar mayor, conviene seguir usando dicha estructura para la conservación y adoración de la Eucaristía, evitando poner delante la sede del celebrante. En las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo esté cerca del presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner el sagrario en el presbiterio, suficientemente alto, en el centro del ábside, o bien en otro punto donde resulte bien visible. Todos estos detalles ayudan a dar dignidad al sagrario, cuyo aspecto artístico también debe cuidarse. Obviamente, se ha tener en cuenta lo que dice a este respecto la Ordenación General del Misal Romano. En todo caso, el juicio último en esta materia corresponde al Obispo diocesano. Así cierra la Exhortación Sacramentum caritatis esta segunda parte que hemos venido leyendo y comentando, y que ha tratado sobre la Eucaristía como misterio creído y celebrado en la Iglesia por el Pueblo de Dios.
43.- Veneración y Adoración eucarística Jueves, 28 feb (RV).- Veníamos leyendo y analizando una parte de la Exhortación apostólica que lleva como título “La celebración participada interiormente” para lo cual aparecía como imprescindible hacer ese itinerario mistagógico que debe introducir a los fieles en la vida eucarística. Decíamos también que para llevar a cabo la Catequesis mistagógica, se debe dar esa doble forma de conocimiento, el conocimiento sistemático de los contenidos de la fe y el conocimiento que proviene de la experiencia personal. El nº 64 de la Exhortación acaba con estas palabras … 64. Para realizar en nuestras comunidades eclesiales esta tarea educativa, hay que contar con formadores bien preparados. Ciertamente, todo el Pueblo de Dios ha de sentirse comprometido en esta formación. Cada comunidad cristiana está llamada a ser ámbito pedagógico que introduce en los misterios que se celebran en la fe. A este respecto, durante el Sínodo los Padres han subrayado la conveniencia de una mayor participación de las comunidades de vida consagrada, de los movimientos y demás grupos que, por sus propios carismas, pueden aportar un renovado impulso a la formación cristiana. También en nuestro tiempo el Espíritu Santo prodiga la efusión de sus dones para sostener la misión apostólica de la Iglesia, a la cual corresponde difundir la fe y educarla hasta su madurez. Veneración de la Eucaristía 65. Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de manifestaciones específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario mistagógico debe introducir a los fieles. Pienso, en general, en la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante los momentos principales de la Plegaria eucarística. Para adecuarse a la legítima diversidad de los signos que se usan en el contexto de las diferentes culturas, cada uno ha de vivir y expresar que es consciente de encontrarse en toda celebración ante la majestad infinita de Dios, que llega a nosotros de manera humilde en los signos sacramentales. Pasemos ahora al nº 66, donde se nos habla de la Relación intrínseca entre celebración y adoración 66. Uno de los momentos más intensos del Sínodo fue cuando, junto con muchos fieles, nos desplazamos a la Basílica de San Pedro para la adoración eucarística. Con este gesto de oración, la asamblea de los Obispos quiso llamar la atención, no sólo con palabras, sobre la importancia de la relación intrínseca entre celebración eucarística y adoración. En este aspecto significativo de la fe de la Iglesia se encuentra uno de los elementos decisivos del camino eclesial realizado tras la renovación litúrgica querida por el Concilio Vaticano II. Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca entre la santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Seguimos leyendo en el nº 66: Ya decía san Agustín: «nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; [...] peccemus non adorando – Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos». En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial. La adoración fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica. En efecto, « sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros ».
42.- Catequesis mistagógica La celebración participada interiormente Jueves, 21 feb (RV).- Junto al conocimiento sistemático de los contenidos de la fe es de vital importancia el conocimiento que proviene de la experiencia personal. Pero para este encuentro vivo y persuasivo con Cristo, se necesita el anuncio; el conocimiento de Dios, decía el Cardenal Ratzinger en su Introducción al cristianismo, no proviene de una reflexión y elaboración personal de nuestro propio pensamiento, sino de la escucha de Palabra de Dios, que ha de ser anunciada por auténticos testigos. En este sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Esto es lo que quiere decir la palabra mistagógica: introducción en los misterios. Catequista que explicaba los misterios sagrados, especialmente los Santos Sacramentos. 64. La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero. Por este motivo, el Sínodo de los Obispos ha recomendado que los fieles tengan una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las palabras. Si faltara ésta, nuestras celebraciones, por muy animadas que fueren, correrían el riesgo de caer en el ritualismo. Así pues, se ha de promover una educación en la fe eucarística que disponga a los fieles a vivir personalmente lo que se celebra. Ante la importancia esencial de esta participatio personal y consciente, ¿cuáles pueden ser los instrumentos formativos idóneos? A este respecto, los Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis de carácter mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los misterios celebrados. En particular, por lo que se refiere a la relación entre el ars celebrandi y la actuosa participatio, se ha de afirmar ante todo que «la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada».En efecto, por su propia naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Dicho encuentro ahonda en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la Eucaristía. De esta estructura fundamental de la experiencia cristiana nace la exigencia de un itinerario mistagógico, en el cual se han de tener siempre presentes tres elementos: a) Ante todo, la interpretación de los ritos a la luz de los acontecimientos salvíficos, según la tradición viva de la Iglesia. Efectivamente, la celebración de la Eucaristía contiene en su infinita riqueza continuas referencias a la historia de la salvación. En Cristo crucificado y resucitado podemos celebrar verdaderamente el centro que recapitula toda la realidad (cf. Ef 1,10). Desde el principio, la comunidad cristiana ha leído los acontecimientos de la vida de Jesús, y en particular el misterio pascual, en relación con todo el itinerario veterotestamentario. b) Además, la catequesis mistagógica ha de introducir en el significado de los signos contenidos en los ritos. Este cometido es particularmente urgente en una época como la actual, tan imbuida por la tecnología, en la cual se corre el riesgo de perder la capacidad perceptiva de los signos y símbolos. Más que informar, la catequesis mistagógica debe despertar y educar la sensibilidad de los fieles ante el lenguaje de los signos y gestos que, unidos a la palabra, constituyen el rito. c) Finalmente, la catequesis mistagógica ha de enseñar el significado de los ritos en relación con la vida cristiana en todas sus facetas, como el trabajo y los compromisos, el pensamiento y el afecto, la actividad y el descanso. Forma parte del itinerario mistagógico subrayar la relación entre los misterios celebrados en el rito y la responsabilidad misionera de los fieles. En este sentido, el resultado final de la mistagogía es tomar conciencia de que la propia vida se transforma progresivamente por los santos misterios que se celebran. Por otra parte, toda la educación cristiana tiene como objetivo formar al fiel como « hombre nuevo », con una fe adulta, que lo haga capaz de testimoniar en su propio ambiente la esperanza cristiana que lo anima.
41.- Las grandes concelebraciones Jueves, 14 feb (RV).- Las celebraciones especiales, por razón de una festividad popular, grandes aniversarios, que dan cita a grandes aglomeraciones en la participación eucarística, también son objeto de atención en la Exhortación de Benedicto XVI en la Sacramentum Caritatis. Lo mismo que la celebración de la Santa isa en grupos muy reducidos. Veamos cuáles son los consejos que nos da en los números 61 y 63. 61. La asamblea sinodal ha considerado la calidad de la participación en las grandes celebraciones que tienen lugar en circunstancias particulares, en las que, además de un gran número de fieles, concelebran muchos sacerdotes. Por un lado, es fácil reconocer el valor de estos momentos, especialmente cuando el Obispo preside rodeado de su presbiterio y de los diáconos. Por otro, en estas circunstancias se pueden producir problemas por lo que se refiere a la expresión sensible de la unidad del presbiterio, especialmente en la Plegaria eucarística y en la distribución de la santa Comunión. Se ha de evitar que estas grandes concelebraciones produzcan dispersión. Para ello, se han de prever modos adecuados de coordinación y disponer el lugar de culto de manera que permita a los presbíteros y a los fieles una participación plena y real. En todo caso, se ha de tener presente que se trata de concelebraciones de carácter excepcional y limitadas a situaciones extraordinarias. Lengua latina
En este número 63, que leemos a continuación el papa pone en guardia de los peligros de las celebraciones de la misa en pequeños grupos, pudiera ser el caso de los grupos del Camino Neocatecumenal. El peligro o riesgo a evitar no es otro que cada uno camine por su parte, estableciendo formas paralelas a lo que se acostumbra en las diócesis y en la vida de la Iglesia en general. Celebraciones eucarísticas en pequeños grupos
40.-. « Actuosa participatio » de los enfermos Jueves, 7 feb (RV).- El Papa sigue desarrollando en esta parte de la Exhortación el tema de la actuosa participatio, es decir como mejorar la participación en la Eucaristía de aquellas personas que por diversos motivos tienen alguna dificultad, impedimento o incluso prohibición, como era el caso de los no católicos. En los números que vamos a leer a continuación el Papa se va a referir, para facilitar una participación más fructuosa en la Eucaristía, a los enfermos, los presos y los emigrantes. Entre estos lógicamente encontramos a cristianos católicos de rito oriental. En cuanto sea posible será necesario atenderles en su tradición litúrgica; en cualquier caso, por razones de caridad fraterna y de mutuo enriquecimiento, el Papa promueve el encuentro entre los fieles de diversos ritos. Leamos los números 58, 59 y 60 58. Teniendo presente la condición de los que no pueden ir a los lugares de culto por motivos de salud o edad, quisiera llamar la atención de toda la comunidad eclesial sobre la necesidad pastoral de asegurar la asistencia espiritual a los enfermos, tanto a los que están en su casa como a los que están hospitalizados. En el Sínodo de los Obispos se ha hecho referencia a ellos varias veces. Se ha de procurar que estos hermanos y hermanas nuestros puedan recibir con frecuencia la Comunión sacramental. Al reforzar así la relación con Cristo crucificado y resucitado, podrán sentir su propia vida integrada plenamente en la vida y la misión de la Iglesia mediante la ofrenda del propio sufrimiento en unión con el sacrificio de nuestro Señor. Se ha de reservar una atención particular a los discapacitados; si lo permite su condición, la comunidad cristiana ha de favorecer su participación en la celebración en un lugar de culto. A este respecto, se ha de procurar que los edificios sagrados no tengan obstáculos arquitectónicos que impidan el acceso de los minusválidos. Se ha de dar también la Comunión eucarística, cuando sea posible, a los discapacitados mentales, bautizados y confirmados: ellos reciben la Eucaristía también en la fe de la familia o de la comunidad que los acompaña. Atención pastoral a los presos Los emigrantes y su participación en la Eucaristía Como resumen de la atención eucarística que se ha de prestar a estos tres grupos de personas, enfermos, presos y emigrantes, el Sínodo sobre la Eucaristía y el Santo Padre han querido tenerlos presentes, son signo visible de aquellos destinatarios a los que Jesús prestaba una atención y dedicación especial. Las situaciones de marginación, aunque no sea más que por razón de ser minoría, se convierten en signo de la verdadera caridad cristiana y son un lugar donde se manifiesta la predilección de Jesús por los pequeños.
39.- Participación de los cristianos no católicos Jueves, 31 ene (RV).- .-En este apartado de la Exhortación sobre la Eucaristía el Santo Padre desea manifestar el gran deseo, el ardiente deseo de la unidad de la Iglesia. En efecto, la Eucaristía debería ser el signo visible de esa unión con el resto de las Iglesias o Comunidades eclesiales que tienen como base común la fe cristiana. Pero si la Eucaristía debería ser expresión de esa unidad no podemos usar este sacramento como simple “medio” que se utilice para conseguirla. La Eucaristía es anterior a cualquier manifestación eclesial posterior. Nos dirá textualmente: “Nosotros sostenemos que la Comunión eucarística y la comunión eclesial están tan íntimamente unidas que por lo general resulta imposible que los cristianos no católicos participen en una sin tener la otra”. Leamos el número 59 de la Exhortación, donde habla sobre la participación de los cristianos no católicos en la Eucaristía: 56. Al tratar el tema de la participación nos encontramos inevitablemente con el de los cristianos pertenecientes a Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica. A este respecto, se ha de decir que la unión intrínseca que se da entre Eucaristía y unidad de la Iglesia nos lleva a desear ardientemente, por un lado, el día en que podamos celebrar junto con todos los creyentes en Cristo la divina Eucaristía y expresar así visiblemente la plenitud de la unidad que Cristo ha querido para sus discípulos (cf. Jn 17,21). Por otro lado, el respeto que debemos al sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo nos impide hacer de él un simple « medio » que se usa indiscriminadamente para alcanzar esta misma unidad. En efecto, la Eucaristía no sólo manifiesta nuestra comunión personal con Jesucristo, sino que también implica la plena communio con la Iglesia. Este es, pues, el motivo por el cual, con dolor pero no sin esperanza, pedimos a los cristianos no católicos que comprendan y respeten nuestra convicción, basada en la Biblia y en la Tradición. Nosotros sostenemos que la Comunión eucarística y la comunión eclesial están tan íntimamente unidas que por lo general resulta imposible que los cristianos no católicos participen en una sin tener la otra. Menos sentido tendría aún una verdadera concelebración con ministros de Iglesias o Comunidades eclesiales que no están en plena comunión con la Iglesia Católica. No obstante, es verdad que, de cara a la salvación, existe la posibilidad de admitir individualmente a cristianos no católicos a la Eucaristía, al sacramento de la Penitencia y a la Unción de los enfermos. Pero eso sólo en situaciones determinadas y excepcionales, caracterizadas por condiciones bien precisas. Éstas están indicadas claramente en el Catecismo de la Iglesia Católica y en su Compendio.Todos tienen el deber de atenerse fielmente a ellas. Benedicto XVI, por lo tanto, manifiesta la prohibición de celebrar juntos la Eucaristía, aunque no cierra las puertas a que cristianos no católicos puedan participar en ella, lo mismo que al sacramento de la penitencia o a la Unción de los enfermos, como ya está previsto en el Catecismo de la Iglesia católica. Y a continuación el Papa se va a referir a la Participación a través de los medios de comunicación social Lo hace en el número 57 que leemos a continuación: 57. Debido al gran desarrollo de los medios de comunicación social, la palabra « participación » ha adquirido en las últimas décadas un sentido más amplio que en el pasado. Todos reconocemos con satisfacción que estos instrumentos ofrecen también nuevas posibilidades en lo que se refiere a la Celebración eucarística. Eso exige a los agentes pastorales del sector una preparación específica y un acentuado sentido de responsabilidad. En efecto, la santa Misa que se transmite por televisión adquiere inevitablemente una cierta ejemplaridad. Por tanto, se ha de poner una especial atención en que la celebración, además de hacerse en lugares dignos y bien preparados, respete las normas litúrgicas. Por lo que se refiere al valor de la participación en la santa Misa que los medios de comunicación hacen posible, quien ve y oye dichas transmisiones ha de saber que, en condiciones normales, no cumple con el precepto dominical. En efecto, el lenguaje de la imagen representa la realidad, pero no la reproduce en sí misma. Si es loable que ancianos y enfermos participen en la santa Misa festiva a través de las transmisiones radiotelevisivas, no puede decirse lo mismo de quien, mediante tales transmisiones, quisiera dispensarse de ir al templo para la celebración eucarística en la asamblea de la Iglesia viva.
38.- Celebración eucarística e inculturación Jueves, 24 ene (RV).- Una de las preguntas más comunes que todos nos hemos hecho es por qué hemos de celebrar la Santa Misa de la misma forma y con los mismos ritos en contextos culturales y geográficos tan distintos en todo el planeta. ¿No se podría adaptar la celebración eucarística a las distintas culturas? Pues bien, el Concilio Vaticano II y la Exhortación de Benedicto XVI ya se plantean el permitir algunas adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas. El hecho de que haya habido algunos abusos no disminuye la claridad de este principio, que se debe mantener de acuerdo con las necesidades reales de la Iglesia, que vive y celebra el mismo misterio de Cristo en situaciones culturales diferentes. Así leemos en el nº 54 54. A partir de las afirmaciones fundamentales del Concilio Vaticano II, se ha subrayado varias veces la importancia de la participación activa de los fieles en el Sacrificio eucarístico. Para favorecerla se pueden permitir algunas adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas. El hecho de que haya habido algunos abusos no disminuye la claridad de este principio, que se debe mantener de acuerdo con las necesidades reales de la Iglesia, que vive y celebra el mismo misterio de Cristo en situaciones culturales diferentes. En efecto, el Señor Jesús, precisamente en el misterio de la Encarnación, naciendo de mujer como hombre perfecto (cf. Ga 4,4), no sólo está en relación directa con las expectativas expresadas en el Antiguo Testamento, sino también con las de todos los pueblos. Con eso, Él ha manifestado que Dios quiere encontrarse con nosotros en nuestro contexto vital. Por tanto, para una participación más eficaz de los fieles en los santos Misterios, es útil proseguir el proceso de inculturación en el ámbito de la celebración eucarística, teniendo en cuenta las posibilidades de adaptación que ofrece la Ordenación General del Misal Romano, interpretadas a la luz de los criterios fijados por la IV Instrucción de la Congregación para el Culto divino y la Disciplina de los Sacramentos, Varietates legitimae, del 25 de enero de 1994, y de las directrices dadas por el Papa Juan Pablo II en las Exhortaciones apostólicas postsinodales Ecclesia in Africa, Ecclesia in America, Ecclesia in Asia, Ecclesia in Oceania, Ecclesia in Europa. Para lograr este objetivo, recomiendo a las Conferencias Episcopales que favorezcan el adecuado equilibrio entre los criterios y normas ya publicadas y las nuevas adaptaciones, siempre de acuerdo con la Sede Apostólica. Pero no bastan las indicaciones pastorales referidas a la inculturación con adaptaciones apropiadas a los diversos contextos y culturas, es imprescindible también que se den actitudes personales para que la participación en la eucaristía sea fructuosa. El nº 55 que leemos a continuación pone el énfasis en la necesidad de “Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación” Condiciones personales para una « actuosa participatio » 55. Al considerar el tema de la actuosa participatio de los fieles en el rito sagrado, los Padres sinodales han resaltado también las condiciones personales de cada uno para una fructuosa participación. Una de ellas es ciertamente el espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel. No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida. Favorece dicha disposición interior, por ejemplo, el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental. Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación. En particular, es preciso persuadir a los fieles de que no puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad. Sin duda, la plena participación en la Eucaristía se da cuando nos acercamos también personalmente al altar para recibir la Comunión. No obstante, se ha de poner atención para que esta afirmación correcta no induzca a un cierto automatismo entre los fieles, como si por el solo hecho de encontrarse en la iglesia durante la liturgia se tenga ya el derecho o quizás incluso el deber de acercarse a la Mesa eucarística. Aun cuando no es posible acercarse a la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II y recomendada por los Santos maestros de la vida espiritual. Esta sugerencia de la comunión espiritual, recomendada por los maestros de la vida espiritual, es una práctica que ha podido caer en desuso y que es necesario recuperar. Se trata de una forma muy real y activa para realizar al comunión de los santos, y de unión con la Iglesia universal.
37.- Auténtica participación Jueves, 17 ene (RV).- El concilio recomendaba una participación activa, plena y fructuosa en la Eucaristía y la Exhortación del Papa reconoce que ha habido cambios y progresos notables en la línea propuesta por el Concilio Vaticano. Pero todavía la participación todavía sigue fluctuando entre espectadores pasivos y devotos introvertidos en sus oraciones. El Concilio dice textualmente en el número 48: “La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que participen… en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada…, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos”. Leamos ahora el nº 52 de la Exhortación: 52. El Concilio Vaticano II puso un énfasis particular en la participación activa, plena y fructuosa de todo el Pueblo de Dios en la celebración eucarística. Ciertamente, la renovación llevada a cabo en estos años ha favorecido notables progresos en la dirección deseada por los Padres conciliares. Pero no hemos de ocultar el hecho de que, a veces, ha surgido alguna incomprensión precisamente sobre el sentido de esta participación. Por tanto, conviene dejar claro que con esta palabra no se quiere hacer referencia a una simple actividad externa durante la celebración. En realidad, la participación activa deseada por el Concilio se ha de comprender en términos más sustanciales, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana. Sigue siendo totalmente válida la recomendación de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, que exhorta a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística «como espectadores mudos o extraños», sino a participar «consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada».El Concilio prosigue la reflexión: los fieles, «instruidos por la Palabra de Dios, reparen sus fuerzas en el banquete del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino también juntamente con él, y se perfeccionen día a día, por Cristo Mediador, en la unidad con Dios y entre sí». El concilio proponía además que para promover la participación activa se fomentaran las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos y también las acciones o gestos y posturas corporales. Al mismo tiempo recomendaba que “al reformar y fomentar la sagrada Liturgia para fomentar esa plena y activa participación de todo el pueblo, los pastores de almas deben aspirar a ella con diligencia en toda su actuación pastoral, por medio de una educación adecuada. Y como no se puede esperar que esto ocurra, si antes los mismos pastores de almas no se impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la Liturgia y llegan a ser maestros de la misma, es indispensable que se provea antes que nada a la educación litúrgica del clero. Así leemos en el nº 53: Participación y ministerio sacerdotal 53. La belleza y armonía de la acción litúrgica se manifiestan de manera significativa en el orden con el cual cada uno está llamado a participar activamente. Eso comporta el reconocimiento de las diversas funciones jerárquicas implicadas en la celebración misma. Es útil recordar que, de por sí, la participación activa no es lo mismo que desempeñar un ministerio particular. Sobre todo, no ayuda a la participación activa de los fieles una confusión ocasionada por la incapacidad de distinguir las diversas funciones que corresponden a cada uno en la comunión eclesial. En particular, es preciso que haya claridad sobre las tareas específicas del sacerdote. Éste es, como atestigua la tradición de la Iglesia, quien preside de modo insustituible toda la celebración eucarística, desde el saludo inicial a la bendición final. En virtud del Orden sagrado que ha recibido, él representa a Jesucristo, Cabeza de la Iglesia y, de la manera que le es propia, también a la Iglesia misma. En efecto, toda celebración de la Eucaristía está dirigida por el Obispo, «ya sea personalmente, ya por los presbíteros, sus colaboradores». Es ayudado por el diácono, que tiene algunas funciones específicas en la celebración: preparar el altar y prestar servicio al sacerdote, proclamar el Evangelio, predicar eventualmente la homilía, enunciar las intenciones en la oración universal, distribuir la Eucaristía a los fieles. En relación con estos ministerios vinculados al sacramento del Orden, hay también otros ministerios para el servicio litúrgico, que desempeñan religiosos y laicos preparados, lo que es de alabar.
36.- Distribución y recepción de la Eucaristía Jueves, 10 ene (RV).- La participación en la sagrada comunión representa el momento en que los fieles entran en contacto íntimo con el Señor que se entrega. Es la participación en el banquete tantas veces anunciado por Jesús en el Evangelio como anticipo del banquete celestial. La actitud que se nos pide se puede resumir en tres palabras: devoción, alegría y acción de gracias. 50. Otro momento de la celebración, al que es necesario hacer referencia, es la distribución y recepción de la santa Comunión. Pido a todos, en particular a los ministros ordenados y a los que, debidamente preparados, están autorizados para el ministerio de distribuir la Eucaristía en caso de necesidad real, que hagan lo posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesús en el Sacramento. Respecto a las prescripciones para una praxis correcta, me remito a los documentos emanados recientemente. Todas las comunidades cristianas han de atenerse fielmente a las normas vigentes, viendo en ellas la expresión de la fe y el amor que todos han de tener respecto a este sublime Sacramento. Tampoco se descuide el tiempo precioso de acción de gracias después de la Comunión: además de un canto oportuno, puede ser también muy útil permanecer recogidos en silencio. En este mismo párrafo 50, Benedicto XVI reclama la atención sobre la frecuente presencia en la misas de personas no practicantes, visitantes extraños, de no católicos o pertenecientes a otras religiones y de personas que tal vez se encuentran en una situación de vida que no permite su acceso a los sacramentos. En estos casos exhorta a encontrar el sentido de la comunión sacramental y a las condiciones para su recepción. Cuando no sea posible garantizar esta claridad en el significado de la Eucaristía, el papa sugiere sustituir la misa por una celebración de la Palabra de Dios. Sigue así el n. 50 A este propósito, quisiera llamar la atención sobre un problema pastoral con el que nos encontramos frecuentemente en nuestro tiempo. Me refiero al hecho de que en algunas circunstancias, como por ejemplo en las santas Misas celebradas con ocasión de bodas, funerales o acontecimientos análogos, además de fieles practicantes, asisten también a la celebración otros que tal vez no se acercan al altar desde hace años, o quizás están en una situación de vida que no les permite recibir los sacramentos. Otras veces sucede que están presentes personas de otras confesiones cristianas o incluso de otras religiones. Situaciones similares se producen también en iglesias que son meta de visitantes, sobre todo en las grandes ciudades de en las que abunda el arte. En estos casos, se ve la necesidad de usar expresiones breves y eficaces para hacer presente a todos el sentido de la Comunión sacramental y las condiciones para recibirla. Donde se den situaciones en las que no sea posible garantizar la debida claridad sobre el sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la conveniencia de sustituir la Eucaristía con una celebración de la Palabra de Dios. El momento final de la celebración eucarística es el de la despedida. El papa va a tomar nota de la fórmula conclusiva de la tradicional misa en latín, el “Ite, missa est”. La palabra misa que se utiliza en esta fórmula viene tomada del verbo latino “mitto” que significa enviar y en gerundio se conjuga como “missi”, sois enviados. Benedicto XVI exhorta a ofrecer a los fieles una invitación a ser misioneros por el mundo, en la vida en que cada uno desarrolla su actividad, su trabajo, su relación con los demás. No obstante sugiere acogerse siempre a las fórmulas aprobadas para la oración final y la bendición que expresen ese significado de la misión de todo cristiano. 51. Quisiera detenerme ahora en lo que los Padres sinodales han dicho sobre el saludo de despedida al final de la Celebración eucarística. Después de la bendición, el diácono o el sacerdote despide al pueblo con las palabras: Ite, missa est. En este saludo podemos apreciar la relación entre la Misa celebrada y la misión cristiana en el mundo. En la antigüedad, « missa » significaba simplemente « terminada ». Sin embargo, en el uso cristiano ha adquirido un sentido cada vez más profundo. La expresión « missa » se transforma, en realidad, en «misión». Este saludo expresa sintéticamente la naturaleza misionera de la Iglesia. Por tanto, conviene ayudar al Pueblo de Dios a que, apoyándose en la liturgia, profundice en esta dimensión constitutiva de la vida eclesial. En este sentido, sería útil disponer de textos debidamente aprobados para la oración sobre el pueblo y la bendición final que expresen dicha relación.
35.- Plegaría eucarística Jueves, 3 ene (RV).- En nuestro espacio de hoy vamos a recoger dos puntos de la Exhortación, el de la Plegaria eucarística y el rito de la paz. El primero se refiere a la parte central de la celebración eucarística, en la que se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena y donde invocamos la acción del Espíritu para que los dones presentados queden consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, que después recibiremos en la Comunión. Así nos lo explica el n. 48: 48. La Plegaria eucarística es « el centro y la cumbre de toda la celebración ». Su importancia merece ser subrayada adecuadamente. Las diversas Plegarias eucarísticas que hay en el Misal nos han sido transmitidas por la tradición viva de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien. La Ordenación General del Misal Romano nos ayuda en esto, recordándonos los elementos fundamentales de toda Plegaria eucarística: acción de gracias, aclamación, epíclesis, relato de la institución y consagración, anámnesis, oblación, intercesión y doxología conclusiva. En particular, la espiritualidad eucarística y la reflexión teológica se iluminan al contemplar la profunda unidad de la anáfora, entre la invocación del Espíritu Santo y el relato de la institución, en la que « se realiza el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en la última Cena ».En efecto, « la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora la fuerza del Espíritu Santo para que los dones que han presentado los hombres queden consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión sea para la salvación de quienes la reciben ». El Rito de la paz. En el párrafo 49 Benedicto XVI recuerda que "durante el sínodo de los obispos quedó patente la oportunidad de moderar este gesto, que puede asumir expresiones excesivas, suscitando a veces confusiones en la asamblea justo antes e la comunión. En una nota a pie de página el papa añade el haber pedido a los dicasterios competentes estudiar la posibilidad de colocar el intercambio de la paz en otro momento, pro ejemplo antes de la presentación de los dones en el altar: cosa que ya sucede, por ejemplo en el rito ambrosiano que se celebra en la archidiócesis de Milán. 49. La Eucaristía es por su naturaleza sacramento de paz. Esta dimensión del Misterio eucarístico se expresa en la celebración litúrgica de manera específica con el rito de la paz. Se trata indudablemente de un signo de gran valor (cf. Jn 14,27). En nuestro tiempo, tan lleno de conflictos, este gesto adquiere, también desde el punto de vista de la sensibilidad común, un relieve especial, ya que la Iglesia siente cada vez más como tarea propia pedir a Dios el don de la paz y la unidad para sí misma y para toda la familia humana. La paz es ciertamente un anhelo indeleble en el corazón de cada uno. La Iglesia se hace portavoz de la petición de paz y reconciliación que surge del alma de toda persona de buena voluntad, dirigiéndola a Aquel que « es nuestra paz » (Ef 2,14), y que puede pacificar a los pueblos y personas aun cuando fracasen las iniciativas humanas. Por ello se comprende la intensidad con que se vive frecuentemente el rito de la paz en la celebración litúrgica. A este propósito, sin embargo, durante el Sínodo de los Obispos se ha visto la conveniencia de moderar este gesto, que puede adquirir expresiones exageradas, provocando cierta confusión en la asamblea precisamente antes de la Comunión. Sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos. Efectivamente, el rito de la paz está íntimamente ligado a la Eucaristía: en la entrega de Cristo se produce la reconciliación del hombre con Dios. El sacrificio agradable a Dios es el de su propio hijo como hombre, para que todos los hombres comprendamos nuestro camino hacia la paz total. Es un momento festivo, pero toda exageración desvirtúa el misterio que todavía no se ha completado del todo, estamos en camino, deseamos la paz y la fiesta total se producirá en el cielo.
34.- Homilía Jueves, 27 dic (RV).- El Papa nos ha pedido, para esta parte de la Eucaristía en la que proclamamos y acogemos la Palabra de Dios, que “se prepare y se viva siempre de manera adecuada”. ¿Y qué quiere decir esto?: lectores bien instruidos, breves moniciones que ayuden, manifestar su unidad con el Sacramento eucarístico. En efecto, dice el Papa, la Palabra que anunciamos y escuchamos es el Verbo hecho carne. Y ahora comenta cómo ha de ser la homilía: evitar que sea "genérica o abstracta" y que se haga referencia a los puntos centrales de la doctrina católica, para ello habrá que prestar atención al Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.Leemos el nº 46 46. La necesidad de mejorar la calidad de la homilía está en relación con la importancia de la Palabra de Dios. En efecto, ésta « es parte de la acción litúrgica »; tiene como finalidad favorecer una mejor comprensión y eficacia de la Palabra de Dios en la vida de los fieles. Por eso los ministros ordenados han de « preparar la homilía con esmero, basándose en un conocimiento adecuado de la Sagrada Escritura ».Han de evitarse homilías genéricas o abstractas. En particular, pido a los ministros un esfuerzo para que la homilía ponga la Palabra de Dios proclamada en estrecha relación con la celebración sacramental y con la vida de la comunidad, de modo que la Palabra de Dios sea realmente sustento y vigor de la Iglesia. Se ha de tener presente, por tanto, la finalidad catequética y exhortativa de la homilía. Es conveniente que, partiendo del leccionario trienal, se prediquen a los fieles homilías temáticas que, a lo largo del año litúrgico, traten los grandes temas de la fe cristiana, según lo que el Magisterio propone en los cuatro «pilares» del Catecismo de la Iglesia Católicay en su reciente Compendio: la profesión de la fe, la celebración del misterio cristiano, la vida en Cristo y la oración cristiana. Estamos leyendo, en esta parte de la Exhortación, lo que se refiere a la estructura de la celebración eucarística, destacando de manera singular a la necesidad de resaltar la unidad intrínseca de la acción litúrgica, sobre todo entre liturgia de la Palabra y liturgia eucarística. La Homilía ha de manifestar de manera nítida esa unidad: lo que anunciamos y celebramos es el Verbo hecho carne. Y así nos introducimos en la Plegaria eucarística con la presentación de la Ofrendas. Los gestos y acciones del Ofertorio, dice el Papa en el párrafo 47, “para que sea vivido en su auténtico significado no necesita ser enfatizado con complicaciones inoportunas”, como si estuviera aludiendo a ciertas versiones teatrales y folklóricas del rito, en los viajes del papa Juan Pablo II.
47. Los Padres sinodales han puesto también su atención en la presentación de las ofrendas. Ésta no es sólo como un «intervalo» entre la liturgia de la Palabra y la eucarística. Entre otras razones, porque eso haría perder el sentido de un único rito con dos partes interrelacionadas. En realidad, este gesto humilde y sencillo tiene un sentido muy grande: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. En este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo, conscientes de que todo es precioso a los ojos de Dios. Este gesto, para ser vivido en su auténtico significado, no necesita enfatizarse con añadiduras superfluas. Permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo. Es significativo el gesto de la presentación de las ofrendas: cuando presentamos el pan y el vino en realidad lo que estamos haciendo es llevar al altar toda la creación, todos los dones que Dios nos ha hecho y el trabajo aportado por el hombres en esa labor de transformación del mundo, y no sólo esto, sino que laofrenda en el altar viene asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. Dice la Exhortación que, en este sentido, llevamos también al altar todo el sufrimiento y el dolor del mundo. La celebración sacramental con la vida de la comunidad, se hace realmente sustento y vigor de la Iglesia.
33.- Estructura de la celebración eucarística Jueves, 20 dic (RV).- El concilio Vaticano II insistía en la relación que existe entre la proclamación de la Palabray el misterio eucarístico: “cuantas veces comen la cena del Señor, proclaman su Muerte hasta que vuelva”. Los que recibieron la palabra de Pedro fueron bautizados, con perseverancia escuchaban la enseñanza de los Apóstoles, y se reunían en la fracción del pan.Desde entonces, dice el Concilio, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual leyendo cuanto a él se refieren en toda la Escritura y celebrando la Eucaristía. Esos dos elementos: Palabra y Fracción del pan van a constituir la estructura básica del ars celebrandi. Dice el nº 43: 43. Después de haber recordado los elementos básicos del ars celebrandi puestos de relieve en los trabajos sinodales, quisiera llamar la atención de modo más concreto sobre algunas partes de la estructura de la celebración eucarística que requieren un cuidado especial en nuestro tiempo, para ser fieles a la intención profunda de la renovación litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran tradición eclesial. y el nº 44, sobre la Unidad intrínseca de la acción litúrgica Una vez que se nos ha hablado de los elementos que constituyen la estructura de la celebración eucarística, la Exhortación se detiene en cada uno de ellos como bloques, que a su vez incluyen otros elementos complementarios: comencemos con el bloque de la Liturgia de la Palabra, y se va a recomendar de manera particular que se ponga gran atención en la preparación de los lectores, que ayuden a los fieles a apreciar los tesoros de la Sagrada Escritura, leyéndola y rezando con ella. Liturgia de la Palabra Para lograr todo esto es necesario ayudar a los fieles a apreciar los tesoros de la Sagrada Escritura en el leccionario, mediante iniciativas pastorales, celebraciones de la Palabra y la lectura meditada (lectio divina). Tampoco se ha de olvidar promover las formas de oración conservadas en la tradición, la Liturgia de las Horas, sobre todo Laudes, Vísperas, Completas y también las celebraciones de vigilias. El rezo de los Salmos, las lecturas bíblicas y las de la gran tradición del Oficio divino pueden llevar a una experiencia profunda del acontecimiento de Cristo y de la economía de la salvación, que a su vez puede enriquecer la comprensión y la participación en la celebración eucarística.
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